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“Gracias a los juguetes electrónicos nos hemos puesto a disposición de los demás”: Alberto Manguel

A continuación, compartimos con los lectores de Aristegui Noticias y con la autorización de la Feria Internacnional del Libro de Monterrey el discurso leído por el escritor argentino durante la ceremonia inaugural.

  • Redacción AN / HG
11 Oct, 2026 06:09
“Gracias a los juguetes electrónicos nos hemos puesto a disposición de los demás”: Alberto Manguel

Por Alberto Manguel

Me enorgullece estar aquí en la trigésima cuarta edición de Feria Internacional del Libro Monterrey. Si el libro ha muerto, me alegro ver tanta gente en su funeral, cuerpo y alma presente.

En estos días donde el prestigio de la palabra escrita se ha casi desvanecido, y donde la creación artística está amenazada por máquinas que diestramente imitan la creación humana, ¿cómo, porqué seguir creyendo en el libro, esa criatura que Monterrey tan valientemente se esfuerza en ensalzar?

Las estadísticas (esa rama tan prestigiosa de la literatura fantástica) nos revela que el número de lectores no ha disminuido globalmente, pero que, por sobre todo, la comprensión de un texto literario escapa a la mayoría de esos lectores. ¿Cómo podemos comunicar con claridad lo que los escritores quieren decir, si se encuentran frente a lectores que parecen incapaces de entender una metáfora o un argumento más o menos complejo? ¿De qué manera podemos, como lectores, interpretar correctamente lo que un autor está tratando de comunicarnos? Si no podemos entender el significado de un texto ¿cómo podemos responder a las observaciones de otra persona en la vida cotidiana y cómo podemos esperar que esa otra persona responda adecuadamente a las nuestras? ¿Cómo podemos ser buenos ciudadanos en una sociedad en la que no logramos entender lo que nos estamos diciendo?

A mediados del siglo XIII, en un cierto pasaje del primer volumen de la vasta Summa Theologica, Tomás de Aquino señaló que las limitaciones de la ley humana son tales que no podemos exigir actos virtuosos a un ciudadano, salvo de manera muy superficial, y que insistir en las condiciones intrínsecas de la virtud está más allá del poder de los gobiernos. Según Aquino, una sociedad funciona de acuerdo con su legislación fundacional y, si bien puede exigir una cierta conducta social virtuosa de sus ciudadanos, y debe castigarlos en caso de que desobedezcan, no puede obligarlos a ser virtuosos, en el sentido más profundo de la palabra. Dentro de los límites que definen nuestra sociedad, nos relacionamos unos con otros bajo ciertas normas y reglamentos, pero ninguna norma ni ningún reglamento puede hacernos más generosos, más misericordiosos, más amables o más empáticos. Esas virtudes dependen de otras cosas.

Nuestra sociedad, como todo lo demás creado por los seres humanos, es un producto de la imaginación, la materialización de algo que surge conceptualmente como una posible solución a la pregunta de cómo convivir. Imaginamos el mundo para experimentarlo en la mente antes de experimentarlo en la realidad; imaginamos un sistema de convivencia antes de establecer gobiernos y definir fronteras. Y contamos esas imaginaciones en lo que llamamos literatura. Estas actividades están en constante fluctuación. Al mismo tiempo que construimos lo que hemos imaginado, imaginamos modificaciones a esas construcciones que, a su vez, deben ser reimaginadas: la Ilíada vuelve a ser contada por Tolstoi en La guerra y la paz, y por Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz. En una sociedad del libro como la nuestra, existimos en la tensión entre obligaciones y preferencias, entre limitaciones y derechos, entre lo que debemos hacer y lo que podemos o no podemos hacer. Como no somos capaces de tener todas las experiencias que un ser humano puede tener, creamos la biblioteca universal que lo contiene todo.

El sustantivo imaginario quiere aproximarse a ese conjunto mágico de imágenes, símbolos y sueños a través del cual una persona, o un grupo de personas, interpreta el mundo. Las leyes, las nociones de libertad y esclavitud, los mitos, los recuerdos transmitidos de nuestras migraciones y asentamientos a través del espacio y del tiempo, los símbolos y emblemas ancestrales, conforman el mosaico de nuestros imaginarios. Pero para que éstos sirvan como elementos constructivos, requieren una traducción verbal, de fragmentos imaginativos a fragmentos verbales. Esta traducción (porque es una traducción, un acto que lleva algo de un lugar a otro) se encuentra en el inicio mismo de cada una de nuestras empresas. Más o menos lúcidos, más o menos sinceros, somos criaturas del lenguaje, animales lectores que reflejamos en nuestras identidades caleidoscópicas —sea cual sea nuestra creencia— el mandato inicial del Evangelio de Juan. En todos nuestros comienzos hay palabras.

He dicho “en todos nuestros comienzos.” Sin embargo, de hecho, nuestros múltiples plurales son, en última instancia, singulares. Platón inventó el mito de que los primeros seres humanos tenían una naturaleza doble que más tarde fue dividida en dos por los dioses, un mito que explica hasta cierto punto nuestra busca: nostalgiosos, estamos buscando nuestra mitad perdida. Y, sin embargo, los abrazos y asambleas nunca son suficientes. Nuestros cuerpos son como burkas que nos separan del resto de la humanidad, y no hace falta que el ermitaño Simeón Estilita se suba a la cima de una columna en el desierto para encontrarse aislado de sus semejantes. Estamos condenados a la singularidad.

Y, sin embargo, constantemente intentamos reunirnos para encontrar formas de convivir. Cada nueva tecnología ofrece una nueva esperanza de reencuentro. Las pinturas rupestres reunían a nuestros antepasados para discutir las cacerías de mamuts; las tablillas de arcilla y los rollos de papiro permitían conversar con los lejanos muertos sobre experiencias vividas allá lejos y hace tiempo. La imprenta de Gutenberg creó la ilusión de que no somos únicos y de que, en la comunidad lectora, todos los ejemplares del Quijote son idénticos — algo que nunca ha convencido a los lectores que creen que el ejemplar en el que leen un libro por primera vez es tan singular como el fénix.

La consecuencia de esta ansiedad por superar nuestros aislamientos es que estamos condenados hoy a la ilusión de que en ningún momento del día o de la noche estamos solos. Gracias a los juguetes electrónicos nos hemos puesto a disposición de los demás durmiendo, almorzando, viajando, cuando vamos al baño, mientras hacemos el amor. El temblor del placer se confunde con el latido de nuestro iPhone. Hemos reinventado el ojo de Dios que lo ve todo. La silenciosa amistad de la luna ya no es nuestra, como lo fue para Virgilio, y hemos rechazado la descansada vida solitaria que elogiaba Fray Luis de León. Ahora sufrimos de lo contrario a la agorafobia: tememos no estar rodeados de multitudes. Sin embargo, esas supuestas multitudes que nos impone la tecnología electrónica son fantasmas. Los fantasmas de la literatura, en cambio, son lo que tenemos de más veraz y duradero, porque estas criaturas hechas mágicamente de palabras reconocen nuestra presencia y nos dan un nombre. A nosotros y a nuestros congéneres: la literatura nos enseña a percibir a los otros. “Habla para que te vea,” escribió Ben Jonson en el siglo XVII.

Como seres humanos, siempre habitamos el lenguaje, pero también somos habitados por él, inmersos en un diálogo en el que quienes expresan las palabras y quienes las descifran se vuelven casi indistinguibles en un proceso infinito de elucidación y reconstrucción mutuas. Y a veces, si somos cuidadosos y tenemos suerte, lo que pretendemos decir y lo que se percibe que decimos coinciden. Para Tomás de Aquino, esta busca, este intento continuo de comprensión mutua, es la cualidad que, al margen de cualquier ley social, extrae de nuestra experiencia del mundo lo que Aquino llamaba “la educación de la virtud.” Para mí, esta es una excelente definición de lo que hace la literatura.

 

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