La guerra digital y el eclipse del rostro | Artículo de Mario Luis Fuentes
El problema ético de nuestro tiempo no es solamente la persistencia de la guerra, sino la transformación de nuestra relación con ella; pues cuando el sufrimiento humano se convierte en espectáculo, la conciencia moral se erosiona al grado de volverse irreconocible.
- Mario Luis Fuentes

Por Mario Luis Fuentes
Resulta profundamente inquietante la forma en que las guerras contemporáneas habitan nuestra experiencia cotidiana. Durante siglos, la guerra fue un acontecimiento relativamente distante para quienes no estaban en el campo de batalla. Sus relatos llegaban tarde, mediadas por cartas, crónicas o testimonios de quienes sobrevivían. La violencia, aunque devastadora, permanecía todavía envuelta en una cierta distancia temporal que permitía al dolor mantener su gravedad y su carácter experiencial, como lo pensaría Walter Benjamin.
Sin embargo, algo decisivo cambió a finales del siglo XX. Con la transmisión televisiva de la primera Guerra del Golfo (1990–1991), la guerra entró por primera vez en los hogares como un espectáculo continuo. Las cámaras nocturnas captaban los bombardeos sobre Bagdad como si fueran imágenes de un fenómeno meteorológico: destellos verdes en el cielo oscuro, explosiones silenciosas que parecían casi abstractas. Aquella guerra inauguró una forma inédita de presencia: la guerra en vivo.
Lo que entonces era todavía una mediación televisiva hoy se ha convertido en una experiencia digital omnipresente. Las guerras del siglo XXI -en Medio Oriente, en Europa del Este o en múltiples regiones de África- circulan en tiempo real a través de redes sociales, plataformas de video y transmisiones instantáneas desde teléfonos móviles. La guerra se ha vuelto una corriente incesante de imágenes: drones que registran ataques, soldados que transmiten desde trincheras, misiles vistos desde cámaras térmicas, ciudades destruidas convertidas en “clips virales”.
Pero esta presencia constante no ha significado una mayor comprensión del horror de la guerra. Más bien parece haber producido lo contrario: una nueva forma de distancia. Su digitalización la vuelve visible, pero al mismo tiempo la vacía de su densidad humana.
La muerte aparece como un dato visual; la destrucción, como una secuencia de imágenes; el sufrimiento, como un fragmento más dentro de la interminable circulación de contenidos. En ese flujo continuo, el dolor pierde densidad ontológica: deja de ser experiencia para convertirse en signo vacuo. Nunca antes la guerra había sido tan visible, y, sin embargo, nunca había sido tan difícil percibir su verdadera crudeza humana.
La razón de esta paradoja es también espiritual. La lógica de las redes sociales está fundada en la velocidad, la fragmentación y la sustitución permanente de las imágenes. Nada permanece el tiempo suficiente para ser realmente contemplado. La mirada es arrastrada de un estímulo a otro sin detenerse. En ese movimiento vertiginoso, incluso la muerte queda atrapada dentro de la misma economía de atención que rige el entretenimiento.
Así, el bombardeo de una ciudad puede aparecer entre un video humorístico, una noticia deportiva y la fotografía de una comida. El horror comparte el mismo espacio simbólico que lo trivial. La guerra queda inscrita dentro de una estructura de espectacularidad donde el sufrimiento humano se vuelve consumible.
No se trata de negar la importancia de la visibilidad. Durante siglos, los Estados pudieron ocultar las guerras o manipular sus relatos. Hoy, en cambio, las imágenes circulan con una libertad que muchas veces escapa al control de los poderes. Pero esta misma proliferación de imágenes produce otra forma de ocultamiento: el ocultamiento por saturación. Cuando todo se muestra, nada se revela verdaderamente.
El sufrimiento humano necesita silencio, duración, proximidad. Necesita la presencia del rostro. Pero en la guerra digital el rostro desaparece. Lo que vemos son explosiones vistas desde satélites, ataques registrados por drones, mapas estratégicos que representan ciudades como puntos luminosos. La violencia aparece como una operación técnica, casi geométrica. De este modo, la guerra adquiere un carácter extraño: parece más limpia, más aséptica de lo que realmente es.
Sin embargo, bajo esa apariencia digital, la guerra sigue siendo lo mismo que siempre ha sido. No hay ninguna innovación moral en la violencia contemporánea. Lo que persiste, con obstinada continuidad histórica, es la estructura profunda de la guerra: la defensa de intereses de poder. Las guerras siguen siendo conflictos donde se entrecruzan los intereses de Estados, corporaciones, alianzas estratégicas y poderes fácticos que buscan asegurar territorios, recursos o posiciones geopolíticas. Bajo las narrativas oficiales -defensa de la seguridad, protección de valores, restauración del orden- operan con frecuencia dinámicas más antiguas: la disputa por el control del mundo.
Las consecuencias, en cambio, recaen siempre sobre los mismos cuerpos. Las ciudades destruidas, los desplazados, los niños heridos, las familias fragmentadas, los territorios devastados: la guerra continúa desplegando su violencia sobre poblaciones que rara vez participan en las decisiones que la originan. En cada conflicto se repite la misma asimetría: quienes deciden la guerra suelen estar lejos del campo de batalla; quienes la padecen carecen de poder para detenerla. La digitalización no ha modificado esta estructura, pero sí la ha envuelto en una nueva estética.
Hoy las guerras se narran mediante gráficos animados, simulaciones estratégicas y análisis instantáneos. Se habla de “operaciones”, “objetivos”, “daños colaterales”. El lenguaje mismo se vuelve técnico, neutralizando la gravedad de lo que ocurre. La violencia se vuelve administrable en el discurso.
La realidad, a pesar de todo, permanece intacta. Cada misil que aparece en la pantalla corresponde a una devastación concreta; cada edificio que colapsa es un fragmento de vida humana que desaparece; cada desplazamiento masivo es una ruptura irreversible en la biografía de miles de personas.
El problema ético de nuestro tiempo no es solamente la persistencia de la guerra, sino la transformación de nuestra relación con ella; pues cuando el sufrimiento humano se convierte en espectáculo, la conciencia moral se erosiona al grado de volverse irreconocible.
Quizá por eso la pregunta decisiva de nuestra época no sea únicamente cómo detener las guerras, sino cómo recuperar la capacidad de percibir verdaderamente el dolor que producen. Porque si el sufrimiento permanece oculto detrás del brillo frío de las pantallas, la guerra seguirá pareciendo más lejana de lo que realmente es.
