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Extinción y pérdida de las lenguas | Artículo de Luis Fernando Lara

El lingüista Luis Fernando Lara coordina la mesa 'Los diccionarios y la inteligencia artificial', que se realizará este martes 17 de marzo a las 18 horas en El Colegio Nacional (Donceles 104, Centro Histórico, CDMX). Participará el filólogo Cecilio Garriga, académico de la Universidad Autónoma de Barcelona.

  • Redacción AN / MDS
15 Mar, 2026 02:00
Extinción y pérdida de las lenguas | Artículo de Luis Fernando Lara
Foto: Archivo Pexels

Por Luis Fernando Lara / Miembro de El Colegio Nacional* 

“Panorama de los procesos de pérdida, extinción y adaptación de las lenguas”

La lingüística histórica desarrollada en el siglo XIX, cuya herencia de estudios genealógicos y comparativos de las lenguas del mundo, en especial de las del ámbito europeo, constituyó el acervo de datos y concepciones fundacionales de la moderna ciencia del lenguaje, asimiló a sus explicaciones la idea central darwinista de la evolución y con ella la idea de que las lenguas son seres vivos. En cuanto seres vivos, las lenguas tendrían una existencia temporal que comienza con su nacimiento, sigue con su desarrollo hasta alcanzar la especie de adultez concebida tradicionalmente como “edad de oro” de las lenguas —ejemplos son los llamados Siglos de Oro del español entre el XVI y el XVII, la edad clásica del francés en el XVII, o el náhuatl del rey Nezahualcóyotl—, declinan “corrompiéndose” y terminan muriendo, como habría sucedido con cientos de lenguas del mundo antiguo y sigue sucediendo con muchas lenguas contemporáneas. August Schleicher, el filólogo alemán que introdujo el pensamiento darwinista a la lingüística, afirmaba que “las lenguas son organismos naturales que nacen […] crecen y se desarrollan siguiendo leyes fijas y, al paso del tiempo, envejecen y mueren”.

La obra de Schleicher dio lugar también a la búsqueda de aquellas leyes de la evolución de las lenguas, que permitirían explicar su evolución de manera semejante a la de los seres vivos: las llamadas “leyes fonéticas”, cuya enunciación y exploración ocuparon la segunda mitad del siglo XIX, particularmente entre los miembros de la llamada “escuela de los neogramáticos”, originada en la Universidad de Leipzig, Alemania. No haría falta señalar que esa idea de las lenguas como “seres vivos” preñó la educación en todo el mundo y, en nuestro ámbito, sigue formando parte de las ideas preconcebidas con que se juzga la existencia de las lenguas; en particular, es el principal sustento de la ideología del purismo. De ahí pensar que las lenguas, como los seres humanos, también mueren. 

La reacción a ambos postulados acerca de la vida de las lenguas y de las leyes que rigieran su evolución llevó a estudiar su existencia en la realidad social de sus hablantes y los fenómenos geográficos, demográficos y políticos que influyen en su evolución, como se ve en la obra de Hugo Schuchardt, de Antoine Meillet, de Jules Gilliéron y de Ferdinand de Saussure. Las “leyes fonéticas” se vieron contradichas por esos estudiosos, quienes sostuvieron que, en el mejor de los casos, sólo representan ciertas regularidades de la evolución lingüística, cuando no intervienen factores de índole estrictamente social, como es el contacto con otras lenguas, la influencia de unas sobre otras en ciertos períodos históricos, el aislamiento o no de cada comunidad lingüística, la imposición de una lengua sobre una comunidad de lengua diferente, etcétera.

Foto: El Colegio Nacional

Si bien en nuestros días sigue habiendo lingüistas que creen que las lenguas evolucionan por sí solas como organismos vivientes, los conocimientos que nos depara la lingüística moderna, tanto en sus exploraciones acerca de la estructura de las lenguas como en cientos de investigaciones acerca del ámbito social en que se hablan, permiten afirmar que la idea de las lenguas como seres vivientes y, en consecuencia, la de que mueren igual que los seres humanos, es equivocada […] Las lenguas existen en tanto haya personas que las hablen; las personas mueren; las lenguas desaparecen cuando toda su comunidad o bien muere, o bien cambia de lengua.

Comenzaré por el tema de la extinción. Basta con mirar, por ejemplo, la Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México, publicada por Manuel Orozco y Berra en México, en 1864, para darse cuenta de la cantidad de lenguas que, aparentemente, ya habían desaparecido del territorio mexicano para la época en que llevó a cabo su recopilación. Por ejemplo, en el estado de Durango Orozco afirma que desaparecieron las lenguas cácari, zacateco, irritila y toboso, quizá cercano al apache; en Durango y Chihuahua el julime, quizá pariente del tepehuano; en Sonora, tepahue, macoyahuy, vayema, putima, baturoque y teparantana. No hay certeza de que éstas hayan sido lenguas diferentes y no se conocen sus características estructurales; muy bien puede tratarse de designaciones de tribus y pueblos (que podrían tener las mismas lenguas que otros) y no de lenguas, pero se puede considerar como un hecho que aquellos pueblos nómadas del norte, diferentes de los mesoamericanos y sus civilizaciones, al desaparecer a causa de las guerras y escaramuzas que constantemente se suscitaban con los conquistadores y los colonizadores, o al asimilarse a ellos, hayan realmente muerto al paso de los años, o hayan adoptado el español y, en consecuencia, se hayan perdido sus lenguas.

El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI) afirma en su más reciente Catálogo de las lenguas indígenas nacionales: variantes lingüísticas de México con sus autodenominaciones y referencias geoestadísticas que 107 “variantes” lingüísticas actuales —es decir, posibles dialectos de diferentes lenguas— están en riesgo de extinción; entre ellas el kiliwa —o su “variante”, el cochimí—, cuya habitación se localiza en el valle de la Trinidad, entre las sierras de San Miguel, San Pedro Mártir y el desierto de San Felipe, en Baja California, que tendría cuatro hablantes, y el ayapaneco entre Tabasco y Veracruz, hablado hoy por sólo ocho personas. Lamentablemente los cálculos del INALI se basan en el XII Censo General de Población y Vivienda 2000, cuyos criterios de encuesta han sido muy defectuosos, fundamentalmente porque se sustentan en la consulta directa a las personas acerca de si hablan o no una lengua indígena, lo cual puede ocultar la realidad de los procesos de desaparición de las lenguas y, a la vez, hacer aumentar artificialmente el número de sus hablantes cuando éstos afirman hablar lengua indígena por motivos ideológicos y autoafirmatorios. Leonardo Manrique Castañeda, en su texto La población indígena mexicana, basado en el XI Censo de 1990, afirmaba en 1994:

Es indudable que la proporción de los hablantes de lenguas indígenas ha venido disminuyendo en relación con la población total del país; ambas crecen a tasas bastante semejantes, pero el porcentaje de hablantes resulta al cabo del tiempo cada vez menor, y puesto que la tasa de crecimiento de la población en las regiones —entidades federativas, municipios— predominantemente indígenas supera un poco la de las poblaciones no indígenas, esto quiere decir que un número creciente de la población que tenía una “cultura” indígena tradicional ha venido abandonando su lengua y, presumiblemente, también otros aspectos de la cultura étnica.

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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.

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