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El mapa oculto del Golfo de México: ya van 125 arrecifes y ecosistemas submarinos descubiertos | Mongabay Latam

A lo largo de 650 kilómetros de costa, entre Veracruz y Tabasco, el corredor reúne arrecifes coralinos y rocosos, dunas sumergidas y chimeneas de gas natural, además de 525 especies de peces asociadas a estos ecosistemas. El número de arrecifes conocidos aumentó un 71 % entre 2013 y 2026 pero los investigadores advierten que todavía existen zonas sin explorar.

  • Redacción AN / VMG
10 Sep, 2026 13:00
Naturaleza Aristegui
El mapa oculto del Golfo de México: ya van 125 arrecifes y ecosistemas submarinos descubiertos | Mongabay Latam

Por Flavia Morales
Mongabay Latam

La primera pista apareció en 2009 en el norte de Veracruz. Ese año, el investigador Javier Martos reportó un arrecife cercano al río Cazones que no estaba en los mapas. Los pescadores lo conocían como Bajo Negro. Hasta entonces, predominaba la idea de que los grandes sistemas arrecifales de Veracruz, en el Golfo de México, estaban concentrados en dos zonas: Lobos-Tuxpan, al norte, y el Sistema Arrecifal Veracruzano, frente a Veracruz, Boca del Río y Alvarado.

La pista hizo todo sentido cuando al revisar la actividad pesquera, los investigadores encontraron que pescadores de localidades donde oficialmente no existían arrecifes capturaban especies estrechamente ligadas a ecosistemas arrecifales.

En 2013, Leonardo Ortíz Lozano, investigador del Instituto de Ciencias Marinas y Pesquerías de la Universidad Veracruzana se hizo una pregunta sencilla: si había aparecido un arrecife que no estaba en los mapas, ¿por qué no podía haber otros?

Ortiz y sus colegas plantearon entonces una hipótesis: los arrecifes conocidos del norte y centro de Veracruz podrían formar parte de un corredor ecológico conectado por otros arrecifes todavía no documentados.

Entonces salieron a buscarlos. Mediante expediciones marinas, levantamientos batimétricos, inmersiones y conversaciones con comunidades pesqueras, comenzaron a reconstruir un paisaje submarino mucho más extenso de lo que hasta entonces se conocía.

Expedición en campo. Foto: cortesía Leonardo Ortiz

En 2013, cuando se planteó por primera vez la existencia de un corredor arrecifal en el suroeste del Golfo de México, se tenía registro de 73 ecosistemas de este tipo, distribuidos a lo largo de aproximadamente 500 kilómetros: desde el sistema arrecifal Lobos Tuxpan en el norte, el área natural protegida del parque arrecifal frente al Puerto de Veracruz y los arrecifes en Los Tuxtlas.

Más de una década después, el mapa ha cambiado. El número de arrecifes conocidos aumentó a 125 —80 coralinos y 43 rocosos—, un crecimiento del 71 % respecto a los reportados en 2013, y el número podría continuar creciendo porque aún hay zonas sin explorar.

Descubrir el fondo marino

En la última década, en 650 kilómetros de costa, entre Veracruz y Tabasco, se han encontrado arrecifes rocosos, dunas sumergidas, chimeneas de gas natural, arrecifes coralinos sumergidos, emergidos y bordeantes. Toda esta diversidad de ecosistemas, agrupada en lo que se ha llamado el Corredor Arrecifal, ha permitido compilar un inventario de 525 especies de peces y entre cinco o seis especies de esponjas nuevas para el conocimiento científico.

Para el equipo de investigadores, estos hallazgos no solo son de alto valor para la ciencia, sino también para las más de 15 000 familias pesqueras que viven en estos lugares: «Todos estos arrecifes sumergidos son el sustento de las pesquerías artesanales. Es el sustento de la seguridad alimentaria y vida de la pesca de gran parte de México. Y todo esto hace 10 años no se conocía”, dice Ortiz.

Para el investigador y su equipo, integrado por la doctora Ana Gutiérrez, la investigadora Aileen Aja Arteaga y el doctor Jimmy Argüelles, además de estudiantes y colaboradores de otras instituciones, el conocimiento generacional de los pescadores fue clave para el hallazgo de los arrecifes. Sin embargo, convencerlos de compartir con ellos la ubicación de esos lugares no fue fácil.

“Un sitio productivo puede ser un patrimonio transmitido durante generaciones. Las coordenadas se mantienen en secreto porque representan sustento, experiencia y conocimiento acumulado de los pescadores”, explica el científico.

Encontrar arrecifes no es una tarea sencilla porque desde la superficie muchos son invisibles, por eso la principal guía son los pescadores: “Ellos conocen los lugares donde las redes encuentran roca, donde se concentran determinadas especies o donde durante generaciones sus familias han acudido a pescar”.

Aileen Aja, bióloga marina, quien participa en los levantamientos batimétricos, las inmersiones, la búsqueda de nuevos sitios y la transformación de miles de datos de profundidad y coordenadas en modelos tridimensionales del fondo marino, dice que la tecnología utilizada en las expediciones está lejos de ser sofisticada, pero es efectiva.

Aileen Aja, bióloga marina, participa en los levantamientos batimétricos. Foto: cortesía Leonardo Ortiz

Una vez que un pescador acepta compartir el sitio, los científicos suben a una lancha con tanques de buceo, cámaras y una pequeña ecosonda básica, que consta de una pantalla y un aparato que se llama transductor y durante horas recorren lentamente la zona.

El transductor emite sonido desde la superficie hacia el fondo: “El sonido baja, rebota y, según el tiempo que tarda, la ecosonda calcula la profundidad. Al avanzar el barco, el sistema dibuja el relieve del fondo marino, registra su ubicación con el GPS y muestra si hay peces”. Cuando la ecosonda detecta una estructura, Aja Arteaga comienza a observar la forma.

Lo que sigue es un trabajo arduo. Si la profundidad no es mayor a 40 metros, los científicos bajan al fondo marino para explorar el arrecife. Si la profundidad es mayor, utilizan un vehículo operado remotamente, conocido como ROV. El robot puede descender hasta aproximadamente 200 metros y está equipado con cámaras y luces.

Arrecife Punta Rizo, Parque Nacional Arrecifal Veracruzano. Foto: cortesía Leonardo Ortiz

Los miembros del equipo comparten la emoción y el nerviosismo de descubrir lo que hay bajo aguas profundas. Cuando frente a ellos aparecen estructuras gigantescas, construidas o modificadas durante miles de años, comprenden mejor la biodiversidad del corredor.

“Es aventarnos a lo desconocido porque en realidad son sitios que probablemente ningún buzo ha explorado antes”, dice Leonardo Ortíz.

Para Aja Arteaga, la emoción de explorar un arrecife desconocido no solo está en lo que puede ver, sino también en lo que aprende a escuchar. Bajo el agua, la actividad biológica produce un paisaje sonoro que permite intuir cuándo un ecosistema está lleno de vida: “Se escucha cuando hay vida”, dice.

Por ejemplo, los peces loro (Scarus y Chlorurus) muerden el coral y generan pequeños chasquidos; otros organismos producen sonidos que juntos convierten algunos arrecifes en lugares intensamente ruidosos. En otros, en cambio, reina el silencio y el buzo solo alcanza a escuchar su propia respiración.

Una vez terminada la inmersión, el equipo regresa a tierra. Aja Arteaga descarga, limpia y procesa los datos para introducirlos en un programa especializado. El resultado es una reconstrucción tridimensional que permite la investigación del arrecife con un equipo multidisciplinario.

Aja, quien lleva más de ocho años en el equipo, coincide en que el corredor no puede entenderse únicamente desde la biodiversidad.

“Lo importante, más allá de decir “aquí hay un arrecife” o “hemos encontrado tantos arrecifes”, es que el corredor tiene una diversidad no solamente en términos biológicos. Tenemos una diversidad en términos geológicos y geomorfológicos”, explica.

Algunos arrecifes están formados por coral. Otros por basalto, producto de la actividad volcánica. Otros son de arenisca consolidada. Unos alcanzan la superficie. Otros permanecen ocultos a 20, 30, 40 o hasta 70 metros de profundidad. Cada uno, dice Aja, cuenta una historia distinta.

La diversidad y resiliencia del corredor en el Golfo

Este grupo de científicos continúa explorando el Golfo de México y, aunque tienen recursos limitados, han contado con el apoyo de organizaciones como la Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente y el Centro Mexicano de Derecho Ambiental.

Ana Gutiérrez Velásquez, académica de la facultad de biología de la Universidad Veracruzana, dice que el sistema arrecifal descubierto tiene características que lo hacen único en el mundo.

Arrecife Jamapa, Parque Arrecifal Veracruzano. Foto: cortesía equipo científico

Durante años, la ciencia sostuvo que los arrecifes coralinos necesitaban aguas claras, escasos sedimentos y bajas concentraciones de nutrientes para sobrevivir. Pero frente a las costas de Veracruz, Tabasco y otras zonas del Golfo de México, ocurre algo distinto: arrecifes sometidos a descargas de ríos, alta sedimentación, contaminación, actividad petrolera, tráfico marítimo, expansión portuaria, pesca y aumento de la temperatura siguen albergando una importante diversidad biológica.

Las investigaciones del equipo han identificado aproximadamente 42 especies de corales duros. La cifra es relevante porque estos organismos viven en condiciones que contradicen la imagen tradicional de los arrecifes coralinos: “Tradicionalmente se creía que los corales solo estaban en aguas muy cristalinas, como las del Caribe. Pero en el Golfo sobreviven bajo condiciones muy diferentes”, dice Ana Gutiérrez.

Arrecife Ahogado Grande, Parque Arrecifal Veracruzano. Foto: cortesía equipo científico

Otra característica es que están conectados: “Estos arrecifes sumergidos en realidad acortan las distancias que se creían muy largas entre los arrecifes. Se creía que eran tres sistemas separados; pero estos arrecifes sumergidos sirven como piedritas que van acortando las distancias. Ahora sabemos que hay 125 arrecifes nuevos, 40 de los cuales son rocosos”, agrega Gutiérrez.

Una de las características más importantes del corredor es que no está formado por un solo tipo de arrecife. Existen formaciones de origen biológico construidas por corales duros, pero también arrecifes sobre sustratos rocosos basálticos, estructuras sedimentarias de arenisca y formaciones asociadas a filtraciones de gas.

De los hallazgos más sorprendentes son los arrecifes rocosos, cuyo origen no es biológico pues estas formaciones proceden de procesos geológicos, especialmente asociados a la actividad volcánica y a la estructura de la plataforma continental.

Como ejemplo, están los arrecifes de Los Tuxtlas: “Algunos son dorsales de basalto — formaciones rocosa alargadas y elevadas del fondo marino—-que descienden hasta 40 o 50 metros. Roca Partida es uno de ellos. Es una dorsal de basalto, así como si fuera la joroba de una ballena”, describe Ortiz.

Arrecife Roca Partida en Los Tuxtlas. Foto: cortesía equipo científico

Otro de los hallazgos más singulares son las dunas sumergidas. El investigador considera que podría tratarse de un tipo de ecosistema excepcional: “Es un caso particular que yo creo que es casi único. No sé si en el mundo, pero no he encontrado reportes de algo similar. Su origen está relacionado con las grandes variaciones del nivel del mar durante miles de años. Esos campos de dunas seguramente se extendían algunos kilómetros en lo que ahora está cubierto por el mar y la erosión desprendió enormes fragmentos que terminaron formando estructuras submarinas colonizadas por vida marina”.

Al sur del Sistema Arrecifal Veracruzano existe otro tipo de formación singular: estructuras semejantes a chimeneas por las que emerge gas natural. El equipo ha identificado alrededor de cuatro o cinco.

“Imagínate una cosa como de ocho metros de altura por 50 metros de ancho, que está sumergida y que, justo en la parte de arriba de la torre, tiene diferentes puntos desde donde sale gas”, cuenta Ortiz.

¿Cómo pudo una región con tal diversidad permanecer científicamente tan poco explorada?

Para Gutiérrez, parte de la respuesta está en la mirada histórica sobre el Golfo de México: “La visión que se tenía para el Golfo de México era extractiva, por los hidrocarburos. Durante décadas, muchos esfuerzos científicos y tecnológicos se dirigieron a localizar y explotar recursos petroleros”.

El descubrimiento de nuevos arrecifes abrió, además, múltiples líneas de investigación. Los científicos han encontrado gran diversidad de esponjas, equinodermos, crustáceos y otros invertebrados.

Nuevas especies de esponjas en el corredor

Después de casi dos décadas buceando y estudiando peces, corales, esponjas y otros organismos marinos, el doctor Jimmy Argüelles todavía encuentra en el corredor seres vivos que no puede identificar. Asegura que serán nuevos hallazgos para la ciencia.

Doctor Jimmy Argüelles Jiménez en campo. Foto: cortesía equipo científico.

Mientras tanto, el corredor ya ha producido descubrimientos científicos. Argüelles menciona nuevas especies pertenecientes a familias relacionadas con los meros y pequeños peces gobios: “Fueron identificadas tres nuevas especies de esa familia consideradas endémicas de Veracruz o, más bien, del corredor. Posteriormente, investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México describieron otros peces pequeños, encontraron dos especies de gobios, chiquititos, que se dedican a limpiar otras especies”, cuenta el científico.

Arrecife Topollillo en el Sistema Arrecifal Veracruzano. Foto cortesía equipo científico

Estos diversos ecosistemas ofrecen alimento, refugio y áreas de reproducción para numerosas especies, incluidas unas 90 de importancia comercial, como el robalo (Centropomus Undecimalis), el huachinango (Lutjanus campechanus) y la sierra (Scomberomorus maculatus).

Pero los hallazgos documentados hasta entonces son apenas la punta de un iceberg, asegura Argüelles: “Hay hectáreas de arrecife donde no ha buceado nunca nadie jamás en la vida, donde seguramente hay muchas especies nuevas para la ciencia. Tenemos cosas que todavía no existen en el mundo científico y apenas estamos viendo qué es lo que hay allí”.

Poner a los arrecifes en un mapa los protegerá de megaproyectos

Un punto crítico para la conservación es que estos nuevos arrecifes  —125 de los cuales al menos 23 son sumergidos—  no aparecen en las cartas náuticas ni en los polígonos de salvaguarda ambiental, lo que los pone en riesgo de sufrir daños irreversibles por la expansión de la industria de hidrocarburos, megaproyectos portuarios y gasoductos.

Leonardo Ortiz dice que esta amenaza ya la enfrentan algunos arrecifes. El arrecife La Loma, por ejemplo, una formación sumergida en el Parque Nacional Sistema Arrecifal Veracruzano que los pescadores conocían, pero cuya existencia era negada, fue afectado por las obras de la ampliación del puerto de Veracruz. “Nos decía la autoridad portuaria: ‘Tu ecosistema no aparece en ningún mapa’, cuentan los pescadores.

Peces decapterus rodean a los buzos que realizan las exploraciones. Foto: cortesía equipo científico

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) determinó en 2021, con base en los dictámenes periciales, que el arrecife sumergido La Loma se encontraba dentro del Parque Nacional Sistema Arrecifal Veracruzano y fue omitido por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y la empresa promotora de las obras.

Aunque el arrecife es principalmente un banco de corales muertos, sirve como refugio para los peces de la zona. La Suprema Corte determinó que al no existir un mecanismo de monitoreo de sus condiciones ambientales antes, durante y después de la construcción de las obras, hubo afectaciones ambientales que no se pudieron documentar. Luego de esto, la SCJN ordenó dejar insubsistentes las autorizaciones de obras nuevas y emitir nuevas resoluciones que tomaran en cuenta todos los arrecifes.

Otro caso ocurrió cerca del área natural protegida arrecifal Lobos-Tuxpan, en el arrecife Corazones, uno de los descubrimientos más destacados del corredor, dado que es la formación más larga encontrada: mide más de seis kilómetros de largo a 34 metros de profundidad.

Corazones y otros arrecifes sumergidos conservan una complejidad estructural extraordinaria. Aunque buena parte de sus antiguos corales ya no están vivos— por blanqueamiento y contaminación—, permanecen las cavidades, ramas y formaciones construidas durante miles de años.

“El equipo recibió información de que durante los trabajos para instalar un gasoducto proveniente de Texas [en 2023], una draga aparentemente estaba extrayendo piedra del fondo marino. Nos proporcionaron una coordenada y acudimos con una ecosonda. Encontramos el arrecife”, afirma Leonardo Ortiz.

El proyecto del gasoducto es una asociación público-privada entre la empresa TC Energía y la Comisión Federal de Electricidad, con una inversión de 4500 millones de dólares: “Dijeron que evitaron todos los arrecifes. ¿Según quién?”, dice Ortiz, quien cuestiona que una estructura de esas dimensiones pudiera pasar inadvertida para equipos técnicos especializados.

En agosto de 2023, la empresa aseguró que el trazo del gasoducto no cruzaría ningún arrecife vivo en el Golfo de México. Añadió que en la ruta marina del sistema invirtieron más de 880 millones de pesos en estudios científicos, en los que se analizó detalladamente el entorno marino para asegurar que no se afecten zonas como el sistema arrecifal Lobos-Tuxpan.

La coordenadas del trazo del gasoducto fueron clasificadas como reservadas y un tema de seguridad nacional, lo que impidió verificar científicamente si hubo algún daño al arrecife, dice Leonardo Ortiz.

Para Ana Gutiérrez, el golfo todavía está a tiempo de evitar pérdidas más graves. “Habría que voltear hacia acá y tratar de protegerlos antes de que pase lo que está pasando en otros lugares. Su preocupación se centra en que numerosos arrecifes del mundo ya están experimentando mortalidad acelerada por el aumento de temperatura y otras presiones.

Ortiz Lozano considera que la protección comienza por el reconocimiento oficial: “El primer reto es ponerlos en los mapas”. Esto implica incorporarlos a la cartografía del Instituto Nacional de Geografía, Historia y Estadística y los registros internacionales de océanos.

Otro planteamiento de los investigadores es la posibilidad de crear zonas de refugio pesquero —áreas marinas delimitadas donde se restringe total o parcialmente la pesca para su protección ambiental— y que estos arrecifes se protejan de la industria de hidrocarburos, que es una de sus principales amenazas: “El principal reto es hacer que la Secretaría de Energía incluya absolutamente todos los arrecifes del corredor como zonas de salvaguarda”, dice Ortiz.

El Golfo de México, un mundo submarino por explorar

Cuando se le pregunta a los investigadores cuál es el descubrimiento más importante en más de una década de trabajo, no eligen un arrecife o una especie. Coinciden en que es la diversidad.

“Lo dividiría en tres dimensiones: la diversidad biológica, la diversidad geológica y la diversidad humana que está ligada a esto. La participación de los pescadores es fundamental para esa interpretación. Si no hubiera sido por esta gente, no lo encontramos”, dice Ortiz.

Hypoplectrus castroaguirrey, un pez endémico de los arrecifes del corredor. Foto: cortesía equipo científico

Para Ana Gutiérrez, el hallazgo más importante del corredor es su resiliencia como ecosistema y su capacidad de sobrevivir bajo condiciones ambientales sumamente complejas y de alta presión: “Estos arrecifes soportan una intensa presión sinérgica que incluye actividades portuarias, tráfico marítimo, escorrentía terrestre —con contaminación y nutrientes de 82 cuencas hidrológicas—, sobrepesca, especies invasoras y la industria del gas y el petróleo. A pesar de todo esto, sobreviven y se mantienen”.

Actualmente, los investigadores concentran sus esfuerzos en una franja marina de entre 50 y 70 kilómetros frente a las costas del norte de Veracruz, entre Tecolutla, Villa Rica y Gutiérrez Zamora, donde continúan la búsqueda de nuevas estructuras arrecifales.

Para Ortiz, el conocimiento de la plataforma continental continúa siendo limitado. De los 80 arrecifes coralinos registrados, calcula que solo una pequeña proporción ha sido estudiada de manera suficiente. “Me arriesgo a decir que el 20 % está bien estudiado”.

Para los científicos, otro de los grandes retos es lograr que este conocimiento llegue a la sociedad, a las comunidades pesqueras y a quienes toman decisiones sobre el territorio. El equipo ya ha compartido información con organismos internacionales y con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, bajo una condición: que los datos sean de acceso público.

Durante más de una década, este pequeño grupo de investigadores ha realizado expediciones para identificar, documentar y colocar en los mapas una diversidad ecológica que durante años permaneció prácticamente invisible. Su trabajo busca generar evidencia para proteger estos ecosistemas, mientras en la región avanzan proyectos petroleros y otras obras de gran escala que podrían representar nuevas presiones sobre el corredor arrecifal.

*Imagen principal: los científicos bajan a profundidades no mayores a 40 metros en búsqueda de los arrecifes. Foto: cortesía equipo científico