Leonardo Teja, un escritor que hace realista a la literatura del absurdo
El narrador presentará su novela ‘Esta noche El Gran Terremoto’, el próximo jueves 18 de octubre en El Bucardón. Acompañarán al autor Mariana H. y Luigi Amara.
(Redacción AN/Ediciones Antílope).

La incertidumbre por la llegada de El Gran Terremoto une a una ciudad, que bien puede ser cualquiera. Los simulacros alrededor del acontecimiento se realizan con religiosa dedicación. Mientras eso sucede Diego Pirita comienza a trabajar como recepcionista en un hotel de paso.

A fuerza de leer autores como Samuel Beckett o Mario Levrero, Leonardo Teja (1988) abreva de la literatura del absurdo para cuestionar aquello que llamamos el inconsciente colectivo y las desmesuradas expectativas que de pronto colocamos a algo o alguien. Escrito en clave de humor, el escritor mexicano publica Esta noche, El Gran Terremoto (Ediciones Antílope), una novela tan provocadora como divertida.

 ¿A partir de qué nace Esta noche, El Gran terremoto?

Nace en 2013 y como un cuento. Primero publiqué retazos que a la postre serían distintos a la novela. Inicialmente se llamó El Gran Terremoto intermitentemente predicho, en homenaje al autor checo Buhomil Hrabral. Comencé a trabajar la historia dentro de un taller impartido por un dramaturgo experimental. La premisa era narrar algo que no sucediera, es decir, contar algo sin tocarlo. Justificó el contenido del taller un libro llamado, El museo de la novela de la eterna. Primera novela, de Macedonio Fernández, obra con cualquier cantidad de prólogos que anteceden a una novela que nunca empieza. Al cuestionarme sobre si en lo colectivo habría algo que nos hermanara realmente como ciudad, llegué a la alarma sísmica. La incertidumbre por los temblores nos democratiza.

Pensé que entre tus referencias estaría Beckett…

Por supuesto. De hecho, el epígrafe lo tomé de Molloy. Posiblemente Beckett sea uno de los gatillos más grandes. El brío para seguir con la escritura provino de que alguna vez un locazo como Beckett supo hacer legible algo que no tenía un derecho y un final muy acotados.

Y la idea del absurdo, ¿no?

Desde mis primeros cuentos me interesa darle al texto una lógica propia que conviva con lo que conocemos. Me gusta hacer del texto un artefacto con sus propios recursos y el absurdo funciona para esto: me libera y me permite jugar con seriedad. Para mí el absurdo me parece lo más realista. Mario Levrero decía que le parecía más real un zapato viejo y usado, que uno nuevo dentro de un aparador.

Levrero un autor que juega con esa idea de lo extraño desde el humor…

Trabajé la primera época de Mario Levrero en una tesis acerca de las convenciones causa-efecto. Sus novelas La ciudad, El lugar y los cuentos La máquina de pensar en Gladys son deliciosas.

¿En la idea de la novela como artefacto caben los juegos con la estructura y las tipografías?

Sí. Con los artefactos hay que descubrir cómo funcionan. Sucede lo mismo con un juguete nuevo: intentamos darle el funcionamiento esperando que no se rompa nada. No tengo una teoría de la novela, mi experiencia con el proceso creativo la comparo con un puño engarrotado dentro del vientre: hay que separarlo dedo por dedo para descubrir que apretaba, sin que esto signifique que lo comprenderás a cabalidad.

El libro juega con la perpetua espera a un “gran acontecimiento”

¿Qué pasaría si el acontecimiento que condensa nuestra esperanza ocurriera? Quizá nos daría la pauta para empezar de cero. Al final esperamos tantos acontecimientos que sólo nos queda hacer algo mientras las “grandes cosas” se resuelven. Cuando empecé a escribir me sentaba a leer o trabajar esperando que algo ocurriera y cambiara todo. Es una sensación que se puede llevar a lo macro: en lo político siempre esperamos un acontecimiento o efeméride que cambie todo. Mientras esto sucede hay que sobrevivir, reír y llorar.

Precisamente en este terreno su libro adquiere una dimensión social y muy actual. Ahora mismo estamos esperando, pero bien a bien no sabemos qué sucederá.

Pensando directamente en las elecciones, hay gente que esperó este acontecimiento desde 2006. Es interesante reparar en cómo ha cambiado la expectativa porque en 2006 y 2012 los escenarios eran diferentes. En ese aspecto, me parece que la literatura que propone poca referencialidad en lo real no es evasiva, simplemente se aborda la lancha desde otro lado.

En términos políticos lo ocurrido fue un gran terremoto.

Claro, una victoria de esa dimensión es como para sacudir todo el sistema. Sin embargo, habrá que ver en qué momento empezará a sacudirlo. Básicamente seguimos a la espera de algo.

¿En algún momento contempló la lectura de su libro en clave política?

No directamente con la victoria de López Obrador, aunque sí pensaba en una lectura vinculada con las esperanzas de la colectividad. Ahora que lo mencionas entiendo que es una posibilidad de lectura, al fin la novela ya no es mía. Como autor dejé de ser confiable para explicarla.

Aunque en su libro lo más interesante es precisamente la expectativa.

Si alguien me pidiera resumir la novela diría que narra los días de un recepcionista de hotel antes de la llegada de El Gran Terremoto. De ahí tendríamos que extraer el ambiente del hotel de paso y el diálogo entre lo épico y lo mítico. Al final las grandes expectativas son las que nacen en la gente más mediana, aquella que no hace demasiado mientras espera.

Otro tema subyacente es la dificultad para comunicarse.

Todo parece destinado a que llegue un mensaje, que realmente no llega. El único mensaje que llega es aquel que promueve la espera. Los demás no importan. Las comunicaciones en corto no importan, solamente importa lo macro. Entre los personajes hay muchos mensajes encontrados.

¿Qué aportó a la novela el humor?

Me propuse diseñar una trama y un espacio en donde si existía el humor no pareciera raro. El absurdo ayuda para esto. Una clave del humor consiste en dar más información a quien lee que al personaje mismo. Cuando sucede a la inversa se aumenta el drama.

En un país donde pasan tantas cosas absurdas, ¿por qué hay poca literatura el absurdo?

A este tipo de géneros se les da un lugar reducido. En otras tradiciones su importancia es mayor, pensemos en Kafka o Boris Vian. El uruguayo Ángel Rama escarbó y puso sobre la mesa una corriente subterránea a la que nombró “Los raros”, en donde incluía a gente como Mario Levrero y Eduardo Galeano. Hoy, todos ellos están en el parnaso uruguayo. En cambio, en México cada generación tiene uno o dos representantes. Acaba de pasar el centenario de Arreola; Federico Campbell tenía algunas cosas muy dislocadas; Hugo Hiriart hizo texto capital, La destrucción de todas las cosas; Pedro F. Miret tiene un par de libros impecables. No obstante, la literatura mexicana tiene un espacio limitado para este tipo de autores. No sé a qué se deba, creo que el lector mexicano tiende a pensar que la seriedad está ligada con la calidad.

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