Las 85 horas que colapsaron al Poder Judicial | «Cuando perdimos el juicio»
Aunque López Obrador dijo varias veces que “al margen de la ley nada y por encima de la ley, nadie”, en su sexenio y el de su sucesora, Claudia Sheinbaum, se desmanteló uno de los contrapesos más importantes que la incipiente democracia mexicana había construido en las últimas décadas.
- Redacción AN/ SBH

Por Leticia Robles de la Rosa / «Cuando perdimos el juicio».
En la Cámara de Diputados y en el Senado, la reforma se tramitó en un auténtico fast track: dictámenes preparados en plazos muy reducidos, sesiones maratónicas, cambios de sede para mantener las votaciones y prácticamente nulo espacio para una discusión informada y técnica sobre el contenido y las consecuencias de los cambios. En ese contexto, marcado además por señalamientos de presiones sobre legisladores y negociaciones de último minuto, el Congreso terminó reuniendo la mayoría calificada necesaria para modificar la Constitución y poner en marcha el nuevo modelo judicial. La aprobación de la reforma judicial fue inédita. No sólo por las decenas de manifestantes que irrumpieron en el Salón de Plenos del Senado, sino por la operación política que permitió la mayoría calificada. Un solo voto definió la reforma que cambiaría al Poder Judicial en México. Esta es la crónica de la reportera Leticia Robles de la Rosa, quien vivió en primera línea y reportó en tiempo real la histórica jornada.
El 10 de septiembre de 2024, a las 16:21 horas, decenas de inconformes rompieron la cadena de la entrada principal al Senado, abrieron las rejas y entraron. Sostenían una bandera nacional gigante, y mientras avanzaban, gritaban: “No pasará, la reforma no pasará”. Llegaron hasta el Patio del Federalismo donde forcejearon con elementos de Resguardo Parlamentario, quienes usaron extintores para persuadirlos.
Los manifestantes superaban en número al cuerpo de seguridad y no detuvieron la marcha. Antes de entrar al salón de plenos, se encontraron con una puerta de cristal atrincherada por trabajadores del Senado. Los manifestantes intentaron abrirla a toda costa y entre el forcejeo, finalmente se quebró. Nadie pudo detenerles el paso. Cuando entraron a las gradas del Pleno, los senadores suspendieron la sesión, bajo el argumento de resguardar su seguridad.
Los legisladores decidieron trasladarse a un par de kilómetros de ahí, en la vieja sede del Senado, en Xicoténcatl 9, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, para continuar con la discusión. Ni un acto inédito como esa irrupción, ni el descontento de un gremio, les hizo mover un ápice su decisión de votar ese mismo día.
Durante toda la tarde, el debate y el cabildeo entre las fuerzas políticas fue intenso. Sobre todo porque Morena y sus aliados, PT y PVEM, sumaban 85 votos, pero la reforma constitucional requería mayoría calificada, es decir, 86 votos de los 128 senadores.
Un solo voto decidió la reforma que cambiaría al Poder Judicial en el país.
Se trató del panista Miguel Ángel Yunes Márquez. Después de 85 horas de ausencia, apareció a las 20:51 horas sólo para confirmar en tribuna que su voto sería en favor de la reforma al Poder Judicial. Los gritos de traidor por parte de sus ya excompañeros del PAN eran acallados por la consigna del “sí se pudo”, del oficialismo.
El anuncio de Yunes Márquez no sorprendió. Siete horas antes, su padre, Miguel Ángel Yunes Linares, en calidad de su suplente, había entrado al Salón de Plenos del Senado desde la bancada de Morena escoltado por el oficialismo, que le dio un escaño para que desde ahí esperara su turno a la tribuna.
La cara desencajada de Marko Cortés, senador y todavía presidente nacional del PAN, resumía el estado de ánimo de los albiazules que habían vivido 85 horas de zozobra, desde que Miguel Ángel Yunes Márquez dejó de contestarles el teléfono.
La desaparición de Yunes Márquez
A las 14:08 del 3 de septiembre, la bancada del PAN ofreció una conferencia en la que cada uno de sus 22 integrantes se comprometieron a asistir a la sesión en que se aprobaría la reforma al Poder Judicial y votar en contra. Miguel Ángel Yunes Márquez era uno de ellos. Su compromiso ya era público.
Pero desde las primeras horas del 7 de septiembre, dejó de contestar las llamadas de sus compañeros panistas. Dejó de verse en público.
El 8 de septiembre, diversos columnistas hacían público que no estaba localizable el senador veracruzano. Aun así, Marko Cortés decía, seguro de sus palabras, que su compañero Yunes Márquez asistiría a la sesión y votaría en contra, tal como se había comprometido en la conferencia de prensa.
Las horas pasaron y Yunes no aparecía. En tanto, desde diversas voces morenistas, incluso dentro del gobierno federal, mencionaron que el voto que necesitaba el oficialismo para aprobar la reforma era de la entonces priista Cinthya López Castro, pero ella lo desmintió.
El 9 de septiembre, la bancada del PAN decidió atrincherar a sus 22 integrantes y los convocó a una reunión en sus oficinas de la Torre Azul, un edificio frente a la sede del Senado. Yunes no llegó.
De pronto, en el portal del diario El Sol de México, se daba a conocer una bomba informativa: Miguel Ángel Yunes Márquez se sumaba a Morena para aprobar la reforma al Poder Judicial.
Los reporteros fuera de la Torre Azul saturaron de llamadas a los senadores panistas, pero también a ex senadores y a diferentes liderazgos de ese partido para verificar la información. Nadie confirmaba ni desmentía la información.
A las 19:19 horas, una ex senadora panista confirmó la información, sin asumirse como declarante. Yunes Márquez iba a votar por la reforma al Poder Judicial.
Sólo unos instantes después de esta confirmación no oficial, salió la bancada del PAN a anunciar que votarían en contra; admitir que no habían tenido contacto con Yunes e insistir en que el PAN era un cuerpo único en contra de la reforma al Poder Judicial.
Mientras, desde Morena ya cantaban tener el voto que necesitaban para sumar los 86 mínimos que se requieren para formar la mayoría calificada de 128 senadores y aprobar una reforma constitucional.
En una reunión privada, su coordinador, Adán Augusto López Hernández, les había informado que ya tenía el voto, pero que estaba dudoso; por eso, se citaba a sesión el 10 de septiembre, pero si no se decidía el voto 86, entonces se convocaría el 11 de septiembre, para darle tiempo.
Así, el 10 de septiembre se abrió la sesión del Pleno del Senado con la incertidumbre del oficialismo y de la oposición, que no disipó ni el anuncio de que Yunes Márquez solicitaba licencia y asumió su padre, Yunes Linares.
A las 13:06 horas terminó la incertidumbre que se vivió durante 85 horas continuas. La entrada de Yunes Linares al Salón de Plenos también fue un balde de agua fría para los cientos de manifestantes que sumaban días afuera del Senado para impedir esta reforma.
En la sesión, hubo también otra denuncia por parte de Movimiento Ciudadano. Argumentaron que un integrante de su bancada, el senador Daniel Barrera estaba desaparecido o secuestrado por Morena en Campeche, su estado de origen. Aunque Morena, y el coordinador de la bancada, Adán López Hernández, negaron la acusación.
Finalmente, a las 00:03 horas del 11 de septiembre se aprobó la reforma al Poder Judicial con 86 votos a favor y 41 en contra.
La tramitación de la reforma judicial en el Congreso —tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado— se hizo en un auténtico esquema de fast track. Los proyectos se dictaminaron y se llevaron al Pleno en lapsos muy reducidos, sin un calendario claro de trabajo en comisiones ni un periodo razonable para que legisladores, especialistas y ciudadanía pudieran revisar el texto, proponer cambios o incluso conocer con precisión el alcance de las modificaciones.
Diversos grupos parlamentarios y organizaciones denunciaron irregularidades procedimentales: sesiones convocadas con poco tiempo de anticipación, discusión acumulada de numerosos artículos y transitorios en un solo bloque, reservas desahogadas sin debate real y votaciones realizadas en medio de protestas dentro y fuera de los recintos. A ello se añadieron señalamientos de negociaciones de último minuto y presiones políticas sobre legisladores de oposición para conseguir los votos necesarios para la mayoría calificada, incluidas acusaciones públicas de cooptación, amenazas de represalias y promesas de cargos o beneficios.
La rapidez del proceso, las deficiencias en la deliberación y las denuncias de presiones sobre legisladores alimentaron la percepción de que la reforma judicial fue “impulsada desde arriba” y aprobada a toda costa, más como una decisión política cerrada que como el resultado de un debate parlamentario abierto, transparente y sujeto a estándares básicos de legalidad y calidad democrática.
Ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la reforma tuvo su última oportunidad de ser frenada mediante acciones de inconstitucionalidad. Un proyecto de sentencia proponía invalidar al menos sus puntos más graves y necesitaba ocho votos de las y los once ministros. Durante la sesión, todo indicaba que esa mayoría podía alcanzarse, hasta que el cambio de posición de un ministro clave rompió el bloque que defendía la independencia judicial. El proyecto fue desechado sin analizar el fondo y la reforma quedó intacta, dejando entre quienes la impugnaban una profunda sensación de frustración e impotencia.
El 5 de noviembre de 2024, decenas de personas trabajadoras del Poder Judicial y estudiantes encabezaron movilizaciones en diferentes puntos de la Ciudad de México y se concentraron afuera de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) para seguir la sesión en la que, literalmente, se definiría su futuro. Colocaron pantallas gigantes y, como si fuera un partido de fútbol, gritaron, lloraron y tuvieron esperanza de que su equipo ganara.
Ese día, el pleno discutiría el proyecto del ministro Juan Luis González Alcántara Carranca que proponía invalidar parcialmente la reforma judicial aprobada por el Congreso, tras las acciones de inconstitucionalidad promovidas por los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional, diputados de Movimiento Ciudadano en Zacatecas y el Partido Unidad Democrática de Coahuila.
El proyecto de González Alcántara –del bloque de los ministros de carrera y que defendían la independencia judicial– señalaba que la Constitución es un conjunto de normas generales y que la Suprema Corte podía, a través de la acción de inconstitucionalidad, revisar los cambios hechos por el Legislativo. Su proyecto sostenía, además, que la independencia del Poder Judicial era una condición necesaria en toda democracia.
Ese bloque necesitaba ocho votos. Según los cálculos, podría tenerlos. Como se preveía, habría tres votos en contra de las ministras cercanas al oficialismo: Lenia Batres, Yasmín Esquivel y Loretta Ortiz. Defendieron que solo el Congreso podía modificar la Constitución, un argumento del morenismo, en voz de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien criticó a la Corte por querer “estar por encima del pueblo de México”.
Sorpresivamente, el ministro Alberto Pérez Dayán se sumó a ese bloque. “No estoy ajeno a las consecuencias que habrá de producir la reforma constitucional cuestionada (…) Sin embargo, sostengo que existen otras vías que protegen esos anhelos”.
Gracias a eso, hubo cuatro votos contra siete, y la Corte desechó el proyecto, sin siquiera entrar a analizar el fondo.
Norma Piña, en entrevista meses después, reconoció que no sabía de antemano el sentido del voto de Pérez Dayán. “Yo no me lo esperaba”. “Era un asunto muy importante que decidía no sólo la integración del Poder Judicial de la Federación, sino como sistema de república de nuestra democracia constitucional.
(Pero) nunca he tratado de influir en alguno de mis compañeros, no lo hago con jueces, no lo hago con magistrados. Respeto, siempre respeto. Podemos coincidir o no, pero respeto las decisiones porque cada uno es responsable de sus decisiones”.
Para el ministro Javier Laynez, ese día se resume en una frase: “Frustración y decepción”, porque también confiaba en que lograrían los ocho votos, pero el gran aprendizaje de esa sesión es “poder caminar con la frente en alto y ver a tus colaboradores, a tu familia, a la gente en la calle sin que te avergüences, con la frente en alto. Es invaluable”.
Integrantes de partidos opositores acusaron que el Gobierno doblegó al ministro Pérez Dayán para lograr su voto, como habría ocurrido con el voto del senador panista Miguel Ángel Yunes Linares, presuntamente involucrado en escándalos de enriquecimiento inexplicable, corrupción e incluso pederastia, que fue decisivo para la aprobación de la reforma en la Cámara alta. Aunque no hubo una prueba de una supuesta coerción contra el ministro Pérez Dayán.
Pérez Dayán había aceptado otorgar una entrevista para esta investigación, el 7 de abril de 2025, pero decidió cancelarla 10 minutos antes de comenzar, argumentando que no le había gustado el acomodo del lugar donde se iba a grabar.
La disputa llegó a Washington, donde juezas, jueces y organizaciones se presentaron ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para denunciar los efectos de la reforma y exigir que se proteja la independencia judicial como un derecho humano. A las puertas de la CIDH colocaron una ofrenda que simbolizaba la “muerte” de la justicia; mientras, dentro de la sala, la delegación oficial reconocía que no hubo un diagnóstico sólido que sustentara los cambios. La Comisión dejó sentado que lo que ocurría en México no era un asunto aislado: puede marcar el rumbo de la independencia judicial en toda la región.
El 12 de noviembre de 2024, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) realizó una audiencia pública luego de las peticiones hechas por el Colectivo #LaJusticiaQueQueremos, así como por distintas asociaciones y grupos de personas juzgadoras. A estas también se sumó la carta que 800 magistrados de todo el país habían enviado a la CIDH en la que denunciaban que la reforma tenía un trasfondo “autocrático”.
VIII. De México a Washington:
la reforma judicial ante la CIDH
La disputa llegó a Washington, donde juezas, jueces y organizaciones se presentaron ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para denunciar los efectos de la reforma y exigir que se proteja la independencia judicial como un derecho humano. A las puertas de la CIDH colocaron una ofrenda que simbolizaba la “muerte” de la justicia; mientras, dentro de la sala, la delegación oficial reconocía que no hubo un diagnóstico sólido que sustentara los cambios. La Comisión dejó sentado que lo que ocurría en México no era un asunto aislado: puede marcar el rumbo de la independencia judicial en toda la región.
El 12 de noviembre de 2024, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) realizó una audiencia pública luego de las peticiones hechas por el Colectivo #LaJusticiaQueQueremos, así como por distintas asociaciones y grupos de personas juzgadoras. A estas también se sumó la carta que 800 magistrados de todo el país habían enviado a la CIDH en la que denunciaban que la reforma tenía un trasfondo “autocrático”.
A la cita en Washington llegaron decenas de personas juzgadoras y representantes de la sociedad civil. Horas antes del encuentro, trabajaron de manera conjunta para exponer los argumentos y lanzar las preguntas sobre la pertinencia o no de la reforma judicial en México. Estuvieron Juana Fuentes y Emilia Molina, entre otras personas juezas, magistradas e integrantes de la sociedad civil.
Javier Laynez Potisek fue el único ministro de la Corte que los acompañó, pero en una posición más solidaria que representativa. Ningún otro miembro del máximo tribunal del país estuvo ahí para respaldarlos o participar en la sesión de la CIDH.
Laynez dejó la corbata y la toga para hablar de iguales con las personas juzgadoras y de la sociedad civil que enfrentarían la última batalla contra la reforma judicial. Les agradeció por su iniciativa y permitirle estar con ellas; las escuchó y tomó notas.
Al final de la reunión sólo hizo algunas recomendaciones, pero una de ellas terminaría siendo relevante en la sesión. Les dijo que pidieran el diagnóstico, las metodologías y estadísticas que el gobierno mexicano hubiera hecho para llegar a la conclusión de que había corrupción y conflictos de interés en el Poder Judicial.
El ministro sabía perfectamente que nunca lo hubo. “No hay diagnóstico, existen percepciones, opiniones, discursos que además no distinguen entre policías, fiscalías, jueces, locales y federales”.
Para contrarrestar el discurso oficial sobre la ‘mayoría’ apoyando y aprobando la reforma, Laynez Potisek fue enfático en su propuesta de contrarréplica: “esto no es cuestión de mayorías. Se violenta o no la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y demás convenciones internacionales que prevén la independencia judicial no como privilegio, sino como derecho humano de los ciudadanos”.
La muerte de la justicia
El día de la sesión, al llegar a la sede de la CIDH, un grupo de juezas y magistradas colocó una ofrenda a la entrada del edificio. Con cruces y calaveras representaron “la muerte de la justicia y del Estado de Derecho ante un sistema que bloquea uno de los tres Poderes y coopta todo el contrapeso para que exista una democracia”, explicó Juana Fuentes.
Emilia Molina, argumentó que “aunque es demasiado tarde para deshacer muchos de los cambios perjudiciales que ha traído consigo este proceso de reforma politizado, no es demasiado tarde para reparar esos daños”. Por eso estaban ahí.
Durante la comparecencia, llamó la atención que mientras las personas activistas y juzgadoras abarrotaron la sala, la delegación de la representación del gobierno mexicano fuera tan reducida en número. Apenas dos personas: José Antonio Montero Solano, director general de Consulta y Estudios Constitucionales de la Consejería Jurídica de la Presidencia, y Luz Elena Baños, representante permanente de México ante la OEA.
Esto muestra “la imposibilidad de sostener una reforma como ésta”, porque “hay narrativas que pueden funcionar a nivel interno, pero que a nivel internacional ya no funcionan”, explicó Úrsula Indacochea, directora del programa de independencia judicial de la Fundación para el Debido Proceso, una organización con más de dos décadas dedicadas a promover la justicia.
Así fue. Cuando Emilia Molina –secundada por los comisionados– preguntó sobre la falta de consulta y análisis para implementar la reforma, la respuesta de la delegación de funcionarios mexicanos confirmó lo que todos sabían, pero que en ese espacio resultaba aún inaudito.
“No existe un diagnóstico. Sin embargo, desde el 2017 hay análisis, hay diagnósticos, hay artículos que establecen la necesidad de reformar al Poder Judicial”, dijo José Antonio Montero Solano. En eso se basó una reforma que removió a miles de jueces de carrera y acabó con la independencia judicial.
La comisionada de la CIDH, Andrea Pochak, afirmó que la Comisión tenía preocupación por el caso mexicano, porque reformas similares en otros países han demostrado conllevar “riesgos” de una “mayor deslegitimidad del sistema judicial”. De ahí que la CIDH monitorería la implementación de la reforma judicial. “Tender a la democratización de la justicia no puede ir en contra de otro principio básico del sistema interamericano, que es el de la independencia judicial”, sentenció.
IX. 1 de junio de 2025, la elección de jueces y la captura del Poder Judicial
La historia culmina en las urnas: una elección judicial con una participación apenas el 13%, boletas extensas y difíciles de comprender, campañas de personas candidatas que recurrieron a TikTok con bailes, eslóganes y apodos para atraer votos, y “acordeones” repartidos entre el electorado para indicar exactamente qué números marcar, de modo que los principales cargos terminaron en manos de perfiles cercanos al partido en el poder. La misión de observación de la OEA señaló las serias deficiencias de este modelo y advirtió que no debería replicarse en otros países de la región.
El 1 de junio de 2025 se consumó el principal señalamiento de la reforma: se perdió la independencia judicial. Además, la elección no fue para “el pueblo”, como tanto insistió el régimen, pues únicamente acudió a las urnas el 13% del padrón electoral. Es la más baja participación en un proceso electoral. Sólo este hecho pone en entredicho la legitimidad de los nuevos ministros y jueces.
Mientras la carrera judicial implementada tras las reformas de 1994-1995 buscó que, mediante reglas públicas para el ingreso, formación, promoción y evaluación del personal del Poder Judicial, llegaran los mejores perfiles con base en el mérito y la igualdad de oportunidades, la elección judicial de 2024 acabó con eso.En su lugar, hubo candidatos que hicieron “campaña” en redes sociales presentándose como alguien “más preparado que un chicharrón”, haciendo énfasis en sus credenciales académicas; con motes como “Dora la Transformadora” –para dar a entender su cercanía con la Cuarta Transformación (4T), el proyecto político del ex presidente Andrés Manuel López Obrador– o bailando en tik tok. Nada de esto podría confirmar su capacidad y mucho menos fue prueba de sus conocimientos para lograr la ansiada justicia, como prometía la reforma judicial.
Los resultados comprobaron que los ganadores son, en realidad, allegados al partido Morena. Significó que el movimiento fundado por Andrés Manuel López Obrador se hizo del control del último de los poderes de la República que fungía como contrapeso, luego de retener el Ejecutivo, y de que el Legislativo, con mayoría calificada, se dedicara sólo a levantar la mano para aprobar sus reformas de ley, incluso, sin leerlas.
El partido en el poder aseguró que ciertos candidatos elegidos por los comités de selección (cuyos integrantes también tenían cercanía con Morena) resultaran ganadores mediante la difusión de “acordeones”, es decir, papeletas donde aparecían los números asignados a los candidatos favoritos del movimiento, para instruir a sus seguidores cómo votar.
La improvisación de la elección y los 881 cargos federales a elegir en 2025 hicieron que las boletas diseñadas por el Instituto Nacional Electoral (INE) se convirtieran en las más complejas de la historia democrática del país. Cada elector recibió seis boletas federales para elegir a Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Magistraturas del Tribunal de Disciplina Judicial, de la Sala Superior del TEPJF, de las Salas Regionales del TEPJF, magistrados de circuito y jueces de distrito.Sólo para la Corte hubo 64 personas candidatas y 38 en el Tribunal de Disciplina, cada una identificada con un número. Los electores debían colocar en unos recuadros el número de su candidato de preferencia.
De ahí que la posibilidad de combinaciones en cada papeleta era exponencial, pero resultó que los ganadores formaban parte de las mismas combinaciones previstas en los “acordeones”, con variantes de acuerdo a los puestos locales por estado.Esos documentos fueron repartidos por miembros y simpatizantes de Morena y funcionarios públicos semanas antes de la elección, como documentaron distintos medios de comunicación y la misión de la Organización de Estados Americanos (OEA).En su informe expuso que “en los últimos días de las campañas se multiplicaron las denuncias en los medios de comunicación sobre el supuesto reparto de “acordeones” por parte de partidos políticos y estructuras de gobiernos locales entre el electorado. Además, la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales y funcionarios del INE informaron a la Misión haber recibido denuncias al respecto”.Aún así, el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolvieron que no había pruebas suficientes para iniciar una investigación al respecto.
La mayor prueba del efecto de los acordeones fueron los resultados. Los ganadores resultaron ser exactamente los mismos que aparecían en ellos, lo que también confirmó la OEA.La Misión observó que las nueve candidaturas con la mayor cantidad de votos para la Suprema Corte fueron promovidas mediante estos ‘acordeones’, tanto físicos como virtuales. Se constató, además, que seis de los nuevos ministros fueron postulados por el comité del Poder Ejecutivo y los tres restantes eran integrantes de la corte actual nombrados por el expresidente, lo cual levanta dudas razonables sobre la autonomía e independencia del máximo tribunal con respecto al Ejecutivo.Entre las personas allegadas al expresidente Andrés Manuel López Obrador estuvo Hugo Aguilar, quien ganó el mayor número de votos pese a no ser conocido en todo el país. ¿Cómo explicar que fue el más votado en esta elección si no fuese por los ‘acordeones’?
Hugo Aguilar, el nuevo presidente de la Corte, tiene en su pasado inmediato haber operado las consultas indígenas para que las obras emblemáticas de López Obrador, como el Tren Maya y el Corredor del Istmo de Tehuantepec, pudieran realizarse sin que las comunidades protestaran por sus tierras comunales.Sin embargo, la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos dijo que esos procesos de consulta no habían cumplido los estándares internacionales de derechos humanos.

Lenia Batres, Yasmín Esquivel, Loretta Ortiz, María Estela Ríos, Hugo Aguilar, Giovanni Figueroa, Irving Espinosa, Arístides Guerrero, y Sara Irene Herrerías, muestran sus constancias de mayoría como ministros electos de la SCJN de la elección del Poder Judicial. Fotografía: Cuartoscuro / Moisés Pablo Nava
También ganaron María Estela Ríos González, exconsejera jurídica de Presidencia con AMLO, y las ministras que votaron a favor de los intereses de éste, Lenia Batres, Yasmín Esquivel y Loretta Ortiz, de acuerdo con los conteos del INE.Mientras que el Tribunal de Disciplina, que deberá sancionar a las personas juzgadoras por malas actuaciones, está integrado por los ex-consejeros de la judicatura federal, Bernardo Bátiz, exdiputado por Morena y el PRD, y procurador en el gobierno de AMLO en la Ciudad de México, Celia Maya, excandidata a la gubernatura de Querétaro, por el PRD y Morena, y quien fue propuesta por AMLO para ministra en 2019, pero el Senado la rechazó, y Eva Verónica de Gyvés, esposa del presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, Rafael Guerra, quien fue asesor de AMLO durante el intento de desafuero en 2005.
Por otra parte, al menos seis gobernadores de Morena y una del PAN consiguieron que sus excolaboradores y personas cercanas obtuvieran cargos en los tribunales locales, aun sin tener experiencia en la impartición de justicia, sino únicamente en la administración pública.
Entre los gobernadores morenistas están, Rocío Nahle, de Veracruz; Américo Villarreal, de Tamaulipas; Delfina Gómez, del Estado de México; Manolo Jiménez, de Coahuila, Mara Lezama, de Quintana Roo, y Alfonso Durazo, de Sonora. Pero también otros partidos, como el PAN, con Maru Campos, de Chihuahua, lograron colocar a sus allegados.
Otras dos personas ganadoras tienen vínculos con la organización religiosa La Luz del Mundo, cuyo líder, Naasón Joaquín García, fue sentenciado a 18 años de prisión por abuso sexual de menores, y que cuenta entre sus integrantes a diputados de Morena.
Incluso, gracias a esta elección judicial, la exabogada de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, alias “El Chapo”, exlíder del cártel de Sinaloa, Silvia Rocío Delgado García, será jueza en el Tribunal Superior de Justicia del Estado de Chihuahua.
Estos resultados comprueban que la retórica del régimen era una falacia. No eligió el ‘pueblo’ y no llegaron los mejores perfiles, sino personas sin experiencia jurisdiccional con compromisos políticos hacia el partido en el poder y a veces nexos con el crimen organizado.
A esto se suma que para la mayoría de la población, lo que ocurrió en las urnas parece no importarle. Tal vez porque les parece lejano. Su vida es la misma con o sin reforma judicial. La cotidianidad de las inundaciones en su colonia, las tres horas de transporte, la remota posibilidad de tener vivienda propia o el clasismo que sufren en sus empleos, son exactamente igual que siempre. En esas circunstancias, los conceptos de “institucionalidad”, “independencia judicial” o “democracia” no les dice nada.
Sin embargo, cuando cualquiera tenga que acudir ante la justicia, encontrará no sólo a trabajadores del Poder Judicial rebasados por la carga de casos e índices de impunidad de 90%, como siempre ha pasado, sino a personas sin experiencia que juzgarán sus casos –probablemente– con base en la instrucción de sus líderes políticos o, aún peor, ni siquiera sabrán cómo hacerlo, ante sus limitados conocimientos de la ley.
Diversas organizaciones nacionales e internacionales, incluida la Misión de Observación Electoral de la OEA, documentaron múltiples irregularidades a lo largo de todo el proceso: desde la integración y actuación de los comités encargados de seleccionar a las candidaturas hasta la propia elección popular de juezas y jueces. Estas observaciones coinciden en señalar que el modelo adoptado se apartó de los principios de mérito, transparencia e igualdad, y generó serias dudas sobre la independencia y la legitimidad del nuevo Poder Judicial.
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