Naturaleza AristeguiNaturaleza Aristegui

Las buscadoras de la vida y las fisuras sociales | Artículo de Mario Luis Fuentes

En este artículo, Mario Luis Fuentes analiza la realidad de la maternidad en México, marcada por la violencia, la precariedad laboral y la crisis de desapariciones, en contraste con el discurso público que exalta a las madres como sostén moral de la sociedad.

  • Mario Luis Fuentes
10 May, 2026 08:42
Las buscadoras de la vida y las fisuras sociales | Artículo de Mario Luis Fuentes
Foto: Archivo Pexels

Por Mario Luis Fuentes*

Cada 10 de mayo en México se reproduce una escena que parece suspendida fuera de la historia: flores en las banquetas, restaurantes saturados, festivales escolares, canciones sobre el sacrificio materno y discursos públicos que exaltan a la madre como núcleo moral de la nación. Sin embargo, bajo esa liturgia afectiva persiste una pregunta: ¿qué significa celebrar la maternidad en un país donde miles de madres viven todos los días en estado de búsqueda, de precariedad y de duelo?”.

México ha convertido a las madres buscadoras en una de las últimas reservas éticas de la vida pública. En nuestra sociedad, marcada por la desconfianza institucional, por la violencia estructural y por la fragmentación comunitaria, la figura materna aparece todavía como símbolo de cuidado, resistencia y sostén afectivo. Pero esa exaltación simbólica convive con una realidad brutal: decenas de miles de mujeres buscan a sus hijas, hijos, esposos, hermanos o padres desaparecidos. El país ha producido una de las imágenes más desgarradoras de nuestro tiempo: la de las madres rastreadoras que recorren desiertos, brechas, basureros y fosas clandestinas con una pala en la mano, haciendo aquello que el Estado no ha querido, no ha podido o no ha sabido hacer.

Hay en ello algo devastador. La maternidad, que debería remitir a la protección de la vida, ha sido desplazada hacia la administración social de la ausencia. Muchas madres mexicanas ya no sólo cuidan; ahora investigan, excavan, clasifican restos humanos, aprenden protocolos forenses y confrontan burocracias indiferentes. El amor materno ha sido obligado a convertirse en metodología de búsqueda. 

Pero las búsquedas no terminan ahí. Existen otras formas de desesperación menos visibles, aunque también graves. Está la búsqueda cotidiana de un empleo digno en una economía que ha incrementado los ingresos monetarios de amplios sectores, pero muchas veces a costa de la precarización laboral. Millones de mujeres trabajan sin seguridad social, sin acceso efectivo a servicios de salud, sin derechos de jubilación, sin estabilidad contractual y sin garantías mínimas para el cuidado de sus hijas e hijos. Se trata de una situación amarga: el discurso oficial celebra el aumento del salario, mientras una parte considerable de ese trabajo permanece atrapada en la informalidad o en formas flexibilizadas de explotación.

La maternidad en México ocurre así dentro de una economía que consume el tiempo y la energía de las mujeres, pero que no reconoce socialmente el valor del cuidado. Mayoritariamente, los datos del INEGI muestran que son las mujeres quienes sostienen simultáneamente el trabajo doméstico remunerado y no remunerado; producen riqueza económica y reparan emocionalmente los daños de una sociedad exhausta. 

Y aquí emerge una de las contradicciones más severas de la modernidad mexicana: se invoca retóricamente a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, pero se abandonan las condiciones materiales que harían posible una vida familiar digna. La ausencia de estancias infantiles suficientes, de servicios públicos de cuidado para personas mayores, de apoyos integrales para mujeres trabajadoras y de políticas de corresponsabilidad entre Estado, mercado y comunidad, termina desplazando todo el peso del sostenimiento de la vida hacia los hogares, y dentro de ellos, hacia las mujeres.

Por eso el 10 de mayo no puede comprenderse únicamente como una fecha sentimental. Es también un espejo ético del país. Lo que se celebra o se intenta celebrar ese día es la capacidad casi infinita de las madres para sostener aquello que las instituciones han dejado caer. En muchos hogares mexicanos, las madres son simultáneamente proveedoras, cuidadoras, mediadoras emocionales, administradoras de la escasez y defensoras frente a la violencia.

Porque además México sigue siendo un país atravesado por la violencia feminicida y la violencia familiar. Miles de mujeres viven en entornos donde el hogar, lejos de ser espacio de refugio, constituye el lugar de mayor riesgo. El feminicidio representa quizá una de las expresiones más extremas de la descomposición ética contemporánea: la conversión del cuerpo femenino en territorio de dominación, castigo y exterminio. Pero alrededor de esos asesinatos existe una constelación más amplia de agresiones cotidianas: golpes, amenazas, abusos sexuales, control económico, humillaciones y violencias simbólicas normalizadas culturalmente.

La maternidad, en este contexto, adquiere un carácter profundamente ambivalente. Por un lado, sigue siendo fuente de sentido, de afecto y de construcción identitaria. Pero por otro, muchas veces ocurre bajo condiciones de miedo, agotamiento y vulnerabilidad extrema. La idealización romántica de la madre mexicana suele ocultar esta dimensión estructural del sufrimiento.

Quizá uno de los signos más dolorosos de esa crisis sea la persistencia del trabajo infantil. Más de 3.2 millones de niñas, niños y adolescentes trabajan en México, y la enorme mayoría lo hace en actividades prohibidas o peligrosas. Detrás de cada niña que vende productos en la calle, de cada niño jornalero expuesto a pesticidas, de cada adolescente atrapado en economías criminales o en circuitos de explotación informal, existe una estructura social incapaz de garantizar las condiciones mínimas para la reproducción digna de la vida.

El trabajo infantil constituye una anomalía moral de enormes proporciones porque expresa la colonización económica de la infancia. Allí donde una niña o un niño debe trabajar para sobrevivir, fracasa no sólo la economía, sino también la imaginación ética de una sociedad. Y muchas madres viven precisamente esa tragedia silenciosa: la de saber que sus hijas e hijos han sido expulsados prematuramente del derecho a la infancia. ¿Qué significa entonces el 10 de mayo en México? 

Tal vez significa contemplar, aunque sea por un instante, la tensión entre el homenaje y la deuda. Porque el país celebra a las madres mientras descansa desproporcionadamente sobre ellas. Las convierte en símbolo nacional, pero les niega seguridad, justicia, cuidados y paz.

Sin embargo, sería insuficiente reducir la maternidad únicamente al sufrimiento. Hay también una potencia política y moral en esas mujeres que sostienen la vida aun en medio del derrumbe. Las madres buscadoras, las trabajadoras precarizadas, las cuidadoras invisibles, las que defienden a sus hijas frente a la violencia, encarnan formas radicales de resistencia ética. En ellas persiste una afirmación persistente de la vida frente a una época que normaliza la muerte, la indiferencia y el descarte.

Quizá el sentido más profundo del 10 de mayo consista precisamente en eso: en preguntarnos cuánto dolor puede soportar una sociedad antes de reconocer que ha construido su estabilidad sobre el sacrificio silencioso de millones de mujeres.

 

____

* Investigador del PUED-UNAM

Temas Relacionados