opinión*
Trump: ¿la barbarie contra el mundo civilizado?, artículo de Julio Moguel
por Julio Moguel
(Foto: Reuters)

La victoria de Donald Trump: ¿barbarie contra mundo civilizado?

(El equívoco de Enrique Krauze) 

Julio Moguel 

 

Un fanfarrón en el escenario del triunfo

¿Cómo fue que un fanfarrón y advenedizo como Donald Trump logró llegar al cielo sin escalas? Para tratar de responder a la pregunta sigo aquí, por economías de espacio, el “modelo” que Marx delineó en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Con los siguientes elementos en el ensamble: la existencia de: a) un personaje con el mínimo de condiciones –contingentes unas, azarosas otras– para entrar en escena; b) un desequilibrio o desgaste de las condiciones previas de dominación o de dominio de un bloque de fuerzas económicas y políticas que hasta ese momento mantenían el manejo de las palancas de mando del Estado; c) un amplio sector de la población –los campesinos, en el caso de la Francia analizada por Marx– convertida en masa-plataforma-votante posibilitadora del ascenso; d) un núcleo social lumpen –los decembrinos, en el caso del balance de Marx– convertido en ariete de fuerza física y directa del fanfarrón en turno.

Aquí sólo enunciaremos esos cuatro elementos de ensamble para el caso de Trump: las “mínimas condiciones” del empresario (inciso a) para entrar en escena se formaron desde su boyante condición económica y su presencia como actor en los medios televisivos (en el concurso de talento El Aprendiz, donde era una especie de ogro que se distinguía por su trato duro ante los desconcertados concursantes).

El punto relativo al desequilibrio o desgaste de las condiciones previas de dominación (inciso b) queda claramente marcado en y desde el hartazgo de muy amplios sectores de la población frente a las fechorías, a la hipocresía y al doble discurso de los activos de la clase política tradicional.

La existencia de un amplio sector de la población convertida en masa-plataforma-votante (inciso c) tuvo, como sujeto activo, a la clase trabajadora del Rust Belt, que se extiende entre los estados de Pensilvania, Wisconsin, Ohio, Michigan e Indiana. A estos blancos se sumaron otros blancos afectados asimismo por las políticas públicas neoliberales de nuevo cuño y/o por la afrenta racial de ser gobernados durante ocho años por un negro.

El núcleo social lumpen (inciso d), volcado a apoyar la candidatura de Trump, fue reclutado por el republicano por diferentes vías. Pero el Ku-Klux-Klan es su real y más preclaro representante y ejemplo.

El bonapartismo trumpiano y el “Espíritu de Venganza”

Sí, aunque parezca increíble: desprendimiento bonapartista de un Trump que en plena campaña echó pestes contra los medios televisivos y los medios de prensa, contra los poderosos de Wall Street y los más altos mandos de su propio partido (ligados éstos a los núcleos económicos de poder más encumbrados, como el representado por la familia Bush), contra la clase política en funciones y contra una buena parte de los valores “democráticos” y “civilizatorios” del stablishment.

Todo ello, en un lance increíble en el que el desaforado diablo en escena hizo sus cuentas para forjar el discurso con posibilidades de gane: contra “la arrogancia cínica” de los gobernantes norteamericanos de nuevo registro; contra las pillerías excesivas de Wall Street y sus corredores de hedge funds; contra ciertos cauces de la globalización económica; contra regulaciones y normas ambientales y laborales que afectan los niveles de ganancia de muy diversas empresas.

El juego discursivo de Trump fue acompañado por el despliegue de un programa extremadamente racista, xenófobo, misógino, ninguneador. De cuya pertinencia práctica en el escenario en el que se movía el empresario de marras nunca dudó, pues con tales valores en el aire integraba y capitalizaba lo que el filósofo alemán Peter Sloterdijk ha definido como un ingrediente básico de los –actuales– tiempos modernos, a saber: la existencia de “un culto sin precedentes a la venganza excesiva”, movido a contracorriente de “la tendencia global” a la “neutralización del heroísmo”, a la “marginalización de las virtudes militares y [a] la promoción pedagógica de los afectos pacíficos y sociales” (Colère et Temps. Essai politico-psychologique).

El equívoco de Krauze: “Barbarie contra civilización”

Si dentro de los rasgos actuales de la modernidad occidental se encuentra la presencia del “Espíritu de Venganza” como “invitado especial” –sigue siendo Sloterdijk quien lo dice–, habría que relativizar entonces los discursos u opiniones que colocan la disputa entre Clinton y Trump como reflejo de la lucha secular entre “civilización” y “barbarie”. Es esta última línea de interpretación la que pudo desprenderse del posicionamiento de Enrique Krause ante el triunfo del republicano, cuando señaló por medio de Televisa y otros medios que, palabras más, palabras menos, el mundo civilizado tendría que unir nuevamente todas sus fuerzas para enfrentarse a la emergencia o remergencia del “Mal”, representado en este caso por Trump.

Porque el “Mal” referido por Krauze cruza e implica muy íntimamente a los “buenos” de la telecomedia que hemos vivido, entre los que destacan la misma Hillary Clinton y no parte menor de sus personalidades y núcleos aliados. (Ello no lleva por supuesto a la conclusión de que “era lo mismo” votar por uno o por otra).

El rechazo a encajonarse en el esquema explicativo de la lucha secular entre “civilización y barbarie” ofrece a la vez otras posibilidades de análisis: pensar, por ejemplo, que la estrategia ruda de campaña de Trump, con sus bufonerías y fanfarronerías –independientemente de que formen parte íntima e indisociable de su personalidad y de sus estrechos y retorcidos alcances de mira–, tuvo en el proceso de campaña un efecto corrosivo que los demócratas no entendieron y/o no tuvieron condiciones de evitar. Porque el denominado “Espíritu de Venganza” capitalizado y representado por Trump en el día a día de la lucha electoral entró al campo enemigo como un rayo capaz de iluminar las podredumbres y dobleces de “las buenas maneras” con las que la “democracia decente” de la clase política norteamericana (demócratas y republicanos dentro del mismo barco) han llevado a Estados Unidos y a una buena parte del mundo hacia el desastre.

Quiere ello decir que detrás de la corriente que derrotó a Hillary Clinton se expresó un malestar difuso y extendido, no sólo malévolo o fascista, o inculto, chato, o bárbaro. Es justamente a ello a lo que se refiere Bernie Sanders (el oponente de izquierda a Hillary Clinton como precandidato a la nominación del Partido Demócrata) en su más reciente artículo publicado enel New York Times: “Millones de estadunidenses registraron un voto de protesta el [día de la elección], expresaron su feroz oposición a un sistema económico y político que pone los intereses de los ricos y empresarios sobre los suyos […] No es un shock para mí el que millones de personas que votaron por Trump lo hicieron porque estaban enfermos y cansados del statu quo económico, político y mediático” (La Jornada, 13 de noviembre).

Entonces lejos de Trump, sin duda. Pero también lejos de Krauze.

Julio Moguel

Economista de la UNAM, con estudios de doctorado en Toulouse, Francia. Colaboró, durante más de 15 años, como articulista y como coordinador de un suplemento especializado sobre el campo, en La Jornada. Fue profesor de economía y de sociología en la UNAM de 1972 a 1997. Traductor del francés y del inglés, destaca su versión de El cementerio marino de Paul Valéry (Juan Pablos Editor). Ha sido autor y coautor de varios libros de economía, sociología, historia y literatura, entre los que destacan, de la editorial Siglo XXI, Historia de la Cuestión Agraria Mexicana (tomos VII, VIII y IX) y Los nuevos sujetos sociales del desarrollo rural; Chiapas: la guerra de los signos, de ediciones La Jornada; y, de Juan Pablos Editor, Juan Rulfo: otras miradas. Ha dirigido diversas revistas, entre ellas: Economía Informa, Rojo-amate y la Revista de la Universidad Autónoma de Guerrero.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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