La dolorosa epidemia de la depresión | Artículo por Mario Luis Fuentes
La discusión pública suele reducirla a una narrativa terapéutica (la persona “debe pedir ayuda”, “debe hablarlo”), pero el dato duro nos impide esa comodidad: cuando un malestar alcanza proporciones masivas, ya no es solo una historia individual; es un diagnóstico de época.
- Mario Luis Fuentes

Enfrentamos en México una agenda inquietante: la depresión -o, si se prefiere un lenguaje menos clínico, el abatimiento persistente, la pérdida de sentido, el cansancio moral que se vuelve crónico- ha dejado de ser una experiencia marginal para convertirse en un fenómeno de escala poblacional. Lo decisivo no es solo su frecuencia, sino su cualidad epidémica: se distribuye socialmente, sigue patrones reconocibles, se asocia con condiciones de vida y golpea con mayor fuerza donde el tejido de protección —material y simbólico— está más erosionado. La discusión pública suele reducirla a una narrativa terapéutica (la persona “debe pedir ayuda”, “debe hablarlo”), pero el dato duro nos impide esa comodidad: cuando un malestar alcanza proporciones masivas, ya no es solo una historia individual; es un diagnóstico de época.
Los números recientes disponibles en fuentes nacionales permiten dimensionar esa escala. En la Ensanut Continua 2022, se estimó que 16.7% de la población adulta presentó sintomatología depresiva, y que el problema se dispara en la vejez: 38.3% en adultos mayores. Estas cifras, por sí mismas, ya describen un país en el que el sufrimiento emocional no es una excepción. Pero lo más revelador es cómo se organiza la desigualdad del malestar. En población adulta se observan diferencias por sexo (mujeres por encima de hombres) y por condiciones asociadas al bienestar; y en adultos mayores, además, aparece una brecha territorial: en zonas rurales se reportan prevalencias más altas que en urbanas. La depresión, en otras palabras, no “cae” al azar; se acopla a la precariedad, al aislamiento, a las trayectorias vitales atravesadas por trabajos extenuantes, cuidados no remunerados y acceso limitado a redes institucionales. También conviene mirar la antesala: en adolescentes, la misma Ensanut 2022 reporta que 31.1% presentó al menos un síntoma depresivo y 7.1% reportó dos síntomas. No es una simple estadística escolar; es una advertencia civilizatoria: cuando una fracción tan grande de juventudes comienza a vivir la vida como carga —no como promesa—, el país está incubando una crisis de salud mental de largo plazo.
La Encuesta Nacional de Hogares, a través de su Módulo de Bienestar Autorreportado (Enbiare 2021, Inegi), converge con ese diagnóstico desde otro ángulo: 15.4% de la población adulta presentó síntomas de depresión, y entre mujeres la proporción asciende a 19.5%. La coincidencia entre instrumentos y enfoques distintos refuerza un punto clave: no estamos ante “casos aislados” ni ante una moda diagnóstica, sino ante un patrón consistente. Y Enbiare añade una capa indispensable para pensar filosóficamente el fenómeno: la depresión aparece entrelazada con el clima anímico de la vida cotidiana y con tensiones económicas que operan como un goteo permanente. En esa medición se reporta, por ejemplo, una afectación subjetiva ligada a la inseguridad económica: 43.4% expresó expectativa de no poder cubrir los gastos del mes, 14.8% perdió trabajo o negocio sin recuperarlo, y más de un tercio tuvo que pedir prestado para gasto corriente en rubros básicos. No se trata de afirmar mecánicamente que la pobreza “cause” depresión, sino de reconocer que la angustia material sostenida —la vida vivida como supervivencia— erosiona la posibilidad de proyectarse, y sin proyección el tiempo se vuelve una repetición cerrada, terreno fértil para la desesperanza.
En términos filosóficos, la depresión puede entenderse como una crisis del vínculo: vínculo con el futuro, con los otros, con el propio cuerpo, con la idea de que la vida merece ser habitada. Por eso la salida no puede reducirse a exhortaciones morales (“échale ganas”) ni a soluciones exclusivamente clínicas, aunque estas sean necesarias. México necesita, sí, ampliar el acceso oportuno a detección y atención basada en evidencia; pero también necesita una conversación adulta sobre las condiciones que fabrican, reproducen y normalizan el malestar. La Ensanut muestra el peso desproporcionado en adultos mayores y en espacios rurales; por su parte, la Enbiare revela cómo el ánimo social se contamina de incertidumbre económica y desgaste cotidiano. Si aceptamos esa lectura, entonces la depresión deja de ser únicamente una categoría psiquiátrica y se vuelve un indicador político: mide hasta qué punto el país ofrece (o niega) un suelo de seguridad material, reconocimiento y pertenencia. La pregunta incómoda no es cuántas personas “aguantan”, sino cuántas están viviendo por debajo de un umbral mínimo de sentido. Y cuando las cifras sugieren que hablamos de millones, la respuesta ya no puede ser individualizante: es una obligación pública reconstruir condiciones de vida que hagan posible, de nuevo, esperar.
Investigador del PUED-UNAM

