De cara al Mundial de Rusia 2018, diez escritores hablan de su relación con el futbol
Una selección de narradores salta a la cancha para compartir su buena o mala relación con el deporte más popular del mundo.

Imposible no contagiarse de la fiebre futbolera. Como cada cuatro años, circula el balón mundialista ahora en las canchas de Rusia y con él, saltan recuerdos, esperanzas, frustraciones. Convocados por Aristegui Noticias, una decena de escritores entra al campo y exhiben lo mejor o peor, según sea el caso, de su relación con del deporte más popular del mundo.

Pasemos pues, la pelota a Joel Flores, Eduardo Huchín Sosa, Rodrigo Márquez Tizano, Jaime Mesa, David Miklos, Kirén Miret, Efrén Ordónez, Pedro Ángel Palou, Jordi Soler y Darío Zalapa.

Joel Flores (El amor nos dio cocodrilos y Nunca más su nombre).

En busca del Mundial perdido

Dejé de creer en el fútbol el día en que Alberto García Aspe voló la pelota a las gradas en una tanda de penaltis contra el arquero de Bulgaria, en aquel Mundial de 1994 en Estados Unidos. Después de esa derrota, no he visto pasar a la selección a cuartos de final. De niño solía ver los juegos ilusionado; de grande, me son indiferentes, como si no fuera el equipo de mi país quien los juega. Pero yo creí en nuestro equipo, juro que creí. A mis 10 años miré en la cancha a los mejores: Benjamín Galindo, Luis Flores, Ramón Ramírez, “el Abuelo” Cruz… Incluso llegué a creerme Jorge Campos cuando jugué de portero en el equipo del colegio y malgasté mis pocos ahorros al comprarme su carísimo y colorido uniforme. Ahora tengo 33 y México tiene 30 años sin hacer un mundial memorable. En 1990 no fue convocado porque la FIFA castigó a la Federación Mexicana por falsificar la edad de sus jugadores. En 1994 Aspe nos rompió el sueño de eliminar a Bulgaria. En 1998 Alemania se impuso con su estrategia perfecta de mecanismo de reloj. En 2002 Estados Unidos nos despachó, sí, Estados Unidos. En 2006 Argentina, antes de acabarse el juego, nos aniquiló con un golazo del Maxi Rodríguez. Por si quedaban dudas de que Argentina tiene mejor equipo que México, en 2010 nos mandaron a casa con 3 goles en contra y una suma de errores imperdonables. En 2014, después de un partido donde los delanteros mexicanos jugaron casi como defensas, Holanda nos tatuó en la memoria el “no era penal”, palabras que hoy muchos han preferido olvidar para volver a creer, como cada cuatro años, en la esperanza fallida. Yo no puedo irle a otro país, porque soy tremendamente nacionalista, pero cada que se acerca un nuevo mundial, pienso: “ya pasaron cuatro años, nos estamos haciendo viejos y no hemos tenido la dicha de ver a México jugar una gran copa del mundo”.

Eduardo Huchín Sosa (¿Escribes o trabajas?).

Juego sucio

Estudié en una secundaria marista, por lo tanto, había entre sus directivos una extraña propensión a pensar que los adolescentes necesitábamos esencialmente dos cosas: futbol y clases de catecismo. La escuela tenía unas cuatro o cinco canchas que eran la envidia de todo Campeche, un escenario idóneo para que estudiantes de distintas edades entablaran vínculos emocionales y pudieran convertirse en hombres responsables y capaces de trabajar en equipo. En aquellos partidos se practicaba un estilo sucio de juego (no es casualidad que el primer sacerdote expulsado por violencia en la historia de la liga del Vaticano haya sido campechano), lo cual, me imagino, sirvió más o menos para enseñarnos cómo serían las cosas en la vida adulta. El resultado: veinticinco años después, mis excompañeros maristas son parte de las campañas de otros excompañeros que ahora compiten por un cargo público. Supongo que están en el mejor momento para poner en práctica las lecciones aprendidas.

Rodrigo Márquez Tizano (Yakarta y Breve historia del ya merito).

Sin magia, pero con garra

He jugado futbol toda la vida de chico en ligas interclubes y ahora que vivo en Argentina juego llanero y una cascarita de cinco. Soy bastante rústico, siempre he sido contención o central. Nunca he dejado de tirar patadas. Magia nunca hubo, pero garra siempre.

Por más que nos quieran poner cámaras o política, el juego sigue intacto. Creo que el futbol ejemplifica la épica contemporánea. Camus decía que había aprendido más de la vida con el futbol que con la literatura. Es un deporte que da lecciones de la colectividad, del trabajo en equipo. Si uno deja de correr alguien tendrá que correr más. Pero tampoco creo que sea un sistema de claves para interpretar nuestra mexicanidad. El futbol es parte de la vida y cuando se juega es la vida, y como tal tiene relaciones complejas. No crearía una teoría sobre la identidad nacional a partir de las corruptelas del futbol. A muchos intelectuales les gusta tejer ese tipo de relaciones, pero me parecen conclusiones facilonas.

Mi Mundial favorito es el de Estados Unidos en 1994, porque fue el primero donde vi a la selección mexicana jugar. Cada Mundial te remite a algo más, al igual que la música o los olores, cada uno es una especie de prisma, mandas una luz y te devuelve un montón de memorias que sirven para calibrar la vida.

Jaime Mesa (Rabia y La mujer inexistente).

Resolver el mundo desde el sillón

Estoy seguro de que no vi ningún partido del Mundial España 82. Pero sí seguí las andanzas de El Naranjito, la mascota de esa justa, y las caricaturas que lo acompañaron. También sé que adopté a Checoslovaquia como mi equipo, cuando en la cochera mis primos y yo ensayábamos bandos para jugar futbol. No tengo idea de por qué me interesó, quizá el nombre extrañísimo o que después de dos empates y una derrota fueron eliminados. Es decir: desde pequeño tuve la conciencia de irle al más débil y, como con El Naranjito, interesarme mucho más en la periferia, en las distintas narrativas que alrededor se expanden, que en el juego mismo. Eso marcó mi relación con el futbol.

A pesar de mi familia de deportistas lo que siempre me interesó fue el ajedrez. Pero en un país futbolero y guadalupano, más veces de las que quise me vi en recreos o en educación física en la línea para ser elegido por los dos capitanes. Debo decir, con un orgullo rancio y endeble, que siempre fui elegido antepenúltimo. Además, mi gran altura y complexión me hacían el más lento y mi posición siempre fue defensa anclado. Luego de esos años infantiles no volví a tocar un balón.

Llego a este punto: para mí el futbol es el Mundial (no los juegos de liga ni nada). Sepultada en la memoria la posibilidad de jugar, me volví un espectador de cada cuatro años. Esto quiere decir que disfruto de la belleza del futbol, pero admiro más la lucha de identidades entre las naciones que compiten. El de México 86 lo viví a través de mi madre y tíos que fueron al Cuauhtémoc a ver a Italia y a Argentina. El de Italia 90, en la casa de un amigo, supongo que de la secundaria, pero asumiendo un rol de entusiasmo colectivo. Fue desde el Mundial de Estados Unidos 94 que vi, prácticamente, la mayoría de los partidos desde el inicio.

Mi historia de aficionado tuvo su punto más alto con el Mundial de Sudáfrica 2010 al que asistí para ver tres juegos, entre ellos el de la inauguración con México y el anfitrión. Recibí una invitación inesperada dos semanas antes a la que no pude decirle que no, a pesar de los: “a ti ni te gusta tanto el futbol” que más de un envidioso me soltó. Suerte de principiante podrán decir. Eso sí. En la transmisión televisiva del primer partido salgo yo, al medio tiempo, caminando por los estrechos pasillos y sosteniendo seis cervezas entre los brazos. Es mi gran logro en materia futbolística.

Mi relación con el futbol es, entonces, como la de prácticamente todos los aficionados de este país: afinidad por la derrota y la ilusión tan mexicana de “jugar como nunca y perder como siempre”. Somos, así, una colectividad con fracasos físicos y deportivos desde pequeños que nos aparca cómodamente en nuestras vidas medianas pero alegres y festivas. Esto no tiene nada de malo, por supuesto. Sabemos todo lo que se debe saber para llegar, ahora sí, al quinto partido y vemos, como siempre, que nadie nos hace caso, ni el entrenador, ni la directiva, ni el país. Soy, como una buena parte de las personas en este país, el no deportista-aficionado que resuelve el mundo desde el sillón. Ni modo. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer.

David Miklos (La piel muerta y La pampa imposible).

Los Mundiales y yo

Si bien de Argentina 78 recuerdo la melancólica alegría de mis amigos exiliados en México cuando su país, sede del Mundial, se llevó la copa, y de España 82 recuerdo entre brumas algún partido y al sonriente Naranjito, México 86 aparece vívido en memoria: yo cumpliría 16 años y en el DF acabábamos de padecer el peor de los terremotos posibles. Veía los partidos tanto en casa de mis vecinas como en el hogar de mi amigo más antiguo, un uruguayo con un padrastro a la vez paraguayo y argentino, con el que celebramos tanto la mano de Dios como la segunda victoria albiceleste en una parrilla en Polanco, uno de los momentos más felices que recuerde. En ese momento, me convertí en un fiel feligrés del templo mundialista y, desde entonces, sigo la acción de los Mundiales sin tregua, ya sea en la televisión, en la computadora o, ahora, en el celular: he desarrollado la habilidad de no perderme ningún partido, ya sea a través de imágenes o de palabras, y, cuando puedo, de comentarlo. Pocas veces me he sentido tan orgulloso como cuando Francia ganó en casa, allende 1998, y luego se llevó la Eurocopa, historia de gloria que acabó con el gran cabezazo de Zidane, que resultó no en un gol sino en su expulsión, en el último de sus partidos con mi selección materna. Sin embargo, en mi entraña le voy a Argentina y a Uruguay, que son mis patrias emocionales y literarias, y ahora que Messi no deja de hacer historia, mi apuesta es una tercera copa: ya va siendo hora.

Kirén Miret (La tenebrosa enciclopedia y Calambres, balones, escupitajos… y otros secretos futboleros).

Futbol para niños

El futbol es uno de esos populares deportes de equipo que, nos guste un montón o nos sea absolutamente indiferente, despierta pasiones y consigue que cada cuatro años dejemos aquello que estamos haciendo y nos unamos todos en un mismo grito, el del mundial.

El futbol tiene una larguísima historia y por supuesto no nació como lo conocemos hoy, aunque básicamente ha mantenido siempre la misma idea: dos equipos rivales que buscan meter el balón en el arco contrario, sí, así de sencillo, pero así de complejo, porque siempre habrá otros once individuos, hombres o mujeres, tratando de impedirlo.

Conforme ha ido pasando el tiempo, las reglas del futbol han cambiando y sofisticándose cada vez más, pero no sólo se modificaron las reglas, sino también la pasión de la afición y el estilo de juego.

¿Quieres algunos ejemplos?, antes no había tarjetas rojas y amarillas, así que ya te imaginarás lo difícil y confusa que era la comunicación entre el árbitro y los jugadores cuando hablaban otros idiomas, pero hoy, por suerte para todos, hay decenas de tipos de señales y silbidos universales que permiten que los mensajes sean rápidos y eficientes, claro, menos cuando los jugadores se hacen los chistosos ignorando las reglas y tratando de burlar al árbitro, que para su fortuna cuenta con los jueces de línea que salen al quite y permiten que el juego avance lo más justamente posible.

¿Otro ejemplo? Los balones de hoy son mucho más ligeros y ergonómicos que los de hace diez, veinte, cuarenta años, que estaban compuestos por gajos de cuero bastante pesado, así que un balonazo con ese pedazote esférico de piel cuando se mojaba era casi una tortura china.

¿Y qué pensarías si te dijera que antes era impensable que las mujeres jugaran futbol?, absurdo, ¿no? Pues hoy hasta existen ligas femeniles profesionales, que nos regalan tremendos espectáculos llenos de grandes jugadas e increíbles toques de balón.

Tanto éxito tuvo el futbol con el paso del tiempo, que podemos disfrutarlo (o sufrirlo si tu equipo no es muy bueno) de manera intensiva en los mundiales que se celebran cada cuatro años, y que nos permiten ver a las mejores escuadras del mundo enfrentándose entre sí, cambiando de sede en cada ocasión.

Probablemente no lo sepas, pero México fue anfitrión del mundial en 1970 y en 1986, así que si no habías nacido -seguro que no- te habrás perdido de la inmensa emoción que provoca albergar el evento que detiene al mundo por casi treinta días; pero no te aflijas, que si no estuviste aquí, ahora podrás contar que fuiste testigo de este nuevo mundial en un país tan lejano y exótico como Rusia, los mismos que inventaron el famoso Tetris y la tabla de elementos químicos que te enseñan en la escuela; pero esto se pone todavía mejor, porque podrás vivirlo en directo en el 2026, cuando México, junto con Canadá y Estados Unidos, ¡vuelva a ser el escenario del mundial!

Efrén Ordóñez (Humo).

Medio de contención

El futbol me «ha pasado» casi siempre fuera de la cancha. He jugado infinidad de cáscaras y partidos, los más memorables ni siquiera sobre pasto, sino encima del concreto, en canchas minúsculas, accidentadas, a veces demasiado estrechas y peligrosas, siempre junto a mi primo, luego de comprar algún balón barato, casi una piedra y con el escudo de cualquier equipo impreso, en el Soriana cerca de casa de mi abuela. Recuerdo muchísimos de esos. Pero incluso pienso en mi experiencia fuera de esas «canchas».

El futbol ha sido para mi una peregrinación. Comencé como rayado por herencia, pero los dejé porque nunca me sentí rayado o bien, nunca me movieron. Ahora me siento lejos de esa identidad. Luego de un par de años en la orfandad llegó la década de los noventa y el Necaxa de Lapuente, aunque sí advierto que me declaré seguidor justo al arrancar la 94-95 (y no al final, cuando Nacho Ambriz besó la copa). El campeonato contra Cruz Azul selló mis años como rayo. Eso hasta que descendió y la fantasía infantil no fue suficiente para tolerar el desencanto y me volvió a dejar huérfano. Da igual, nunca existió un cariño de verdad, aunque siempre me sentí orgulloso de saberme de un equipo sin afición y al que solo le íbamos Ortiz de Pinedo, Juan Villoro y yo.

Sin equipo, errante, llegué a Sevilla antes del comienzo de la 2006-2007 de la liga española y el año del centenario del Sevilla F.C. Viví a unas calles del Sánchez Pizjuán y los domingos, desde mi balcón en el decimoprimer piso, escuchaba los primeros intentos de entonar el Himno del Centenario, que ahora aplauden en todos lados y es perfecto. Al final de la temporada levantaron su primera copa de la UEFA. No ha habido ya vuelta atrás. Doce años después, sigue siendo el equipo de Nervión el que dobla y me saca los colores, ese puerto en donde por fin encalló la afición. Casé con la identidad sevillista, con cada uno de los recovecos del centro, del barrio de Santa Lucía, del viejísimo estadio de Nervión.

Curioso, pero, aunque había algo de casa en mi equipo, faltaba la conexión con este lugar. Años después llegó un brevísimo affaire con los Pumas, antes de aquel campeonato con el Tuca, con la defensa menos goleada, contra Pachuca, en plenitud del Pikolín Palacios. De nuevo, algo efímero. De todas formas, era algo adicional porque mi Sevilla vivía los mejores años de su historia.

Fue hasta hace pocos años que, primero por capricho, luego ya por gusto, empaticé con el futbol de la ciudad de Monterrey, pero no con el equipo de la infancia, sino con el de enfrente. Para mí representó una vuelta a los equipos del Tuca. Ya con orgullo (aumenta cuando me pongo la camiseta en la Ciudad de México) digo que soy de los Tigres. Es pues el final del peregrinaje.

Pedro Ángel Palou (Con la muerte en los puños y Tierra roja).

Y sí, Dios es redondo

En mi casa, en la biblioteca de mi padre no solo había libros, sino algo más importante, balones de futbol y trofeos. Los balones eran de cuero, de los de antes. Uno de ellos estaba firmado por Pelé. Los trofeos eran del Mundial del 70, el de Juanito. Mi padre había sido el presidente de la sede mundialista, lo sería también en 86 cuando además presidía el club Puebla y los Ángeles de Puebla, el Básquetbol (las Abejas) y un sinfín de actividades deportivas del estado, además de ser el primer Secretario de Cultura. No había, pues, disonancia cognoscitiva alguna.

Muy jóvenes mi padre nos metió a la escuela de Futbol de Trujillo, el dominador de balón que tenía el Guinness de más horas sin que la pelota cayera. Mis tres hermanos eran duchos, uno de ellos, Juan Ignacio, pronto se haría portero y con los años terminaría jugando en primera división. Hoy es el director deportivo de los Xolos de Tijuana. Yo era malísimo. Pésimo. Mi padre se preocupó e intentó “salvarme” de la ignominia (o salvar la honra familiar) y junto con Trujillo pensó en hacerme árbitro. Un día al llegar a casa me regaló las reglas del fútbol, de Pedro Escartín. Y Trujillo me hizo una y otra vez arbitrear (incluso hasta las fuerzas básicas en un Cruz Azul-Puebla), y me obligó a estudiar. Un botellazo en un torneo de los barrios me sacó de la profesión. Y todavía seguí arbitreando fútbol rápido.

Tenía diez años cuando conocí a Elías Nandino, el poeta de Contemporáneos. Leí su poesía en voz alta y al final del evento el anciano vate dijo: “Gracias a la niña que leyó mis poemas”. Así mi voz y la vista de Nandino. Ese mismo mes conocí a Pelé en el Cuauhtémoc. El rey me tomó de la mano y salimos juntos de los vestidores ante un estadio que lo recibía exultante. Me firmó una camiseta, me meció el pelo condescendiente -no me había visto jugar, menos mal- y se puso a dominar el balón a media cancha con Trujillo. Mi ídolo futbolístico, al menos, no me había hecho pasar ningún ridículo como el viejo poeta.

Con los años seguí a mi hermano en sus diversos avatares como arquero. Con Tigres (el DT era el maestro Reynoso), en Querétaro, en Necaxa (Villoro y Zedillo eran los últimos hinchas que le quedaban a los Rayos), en Pachuca, donde le tocó con “el Poni” Ruiz llevar al equipo a Primera División. En Tampico, en Morelia. Y luego como entrenador. Di clases en el diplomado para entrenadores (“el búfalo” Poblete fue uno de mis preclaros alumnos). Siempre eché de menos no poder patear un balón decentemente, pero siempre me consolé pensando que Juan Ignacio, o Nacho sacaba la casta por la familia entera. A través de él conocí a Pablo Lanari, el portero filósofo o a jueces de línea enamorados de la literatura. Ese ha sido mi destino, leer y escribir. O como alguna vez me dijo mi hermano: “Tú nunca jugaste ni con tu caquita”. Es verdad, si dios es redondo a mí me ha tocado la suerte de seguir su fe como feligrés, nunca como sacerdote. Cada domingo.

Si volviera a nacer, de eso sí estoy seguro, me gustaría ser futbolista.

Jordi Soler (Los rojos de ultramar y El cuerpo eléctrico).

Puma y culé

Jugué futbol de niño en equipos del colegio, durante una época quise ser una estrella. Me desempeñaba en el medio campo, quizá por aquello de que me gusta pensar. Al principio fui de los Tiburones Rojos del Veracruz y después me cambié a los Pumas, soy Puma de hecho, pero en España, donde vivo llega poca información futbol mexicano así que más bien lo leo. Paralelamente, por deformación familiar toda la vida he sido culé. Mis hijos y le vamos al Barcelona y seguido vamos al Nou Camp.

Mi primer gran ídolo fue Pelé, en el Mundial del 70 yo tenía siete años y lo recuerdo de una manera muy romántica. Un poco mayor Johan Cruyff se convirtió en mi gran ídolo. Tuve oportunidad de conocerlo aquí en Barcelona y le regalé un libro mío donde hablo de él; a cambio Cruyff me regaló una fotografía de cuando jugaba con la selección holandesa. Últimamente he sido muy fan de Iniesta y de Xavi, me parece que esa dupla representa al mejor medio campo que hemos visto en la historia. Tuve algunos devaneos con el italiano Francesco Totti, por no hablar de Messi que me parece una obviedad, está más allá del bien y del mal.

Mi pronóstico para el Mundial atraviesa por el dato duro de que siempre puede ganar Alemania. No obstante, tengo una fe ciega por el equipo mexicano, pero puesto a razonar sé que si pasamos a la siguiente ronda ya será un triunfo. España me parecía que tenía oportunidad, pero con el palo de haber cambiado de director técnico de último minuto, me parece un despropósito y encima dejaron fuera a Sergi Roberto, en fin, con tanta cochinada alrededor de la selección me ha dejado sin esperanza. Como siempre me ilusiona Brasil, aunque tengo recelos con Neymar porque nos dejó plantados en Barcelona de una manera horrible. Por supuesto estoy abierto a las sorpresas, me entusiasma mucho el Mundial, lo pienso ver todo.

Darío Zalapa (Los rumores del miedo y Perro de ataque).

Nunca supe cómo hacer una chilena

Estudié en una primaria católica que estaba a la vuelta de mi casa, el colegio Fray Francisco de Castro. Cuando mi generación agonizaba el quinto grado, a la madre superiora le pareció buena idea inscribirnos en la liga infantil de fútbol, para lo cual contrató como entrenadores al Ratry y al Rosca, viejas glorias del fútbol llanero de Paracho, quienes tuvieron que instruirnos hasta en las cuestiones más básicas (las espinilleras, por ejemplo, las usábamos como hombreras para imitar a los Caballeros del Zodiaco).

El asunto es que yo nunca aprendí a jugar fútbol. Sólo fui a algunos entrenamientos, hasta que un balonazo me reventó boca, nariz y lentes, y tuve que alejarme momentáneamente de las canchas.

Regresé cuando el equipo ya disputaba sus primeros partidos, pero el fracaso ya era inevitable, un lujo gratuito e intransferible: Te perdiste todo el entrenamiento, en la última clase Rastry nos enseñó a echarnos una chilena, me dijo Daniel mientras calentábamos, y yo no pude sino entregarme al desasosiego: ¿o sea que todos sabían cómo hacer una chilena, menos yo?

No habían pasado ni quince minutos cuando el árbitro anunció mi evidente cambio. Caminé hacia la portería, salté la línea de cal para no manchar mis tacos nuevos y, como el ánimo no me dio para más, me tiré ahí mismo a ver el resto del primer tiempo

Ese día decidí retirarme del fútbol. ¿Qué chingados hacía en una cancha si no sabía ni cómo aventarme una pinche chilena?

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