‘Me gusta que mis libros sean una cámara de maravillas u horrores’: Rafael Toriz
Su libro ‘La distorsión’, será presentado el 13 de junio a las 19:30 horas en el Bucardón.
(Redacción AN/Literatura Random House).

Por Héctor González

Hay algo de inclasificable en La distorsión (Literatura Random House), el nuevo libro de Rafael Toriz (Xalapa, 1983). No es novela y tampoco autoficción. El escritor prefiere acercar su obra al ensayo. En cualquier caso, es un ejercicio ambicioso en su estructura y alcance.

Por medio de tres voces se aproxima a la historia de la lengua de la huasteca veracruzana. “La construcción del hogar tiene que ver con una lengua propia”, asegura en entrevista. Convencido de que vivimos en una época donde hablar del “yo” está en boga, Toriz -quien actualmente radica en Argentina- prefiere poner distancia y jugar con la idea del autor que se diluye.

El libro La distorsión será presentado el 13 de junio a las 19:30 horas en el Bucardón. Acompañarán al autor Julián Herbert y Yael Weiss.

Has definido La distorsión como una antinovela, ¿por qué?

Es una antinovela porque los editores la definieron como una novela. El ensayo encuentra muchas formas de metamorfosearse y el libro está conformado por tres que tienen a la biografía como pretexto. Por comodidad está en una colección de novela, pero en todo caso es una prosa que desborda los límites establecidos de lo que vendría a ser una narración más natural.

¿Autoficción?

Ese término me causa más conflicto. Entiendo que se le inscriba ahí, pero estoy en desacuerdo. Hablar desde la circunstancia de uno es lo que siempre ha hecho el ensayo. Ahí tenemos a Montaigne. El ensayo aglutina de una manera muy amplia todo lo que se está escribiendo ahora. A mí en lo personal me interesaba, de manera modesta, contar la historia de la lengua regional que escuché de chamaco.

No te gusta el término de autoficción, sin embargo, está de moda.

Creo que su fama se debe a que habitamos un momento de crisis y por lo mismo hay una sobre exposición del “yo”. En toda la literatura moderna, desde Pessoa, se debate el “yo” y su circunstancia. Ante la imposibilidad de pensar el futuro y ante tanta precariedad social y económica hay un reforzamiento del ego. Sin contar además el narcisismo proscrito de las redes sociales. Somos gestores de nosotros mismos y nos ofertamos como una mercancía que además no vale mucho porque todos estamos en las mismas.

¿La proyección que buscamos en las redes tiene que ver con el auge de la autoficción?

Nos editamos permanentemente en una proyección que se parece a la autoficción y al autopsicoanálisis.

A juzgar por lo que se ve somos malos editores.

Y malos personajes. La saturación de las obras de quienes cuentan su vida triste como Knausgard, proviene probablemente de esto. Yo prefiero la figura de Pessoa, quien nos enseñó que el verdadero adagio del poeta es devenir en nadie.

¿Es un homenaje a Pessoa haber estructurado el libro desde tres planteamientos y voces distintas?

Aspiro a que mis obras contengan nuevos libros en su interior. Me gusta verlos como una cámara de maravillas o de horrores. La conversación es la forma líquida del ensayo.

Esta idea de la conversación como forma líquida del ensayo es algo que viene desde Sócrates.

Sí, leer a Platón desde chamaco me cambió la vida. Hoy se conversa de otras maneras. A partir de la relación que tenemos con el teléfono vivimos en un diálogo permanente. No soy un apocalíptico respecto a la tecnología, pero me parece que hay una precariedad del diálogo con uno mismo. El cineasta brasileño Glauber Rocha decía: “mi definición política está desde presente desde la colocación de la cámara”. La condición política del artista e incluso del ciudadano tiene que ver con el lenguaje.

¿Por eso te circunscribiste a la historia del idioma de la huasteca veracruzana?

Intenté ser fiel a las historias que escuché sobre las maneras en que hablaba la gente. Mi intención era testimoniar formas de habla que ya no existen o quizá nunca existieron.

¿Qué perspectiva te aportó para este libro vivir en Argentina?

La distancia geográfica me ha impelido a tener esta relación con el lenguaje. Siempre me sentí exiliado de un país inexistente. Los únicos polos a los que puedes aspirar son lingüísticos. La construcción del hogar tiene que ver con una lengua propia. En ese sentido, la distancia me ha obligado a ver con más claridad a México.

Tu misma ciudad, Xalapa, atraviesa un momento muy complejo…

Adquirí mayor conciencia de ello con el libro. La Xalapa en la que crecí ya no existe. Hace varios años, cuando murió mi hermano fue una conmoción. Ahora muere tanta gente que ya nos acostumbramos.

La muerte de tu hermano bordea todo el libro…

Hay cosas que no se pueden nombrar por eso nada más pude contar los contornos de esa ausencia. Algunas cosas trascienden el lenguaje y el dolor me parece que no puede ser narrado.

Quizá el tiempo…

Ya me lo han dicho. No podría responderte, pero hay cosas que tienen que ver con lo sagrado y el dolor. A lo mejor si fuera músico podría expresarlo mejor. Leí que Diamanda Galas alcanzaba unos registros de voz parecidos a los alaridos de las mujeres cuando entierran a sus hijos. La música tiene algo que la palabra no toca.

Uno de los escenarios de tu libro se centra en un escritor frustrado. ¿Hay ahí una metáfora de la imposibilidad del artista?

Al margen del enamoramiento con el fracaso que tenemos muchos, es un personaje que inicia su carrera de manera meteórica y después descubre no todo es fácil. La verdadera riqueza de una profesión como la literatura está en ejercerla.

Es fácil caer en la apología del fracaso…

Espero no haberlo caído en eso, pero es muy sexy fracasar. También es cierto que por la vida vamos muchos falsos fracasados, porque para caer primero hay que haber triunfado.

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