¿Quién es Alberto Fernández, el nuevo presidente de Argentina? | Artículo
El doctor Roque González Galván hace un “close-up” del abogado Alberto Fernández y su pasado menemista, cavallista y cabildero de multinacionales.
Foto: @alferdez

Radiografía de Alberto Fernández, el nuevo presidente de Argentina

Por Roque González Galván*

El pasado domingo 27 de octubre se cumplieron nueve años del fallecimiento de Néstor Kirchner. Ese día ganó las elecciones presidenciales Alberto Fernández, un operador político profesional, cabildero de poderosas multinacionales, originario de la derecha tradicional argentina, que había integrado el gobierno de Kirchner, primero y, posteriormente, los primeros meses de la primera administración de Cristina Fernández. Alberto dio un portazo en julio de 2008 y se convirtió en un crítico del kirchnerismo. Durante el funeral de Néstor Kirchner apenas pudo estar presente, recibiendo insultos por parte de ministros y funcionarios y el desprecio de la presidenta Cristina. El pasado domingo 27, día de elecciones, nadie mencionó el aniversario de la muerte de Néstor (cabe recordar que en la Argentina se suelen celebrar las fechas de fallecimiento y no de nacimiento).

Las últimas elecciones presidenciales argentinas las ganó una coalición peronista, no solo el kirchnerismo. Hasta comienzos de 2019 todo parecía indicar que el macrismo dirigiría el país otros cuatro años más. El kirchnerismo no superaba su techo de entre el 30 y el 35 por ciento de las intenciones de voto. No le alcanzaba. El peronismo estaba dividido en otras tantas fracciones, como sucede desde hace muchos años. El macrismo apostaba a polarizar el electorado compitiendo directamente con Cristina Fernández, una de las políticas con la mayor imagen negativa del país, junto con Macri. Eduardo Valdés, exembajador argentino ante el Vaticano gobernado por Jorge Bergoglio —alias Papa Francisco (de quien Valdés también es amigo)—, con buena llegada tanto a Cristina como Alberto Fernández, unió a los otrora peleados políticos.

Alberto comenzó a ser uno de los armadores de la campaña presidencial —es un profesional de tal tarea desde hace muchos años-. Pero Cristina, en una muy hábil jugada política, se corrió del centro de la escena y el 18 de mayo le ofreció la candidatura presidencial a Alberto Fernández. A puro dedazo. Como se estila tanto en la Argentina como en otros países. Hasta ese momento, el gran público en el país del sur apenas podía distinguir entre Aníbal Fernández —otro exministro argentino de gobiernos kirchneristas (en este caso, vinculado al narcotráfico)— y Alberto —en el caso de que a este último lo recordaran-. Pero la jugada salió bien: el flamante candidato a presidente unió a poderosos gobernadores, a sindicalistas y a políticos de peso, como Sergio Massa —exministro kirchnerista, luego devenido en crítico de esta fuerza política—, y conformó una coalición pan-peronista que ganó rotundamente las primarias abiertas (“PASO”, según sus siglas) realizadas en agosto pasado, sacando 15 puntos de ventaja. En las elecciones del 27 de octubre último la diferencia se achicó a 8 puntos.

Es de señalar que Macri, encabezando uno de los peores gobiernos de la historia argentina, sacó finalmente el 40 por ciento de los votos. En efecto, bajo la administración macrista el PIB cayó un 5 por ciento a la vez que creció un 40 por ciento la deuda externa del Estado nacional —en la actualidad el país está prácticamente sin reservas (tan grave es la situación que los argentinos no pueden comprar con sus tarjetas de crédito más de 200 dólares mensuales de mercaderías importadas, ni adquirir esa misma cantidad de moneda extranjera en efectivo por el mismo periodo).

Por su parte, durante los cuatro años macristas la inflación conjunta fue —hasta el momento— del 360 por ciento —durante los doce años kirchneristas rondó el 300 por ciento. El dólar, a su vez, aumentó un 520 por ciento en comparación con el peso —con el kirchnerismo la suba fue de alrededor del 370 por ciento (230 por ciento sólo en los últimos cuatro años de Cristina de Kirchner). En este contexto, el trabajo industrial registrado se desplomó un 11.7 por ciento, mientras que cerraron diariamente, en promedio, 509 pequeñas y medianas empresas.

En lo que hace a la pobreza, ésta pasó del 29 al 35 por ciento; en la Argentina el 54 por ciento de los niños y adolescentes son pobres —al finalizar el último gobierno de Cristina Fernández este indicador se ubicaba en un 30 por ciento.

Por otra parte, en los últimos cuatro años se fugaron del país 81 mil millones de dólares, con la administración macrista retomando la tradición argentina de pedir préstamos al Fondo Monetario Internacional. Al concederlos, este organismo realizó el mayor desembolso realizado en su historia: 57 mil millones de dólares acordados —44 mil millones que la Argentina ya recibió—, con pagos que recaerán en el gobierno entrante.

Esta crítica situación generó que en el país de la carne se redujera el consumo per capita de carne de res a 8.2 kilogramos —el nivel más bajo desde que se tiene registro—, a la vez que cayó 17.8 por ciento el consumo de leche —alrededor del 20 por ciento de los argentinos dejaron de tomar leche por no poder pagarla.

Con todos esos resultados de gestión tan adversos, Macri sumó 2.3 millones de votos entre los votos obtenidos en las PASO —elecciones primarias de agosto— y los que consiguió en las votaciones del 27 de octubre. Alberto apenas sumó 260.000 votos en el mismo lapso.

Todo esto ocurre en el octavo país más grande del mundo, con tan solo 44 millones de habitantes, en una tierra rica y abundante, que desde hace alrededor de medio siglo viene experimentando un declive inexorable, como pocos países en el mundo que no hayan sufrido una invasión o una guerra en su territorio.

Vaya como ejemplo: en cien años el peso mexicano perdió tres ceros. Solo entre 1970 y 1992 la moneda argentina perdió trece (13) ceros. Desde el año 2000 la relación peso-dólar en México poco más que se duplicó. En la Argentina, en el mismo periodo, dicha relación del peso nacional con el dólar creció no dos sino 65 veces. Cuando asumió el kirchnerismo, un dólar equivalía a tres pesos argentinos; cuando Cristina Fernández entregó el poder, la moneda estadounidense equivalía a 14 pesos —según su precio real de mercado (“dólar blue”). Hacia abril de 2018 —hace un año y medio—, un dólar equivalía a 19 pesos —igual que en México. En la actualidad —primera semana de noviembre de 2019— equivale a 65 pesos —75 en el mercado paralelo, debido a las restauradas restricciones para comprar y vender moneda extranjera, similares a las que se instauraron en 2013 bajo la segunda administración de Cristina Fernández. Todo apunta a que, en pocos meses, el precio rondará los 80 pesos. Mientras tanto, cuando el dólar y los precios “suben por el ascensor”, los salarios “suben por la escalera”.

En este contexto, el presidente argentino electo Fernández eligió a México como su primera visita internacional, buscando nuevos acuerdos comerciales que incrementen la capacidad exportadora argentina y aliados para litigar una renegociación de la asfixiante deuda externa.

El pasado martes 5 de noviembre finalizó dicha visita mexicana. La última aparición pública de Fernández fue en el Antiguo Colegio de San Ildefonso. Allí se lo anunció como un funcionario del gobierno de Raúl Alfonsín —el “padre de la democracia” contemporánea, como lo llaman muchos en el país del sur—; prosiguiendo la línea histórica se situó “al Alberto” —como se lo está empezando a conocer en la Argentina— trabajando en la ciudad de Buenos Aires y, posteriormente, en la campaña de Néstor Kirchner. Sin embargo, se omitió decir que Fernández comenzó su vida política en un partido político de derecha, el Partido Nacionalista Constitucional, de Alberto Asseff, quien —ya anciano— continúa en la política, actualmente, apoyando a Rodríguez Larreta, una de las principales figuras del macrismo.

Tampoco se mencionó que Alberto Fernández fue un importante funcionario del gobierno de Carlos Menem, como Superintendente de Seguros de la Nación ni que, luego del gobierno menemista, el actual presidente argentino electo integró las filas del partido político de Domingo Cavallo, el famoso ministro neoliberal de Menem: en el año 2000, Fernández fue como candidato a diputado en la lista del cavallismo por el que fue electo diputado de la ciudad de Buenos Aires; a su vez, tanto Néstor Kirchner como su esposa, Cristina Fernández, se relacionaron con esa fuerza política hacia fines de la década de 1990 y comienzos de la de 2000 —ambos de la mano del caudillo peronista del conurbano bonaerense, Eduardo Duhalde.

Valga notar que en la lista cavallista mencionada aparecía Jorge Argüello, quien en esa época provenía de un partido político comandado por Gustavo Béliz, un dirigente adherente al Opus Dei, número dos de Cavallo en esa elección del año 2000. Béliz había sido ministro del Interior de Menem y, posteriormente, sería ministro de Justicia bajo la administración del presidente Néstor Kirchner.

Carlos Menem.

Argüello ocupará un alto cargo en la Cancillería argentina en el próximo gobierno argentino, al igual que Béliz, quien es una de las principales figuras de Fernández en el periodo de transición.

Otra figura importante del próximo gobierno es el mencionado Sergio Massa, importante político argentino oriundo de la Unión de Centro Democrático (UCD), partido de derecha creado en la década de 1980 por el economista liberal Álvaro Alsogaray —ligado durante décadas a grupos militares y antiperonistas. Massa se convirtió en un joven político con carrera ascendente, primero bajo el gobierno de Duhalde, y luego con Néstor Kirchner y su esposa. En 2013, Massa rompió con el kirchnerismo y armó su propio espacio político, el Frente Renovador, ganando las elecciones de medio término de ese año, impidiendo de facto las aspiraciones reeleccionistas de Cristina de Kirchner.

De la mano de Alberto Fernández, Massa —quien tiene buenas relaciones con el Departamento de Estado y no vacila en denominar “dictador” a Nicolás Maduro— volvió al espacio pan-peronista a mediados de 2019. Será el próximo jefe de la Cámara de Diputados de la Nación —cuarto en la línea sucesoria presidencial— a partir del 10 de diciembre próximo, cuando se produzca el recambio presidencial.

Un estrecho colaborador de Alberto Fernández a lo largo de los años es quien muy probablemente será el próximo ministro de Trabajo: Guillermo Moroni. Ambos trabajaron juntos en el gobierno menemista: Moroni sucedió a Fernández cuando éste dejó el cargo de Superintendente de Seguros, un puesto desde el que se manejan muchos millones de dólares. Moroni tuvo denuncias de corrupción. Pero a tal punto fue respaldado que se censuró un artículo del periodista Julio Nudler en el periódico Página 12: allí se denunciaban irregularidades de este funcionario.

Tras ese paso por la administración pública, Moroni recalaría en la actividad privada, precisamente, en el ámbito de los seguros, en la importante empresa LUAR, del Grupo Cirigliano, muy ligado al menemismo, primero, y al kirchnerismo, posteriormente. Los Cirigliano fueron los responsables de la llamada “masacre de Once” ocurrida en 2012, en donde por mal mantenimiento de los ferrocarriles a su cargo, murieron 51 personas y otras 789 quedaron heridas cuando un tren llegaba a la estación final del recorrido, quedándose sin frenos y estrellándose contra las vallas de contención. Cuando Alberto Fernández fue jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, Moroni volvió a la administración pública primero bajo el cargo de Síndico General de la Nación, luego como jefe de la poderosa ANSES (la agencia estatal de seguridad social) y, posteriormente, de la AFIP (el SAT argentino).

También se omite mencionar la principal actividad lucrativa del millonario Alberto Fernández: además de ser un reconocido operador político, armador de campañas y estrategias electorales —lo hizo tanto para Néstor Kirchner como para la primera campaña presidencial de Cristina Fernández, y luego para exfuncionarios de esas administraciones, como Sergio Massa o Florencio Randazzo—, “el Alberto” se destacó también como cabildero —“lobbista” como se dice en la Argentina— de grandes multinacionales, como Clarín —tanto cuando el multimedio argentino era aliado de Néstor Kirchner, entre 2003 y 2007, como en la posterior ruptura con el kirchnerismo, desde 2008— y Repsol —la petrolera española que había adquirido a la estatal YPF (la Pemex argentina) en la década de 1990, cuando se la decidió privatizar, a instancias del presidente Menem y de gobernadores peronistas en consonancia con el menemismo, como Néstor Kirchner.

Sergio Massa y Alberto Fernández.

“El Alberto” manifestó en su reciente visita mexicana haberle dicho a jóvenes argentinos que lo cuestionen y que salieran a la calle si él no cumplía sus promesas. Sin embargo, recientemente, en ocasión del comienzo de las protestas populares en Chile, Fernández pidió a los argentinos “no salir a la calle”, a la vez que al lunes siguiente de ganar las elecciones, Alberto se comunicó con Piñera, saludándolo cordialmente. La misma posición de control de la protesta social albertista la tomaron los sindicatos peronistas y, en general, los políticos de esa extracción política durante el gobierno de Macri, sin hacer importantes movilizaciones, protestas y, mucho menos, un paro general, realizando múltiples concesiones al gobierno macrista en el Congreso nacional —debido, mayormente, a que los gobernadores peronistas recibieron mucha coparticipación (dinero de las arcas federales) por parte de la administración de Macri—: hasta 2018, más del 72 por ciento de las leyes impulsadas por el macrismo fueron aprobadas con el voto favorable del peronismo (181 de 250).

En síntesis, es mucho lo que se desconoce en México —y, en general, fuera de la Argentina— sobre Alberto Fernández, en particular, y sobre el peronismo y el kirchnerismo, en general. Se los suele catalogar fácilmente como de “izquierda”. Sin embargo, el menemismo, el cavallismo y el Opus Dei difícilmente puedan calificarse como de “izquierda”. En la Argentina, como en otras latitudes, el intercambio de elites se enmarca en la diferenciación de productos electorales a fin de asegurar la rotación que perpetúa un sistema.

El pueblo suele votar en defensa propia. Así sucedió en las últimas elecciones argentinas. Existe esperanza en América Latina, en tiempos de saludables manifestaciones populares contrarias a los ajustes neoliberales y a los dictados del Fondo Monetario Internacional —que nunca ha cambiado ni ha dejado atrás sus paradigmas antipopulares. Se debe luchar contra la desigualdad y a favor de la integración de los pueblos del Sur Global. Pero ello no debe llevar a realizar diagnósticos errados, maridajes estrechos a ciegas ni a desperdiciar oportunidades históricas. Si camina en dos patas y hace “cuac” es pato, aunque lo quieran imaginar como unicornio.

*Sociólogo (Universidad de Buenos Aires). Doctor en Comunicación (Universidad Nacional de La Plata). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Conacyt, profesor de la Universidad del Claustro de Sor Juana, exconsultor de la UNESCO.



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