El flamenco camina por una senda contemporánea: Daniel Doña
En el marco del Día Internacional del Flamenco -este 16 de noviembre-, el bailarín y coreógrafo granadino Daniel Doña, reconocido como uno de sus mejores exponentes a nivel mundial y galardonado recientemente con el Premio Max de las Artes Escénicas, habla en entrevista.
Foto: Facebook

Por Ana Lilia Pérez

El ta-pi, ta-pi, tapipi, ta-pi, ta-pi, ta, rria- ta de las castañuelas marcan el ritmo que, entre el braceo y taconeo, vibra intenso en el aula de una academia de danza en la zona sur de Ciudad de México. 

Frente al grupo, una voz andaluz instruye, corrige, aconseja cómo formarse en una disciplina en la que se le considera uno de los mejores exponentes en todo el mundo. Es Daniel Doña, bailarín y coreógrafo, un virtuoso del flamenco que visitó el país en gira académica.

El andaluz tiene el don de la enseñanza, se le mira instruir a infantes que entre menudas manos aprenden a controlar el tintineo de las castañuelas, o a bailarinas jóvenes y adultas, con la misma paciencia con que en Europa actualiza a los profesionales del Ballet Nacional de España, del que alguna vez fue parte.

El viaje a México ha sido su respiro de una apretada agenda que lo lleva de ciudad en ciudad durante todo el año, sin acordarse ya de marcar en su mapa cuál visita, como hacía a inicios de su carrera hace 22 años, donde la primera bandera que puso fue sobre Japón.

Tenía entonces 18 de edad y cuatro de trabajo profesional, cuando lo contrataron para bailar en escenarios del país del sol naciente. A partir de entonces llegaría a los más prestigiados como la Ópera de París, y muchos otros de toda Europa, Australia, Singapur, China, Tailandia, Vietnam, Indonesia… 

Doña desarrolla el 80% de su actividad profesional fuera de su natal España, y esto, dice, “es una radiografía bastante clara de lo que sucede con el flamenco actualmente. Hablamos de su globalización, porque estamos llegando a puntos del mundo que nunca pensamos que se interesarían por el flamenco, y lo hacen”.

Sincretismo y vanguardia

El T, rasgueo de guitarra forjada en baile, los graves del cajón, el braceo alto, siluetas erguidas y rostros altivos, enmarcados en repique de castañuelas y zapateo profundo como denominación de origen, que se fue profesionalizando y enamoró a la parte más culta de España.

En 2010 la UNESCO incluyó el flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad, y designó el 16 de noviembre para su celebración. Este 2019 habrá eventos en diversos países y desde España se promueve que la etiqueta #DíaInternacionaldelFlamenco sea trending topic.

Y es que hoy ese arte vive un reflorecimiento germinado por la globalización. El tapi, tapi, tapi ta, rriia-ta de las castañuelas resuenan sobre tablaos y escenarios de Taiwán a Sidney, de Moscú a Macao, de Singapur a Cancún, en ciudades de los cinco continentes. 

Retoma brío y visibilidad debido también a su modernización. “El flamenco hoy camina por una senda contemporánea”, dice Daniel Doña, quien para la España actual encarna lo excelso del arte, por eso es que en mayo le otorgaron el Premio Max, el más importante con que se reconoce a los exponentes de las artes escénicas. Con la icónica Manzana con antifaz de bronce –creación de Joan Brossa– en sus manos coronó 25 años sobre los escenarios.

Hacía mucho tiempo que la distinción no se entregaba a un bailaor, así que “a través de mi persona, ese Premio Max reconoció a toda la danza española”, considera.

Nacido bajo el mismo cielo que García Lorca, donde el flamenco se baila a ras de suelo, libre, “salvaje”, y tan intenso y fuerte cual muros de la enigmática Alhambra, Doña comenzó a bailar a los cuatro años, y cuatro más tarde ingresó formalmente a la academia. Desde entonces no ha parado. Porque la clave del éxito para un bailarín, dice, son tres “T”: trabajo, trabajo y trabajo, lección que aprendió de su maestra Maite Galán, considerada la embajadora de la danza española en el mundo, pionera en la academización del flamenco.

El alumno aplicó la lección a pie juntillas: a los 14 ya bailaba profesionalmente de lunes a domingo, “Me preguntaban ¿tú que haces? Y yo decía ‘trabajo’, ‘y trabajo bailando’. Y con 18 decidí irme a Japón, porque  entendí que necesitaba salirme de Granada, ponerme en relación con otros artistas, ver otras culturas. Siempre me he considerado un coreógrafo e interprete muy curioso, no me he conformado y me gusta estar aprendiendo”.

Foto: Paco Villata/ Facebook Daniel Doña

El flamenco se siente

En el mundo escénico cuando se dice Daniel Doña, significa lo más vanguardista del flamenco. 

–¿Qué miramos cuando vemos bailar flamenco?

–Yo lo podría equiparar con un ritual, es algo muy profundo, una expresión muy pura, en nuestro caso los bailaores usamos nuestro cuerpo, es nuestra forma de comunicación que la complementamos con la voz y la guitarra y actualmente con otros instrumentos como el violonchelo, el violín, la flauta, percusión, incluso el acordeón, como yo uso en mi espectáculo.

“Cuando alguien entra a un teatro a ver flamenco, se acerca a ver algo que no es necesario entender, es mucho más emocional. El flamenco se siente, se aprende y también se estudia para entenderlo”.

Patrimonio cultural español, se trata, valora, de uno de los mayores aportes al mundo del arte. Una “danza sin etiquetas”.

“Forma parte de la idiosincrasia del pueblo español, pero la globalización por la que atraviesan las artes escénicas en general nos ayuda a llegar a muchos mas sitios, y eso es lo bonito del arte, que de repente se convierten en algo que le pertenece a todo el mundo”.

Doña es de una generación de artistas que mediante fusiones desempolvaron el flamenco, cautivando lo mismo a cosmopolitas espectadores de Emiratos Árabes, Vietnam, Singapur, que nuevos y cada vez más jóvenes públicos en México, país con tradición flamenca desde los años setenta, cuando famosos tablaos lucían abarrotados, y mexicanos bailaban en importantes compañías españolas. 

“Desde hace mucho México y España se hermanaron por el flamenco, compañías como la de Pilar López, Antonio El bailarín, tantas y tantas salas de fiestas que llenaban el mercado cultural de España, y muchos mexicanos eran quienes formaban parte de esas compañías”, recuerda.

Hoy se habla de un reflorecimiento del flamenco, porque a principios de este siglo  atravesó en letargo, derivado en parte, de la falta de fomento del gobierno español.

“Hubo un momento en que gobernó la derecha en España desde la primera década del año 2000 y las políticas alejaron la cultura en vez de acercarla”. Pero ahora, dice, los artistas empujan para que los planes gubernamentales incluyan el arte. En esto también Doña va delante como activista por los derechos laborales de los bailarines.

Foto: Facebook

Evolución continua 

“Los bailarines vivimos ahora en constante evolución. La globalización ha sido un aliado, porque la gente está mucho mas cercana, a golpe de click puede llegar, por eso me parece fascinante cómo en la época que no existía internet pudieron documentarse e interesarse por el arte de la danza española. Pienso en esos valientes artistas mexicanos que se formaron allá y luego la trajeron a México. Ahora hay menos tablaos, pero algunos como el emblemático Gitanerías, fue enlace entre España y México haciendo una labor formidable”.

En España las nuevas generaciones aplauden fusiones donde el flamenco ya no es sólo el ritmo andalusí de las bodas, comuniones o fiestas, tampoco lo más ortodoxo de su danza, sino un ritmo que a partir de la tradición con nuevas mezclas comunica un lenguaje que va más allá de las fronteras ibéricas.

Las puestas en escena del Doña coreógrafo lo ponen en los estelares de temporada en los famosos Teatros del Canal en Madrid, a nominaciones de los Premios Lorca del Teatro Andaluz, y hasta alcanzar el Premio Max, que todo artista escénico en Europa anhela tener en sus manos.

–¿Qué encuentra el público en tu escenario?

–Lo que ve son espectáculos que hablan de la tradición pero que proyecta hacia la vanguardia, con un lenguaje amplio por el bagaje que he ido desarrollando a lo largo de mi carrera y preparación por el mundo.

–¿Tiene que ver el lugar donde naciste con tu estilo? 

–Sí, algo tiene que ver, en mi forma de bailar tengo impreso el carácter granadino que es muy salvaje. En Granada somos muy salvajes, date cuenta que en las cuevas se baila sobre suelo, no se baila sobre un piso específico para danza; y uno de los palos [ritmo] que nos caracteriza son los tangos flamencos, y siempre tengo esa relación, pero también me he ido construyendo y educando por cada país y cada circunstancia que me ha ido acompañando en este camino. 

–¿Que experimentas en el escenario?

–He pasado por varias etapas. He sufrido mucho en el escenario, porque soy una persona muy exigente y hubo un tiempo en que no disfrutaba absolutamente nada. Me costó mucho trabajo asumir esa parte, porque siempre he entendido que dedicarte a lo que uno mas quiere, en todo momento se tendría que disfrutar. Pero ahora estoy tratando de reconciliarme conmigo mismo, por lo cual interpreto que si algunas veces he sufrido en el escenario, otras habría podido bailar eternamente.

“En el escenario uno se deja llevar, se abandona, pero ese abandono significa ponerte bajo esas energías que se alinean en ese momento, y es algo brutal porque llegas a un momento de plenitud. Eso he vivido, así que creo que quien soy es un artista de verdad que trabaja desde la honestidad”.

–¿Que se necesita para ser un buen bailarín de flamenco?

–En un tiempo anterior te hubiese dicho que dotes artísticas, pero hoy creo que lo que se necesita es tener mucha paciencia. Hay que trabajar muy duro, y estar muy enamorado de lo que uno quiere hacer y conseguir enamorarte día a día de todos los no y puertas cerradas que uno se encuentra en el camino. Lo mas importante no son las aptitudes artísticas, sino la resistencia y cómo uno se sepa renovar. 

–¿Qué futuro le ves al flamenco? 

–Yo no le veo limite, y lo estamos comprobando con los rincones hasta donde llega, y no se le debe de poner límite, porque es un arte que evoluciona como cualquier otro, y ahora el flamenco llega a muchos mas sitios y a edades mas tempranas.



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