‘Mi deuda con México apenas está empezando a quedar saldada’: Gilberto Aceves Navarro
A punto de cumplir 88 años de vida, el artista plástico sigue inventando y creando, mostrando gran vitalidad. Por estos días, el Museo de la Ciudad de México exhibe "Gilberto Aceves Navarro: Hoy, muestra retrospectiva" con la cual se le rinde un homenaje a este iconoclasta clásico, uno de los mayores exponentes del expresionismo abstracto en nuestro país.
Foto: Pedro González Castillo

Por José David Cano*

El pasado mes de julio, en una charla con Martha Salinas (de la agencia Notimex), Gilberto Aceves Navarro dijo algo que, confieso, me dejó entre confuso y absorto, entre preocupado e inquieto. Decía así:

—Sólo falta que me muera, ya me falta poco tiempo; pero tengo necesidad de apurarme porque quiero ver qué resulta de esto que realizo. ¿Para dónde voy? Les digo que siempre es un misterio, pero sigo vivo.

Hace unas semanas, mientras me dirigía a la casa-estudio del maestro Gilberto Aceves Navarro —es decir, a la casa-estudio de uno de los artistas de la plástica mexicana más importantes y revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días—, yo no dejaba de pensar en esa declaración tan directa: “Sólo falta que me muera, ya me falta poco tiempo”.

Por eso, apenas nos sentamos a platicar, lo primero que quise preguntarle era sólo una cosa, urgente:

—¿Cómo está? ¿Cómo se encuentra? ¿Debemos preocuparnos por esa declaración?

Don Gilberto —quien para entonces escuchaba atento mi perorata, sentado en un reconfortante sofá— se quedó unos segundos en silencio. Luego, con su humor característico, y con ese desparpajo muy suyo, me dijo:

—¿Qué te puedo decir? Que ya soy el hombre biónico. Tengo un aparato para oír, otro para respirar, lo único que me hace falta es uno para hablar…

Entonces soltó una carcajada suave, coqueta.

Después, dejando de lado todo dramatismo —corrijo: mi dramatismo—, continuó:

—En general, me encuentro bien. No tengo nada que sea así muy próximo, que sea muy delicado. Además, estoy bien cuidado, con mucha gente a mi alrededor. Voy a mi clínica. Voy a mis revisiones. Tomo mis medicinas. Me protejo. Me cuido. No por miedo a la muerte, sino por miedo al dolor. A ése sí le tengo miedo. No quisiera sufrir. Pero de que me voy a ir, pues sí me voy a ir. No sabemos qué tan rápido…

Aquí le interrumpí: pero, entonces, ¿en este momento la cuestión de la muerte se ha vuelto un tema, una inquietud, una obsesión, o sólo lo que es: un destino?

—Es eso, un destino. No tengo por qué inquietarme. Aunque a veces sí sucede… Mira, ya no fumo, ya no bebo, ya no como cosas dulces; sigo mi dieta. Así que no tengo una razón para convertir a la muerte en una obsesión…

El maestro hizo una pausa, al tiempo que se acomodaba la cánula de oxigeno que se ha vuelto parte de él (la cual, dicho sea de paso, de un tiempo a la fecha le ha ayudado a respirar mejor).

Entonces, prosiguió:

—Ahora bien, las obsesiones ahí están. ¡Cómo me voy a quedar sin obsesiones! Estoy obsesionado con ciertos temas que me importan, que tienen que ver con mi familia, que tienen que ver con mi república, con este México al que le he dado toda mi vida, toda mi historia… Mi historia es parte de México… Claro, he vivido en otros lados, pero este país ha sido siempre mi centro de operaciones. El centro de mi corazón y de mi trabajo.

—Nada más —dije, agregando a lo que él decía—, usted creó aquí escuela.

El maestro sonrió:

—Es cierto. Ahora son mis alumnos los que siguen el camino; hay muchos distinguidos, eh. Pero tienes razón. Yo tenía mucho que decir. Hice escuela. Hablando de arte, yo creo que no se explica mucho de lo que pasa actualmente en el país, en México, haciéndome a un lado a mí; vaya, sin que se me cite…

—Vamos a decirlo con todas sus letras —le dije—: no se explica este país sin que su nombre esté presente.

—Sí, gracias. Yo he hecho muchísimas cosas. No por pretensión, sino por mi compromiso con mi país. Quiero mucho a México.

—¿Y en qué cree ahora, maestro? ¿En qué cree en este momento?

—En lo mismo de siempre.

—No se ha vuelto más religioso, ¿o sí?

—No-no-no, por el amor de Dios. ¡No!

El maestro volvió a carcajearse, suave. Contagiaba su risa… Entonces, dijo:

—Mi familia, del lado de mi madre, eran personas bien del estado de Puebla. Las tías, que llegaron al entonces Distrito Federal a desarrollarse (a estudiar y todo eso), tenían por costumbre ser muy mochas. Pero mi abuelo, no. Entonces, me parece absolutamente normal que de repente yo tenga caídas así, hacia lo religioso… A ver, virgencita…

El que soltó ahora la carcajada fui yo; la sonrisa en el rostro del maestro tampoco la podía ocultar. Iba a decir algo, pero él continuó:

—Lo que pasa es que ya no soy tan socialista —dijo—. Ya se acabó la capacidad de lucha. Ya no la tengo. Además, sería absurdo. Ahora, eso no quiere decir que no esté atento a lo que sucede. Por ejemplo, ahí está la llamada “ley garrote”, que es muy preocupante; o el político ése que quiere extender su periodo ya votado, que quiere, o quería, ampliar a cinco años su gestión… Estamos en un momento crítico, difícil, y yo no veo en el panorama, la verdad, muchas posibilidades de componer esto. Ojalá, ojalá, ojalá —enfatizó don Gilberto— no dejen de empujar y no vayan a dejar de ayudar al presidente de México. Yo creo que tiene muy buenas intenciones, indudablemente.

Platicar con la pintura

A punto de cumplir 88 años de vida (nació el 24 de septiembre de 1931), Gilberto Aceves Navarro sigue inventando y creando, mostrando gran vitalidad artística.

Autor total en muchos sentidos, en sus casi 70 años de trayectoria ha ejercido de escultor, de grabador, de muralista, de profesor, y sobre todo —y ante todo— de pintor. La crítica dice e insiste que corresponde al movimiento de la Ruptura, y él dice e insiste que no es cierto, que anduvo en paralelo pero que no profesaba las mismas ideas. Y habría que hacerle caso. Porque en su obra —más que ceñirse a una generación, más que limitarse a una técnica, más que seguir una moda, más que abrazar un solo tema—, Gilberto Aceves Navarro ha jugado siempre con las posibilidades que le ofrece el arte mismo. Está inventando su mundo, y, en él, cabe de todo.

Eso sí: estábamos con el maestro en su casa-estudio, en Cuernavaca, Morelos, ya que desde el pasado 4 de julio el Museo de la Ciudad de México exhibe Gilberto Aceves Navarro: Hoy, una gran retrospectiva con la que se le rinde un homenaje a este iconoclasta clásico —uno de los mayores exponentes del expresionismo abstracto en nuestro país—, la cual concluye este 29 de septiembre.

“La exhibición tiene un carácter muy festivo —ha dicho en un comunicado el director del Museo de la Ciudad de México, José María Espinasa—. Le comenté al maestro Aceves Navarro que parece que estos muros habían esperado sus cuadros, que este recinto se había hecho para recibir ese tipo de pintura, la cual tiene algo de monumental y bailarina en su propia alegría”.

Integrada por 60 obras distribuidas en cuatro núcleos temáticos —“Retrospectiva”, “Caminantes”, “Migrantes” y “Arte desde pequeños”—, Gilberto Aceves Navarro: Hoy es una especie de panorámica que muestra diversos momentos del camino que ha recorrido el maestro, ya que las piezas que la integran son una selección de las obras más relevantes que conforman su larga trayectoria; además, reflejan los puntos precisos de la búsqueda plástica que caracteriza su pintura. En ese sentido, incluye pinturas, dibujos y esculturas realizadas desde 1951 —cuando tenía interés por lo figurativo—, hasta esos cuadros de gran formato que actualmente realiza (provocados por su gradual pérdida de la vista).

La muestra ayuda a entender mejor —y deja muy en claro— su sentido de la composición, su manejo del espacio y el gesto, la diversidad de su paleta de colores, así como la frondosidad de sus temas.

En un momento dado de nuestra conversación, le pregunté sobre la evolución en un pintor: ¿existe?

—Sí-sí, desde luego —me dijo—. Por lo menos en mi caso, sí. Yo tengo una evolución y la sigo teniendo, todavía no se ha cerrado. Es más: la necesidad de evolucionar es continua.

—¿Hoy se arriesga a más cosas, juega a más cosas con el arte?

—Sí, ahora soy más atrevido, me lanzo más, pero… Pero vamos a decir que con cierta trampa. Porque ya sé que tengo un dominio absoluto de la técnica. Mira: si quieres pintar bambúes, pinta bambúes durante diez años, hasta que tú seas bambú. Y una vez que seas bambú, y quieras pintar algo, olvídate que eres bambú. Todo esto se tiene que hacer con una gran técnica, con un pleno dominio de la técnica. ¿Quién dijo esto? El pintor Hokusai, uno de los grandes, grandes, grandes pintores de todas las épocas, de todos los países.

—Y los temas, ¿siguen siendo los mismos o han cambiado?

—En este momento no tengo tema, ahorita tengo ganas. Entonces, el tema es cómo se hace… Es decir, estoy poniendo los últimos dominios de mi dominio de la técnica; de mi dominio de los conocimientos de cómo se pinta algo. Porque el dominio de la técnica es así, toma mucho tiempo.

—Déjeme cambiarle la pregunta, hablando de los temas. ¿Qué le inspira ahora? Porque he notado que su preocupación por el país no deja de estar presente en su obra. Ahí está su serie Migrantes, por ejemplo; o las cabezas olmecas…

—Son parte de un solo tema: mi vida y mi país. ¡Cómo no va querer usted un país como México! Han sacrificado, robado, engañado a su querida gente… Hay matones, se dan cachetadas y se traicionan entre todos… Pero esto no es nada nuevo, ha existido siempre y en todos lados, no sólo aquí… Ahora bien, yo creo que mi deuda con mi gente, con mi patria, apenas está empezando a quedar saldada.

—Hay un aspecto en su obra que siempre me han llamado la atención: el color. ¿Me podría hablar de él? ¿Cómo ha sido la evolución de su paleta de color? Se lo pregunto porque hubo un momento que era muy ocre, oscura, y, de pronto, ¡zas!, se suelta la luz y la inunda de colores luminosos…

—¿Cómo se da esto? ¿Por qué de repente ya no más oscuro? Porque no los entendía. Ya no los entendía. Creo que nunca los entendí bien, hasta ahora, que ya casi no hay oscuros; ahora es cuando los estoy entendiendo. Y, ojo: no me había equivocado. No quiero decir que me equivoqué. Pero ya no es lo mío. Y vuelvo a la cosa de Hokusai: cuando ya hayas dominado todas estas cosas y seas bambú, olvídate que lo eres…

—¿Algo así como desaprender?

—Sí-sí. Mi intención cuando yo empecé a pintar con color no fue dejar los oscuros, no fue así; más bien, fue que se impusieron las necesidades. No podía pintar unos cuadros como los que estoy haciendo ahora con colores que utilizaba antes. La manifestación del color en mi obra se ha dado lentamente. No es de golpe, ¡pam!; no es un cambio brusco, ¡pum! No. Se va dando lentamente…

El maestro, entonces, se quedó unos segundos en silencio, pensativo. Iba a comentarle algo, pero se me adelantó:

—Es cierto: yo había dicho en su momento que el cambio de mi paleta de color se dio como una explosión, pero no; reflexionando, uno ve que fue paulatino, que se fue dando; poco a poco fui entendiendo muchas cosas. Por eso pienso que pintar es magia.

—¿Podríamos decir, entonces, que la pintura misma le fue exigiendo ese cambio, esa evolución en su paleta de color? Recuerdo que alguna vez usted me dijo que la pintura era la que le decía, y voy a citar sus palabras: “¡Abusado, güey, es azul y no rojo…!”.

El maestro soltó otra carcajada contenida.

—Me sigue diciendo. Me sigue diciendo —repitió—. Uno no puede dejar de oír… ¡Es que hay que oír! La pintura platica mucho. Hay que oírla. Y eso hice: yo me dediqué a oírla.

—Como sabe, es inherente en el ser humano tratar de darle explicación y significado a las cosas. Mucha gente le quiere dar un significado al color, sobre todo político. En su obra, ¿cabe ese significado político a la hora de hablar del color?

—Te lo voy a responder así: mi tío Raúl era rojo, y fue asesinado por lo mismo, porque era rojo. Raúl Navarro. Estaba estudiando pintura. Trabajaba en la Secretaría de Educación. Era uno de los líderes de los trabajadores, no de los maestros, de los trabajadores de ahí. Y en una de esas reyertas lo mataron. Incluso, mi mamá le decía Raúl el Rojo, porque era comunista. Por ese rumbo andaba yo, nada más que no llegué a ser rojo total. Cuando me peleé con Siqueiros, ya no quise saber más. Siqueiros tuvo la mala decisión de ser demasiado, extremadamente político. Le quitaron mucho tiempo. Le quitaron muchas ideas…

—Pero, entonces, ¿si podemos encontrar una carga política en su paleta de color?

—Naturalmente que sí… Ahora bien, te decía que los colores oscuros fueron cediendo y se fue limpiando la paleta, aclarándose. En la actualidad, grandes extensiones de mis cuadros son un solo color, contrastante con el resto. Porque estoy en proceso. Y el proceso implica eliminar el… no-no, eliminar no… El proceso implica la síntesis, volverme más sintético en la forma y en el color. Ya he eliminado muchas de las necesidades que yo sentía, aunque estoy dispuesto, en cualquier momento, a volver a buscarlas. Quiero, a lo mejor, volver a una figuración muy clara, muy precisa… No sé… No sé… A ver, ¿para qué me preguntas de estas cosas?

Foto: Pedro González Castillo

Colofón

Imposible resumir aquí las dos horas que pasamos conversando con Gilberto Aceves Navarro. Nombres, recuerdos, anécdotas se iban acumulando en el pequeño armatoste llamado grabadora.

—No me den cuerda, que me sigo y no paro —me dijo, el maestro, en un momento dado.

Me contó, por ejemplo, cómo fue que entró a estudiar a la escuela La Esmeralda: mientras pensaba cómo comprar un libro —El dibujo de figura en todo su valor, de Andrew Loomis—, se le acercó su maestro Juan Cisneros:

—Me preguntó: “¿Qué andas haciendo por aquí?”. Luego me preguntó que a qué me dedicaba. Cuando le platiqué que andaba yo de aquí para allá, y de allá para acá, tratando de saber qué iba a hacer conmigo, me dijo: “¿No te dejan en tu casa ser artista?”. Y yo: Pues no. Y él: “Aaah”. Y añadió: “Mira, para allá está la Escuela de Pintura y Escultura, que todos llaman La Esmeralda”. Y tomando mis hombros, me dio una vuelta con dirección a la calle. “Te atraviesas la Alameda y la vas a encontrar ahí en la calle de Zarco”. Y sin pensarlo más me dirigí para allá, y me metí. ¡Te imaginas cómo se resolvió algo tan vitalmente importante para mi vida, cómo se resolvió de la manera más sencilla! Agradecido como estaba, y estoy, no lo volví a ver. ¿Quién era Juan Cisneros? Maestro, artista, daba clases de modelado en la secundaria en la que yo estuve.

Emocionado por la anécdota, le pregunté por sus padres. ¿Qué le dijeron cuando les contó que ya estaba inscrito?

—Bueno, mi mamá (porque ya no tenía papá) estaba llegando a la casa de una gira que había hecho por el norte del país, con la compañía de Plácido Domingo Ferrer y Pepita Embil. Mi mamá cantó con ella mucho tiempo. Llegó con sus maletas. Las puso en la piso. Y dijo: “Ya llegué”. Y yo: Te tengo una sorpresa, mamá. “A ver, ¿cuál es la sorpresa?”. Pues ya me inscribí en La Esmeralda. “¿Y eso qué es?”. Una escuela de pintura y escultura. Se sentó en una de las maletas. Y se soltó a llorar.

—No me diga eso…

—No dejó de llorar nunca. Cuando yo cumplí 50 años, ella todavía estaba viva, ya cerca de morir. Y me preguntó si no me había equivocado…

—¿Y qué le dijo usted?

—Le dije: “Pues no te puedo decir nada, no lo sé…”.

Entonces, el maestro soltó tremenda risa. Al cabo de unos segundos, tratando de ponerse serio, añadió:

—“Lo que sí te puedo decir, mamá, es que sí he hecho el esfuerzo; sí he trabajado; y sí he producido. Pero, a ver, de la manera en la que tú ves el éxito, pues no sé. Pero además puedo decirte una cosa: no me interesa el éxito. Yo ando en otros caminos”. Y era cierto. Sí andaba en otros caminos. Estaba puliendo mi método de enseñanza. Ya tenía ocho años de haber empezado a dar clases en San Carlos, y de darme cuenta que la educación de San Carlos no era la más apropiada para la época.

—¿Siempre fue muy rebelde?

—¿Yo?

—Sí. ¿O era un outsider, como ahora se hacen llamar?

—No, qué va. Yo acabé siendo también muy principito.

—¡Ahora es fifí! —intervino el fotógrafo—; es lo de hoy.

—Es cierto —dijo el maestro, mirándolo—. Ahora es fifí…

Las risas de todos, entonces, se expandieron por toda la casa.

*Nota bene: esta entrevista fue publicada originalmente en el número diez de La Digna Metáfora, revista mensual impresa de periodismo cultural (https://www.ladignametafora.com/). Ha sido editada y actualizada para su publicación en Aristegui Noticias.



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