opinión*
Yo solo quería que amaneciera: un informe sobre el dolor y el amor de Ayotzinapa (Artículo)
Para la libertad por Alfredo Lecona

Hay una cama caliente y un guisado de mamá (…) y hay un día con nubes claras en que quiero verte regresar”.

-“Verte Regresar”, Belafonte Sensacional, del álbum “De Vuelta a Casa”, 2015.

¿Quién no ha sido derrotado por la tristeza al escuchar los testimonios de familiares de nuestros 43 desaparecidos de Ayotzinapa?

Recuerdo una noche de noviembre de 2014 después de una subasta de arte en beneficio de las familias de los normalistas. Un amigo y yo invitamos a cenar a un pequeño grupo de mamás y papás a un VIPS cercano al Centro Prodh. Doña Cristi, mamá de Benjamín Ascencio Bautista, pidió pozole y bromeamos con lo malo que resultaría para su paladar, considerando que no podría tener el sabor de uno guerrerense. Cuando los alimentos llegaron a la mesa, Doña Cristi hizo a lado su cuchara y miró fijamente su plato por un buen rato. Algo murmuró mientras todos guardamos silencio. Al preguntarle si estaba bien, me dijo que estaba pidiendo a dios que quien tuviera a su hijo le ofreciera un plato de comida caliente de vez en cuando.

Ese recuerdo, y otros similares, suelen llegar de vez en cuando a la mente, pero el peso de lo que por 41 meses ha enfrentado la familia de doña Cristi y 42 familias más, no había sido tan claro como después de leer el informe “Yo Solo Quería que Amanecera: Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa” elaborado principalmente por cuatro psicólogas, una antropóloga y un médico, coordinados por Fundar, a petición de los representantes de las víctimas y derivado de una recomendación de la CNDH y del propio Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) en su segundo informe sobre el caso.

El informe retoma las experiencias de las víctimas para dimensionar en lo psicológico, lo humano, el costo de la impunidad, cuya gravedad es más entendible cuando lo que genera es dolor. La referencias del informe son brutales desde el título del mismo, que es tomado de la declaración de uno de los normalistas sobrevivientes a la pesadilla de la noche del 26 de septiembre de 2014. El dibujo que lo ilustra es de un niño que retrató a su familia con un espacio vacío en donde tendría que haber dibujado a su hermano. Esos elementos de identidad del trabajo, son el reflejo de la amplia documentación y sistematización de los testimonios y estudios a los distintos tipos de víctimas: estudiantes sobrevivientes; estudiantes heridos y sus familiares; niños y niñas; familiares de los estudiantes privados de la vida y familiares de los 43 normalistas desaparecidos; reconociendo impactos diferenciados en cada grupo de víctimas.

En las 523 páginas del informe no hay una romantización la pobreza y la marginación en la que vivían los normalistas y sus familias, sino un estudio excepcional que da cuenta de su amor y esperanza frente a una situación que cambió sus proyectos de vida de forma trágica. Un acompañamiento en el proceso de constatación de las ausencias, como cuando los familiares regresan al hogar tras sus jornadas de lucha.

El estudio explica las ambigüedades que viven las familias de las víctimas de desaparición forzada, como por ejemplo, el “duelo congelado”, provocado por la incertidumbre que descaracteriza al ser amado por suponerle muerto, al mismo tiempo que lo caracteriza por la esperanza de que se encuentre con vida; o el impacto traumático ocasionado por el propio Estado cuando revictimizan y estigmatizan a los estudiantes al intentar vincularlos a grupos de la delincuencia organizada, en contraste con el apoyo de las organizaciones de la sociedad civil y personas que les han acompañado todo este tiempo.

El Estado ha sido agente del dolor y la incertidumbre; un actor que ha contribuido al deterioro de la salud de las víctimas, contrario a lo que debería ser su función. Estigmaitza, no investiga, no repara y no ayuda a sanar. Según se da cuenta en el informe, para los padres y madres de los normalistas, el maltrato, revictimización y criminalización que han vivido por parte de las autoridades se origina en su condición de pobreza, por ser campesinos o indigenas, pero también se trata de una estrategia de desgaste y aislamiento. Mientras el Estado intenta explicar en boletines, reuniones o vergonzosas comparecencias ante la CIDH, las razones de sus acciones (e incontables omisiones), las verdaderas explicaciones ante sucesos como la rotación de funcionarios (han conocido a 3 titulares de la PGR desde 2014) no llegan a las familias, quienes mucho menos han visto sanción ante los señalamientos de responsabilidades de funcionarios de alto nivel. “La rotación de autoridades contrasta con la permanencia y el desgaste de los padres, madres y familiares”, señala en una parte el informe.

El informe revela lo que ocurre detrás de lo que se hace público, eso que por tres años ha intentado controlar el gobierno. Invita a reflexionar sobre la profundidad y significado que hay detrás de las consignas de verdad y justicia, que es lo que madres y padres entienden como el primer paso hacia la reparación.

“Yo solo quería que amaneciera” será presentado mañana, miércoles 14 de marzo en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco a las 10 de la mañana. Es pertinente mencionar que originalmente se presentaría en septiembre del año pasado, pero que tuvo que ser pospuesto tras el sismo. Que si se hubiera presentado entonces, Minerva Bello pudo haberlo presenciado, pero hace un mes falleció sin haber conocido el paradero de Everardo. Que ahora se presentará un día antes del informe sobre el caso Ayotzinapa que hará público la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Que mañana se hablará de los impactos psicosociales de las víctimas en un contexto en el que la PGR, apenas ayer, informó de la detención de un supuesto autor material de la desaparición, después de que el Estado Mexicano afirmara ante la CIDH, el pasado 2 de marzo, que estaba por concluir la investigación y tras haber sido acusado por las familias y sus representantes de administrar el caso políticamente. Que si se hiciera un informe sobre el impacto de las desapariciones en la vida de decenas de miles de familias que buscan a un ser amado, habrían millones de páginas de dolor que nos harían ver el dolor que existe detrás de las miles de carpetas de investigación en fiscalías y procuradurías que deshumanizan a las víctimas.

Combatir la impunidad, para quienes de distintas formas hemos acompañado estos procesos, es luchar por acabar con el dolor de la incertidumbre que ha dañado irreversiblemente a cientos de miles de personas en lo más humano: lo psicológico y lo social. El informe es el mejor texto que he leído para entenderlo.

41 meses y no amanece.

Alfredo Lecona

Activista. Defensor de derechos humanos. Manifestante. Nació en la Ciudad de México en 1986. Apasionado de la libertad de expresión desde mayo de 2012, cuando jóvenes universitarios dieron una lección de dignidad al país. Ha promovido y acompañado procesos legislativos y políticos desde la sociedad civil y como asesor parlamentario, sin haber pertenecido nunca a partido político alguno. Apartidista. Consultor en temas de libertad de expresión, justicia, corrupción, transparencia y organizaciones de la sociedad civil.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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