‘Mi escritura es el rastro de lo que soy’: Mauricio Carrera
El narrador publica 'La vida endeble', novela circulan Alfonso Reyes, Ernest Hemingway y Malcolm Lowry.
(Redacción AN).

Por Héctor González

Durante la primera mitad del siglo XX el mundo era un caldero. Guerras mundiales, sociedades agrietadas y artistas de primer orden, todas piezas de un rompecabezas complejo. Justo en esa época transcurre la novela de Mauricio Carrera (Ciudad de México, 1959), La vida endeble (Ediciones del Lirio).

El relato va de la Guerra Civil Española a los conflictos entre rusos y alemanes para concluir en Cuernavaca, ciudad de la eterna primavera por donde desfilaron Malcolm Lowry, Martha Gellhorn, Ernest Hemingway y Alfonso Reyes.

A partir de un acucioso ejercicio de imaginación Carrera teje un relato donde todos coinciden para exhibir la fragilidad de las pulsiones humanas.

¿Cómo hacer coincidir en una novela a Hemingway, Alfonso Reyes y Lowry?

Siempre me han interesado el tipo de personajes que en inglés se llaman “larger than life” (más grandes que la vida). Particularmente esta novela surge como contraparte de un relato pensado para mi libro Infidelidad y otras historias, donde aparece Hemingway. Quería dar voz a su esposa, la periodista Martha Gellhorn. Mientras indagaba sobre su vida descubrí que vivió una época en Cuernavaca y encontré circunstancias que me llevaron a unirla con Malcolm Lowry y Alfonso Reyes, quienes también pasaron por ahí. A partir de entonces di rienda suelta a la imaginación para unir a tres personajes que seguramente nunca se conocieron.

La licencia de convertir a Lowry en el cónsul de Bajo el volcán no es poca cosa.

Lo hice con mucho respeto. En Infidelidad y otras historias recupero una infidelidad de Carlos Fuentes narrada por él mismo en Diana o la cazadora solitaria. Mi trabajo consistió en involucrar ese devaneo en una historia por completo ficticia. Tomo datos reales y los transformo para contar una historia. Lo mismo sucedió en La vida endeble. El personaje de Alfonso Reyes está muy apegado a la realidad. Sabemos que fue un gran sabio mexicano, pero también fue un personaje de carne y hueso. Decía Luis Cardoza y Aragón que le gustaban las cosquillas más abajo del ombligo. Fue un mujeriego y eso precisamente se expresa en la novela.

Volvamos a Lowry…

Soy su admirador. Para mí, Bajo el volcán es una obra maestra. En mi novela La derrota de los días, me propuse hacer mi versión, claro que con menos dosis de alcohol. En mi libro el gran bebedor es José Revueltas. Ahora quise darle un giro a la historia y hacer ver que Geoffrey Firmin es el verdadero autor del libro. Los mecanismos de la invención literaria son indefinibles y son parte de la inspiración que se genera con el trabajo.

¿En la ficción el orden de los factores no altera el producto?

Creo que no y ese es el juego de lo que denomino la literatura referencial. Quien conozca a los personajes encontrará guiños a lo largo de la novela. Incluso podrá dudar sobre si es verdad o mentira lo que se cuenta. En cambio, quien no los conozca podrá leerla como una historia de amor y aventuras. El juego consiste en usar la verosimilitud para hacer dudar al lector.

La novela echa mano de la época tanto para la narración de las grandes guerras como para el relato de las guerras personales.

Sí, está la guerra cotidiana y aquella con cañones, por eso hablo de la vida endeble y frágil. La épica sirve para mostrar cómo nunca dejamos de luchar a pesar de que casi siempre perdemos la batalla.

Martha Gellhorn fue una guerrera.

Sin duda, es una de las abuelas del feminismo actual. Abrió camino como corresponsal en los campos de batalla. No se le ha reconocido su valía porque la ensombreció Hemingway. Gellhorn es un personaje complicado, se negaba a sentir y a ofrecer su sexualidad. Su triunfo ante personajes machos era demostrar que el sexo no le interesaba.

Arturo Díaz Vigil, el narrador, es alguien externo al medio de la escritura. ¿Qué posibilidades le brindaba contar la historia desde esta perspectiva?

Me chocan las novelas en donde los protagonistas son escritores que están haciendo un nuevo libro. Siempre he intentado alejarme de la literatura endogámica.

Aunque los personajes centrales son escritores…

Claro, pero el narrador no lo es y por eso los contempla desde otro punto de vista. Su vocación de médico le da una noción de la condición humana alejada de la tentación por la fama que sí tenían Gellhorn, Alfonso Reyes y Malcolm Lowry. De hecho, es un personaje que aparece en Bajo el volcán y Lowry le dedica apenas dos páginas.

Está afuera, aunque al final sí les profesa admiración.

Por supuesto, refleja mi veneración hacia ellos. Así como Flaubert decía “Madame Bovary c’est moi”, yo diría “Arturo Díaz Vigil c’est moi”. Sin embargo, la admiración no se expresa a través de lo que escriben sino de lo que viven. Desde muy joven descubrí que mis escritores favoritos son aquellos que salen a la vida para enfrentarse con ella.

¿Ahí no desentona Alfonso Reyes?

No. Si bien fue un polígrafo mayor, se expresó también a través de su atracción por el universo femenino. En la novela hablo de su relación con Kiki de Montparnasse, quien fuera la reina de la noche en París y además amante de Hemingway. Este tipo de vasos comunicantes me encantan porque unen a personajes que andan buscando el atractivo de la vida para poder escribirla.

Otro tema presente en la novela es la figura paterna, ¿por qué?

El secreto del mundo es la ternura. Tuve la fortuna de haber tenido padres excelentes y de alguna manera en mis libros hay un homenaje a ellos.

Esto me lleva a la muerte como un elemento más de la novela.

Si bien la vida es endeble, nosotros siempre luchamos contra la muerte. Intentamos ahuyentarla a través del sexo, la bebida o la literatura. La vida es frágil y vulnerable, pero podemos hacerla fuerte a través de nuestras ilusiones.

¿Para usted la escritura es una forma de ganarle la partida a la muerte?

Claro, desde que empecé a escribir a los dieciséis años, caí en cuenta de que me iba a morir y eso me motivó a dejar una huella. Mi escritura es el rastro de lo que soy, de lo que he bebido y amado. Sé que es una lucha inútil, pero igual vale la pena dar la batalla.

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