‘La mercantilización de la vida social, clave para entender el presente’: García Canclini
El antropólogo argentino publica ‘Pistas falsas’, su primera novela.
(Redacción AN/Sexto Piso).

Observador y atento pensador de su tiempo, Néstor García Canclini ha hecho de los procesos de interculturalidad en la era de la globalización su campo de estudio. Afincado en México desde 1976, el antropólogo argentino se ha convertido en un afilado pensador acerca de la injerencia de las nuevas tecnologías en los jóvenes y la comunicación; además, se ha ocupado en leer los puentes que vinculan el desarrollo arquitectónico de ciudades como la de México, con el discurso político.

Con su primera novela, Pistas Falsas (Sexto Piso), García Canclini ingresa en la ficción especulativa y se ubica en 2030, año en que Palestina ya será un Estado y donde los partidos políticos se habrán consolidado como corporaciones teatrales y no de servicio público.

¿Por qué publicar una novela hasta ahora?

Obedece a un deseo de muchos años. Tengo algunos poemas y cuentos nunca publicados. He escrito sobre algunos escritores tratando de captar algo distinto a lo que se dice desde la sociología y antropología. Lévi-Strauss se pasó la vida estudiando mitos y los mitos son ficciones que dicen mucho sobre cómo se vive y cómo se quiere vivir. Los antropólogos nos ocupamos de relatos, escuchamos a la gente para construir la narrativa. En este caso dejé que la ficción prevaleciera sobre lo observable.

Le confieso que me gustó leer su reivindicación a la obra de Fogwill.

No me gusta todo, pero algunas de sus novelas me fascinan. Fue un excelente narrador con una facilidad de escritura y generar sorpresa increíble. A veces se engolosinaba con ese poder y le ganaban algunos imaginarios, pero es un pensador a través de la ficción, de los más poderosos de la lengua.

Más arriesgado aún es poner Roger Waters y a John Cage en el mismo nivel.

¿Por qué no hacerlo? Me emocionan de manera diferente los cuatro minutos de silencio de Cage, pero también me conmueven los gritos atronadores de The Wall. Son creadores distintos pero magistrales.

La novela se desarrolla en 2030, ¿por qué? ¿Se debe a la perspectiva antropológica que tiene acerca del arte contemporáneo, la tecnología y la cultura?

Sí, agregaría también que llevo muchos trabajando sobre la ciudad de México, Tijuana y los migrantes. A lo que algunos antropólogos llaman la globalización desde abajo y que pasa por los mercados informales e ilegales. Los movimientos más secretos de la interculturalidad.

En este juego futurista establece juicios vigentes y según su predicción, aplicables al futuro. Un ejemplo, es su reflexión acerca de los partidos como corporaciones teatrales.

La inercia está como para que las cosas sigan igual.  Lo nuevo en todo caso, es que esto se ha generalizado y que la representación ficcional de las relaciones sociales prevalece sobre los intentos de representar verdaderamente a los ciudadanos. Hace ochenta años Bertolt Brech analizó los gestos corporales de Hitler y concluyó que la política es teatro. En la novela intenté poner en evidencia ese sentido ficcional despegado de las necesidades y deseos de los ciudadanos.

Dedica un espacio a reflexionar sobre ciudades como la de México, y su caótico desarrollo urbano.

Hay rasgos de la ficción futurista que se hicieron realidad, pienso en las largas travesías por la ciudad. Otro disparate es la incapacidad de los gobernantes para planificar y entender cómo se pierde la gobernabilidad de la ciudad y las naciones. El sentido de puesta en escena y representación del discurso político se vuelve exasperante cuando lo contrastamos con la experiencia de atravesar la ciudad en coche al mismo tiempo que escuchamos los anuncios electorales. La contradicción está viva, tensa y por eso es agobiante. La ficción es una manera de evadir la resignación y la dificultad de que como ciudadanos seamos escuchados y considerados en nuestra aventura cotidiana.

Entre su ficción no deja de plantear teorías, pienso en la tendencia de la farándulización de la literatura.

La diferencia entre la ficción y un ensayo científico es que en la primera no se pide llegar a conclusiones. En mi narración todo el tiempo hay ficciones chocantes, encontradas, discusión. Esta tensión entre interpretaciones distintas es lo que da sabor y apertura a pensar de otra manera.

¿Cuándo habla de farándula en la cultura piensa en Vargas Llosa y su reflexión sobre la sociedad del espectáculo?

Es curioso porque, así como él, hay muchos apocalípticos indignados. Aseguran que la espectacularización del mundo crea banalidad. Me cuesta trabajo entender cómo pueden salir con una explicación tan banal y desacreditada en las ciencias sociales. Es de una simplificación terrible decir que el espectáculo es la clave de lo que está sucediendo. En Vargas Llosa es uno de los muchos pretextos para no pensar críticamente sobre el mercado. La mercantilización de toda la vida social, la reducción a mercancía de los bienes con los que nos alimentamos y de las relaciones afectivas, son algunas de las claves que ellos no tienen en cuenta.

En el fondo de su historia todo apunta a una reflexión crítica sobre el mercado…

Sí, pero un mercado que se está reconfigurando por eso es tan necesaria la consideración transcultural. Cuando el protagonista de mi novela descubre que los archivos de algunos escritores están en Abu Dabi o Singapur en realidad está hablando de cómo nos relacionamos e interactuamos con la cultura. ¿Quién se apropia de qué y para qué?

Es apocalíptica la imagen de que en los Juegos Olímpicos de 2024 veremos delegaciones de Facebook o Twitter.

Desde luego es algo que no hemos visto en las olimpiadas, pero tendría cierta lógica porque Twitter o Facebook tienen más capacidad económica y repercusión que muchos estado-nación.

Ahí leemos una reflexión acerca de la identidad.

Los antropólogos que más me interesan hoy, hablan poco de identidad. No la consideran una noción muy fecunda para entender lo que sucede. No porque no haya identidad sino porque tampoco podemos olvidar que muchos mueren por lo que creen que es su identidad. Las identidades existen mezcladas, interactuando, viajando, transformándose. Solo en el proceso de interculturalidad que es más potente que cualquier identidad, podemos entender lo que sucede hoy.

Aunque el racismo, los muros y las fronteras siguen siendo cosa de todos los días.

Lo que sucede es que el comercio mundial se ha globalizado y ya ni sabemos donde se producen los bienes. Aunque las marcas sean holandesas o mexicanas pueden producirse en cualquier país. Vivimos en un mundo de tercerización, de delegación de la producción, de explotación en talleres lejanos para pagar menos salarios. Esto ha revuelto las comunicaciones con que damos sentido a la convivencia.

En la novela habla de un agotamiento de los intelectuales, ¿a qué se refiere concretamente?

Hay un agotamiento de los relatos y paradigmas. No tenemos ninguna narrativa universal que nos agrupe interpretaciones válidas como fue la pretensión histórica del saber científico, es decir era válido para todos. Eso ha desaparecido justo cuando más lo necesitamos. Nos hace falta una narrativa universal que nos haga comprensible unos a otros. Es un drama grave. Hoy a lo más que podemos aspirar es a relaciones intersubjetivas abiertas y dispuestas a entender lo diferente.

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