‘El destino de Cuba se maneja de manera bastante cerrada’: Leonardo Padura
“Para decir cosas rápidas tenemos Twitter; para las intrascendentes, Facebook; para entrar en las complejidades de la condición humana está la literatura”, apunta el escritor cubano.

El tiempo no pasa en vano sobre Mario Conde. El detective creado por el cubano, Leonardo Padura (1955) está a punto de llegar a los sesenta años con una sensación aplastante de descanto. No obstante, deberá hacer a un lado su abatido estado de ánimo para resolver el caso de los crímenes subsecuentes al robo de la escultura de una virgen negra.

En su nueva entrega La transparencia del tiempo (Tusquets), el narrador no solo hace guiños a maestros como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, se mueve también en dos parcelas temporales para revisar la relación del individuo y la historia; y esbozar la mirada generacional de cubanos que vieron como el sueño de prosperidad naufragó.

La transparencia del tiempo no parece un título de una novela policiaca…

El título provocó un conflicto familiar. A Lucía, mi mujer, le parecía demasiado filosófico. Lo discutimos mucho. Hay novelas que nacen con título y otras en las que hay que buscarlo. La transparencia del tiempo le viene bien a un libro que tiene como concepto fundamental la relación del hombre con la historia que como se sabe, transcurre a través del tiempo. La historia muchas veces da una especie de círculos que se cierran en sí mismo o que continúan en espirales. Así que me pareció una manera acertada de sintetizar el sentido del libro.

Está relación del hombre con el tiempo y la historia es de sus temas de cabecera.

Hay quienes dicen que los novelistas tenemos tres o cuatro obsesiones. En cierta forma es verdad, hay muchas variaciones en las búsquedas. En mi caso la utopía, la libertad del individuo, el paso del tiempo y el reflejo de la historia como una experiencia que ilumina el presente son temas recurrentes.

Habla de la utopía, pero precisamente ahora leemos a un Mario Conde nada utopista…

Hay al menos dos maneras de reflejar la utopía. Puede ser en un sentido de pérdida o en un sentido de búsqueda. A los sesenta años Mario Conde ya no se considera capaz de emprender nada nuevo, es un superviviente. Su relación con el futuro es incierta, entre otras cosas por la edad. Además, le provoca un gran desencanto revisar lo que ha hecho y las expectativas sobre lo qué puede hacer.

Su edad es cercana a la de Mario Conde. ¿Comparte su idea de la vejez?

Sí, pero diría que es un sentimiento generalizado. Si tienes conciencia del tiempo asumes que has dejado de ser joven y que la mayor parte de tu vida ha transcurrido. Conde dice que le queda a lo mucho una cuarta parte. Uno tiene mentalizarse con respecto a sus capacidades y después en relación con lo que le rodea. No es lo mismo emprender proyectos a los treinta o cuarenta que a los sesenta, cuando ya tienes que administrar tu tiempo vital. En cierto momento de su vida, el escritor tiene que plantearse qué proyecto escoger, cómo desarrollarlo y sobretodo poner a funcionar el detector innato de mierda del que hablaba Hemingway porque está el riesgo de repetirse, banalizarse o de usar la literatura como un elemento explicativo de la realidad y no como un reflejo artístico de la realidad que en esencia es lo que es.

¿Es una cuestión de humildad o capacidad?

Uno debe identificar el momento de parar la maquinaria. Por eso admiro tanto a Philip Roth, quien hace siete u ocho años dejó de escribir novelas y hoy se limita a hacer cosas de carácter ensayístico y a participar como intelectual y ciudadano. Kundera dice que un novelista es una persona cuando empieza una novela y otra cuando la termina. Entre una cosa y otra pueden pasar cinco años y en ese lapso se te cae el pelo, te peleaste con tu mujer, cambió el gobierno en tu país o no cambió. La relación entre el tiempo vital y un género tan exigente como la novela se debe tener en cuenta.

¿Piensa en el retiro como Roth?

Hace poco en Lima, cenamos en casa mi amigo de Alonso Cueto. En medio de la reunión nos contó que recién le habían preguntado “¿Alonso que vas a hacer cuando dejes de escribir?” Respondió: “Me levantaré por la mañana, tomaré un café, miraré el correo y después me pondré a escribir otra vez porque es lo que he hecho por sesenta años”. Es una decisión tremenda. Lo que sí creo es que no necesariamente hay que escribir novelas. El caso de Kundera es paradigmático. Sus últimas novelas son más ejercicios filosóficos que narrativos. Evidentemente ya cumplió su gran momento como escritor, pero tiene tal acumulación de conocimiento y sabiduría que creo que se ayuda asimismo y a nosotros sus lectores, con este tipo de obras.

Entonces se ve escribiendo otros géneros…

Me pasa lo mismo que a Alonso Cueto. Paso en promedio, cinco meses al año fuera de Cuba, pero en casa trabajo entre cinco y seis horas al día. Si no estoy con una novela me dedico a un ensayo o a un artículo. Gracias a esa disciplina puedo terminar mis proyectos.

Esta novela tiene varios elementos duros del género negro, además de algunos guiños muy obvios a Chandler y Dashiell Hammett. ¿Porqué regresar a ellos?

Quería que esta fuera mi obra más policíaca. Has leído otros de mis libros y sabes que mis argumentos policíacos no son especialmente elaborados. En mis novelas por lo general, hay un muerto y ahora hay tres porque creo que la sociedad se ha endurecido. Me gusta la ambigüedad de Chandler y quería retomarla, pero rompiendo el esquema tradicional aportando una reflexión que acompañara la narrativa. Por eso incluyo unas disertaciones sobre el tiempo.

A algunos críticos no les han gustado estas reflexiones…

Lo sé. A mí me parecen necesarias porque rompen con el esquema tradicional. A un novelista sueco no se le concibe si no escribe una obra de cuatrocientas páginas, pero si lo hace un latinoamericano se le critica porque escribe demasiado y se regodea en el lenguaje. Somos muy estrictos por no decir otra palabra, con nosotros mismos. Fernando Aramburu, Juan Gabriel Vázquez o Javier Cercas son ejemplo de autores notables de obras extensas. La literatura necesita respiración. Para decir cosas rápidas tenemos Twitter; para las intrascendentes, Facebook; para entrar en las complejidades de la condición humana está la literatura. Por supuesto hay autores como Juan Rulfo o Augusto Monterroso que necesitaron ocho páginas para darnos una lección, pero son la excepción.

La transparencia del tiempo es también una de sus novelas con claves políticas más evidentes. La historia transcurre durante el proceso de distensión impulsado por Obama por ejemplo.

Soy un escritor con una preocupación social por eso no he dejado de hacer periodismo. En mis artículos hago una reflexión directa, mientras que en la ficción es indirecta. No me interesa es tratar contenidos explícitamente políticos en mis novelas, salvo en el caso de El hombre que amaba a los perros. En La transparencia del tiempo hay una carga social fuerte y marcada por el recorrido de Conde. Le cuesta trabajo reconocer el país en que vive porque los códigos éticos y prácticos han cambiado. Es algo que me pasa en lo individual. Lucía y yo no tenemos hijos, de modo que al investigar sobre la generación posterior descubrimos maneras de pensar e interpretar la vida, muy diferentes a las nuestras.

¿El desencanto de Conde es el mismo de usted?

En buena medida sí y de mi generación. Conde es un personaje muy generacional porque se explica por medio de sí mismo y de sus amigos. Mi generación es una ornada que soñó con un futuro determinado, pero que con el tiempo descubrió que aquel sueño se desvaneció o se transformó y no llegó por razones políticas, económicas, etc. Las primeras novelas de Conde se desarrollan en 1989, un año en que cambió la percepción de las cosas, para mi generación fue el equivalente al 68 de nuestros mayores. En Cuba particularmente fue un cambio brutal porque dejamos de ser una sociedad con ciertos niveles de bienestar. La posibilidad de realización individual se frustró y emergió la supervivencia cotidiana.

¿Qué salida ve para este periodo?

No veo la puerta de salida. El destino de Cuba se maneja de manera bastante cerrada, incluso con secreto de Estado. Por ejemplo, creemos que estamos abocados a la unificación de las monedas. Se supone que será una revolución social y económica porque afectará a todos los ciudadanos. Pues no sabemos cómo y cuándo será. Así nos sucede con muchas cosas. Hace ocho meses se detuvo la entrega de licencias para determinadas actividades de trabajo por cuenta propia. Se dijo que era para revisar el funcionamiento de esas actividades, pero no se han vuelto a abrir. Estamos siempre sin saber el rumbo de las cosas. Se habla en un sentido político general de continuidad. Hay que ver cómo se mantiene con el paso de los meses, quinquenios o décadas.

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