“Sólo con una tecnología democratizada podremos tomar decisiones realistas”: César Rendueles
En su ensayo “Redes vacías: Tecnología catastrofista y el fin de la democracia”, el filósofo español invita a buscar nuevas formas de relacionarnos con el ecosistema digital.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
¿Cómo pasamos de las benditas redes sociales a que espacios como X se convirtieran en escenarios de confrontación y disputa política? Este y otros fenómenos son los que analiza César Rendueles (Girona, España, 1951) en su nuevo ensayo Redes vacías: Tecnología catastrofista y el fin de la democracia (Anagrama).
En su libro, el filósofo español se pregunta y nos pregunta: ¿de verdad esperábamos que internet favoreciera la convivencia democrática cuando cedimos su diseño y gestión a algoritmos opacos, propiedad de las mayores empresas del planeta? Lo que en principio parecía una promesa de libertad y democracia, ha desembocado en un paisaje de irracionalidad, ultramercantilización y violencia. Ante ello el académico defiende la necesidad y la urgencia de imaginar otras formas de socialización digital más libres y menos tóxicas.
¿En qué momento pasamos del optimismo exacerbado por las redes sociales a verlas con temor o desconfianza?
Ha sido un proceso gradual, pero si tuviera que elegir un momento en el que ese cambio se aceleró, diría que la pandemia de Covid-19. Fue un acontecimiento que materializó todos los augurios y promesas de digitalización completa en nuestra vida cotidiana. Ahí descubrimos que realmente la vida digital era un simulacro muy pobre de las actividades en el mundo analógico.
En el libro hablas de redes vacías, ¿en qué se han convertido las redes sociales?
Hay que eliminar toda la capa de ficciones e ideología que los dueños de las grandes compañías de telecomunicaciones cultivan. Nos hacen ver sus empresas como algo absolutamente especial e inédito en la historia, con una misión social, tecnológica, incluso política, para el futuro de la humanidad. No olvidemos que son monopolios capitalistas como los muchos que han existido a lo largo de la historia, pero de una magnitud ahí sí inédita. Nunca han existido empresas de ese tamaño y con esa capacidad para exigir rentas a prácticamente cualquier persona implicada en cualquier actividad económica. De ahí viene la idea de tecnofeudalismo. Tienen tal poder que consiguen, sin poner en marcha ninguna actividad productiva, obtener beneficios.
¿Encuentras un vínculo entre conceptos como tecnofeudalismo o tecnoestados y el miedo o el encono en el debate político en redes?
En parte sí. Que veamos las redes sociales y el espacio digital como una especie de selva darwiniana o agujero negro de agresividad, odio e intolerancia, genera una sensación de indefensión aprendida; una sensación de que los dueños de la tecnología tienen un poder absoluto y nosotros no podemos hacer nada más que resignarnos. Ese tipo de pensamiento nos impide hacernos cargo. La causa fundamental de que las redes sociales sean lo que hoy son, es justamente que estos monopolios no están sujetos a nuestra soberanía colectiva. No podemos regular, ni legislar sobre las redes sociales. Además, esto nos impide pensar alternativas más democráticas basadas en el derecho y en la libertad de expresión.
¿Pecamos de ingenuos al pensar internet y las redes sociales como un espacio de libertad y democracia?, finalmente siempre han estado en manos de empresas privadas.
Internet y el espacio digital tienen una historia muy larga. Su origen está más vinculado al mundo de la colaboración universitaria y científica que al de las empresas privadas. Sin embargo, en los noventa, cuando despega internet, los estados en lugar de proteger la noción de espacio comunicativo digital, aceleraron e incrementaron su privatización. En cierto sentido el horror que tenemos hoy es una historia de éxito, en tanto que era lo que se buscaba.
¿Quieres decir que lo que hoy estamos viviendo ya estaba previsto?
Absolutamente. Creo que los periodistas entienden y han visto este proceso. El primer efecto de la digitalización no fue un incremento de la lectura de los medios digitalizados, ni de la calidad de los contenidos que se ofrecen, el primer efecto fue una gran precarización de la profesión, en términos laborales, económicos y de cierta descomposición de la institución periodística. Está pasando lo mismo con la Inteligencia Artificial, el primer efecto de las dinámicas de la automatización es el deterioro de las condiciones laborales de los trabajadores. A lo mejor los robots nunca llegan a la fábrica, pero la amenaza de que lo hagan sirve para que los salarios bajen.
En el libro escribes que la principal innovación de la inteligencia artificial es estética.
Hasta ahora la inteligencia artificial ha transformado muy pocos espacios sociales y laborales. Nadie sabe muy bien cómo hacer dinero con ella. Algunas profesiones como la de traductor o la programación están cambiando, pero digamos que esa imagen catastrófica y de giro antropológico, de momento no se corresponde con la realidad. Cuando hablo de una innovación estética me refiero a que la IA afecta nuestros afectos, sentimientos y sensibilidad. Hace que seamos pasivos y menos confiados en nuestra capacidad para cambiar las cosas.
¿Cómo poner un punto intermedio para no caer en el pánico ni en el optimismo desmedido respecto a estas herramientas?
A veces, cuando tenemos un dilema, la solución no es exactamente un punto medio, sino cortar el nudo gordiano, es decir, replantear la situación. La dialéctica entre apocalipsis y optimismo no tiene solución. Es como un péndulo, estamos yendo de un lado para otro. La tecnología forma parte de procesos políticos y económicos más amplios. Y el desarrollo de tecnologías más amables tiene que ver con procesos de democratización e igualitarios. Sólo con una tecnología democratizada podremos tomar decisiones realistas y no cegados por posiciones apocalípticas o utópicas.
¿Cómo podemos llegar a una tecnología democratizada?, ¿por medio de legislaciones?
No es más difícil controlar un foro de internet que establecer una legislación adecuada para que los periódicos se hagan responsables de lo que publican. Han existido legislaciones que establecen límites a los monopolios comunicativos, lo vimos durante mucho tiempo en Estados Unidos. Incluso te diría que sabemos cómo se hace, el problema es que hemos ido perdiendo la capacidad y la soberanía política para hacerlo. Vivimos en democracias frágiles que han entregado su soberanía a grandes monopolios. China ha legislado, sólo que, de una forma autoritaria, y creo que la Unión Europea tiene la capacidad de hacerlo.
En términos políticos, ¿cómo percibes las alianzas entre Donald Trump y Elon Musk o Jeff Bezos?
Se han abierto oportunidades de intervención que hace muy poquito eran inimaginables. No hace mucho en España, muchos ciudadanos recibieron en su cuenta de Telegram, un mensaje del dueño de esta red social, que es ruso, acusando al gobierno español de una serie de cosas terribles. Elon Musk hace cosas similares en Estados Unidos. Más allá de posiciones políticas esto amenaza la soberanía democrática. Pareciera que la capacidad de defensa de un país está completamente comprometida por todo un entorno tecnológico dominado por una potencia extranjera cada vez más inestable. Aquí hay algo importante en juego. Por otra parte, sí veo gobiernos e instituciones con la valentía y la legitimidad necesarias para poner en marcha alternativas al imperio tecnológico actual.
¿Te refieres a medidas como las que se discuten países como Francia, que buscan limitar el acceso a redes sociales a menores de edad?
Eso es algo que se está debatiendo mucho y personalmente soy un poco escéptico respecto a ese tipo de medidas porque de alguna forma me parece que sucumben, una vez más, al pánico moral, por supuesto aquí estoy hablando de jóvenes. Los niños no deben tener ningún tipo de acceso a redes sociales, ni teléfonos celulares. Aclarado esto, creo este tipo de medidas privan de responsabilidad a los adultos, que son quienes tienen la obligación de construir una alternativa a todo eso. Me parece que hay jóvenes más conscientes del problema que mucha gente adulta y con más capacidad para intervenir críticamente en la búsqueda de soluciones a esa situación.






