La imaginación al poder: Mai 68, en el 50 aniversario (Artículo de Julio Moguel)
Si la imaginación había de tomar el poder, los jóvenes rebeldes del mayo francés del 68 no podían aceptar que su propio movimiento se convirtiera en una especie de “modelo”.
(Foto: Twitter/@AgenciaTelam)

La imaginación al poder: Mai 68
(en el 50 aniversario)

Julio Moguel

 

I

Punto de referencia decisivo en la emergencia planetaria de los “nuevos movimientos sociales”, el estudiantil del mayo francés en 1968 hizo suya una consigna que, a lo largo de los tiempos que siguieron, se convirtió en signo de fuerza y rebeldía: “La imaginación al poder” apareció en París un día de mayo de aquel año en muros y volantes.
La consigna era sencilla y claramente comprensible: implicaba el rechazo a todo poder petrificado y la búsqueda, concomitante, de un poder relacional entre Estado y sociedad muy distinto al que el mundo había heredado en la postguerra.
Pero la imaginación, pensada como fuerza –activa y constructora de opciones específicas de cambio–, convocaba a otras importantes rebeldías conceptuales. Una, en particular, orientaba a que las luchas de los padres y abuelos de los jóvenes levantiscos, concebidas entonces como guías a seguir para forjar renovados parámetros de vida y construcción de las “nuevas democracias” –recordemos que aún se respiraban aires libertarios provenientes de la derrota del nazismo, y que el mismísimo Charles De Gaulle era el presidente de Francia–, fueron hechas a un lado en los foros de debate y en las movilizaciones callejeras de París en pro de reinventar la vida.
La idea de reinventar la vida no era entonces una entre otras metáforas libertarias. En Eros y Civilización, Herbert Marcuse –filósofo vinculado al movimiento estudiantil de la época, en Francia y Alemania– ceñía la fórmula en una atrevida línea de concepto: se trataba de construir “un modo de vida que pusiera realmente los instintos de la agresión al servicio de los instintos de vida y educara a las jóvenes generaciones en vista de la vida y no de la muerte”. El filósofo alemán heredaba y reeditaba así teóricamente lo que ya Hannah Arendt había formulado en La condición humana (1958) contra la idea heideggeriana del “ser para la muerte”.
Los jóvenes latinoamericanos que pisaron entonces las calles adoquinadas del Barrio Latino de París (el que esto escribe, entre ellos) sintieron un vuelco de levedad que los hizo volar hacia nuevos y muy promisorios horizontes de futuro. Y no era extraño, bajo tales condiciones, que en el fragor de la lucha callejera o en los recintos universitarios en los que se desarrollaba el debate se encontraran jóvenes imberbes con un texto de Jean-Paul Sartre, un libro de Marcuse u otro de Arendt bajo el brazo. O con Rayuela, de Cortázar, imaginando acaso que una era La Maga y otro Horacio Oliveira.

II

Pero si la imaginación había de tomar el poder, los jóvenes rebeldes del mayo francés en el 68 no podían aceptar que su propio movimiento se convirtiera en una especie de “modelo”, a seguir o a replicar en adelante por los siglos de los siglos. Porque en la formulación propia del “modelo” quedaba la propuesta de que los jóvenes siempre tendrían que reinventarse (“la imaginación al poder” convocaba justamente a ello).
Llegar a este punto de conclusión fue casi imposible para muchos que vivieron y protagonizaron aquel mayo francés del 68. Pero no lo fue por fortuna para Daniel Cohn- Bendit (Dany le rouge, le nombraban entonces), máximo dirigente estudiantil de esas jornadas, quien a principios de la década de los noventa del siglo pasado, en una conferencia que impartió en un retacado auditorio universitario de Quebec (quien esto escribe tuvo el privilegio de vivir esa experiencia), simple y llanamente dijo, en el inicio de su plática: “Olvídense del 68”.
La reacción de los presentes mostró un cierto tipo de inquietud, pues lo que se esperaba, por supuesto, era que el emblemático y carismático líder juif-aleman recorriera puntualmente algunas de las páginas de aquella historia y las pusiera al punto para recordar. Un murmullo elocuente recorrió la sala.
Pero pronto las aguas volvieron a su curso: lo que Daniel Cohn-Bentit estaba diciendo era que los jóvenes de ese “ahora” tendrían que echar a andar su propia imaginación para reinventarse y, con ello, para volver a reinventar el mundo.

III

Hace unas semanas, escuché, en un evento público donde predominaban los jóvenes, una conferencia inaugural sobre el movimiento estudiantil de México 68, impartida por uno de quienes encabezaron dicha gesta. Aclaro aquí que no se trataba de un encuentro convocado de manera expresa para hacer tal rememoración, sino justo para dar a los jóvenes de ahora algún mensaje elocuente sobre lo que pretendía ser, en la mirada del ponente (y de los organizadores del encuentro), algo así como el origen de todas las luchas sociales y políticas de la época.
Después de escuchar al mencionado ponente me quedó la duda sobre si los jóvenes oyentes habían logrado recoger algún retazo que fuera realmente provechoso para su propia experiencia. Y recordé entonces lo que dijo el líder del mai 68. Pero también se me vino a la mente el movimiento de Los indignados y el del #Yo soy 132. Y pensé entonces que los días a venir podrían ser generosamente promisorios.






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