opinión*
Fútbol, racismo y pluralidad cultural (Artículo)
por Redacción AN
Foto: Reuters

Julio Moguel

I

Una Francia africanizada se llevó la Copa del Mundial futbolero con un 4-2 este 15 de julio. La estrella sobre el terreno –la estrella del Mundial, para cualquier efecto– fue Kyilian Mbappé, joven de sólo 19 años de edad (cumplirá los 20 años en diciembre) cuyos genes aprendieron no a correr, sino a volar, en las tórridas tierras de Camerún y de Algeria, lugares respectivos donde nacieron sus padres Wilfried Mbappé y Fayza Lamari.
Mbappé, a sus 19, se convierte en el segundo más joven triunfador con genes africanos en la historia de los mundiales, después de que Pelé, a los 17, en el Mundial de Suecia de 1958, estableciera una marca que, al menos en el rubro de las edades, posiblemente nunca llegue a ser superada.
En la Francia africanizada ganadora del Mundial también formaron parte importante del cuadro las figuras, negras o amestizadas, de Raphaël Varane, N’Golo Kanté, Thomas Lemar, Djibril Sidibé, Paul Pogba, Samuel Umtiti, Layvin Kurzawa, Blaise Matuidi, Alexandre Lacazette, Ousmane Dembélé y Anthony Martial.
“La negritud al poder”: pudiera emblematizarse desde el ámbito de lo deportivo en la globalización planetaria de nuestros días. Fórmula que lleva a recordar aquel 9 de agosto de 1936 en el que Jesse Owens, negro de Alabama, rompiera, frente a los ojos de Hitler, todos los mitos racistas sobre la superioridad de la raza aria pregonada en aquellos años por el nazismo, al conquistar cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín.
De “la negritud al poder” al “black power” de nuestros días. También dentro del ámbito deportivo, la hazaña de los afrofranceses que en este 15 de julio ganaron la Copa en suelo moscovita puede hacernos recordar las innumerables protestas de los norteamericanos que ahora rechazan el racismo de Donald Trump, como las desarrolladas por los valientes jugadores de fútbol americano –negros, la mayoría de ellos– en septiembre del año pasado, después de que el presidente de los Estados Unidos dijera, en un acto público, que el jugador afroamericano Colin Kaepernick era un “hijo de puta”.

II

No hay en estas líneas pretensión alguna por generar o pregonar, frente al “poder de los negros” o al “black power” mencionado, un racismo al revés y denigrar o ningunear “a los blancos”. Las actuaciones de jugadores como Antoine Griezmann, Olivier Giroud, Lucas Digne o Hugo Lloris fueron decisivas en la mecánica operativa y en la creatividad desplegada por los franceses en el campo de juego. Y no se hable de la enjundia y magia con la que el equipo croata disputó la final –y cada uno de los partidos que los llevaron a ella–, con jugadores cien por ciento arios armados con otro tipo de genes y con el vitalismo heredado o ganado en su reciente guerra independentista (desarrollada entre 1991 y 1995).
Pero sirva esta línea de entendimiento para hacer valer en el mundo el sentido y fuerza de la igualdad sustantiva y de la pluriculturalidad, enfrentando las rémoras de la desigualdad y el racismo en sus más simples y llanos fundamentos.

III

En cuanto al racismo en el espacio deportivo, México no canta mal las rancheras. ¿Quién no recuerda la humillación sufrida en 2013 por Christian Benítez, jugador ecuatoriano con camiseta de América, contra quien parte del público que sumaba sus gritos a favor de los Pumas agregaba ruidos constantes, durante todo el partido, imitando con ellos la vociferación estridente de una manada de monos? ¿O la ocasión, en 2014, cuando Rogelio Chávez, defensa del Cruz Azul, le gritó a Darwin Quintero, jugador de Santos, “simio de mierda”? Pero nada más conocido, dentro del ámbito deportivo, que aquella ocasión, también en 2014, cuando el panista Carlos Manuel Treviño escribió en las redes sociales que Ronaldinho era un “simio”.
El tema de la discriminación y el racismo se extiende a otros multiplicados ámbitos de la vida nacional, con particulares efectos nocivos –y destructivos, en muchos de los casos– en los espacios indígenas. Hay, frente a ello, ejemplos de resistencia que parte de las raíces. Aquí sólo nos referiremos a uno. Seguramente todos, o muchos, lo recordamos.
En 2016, un grupo de jóvenes triquis (los “ratoncitos descalzos”), de la Sierra de Juárez, ganó el Campeonato Internacional de Basquetbol de Barcelona. Lo más interesante de todo, para el tema aquí referido, fue que el juego final se llevó a cabo contra el equipo Gavelins, de Francia. El marcador, increíble, fue de 39 frente a 18 puntos. Más del doble, como en los más recientes resultados electorales del pasado 1 de julio.

@moguelviveros

Redacción AN

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.




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