‘La literatura, un ejercicio humano de acercamiento’: Luis Bugarini
El escritor mexicano publica ‘Papeles de Myra Hindley’.
(Luis Bugarini/Ediciones Periféricas).

Por Héctor González

A Myra Hindley nunca se le pudo comprobar crimen alguno, en dado caso sí se sabe que abastecía de víctimas a su pareja Ian Brady quien primero los violaba para después ejecutarlas. ¿Cómo opera la conciencia en un criminal?, se preguntó el poeta y ensayista Luis Bugarini durante la escritura Papeles de Myra Hindley (Ediciones Periféricas), un volumen donde por medio de la literatura merodea por los linderos del mal, el crimen y el proceso creativo.

¿Qué te lleva a reconstruir al personaje Myra Hindley?

Un interés obsesivo alrededor de los asesinos seriales que me hizo reparar en su caso, ya que no quedó claro jurídicamente si participó de manera directa en los homicidios de los niños, o si únicamente actuaba como el gancho para llevarlos a su pareja, Ian Brady, quien primero los violaba para después ejecutarlos. También las motivaciones de la pareja, ya que Brady era lector de Sade, Hitler y Nietzsche y se propuso intentar un “homicidio perfecto”, aquel sin consecuencias legales. Por otra parte, la dimensión estética de los hechos es pervertidamente seductora, ya que una vez que violaban y ejecutaban a los menores, los enterraban en un sitio llamado los “Páramos”, para luego tomarse fotografías sobre los promontorios. A su modo, además es una respuesta al feminismo radical ya que en el actual rescate de figuras femeninas notables de la cultura, también hay otras que han lesionado el tejido social de manera grave, como en este caso.

¿Cómo fue el proceso de dar voz a Myra Hindley sin caer en el juicio moral?

Luego de leer casi todas las entrevistas que concedió a la prensa inglesa, y que pude encontrar en la red y bibliotecas, me concentré en lograr este ejercicio de desplazamiento para evocar sus estados de ánimo, y lograr con ello una personalización creíble de una persona que padece el encierro y la soledad. Hindley terminó repudiaba hasta por su familia, lo cual la vuelve una materia viva para cualquier ejercicio literario. No hay nada que pueda contradecir lo que digo en el libro. Es un caso vivo que no cerrará en el corto plazo y del cual apenas se sabe lo necesario. Darle voz fue crearla desde cero.

Escribes: “Hallo consuelo en la escritura aunque igualmente suele revelarme aspectos que preferiría mantener ocultos”. ¿A través de Myra Hindley se filtra tu reflexión acerca del proceso creativo?

Lo mismo la soledad que la remota posibilidad de salir libre, obligó a Hindley a realizar estudios de humanidades dentro de la prisión. Concluyo que quien escribe vive el mismo proceso, una y otra vez, que es un autodescubrimiento a través de sus propias palabras. Ella, al igual que yo, limpiamos el espejo de nosotros mismos cuando escribimos. Y eso nos permite vernos, así sea durante algunos segundos. Lo que escribimos nos constituye porque está formado por memoria y experiencia, aunque no intenté de manera específica un trasplante de mis preocupaciones a su voz. Hindley es ella misma hasta donde pude lograrlo.

“¿Qué es la conciencia a fin de cuentas?”, preguntas en uno de los fragmentos. Me parece que esta pregunta es una de las que sostienen el libro. ¿Qué tan consciente fue Myra Hindley de lo que hacía?

Esa es la parte medular del libro. Brady estaba consciente de lo que hacía. Lo tentó el mal y fue en su búsqueda. Pagó las consecuencias. Hindley, sin embargo, se vio inmersa en una espiral de la que ya no pudo escapar, a mi juicio, por una debilidad amorosa. Es difícil saber a ciencia cierta qué pensaba ella. A unos periodistas decía una versión y a otros, una diferente. Ignoro si en parte fue una estrategia legal para alegar demencia o si, en efecto, los hechos comenzaron a emborronarse en su cabeza hasta el punto de la disolución. Es un caso apasionante de claroscuros e indefinición, un manjar para cualquier escritor.

En otra parte escribes: “No me parece que haya maldad en el hombre de manera intrínseca”.

Creo que ella pudo pensarlo, sí. Luis Bugarini podría pensar diferente, pero eso es lo de menos. El asunto del mal, de la conciencia del mal, es un debate central del siglo XX, en especial por el Holocausto de los judíos. Arendt dejó ensayos germinales para la consideración del hombre en estado de naturaleza y su proclividad al mal. Lo que es claro es que para que el mal exista debe existir el otro, receptor de la malevolencia. En soledad, el mal es una imposibilidad.

¿Qué tipo de desdoblamiento del personaje te permitió leer al personaje desde la poesía?

Está probado que durante un encierro, a falta de distracciones, los internos terminan por escribir. Hindley ya había escrito poesía en la escuela, queda constancia de ello. El ejercicio literario para llegar a ella fue imaginar una conciencia en encierro, con rencor y atormentada por las pesadillas y el desconsuelo. La soledad es una carga demasiado pesada para cualquiera. Eso destruye cualquier imaginación, cualquier inteligencia. Es el congelamiento de la vida estando en vida.

¿Por qué los asesinos literarios despiertan fascinación?, ¿desarrollaste algún tipo de empatía con ella Myra Hindley?

Mucha. Terminé por juzgarla como un ser humano y no como el monstruo que así la retratan. El libro evade el juicio sobre los hechos porque la abordé como una mujer que cometió actos con consecuencias desproporcionadas. Una estancia en prisión no es un hecho tan remoto como lo parece a la mayoría. Un asunto de impuestos te puede llevar a ella, por ejemplo. Hindley creó una fabulación de aquellos hechos que mantuvo a la prensa amarillista durante años atenta de sus palabras. Es mi convicción que su figura exige ser reimaginada desde una perspectiva menos a rajatabla. El sistema penal es ciego y sordo, aunque no mudo. Cuando habla destruye la vida de las personas.

Hay momentos en donde te pones en los pies de los asesinados. ¿Qué tipo de conflicto o desafío te significo ponerte del lado del asesino y también del asesinado?

La literatura debe ser un ejercicio humano de acercamiento, antes que un juicio sobre los otros. En el libro transité por una constelación de hechos en donde pasé de largo ante cualquier valoración que implique una condena o una celebración. Imagino que tanto Hindley como los deudos, algunos de ellos vivos, podrían leer el libro y no sentirse ofendidos. Lo que escribí fue un registro de sus posibles estados de ánimo. En un ejercicio imposible, el mejor elogio sería que Hindley leyera alguna línea y dijera: “sí, esto es fiel a mi vivencia del encierro. Así me sentía”.

En uno de los poemas escribes: “Se escribe por una determinación del espíritu y no porque alguien nos motive a realizarlo”, ¿ese es tu caso?

Absolutamente. Y más: ese es el tipo de escritor que busco y me nutre cuando me asaltan las dudas. La pulsión hacia la literatura es un pellizco interior, y no un acto mercantil para satisfacción de quienes elaboran las estadísticas con los ejemplares vendidos, el listado de premios, toda la imaginería de quienes escriben como si se tratase de una carrera. Soy de los que escribiría pese a cualquier pronóstico en contra. A mí me callan sólo muerto.

¿Myra Hindley sería el tipo de mujer con la que te irías por unas cervezas; o sería aquel del cual al que simplemente no hablarías?

Me enamoraría de ella, locamente. Hindley era una chica soñadora de la provincia inglesa, a la que le gustaban las emociones fuertes y los hombres que cruzan límites. El hombre rebelde camusiano. Es triste pero su búsqueda la llevó a conocer a un extremista y pagó las consecuencias, pero sin ese final demente, habría sido una excelente pareja para celebrar el atardecer de Manchester.

El libro cierras con la pregunta: “¿en qué me equivoqué?” ¿Cierras de esta manera porque durante la escritura intentes ponerte en los zapatos de Myra Hindley?

No. En realidad, lo hice pensando en Hindley. Uno nunca sabe si lo que hace tendrá algún efecto positivo o si es un disparate. La Historia, esto es, los otros, darán la última palabra, la cual está sujeta a las condiciones ideológicas del momento en que se realice la valoración. Uno nunca sabe si se equivoca, pero debe actuarse, no obstante. Y es mejor que así sea.

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