‘En Venezuela está lo que me duele y molesta’: Alberto Barrera Tyszka
El escritor reflexiona sobre la legitimación de la violencia en su libro ‘Mujeres que matan’.
(Literatura Random House/Redacción AN).

Un crimen fortuito convierte en cómplices a un grupo de mujeres. ¿Qué las llevó a hacerse justicia por su propia mano? La respuesta está en un libro de autoayuda. En Mujeres que matan (Literatura Random House), el venezolano Alberto Barrera Tyszka, aborda los límites que puede alcanzar el ser humano busca la justicia a toda costa,

¿Qué libro de superación personal podría llevarte a cometer un crimen?

Te prestaría mi vida, pero la estoy usando. A través de la novela quería jugar con la experiencia de lectura en un grupo de mujeres. Usar un libro de autoayuda como detonante de un crimen es una provocación. De hecho, pongo a Inés –uno de los personajes-, a decir lo que yo pienso del género y a burlarse un poco, para después crear una confusión porque supuestamente aquello que en principio está escrito para desarrollar una personalidad positiva, termina por legitimar un crimen.

Pero es una provocación moral, dado que hay una reflexión sobre lo que está bien o mal y hasta dónde se puede llegar en pos de una u otra.

Hay un debate ético que me interesa traspasar al lector. ¿En medio de un reino de impunidad es posible tomar la justicia por propia mano? ¿Está bien cometer un crimen y matar a un ser humano? Uno de los personajes dice: “aprendimos a matar y nos gustó, no nos pareció tan malo”. Quería poner la relativización del crimen sobre la mesa por medio de los relatos.

Además, lo planteas desde una postura políticamente correcta: mujeres que, algunas de ellas, tras sufrir abuso o discriminación, deciden tomar venganza.

No utilizo la palabra venganza, pero es verdad que es un término latente en el libro. Prefiero hablar de justicia, probablemente para no sentirme tan incorrecto. Comencé a pensar la novela hace cuatro años y se cruzó con el contexto del #MeToo. En realidad, solo una de las cinco mujeres padece un episodio de violencia: su amante la humilla, la pone en ridículo y hace que ella pierda el control. Una reacciona contra la enfermedad de su marido, otra contra el poder militar y una más contra un sistema de justicia inoperante.

La enfermedad y el poder político son dos temas presentes en tu literatura.

Ni si quiera en mi ficción puedo escapar de mi país. Empecé a escribir esta historia en México, al principio las ubiqué aquí pero algo crujía y no podía avanzar. Por eso decidí ponerlas donde debían estar, es decir en Venezuela donde está lo que me duele y me molesta. La dimensión política me invade. La realidad invade mi literatura y no puedo hacer nada. La presencia de la enfermedad la descubrí después. No puedo resistirme a mis obsesiones ni puedo evitarlas. Todo tiene que ver con que me gusta conectar con el lector a través de la fragilidad o el dolor.

¿Pero en qué momento descubres que en la enfermedad nos quebramos?

A los 18 años fui enfermero en un hospital de cáncer. Me tocaba hablar con los enfermos y no encontré argumentos desde la fe y la medicina para animar algún enfermo, en ese momento yo quería ser sacerdote jesuita. Ahí descubrí una relación con la condición humana. Aprendí que nuestro cuerpo se corrompe y que nuestro destino es enfermarnos, es lamentable, pero así es. En esa experiencia radica un dolor impresionante con el que todavía no sabemos convivir.

Incluso está presente en tu libro Chávez. Patria o muerte

Tienes razón. Chávez fue un personaje que consiguió casi todo. Luchó de manera titánica y se convirtió en una especie de estrella internacional. Cambió incluso la Constitución a su favor para poder ser presidente de manera eterna. Pero nunca contó con lo único que debía contar: con que su cuerpo lo traicionara. Ahí es donde me interesan esas tragedias irreparables. Nuestra naturaleza humana está ahí.

Si lo vemos en una dimensión macro o social, una sociedad corrupta es una sociedad enferma.

Me gusta lo que dices. No suelo pensar en eso, pero es una buena lectura. En la noción de enfermedad hay una idea de un mal que no necesariamente está ejercido por un villano enorme, sino que pulula en nosotros interna y socialmente.

¿El mal es innato al ser humano?

No sé, siempre creo que es una posibilidad. El ser humano puede elegir, pero la tentación del mal está presente porque se liga a otros intereses. Respecto al mal me interesa la dimensión íntima, pero con su resonancia social. Aquellos momentos en los que una pasión personal te puede llevar a acabar con un país entero. Esta idea del mal ligada a la religiosidad y al sentimentalismo está muy presente en nuestros países.

¿Tu relación con un concepto con la enfermedad ha cambiado con el tiempo?

Con el tiempo nos hacemos más dependientes de las medicinas. Al principio había un elemento donde sentía que la salud se estaba convirtiendo en una utopía tiránica y terrible que le devolvía la culpa a los seres humanos sobre la enfermedad, en lugar de asumirla como una condición natural. Todo ese movimiento de la culpa que argumenta: te enfermas porque bebes, no haces ejercicio o tomas azúcar. Esta idea ha variado con el tiempo, en esta novela la enfermedad está relacionada con el hecho de ayudar morir al otro, incluso de matarlo, es una noción más ligada a la vejez o a la discusión sobre la eutanasia.

¿Te da miedo la enfermedad?

Por supuesto, no creo llegar a ser un hipocondríaco militante, pero hay una gratuidad terrible en la enfermedad. Los seres humanos nos estamos empezando a sentir mejor con respecto a la idea de que nos vamos a morir, pero todos quisiéramos que fuera de golpe y sin dolor. Sin embargo, a lo que más temo es al dolor de la clínica, a esos procesos de supervivencia ficticios o artificiales sometidos a tratamientos clínicos que son humillantes y dolorosos.

Otra idea que ronda la novela es la posibilidad del matar al otro.

Cierto, ¿cuál es el límite para traspasar ‘el quisiera que ese tipo muriera’ al planteamiento real de asesinar al otro? A dónde nos llevaría eso.

Una vez más volvemos a la dimensión social porque se puede aterrizar en las autodefensas o en la legitimación de un golpe de Estado…

Sólo que, en el caso de las mujeres de la novela, no soportan la injusticia. Simplemente hacen lo que creen correcto y no por una cuestión de poder, sino para reparar el dolor.

La desesperación como resorte para la reacción.

Sí, el dolor de vivir con una injusticia o daño y tener que aceptarlo. Tú puedes resolver mejor ese dolor cuando socialmente tienes instrumentos o instituciones para demandar a alguien, pero cuando no es así, la realidad se vuelve asfixiante. No justifico lo que hacen ellas, solo lo planteo como una posibilidad.

libros



Temas relacionados:
Cultura
Libros





Escribe un comentario

Nota: Los opiniones aquí publicadas fueron enviadas por usuarios de Aristeguinoticias.com. Los invitamos a aprovechar este espacio de opinión con responsabilidad, sin ofensas, vulgaridad o difamación. Cualquier comentario que no cumpla con estas características, será removido.