Antonio Ortuño expone el servilismo de la clase media en su nueva novela
En entrevista el autor de ‘Olinka’, advierte que vivimos en una especie de lucha de todos contra todos.
(Seix Barral/Redacción AN).

Un fraude envuelve la construcción de un lujoso fraccionamiento en Guadalajara. Como suele suceder en estos, se necesita de un chivo expiatorio y este es Aurelio Blanco, quien pasa quince años en prisión. Tras su salida de la cárcel, busca a sus protectores y mentores políticos, los Flores para buscar justicia.

En Olinka (Seix Barral), Antonio Ortuño (Zapopan, 1976), exhibe la mezquindad de una clase media que busca el ascenso social a toda costa e incluso solapando la corrupción. Sin conmiseración alguna, el narrador tapatío presenta la forma en que se ejerce el poder en nuestro país y la manera en que lo hemos normalizado.

En Olinka todo parte de una venganza.

Sí, en realidad ahí hay una especie de falsa señal. Aparentemente Blanco tiene rencor, pero en realidad lo mueve la nostalgia. Mentalmente sigue al servicio de los Flores y lo que sí tiene, es un miedo complejo vinculado con su propia vida. Por un lado, su abogado le susurra que los Flores quieren borrarlo del mapa, pero a la vez teme no encontrarlos al salir de prisión.

Secretamente lo que más desea es volver a ser parte de la familia. El síndrome de la orfandad que genera la pérdida de poder…

Claro. Desde chamaco ha sido un servidor de la familia. Los Flores le representan el significado de la autoridad y la compañía. La ruptura brutal que implica ser enviado a prisión es lo que le genera la ansiedad y una nostalgia enorme. Para mí, Blanco es un personaje que me sirve para explorar ese servilismo de la clase media mexicana ante la clase alta. Este servilismo la desmoviliza políticamente porque en realidad es sumisa y simplemente aspira a formar parte de los ricos.

¿Ésta ambición aspiracional que tan generalizada está?

Tan corre en las venas de los mexicanos que lo vemos replicado en todos los microclimas: los talleres, las oficinas, etc. Desde luego no todos son de esa manera, pero sin duda nuestro deterioro atraviesa las ambiciones de ascender a toda y rompe los parámetros normales de una vida comunitaria.

Ahora vivimos un momento donde se habla de una revolución moral…

No creo en las revoluciones. A la gente le gustan los discursos grandilocuentes. A lo mejor si le damos cincuenta años a la 4T algo cambia, pero es ridículo esperar un cambio de rumbo porque el presidente de una conferencia de prensa cada mañana. Cargamos con inercias sociales que han tardado decenios en formarse. Las secuelas del pensamiento neoliberal no se acaban por decreto ni en unos cuantos meses. Más bien veo una resistencia enorme a que cambie. Seguimos viendo ambición y una lucha enorme por el poder. No creo que por más llamados a la moralización del país se generará una nueva conciencia nacional. Las sociedades no cambian de la noche a la mañana. El comportamiento general de las personas está más cerca de la mezquindad que de la nobleza. En unas condiciones tan difíciles como México, la gente tiene ante sí una especie de horizonte de combate: luchar para sobrevivir. Las cosas en México están peor que hace quince o veinte años y esto tiene mucho que ver con el comportamiento de los ciudadanos.

 Una vez que desaparece esa “falsa señal” de la venganza, en la novela aparece la noción del “no lugar”, como espacio que nunca cumple su objetivo.

Desde luego Blanco tiene una sensación de enajenación respecto a la ciudad a la que vuelve después de quince años de encierro. Me interesaba explorar Guadalajara porque es mi geografía, pero en realidad sucede en muchas ciudades mexicanas a la vez. Las presiones inmobiliarias desnaturalizan las urbes para convertirlas en una colección de fraccionamientos amurallados y de centros comerciales.

Pero incluso como sociedad. El mismo desarrollo del país parece ser un “no lugar”.

Mi visión de la sociedad en la novela es bastante oscura. La historia trata de una serie de criminales que abusan de los demás y de personas que se dedican a consumir y sencillamente son borrados del mapa.  La visión política del libro tiene que ver con la corrupción de los funcionarios, pero también de la prensa. Quería mostrar a una sociedad desmovilizada en la que toda la posibilidad de ascenso se basa en la sumisión, la corrupción y la traición.

¿Este tipo de visión no es algo que vienes manejando desde Recursos humanos?

Sí, aunque Recursos humanos es más bélica porque el personaje se abre campo a machetazos y decide destruir a su jefe. En Olinka, hay un trabajo del sentido de pertenencia y de amor a las jerarquías.

En comparación de tus novelas anteriores encuentro un cambio en la forma de trabajar el humor negro y la ironía.

Hay un ritmo más pausado y un fraseo distinto. Quizá hay un tono más melancólico, pero no desaparece el humor negro. Ahora con el fin de no repetirme, intenté que no fuera la capa superior. No me parece interesante escribir el mismo libro siempre.

Hay párrafos y frases más largas, quizá más atmosférica.

Claro, las atmósferas permiten que los personajes respiren más. Es un libro que busca mayor sutileza sin dejar de contar asuntos oscuros de la sociedad contemporánea y sin dejar de buscar ser interesante y sugestivo. Finalmente se trata de que el lector se la pase bien. Me divierte trabajar en la tensión entre ambos polos. No creo que un libro se tenga que sufrir, incluso si se narran cuestiones difíciles; para eso está el ejercicio narrativo y el manejo del lenguaje.

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