La ruptura de la normalidad (Artículo)
"Entramos en una fase de ruptura de la vieja normalidad; de construcción de una nueva forma de hacer política", escribe Carlos Herrera de la Fuente.
Foto: Misael Valtierra/ Cuartoscuro

Por Carlos Herrera de la Fuente

Esto no es normal”, se escucha diariamente el clamor de comentaristas, analistas y periodistas opuestos a cualquier intento de cambio y transformación promovido por el gobierno de López Obrador. “No debemos acostumbrarnos a esta nueva realidad”, sollozan nostálgicos por un pasado que la mayoría de los mexicanos rechazó rotundamente el pasado primero de julio de 2018 en las urnas. Están asustados, indignados, pero sobre todo, ansiosos de que el proyecto del nuevo presidente fracase de manera estrepitosa para regresar a lo mismo de siempre; a las mismas políticas que han destrozado al país en las últimas tres décadas y que fueron, justamente, la que la mayoría ciudadana rechazó definitivamente.

No soportan que el presidente ofrezca, diariamente, una conferencia matutina; no soportan que insista con tanta vehemencia en el tema de la austeridad; no soportan que realice consultas en las que se pregunte sobre temas de interés nacional; no soportan que tome medidas aceleradas en asuntos de visible urgencia; no soportan que, sin reprimir ni censurar a nadie, critique o tome postura abiertamente sobre distintos temas; no soportan que manifieste diferencias con otros poderes de la unión; no soportan que establezca un ambicioso programa de apoyo económico y social a los sectores más desprotegidos de la población; no soportan que reviva al Estado como promotor del desarrollo económico nacional; no soportan que respete la soberanía de otras naciones y defienda la política de no intervención como fundamento histórico de las relaciones internacionales de México. “Eso no es normal”, “eso no es normal”. Bueno, pero ¿qué es lo normal?

Lo normal en México durante décadas, en realidad, a lo largo de prácticamente toda su historia, ha sido: no comunicar nada a la ciudadanía; hacer alarde del lujo, del dispendio y de la corrupción entre la clase política; no consultar a nadie ni tomar en cuenta la opinión de ningún ciudadano en torno a decisiones que les competen directamente; aplazar indefinidamente decisiones necesarias para sacar al país del atraso y dejar que los temas centrales sean completamente olvidados; no polemizar con ningún periodista, pero imponer una línea editorial en casi todos los medios de comunicación, de tal manera que los distintos conductores, analistas y opinadores coincidan siempre con lo que dice el presidente y su gabinete; no enfrentarse con ningún poder de la unión, porque en el fondo tanto el legislativo como el judicial están sometidos al ejecutivo; desatenderse (desde la era neoliberal) de las necesidades de la población con el argumento de que el mercado (acaparado por grupos oligopólicos) es más eficiente que el Estado; intervenir de manera grosera y arbitraria (desde el primer gobierno panista) en los asuntos de otros Estados soberanos, siempre al servicio de la política exterior estadounidense.

¡Esto fue lo normal durante décadas!

Pero que todos esto haya sido normal; que la corrupción, el dispendio, la impunidad, la criminalidad de cuello blanco, la censura disimulada, la represión abierta, el sometimiento de los poderes de la unión al ejecutivo, el servilismo ante el poder estadounidense hayan sido normales, que hayan sido el pan nuestro de cada día, no quiere decir que tuvieran carta de naturalidad y debieran, por lo tanto, ser considerados insuperables. Lo normal no es lo natural. Toda normalidad puede ser modificada, alterada; especialmente cuando dicha normalidad se basa en principios viciados y malignos.

Entramos, pues, en una fase de ruptura de la vieja normalidad; de construcción de una nueva forma de hacer política. Y esa ruptura, ese sacudimiento, inevitablemente, conlleva, al comienzo, desajustes, sobresaltos, incomodidades, fundamentalmente porque al comenzarse a cambiar las viejas estructuras permeadas de corrupción y criminalidad se afectan intereses consolidados, muchas veces de grupos sumamente poderosos (y peligrosos). La ruptura de la vieja normalidad anuncia, pues, un tiempo inédito, de cambios vertiginosos y respuestas violentas. No habrá cuarta transformación sin resquebrajamiento de las viejas estructuras podridas. Y dichas estructuras no serán removidas sin una respuesta agresiva (incluso violenta) de los grupos que quieren conservarlas a toda costa.

Ésta es la situación en la que nos hallamos actualmente.

A diferencia de lo que proclamaba irónicamente el sociólogo francés Jean Baudrillard en los años ochenta, cuando los mass media habían acaparado definitivamente la atención colectiva de las sociedades modernas, “la revolución no será televisada”, esto es, no será sólo un espectáculo ajeno a la vida de los ciudadanos que todos observaremos en la comodidad de nuestro hogar, sin molestia alguna. Cierto, la “Cuarta transformación” no se propone como una revolución, pero incluso su ánimo reformista radical se enfrentará con una oposición aún más radical por parte de grupos que no quieren que se afecte en lo más mínimo sus intereses, y que, por lo tanto, estarán dispuestos a alterar la vida cotidiana de todos, aún en mayor medida de lo que ocurriría de otra manera. La Cuarta transformación, si es verdadera, generará molestias e incomodidades; pero de llevarse a cabo, valdrá finalmente la pena.

Varios comentaristas moderados insisten en que no hay por qué acelerar las cosas; que es necesario respetar la vía institucional ya establecida y avanzar con paso firme para no afectar nuestra “débil democracia”; que es mejor atenerse a las reglas del juego, en vez de asumir la voluntad política de transformación, lo cual implica el reconocimiento de un liderazgo central y centralizado. Pero las instituciones, tal como fueron concebidas por el Estado neoliberal, y aun antes, están hechas para que todo siga igual; para que cualquier intento de cambio que pase por ellas quede reducido a pura farsa. Con ellas sólo se puede cambiar sin cambiar.

Sin voluntad política y liderazgo no hay transformación. Ésa es la base para promover un viraje político e institucional que cree una nueva normalidad, una en la que la simulación, la corrupción, la impunidad y el dispendio no sean la regla; una en la que la insensibilidad política, la distancia entre gobernantes y gobernados, el sometimiento a poderes establecidos, nacionales y extranjeros, no sea el principio dominante.

Los problemas provocados por el combate al “huachicol”, que han generado escenas de desabasto y largas filas en gasolineras de varios estados de la república, son un mal mínimo si se considera todo lo que se puede recuperar, económicamente hablando, de eliminarse o reducirse a su mínima expresión el robo de combustible.

“Pero eso afecta a los ciudadanos”, dicen consternados periodistas y comentaristas acostumbrados a viajar en jets privados. Como si los ciudadanos fueran una especie de turistas extranjeros a los que nadie quisiera molestar para que siguieran visitando el país. Como si la realidad no tuviera que tocarlos ni con el pétalo de una rosa. Pero eso es imposible. Para bien y para mal, los ciudadanos somos los que hacemos y cambiamos activamente este país, y lo que le pase a él nos afecta directamente a todos, de manera ineludible. Si los ciudadanos, por tantos años de corrupción y saqueo, estamos acostumbrados a una dinámica viciada en la que predominan estructuras perjudiciales para el país, debemos entender que cambiarlas nos afectará de alguna manera. Y eso es de esperarse.

El argumento de que los ciudadanos no deben ser afectados en su comodidad por el combate al “huachicoleo”, resulta tan estúpido y absurdo como promover la defensa de la ecología exigiendo que no se afecte para nada el estilo de vida de las personas, que es precisamente el que contribuye a contaminar el planeta. Cambiar una cosa implica cambiar la otra. Y de la misma manera con la corrupción y sus estructuras.

Ello no significa, por supuesto, que todos los ciudadanos sean corruptos o cómplices de la corrupción, sino que, de una u otra manera, lo queramos o no, todos formamos parte de estructuras corruptas, enquistadas en lo más profundo de la sociedad mexicana, y su desmantelamiento genera y generará problemas en varios niveles. Acabar con el huachicoleo significará no sólo detener el hurto directo del combustible, sino, también, modificar las rutas y los medios de distribución, su forma de adquisición y venta, los patrones de consumo, etc. Todo tiene que cambiar.

La transformación de México requiere voluntad y decisión política; también, cooperación y compromiso de los ciudadanos. La vieja normalidad neoliberal no caerá por sí sola. Se necesita actuar sin concesiones. Y eso ocasionará molestias. Mejor sufrir un poco que dejar al país en el mismo lugar en el que se encontraba.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es filósofo, ensayista y poeta. Licenciado en economía y maestro de filosofía por la UNAM; doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Es autor de los poemarios Vislumbres de un sueño (2011) y Presencia en fuga (2013), así como de los ensayos Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015) y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (2017). Es profesor de la materia Teoría Crítica en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales.






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