‘Se mantiene el prejuicio hacia la literatura femenina’: Nélida Piñón
La escritora brasileña, ganadora del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2005, advierte, ‘necesitamos visibilizar a quienes escriben desde la periferia’.
(Redacción AN).

‘Mi comunicación con la vida es a través de la escritura mental’, asegura la escritora brasileña Nélida Piñón (1937). Después de Clarice Lispector, ninguna otra narradora del país sudamericano ha obtenido tal reconocimiento. Entre sus premios destacan los premios Juan Rulfo (1995), Internacional Menéndez Pelayo (2003) y Príncipe de Asturias de las Letras (2005).

A propósito de sus ochenta años de vida, esta mujer de conversación fácil, habla sobre su oficio. Se reconoce como alguien que sabe escuchar, de ahí procede buena parte de su literatura, que por cierto incluye casi una veintena de libros entre los que destacan  La fuerza del destino, La dulce canción de Cayetana, Aprendiz de Homero, Libro de horas y La camisa del marido.

 ¿Cómo ha cambiado la aceptación de las escritoras mujeres?

Ha cambiado, pero sigue sin ser fácil ser escritora. La literatura aún sigue teniendo prejuicio hacia la literatura femenina.

 ¿Cuál es el mayor prejuicio?

El reconocimiento. La mayoría de las escritoras todavía son invisibles; hay que seguir luchando. Por otro lado, es innegable que las cosas han cambiado. En México tienen grandes nombres: Poniatowska, Margo Glantz o Ángeles Mastretta; en Brasil también ha cambiado la situación, pero aún no es suficiente. Necesitamos visibilizar a quienes escriben desde la periferia.

¿Cuál fue el principal obstáculo que enfrentó?

La aceptación de mi creación literaria o de mi atrevimiento narrativo. Me trataban como si no estuviera autorizada para ser singular. Pero yo seguí adelante, además tenía una buena formación intelectual. No era un fenómeno literario, sino alguien que se preparó para ser la escritora que quería ser.

¿Cómo se preparó?

Estudiando, leyendo, trabajando mucho el texto. Nunca he hecho materiales frívolos o por salir del paso. La literatura exige un gran dominio narrativo y yo lo trabajé lo mejor que pude; es una disciplina que propicia lo mejor de ti. Estudié la Historia, la Biblia, he sido una gran estudiosa de la teología. Todo me sirvió para entender un poco el mundo. Ser culto es importante, porque la imaginación ayuda, pero tiene un crédito pequeño; es como la gasolina, después de la velocidad y la distancia termina, por eso hay que alimentarla con conocimiento, pero sobre todo con trabajo para que la erudición no te asfixie o te convierta en un autor institucionalizado, sin llama o fervor.

En Latinoamérica abundan los autores institucionalizados…

Dígamelo a mí, he conocido a muchos. Yo conseguí escapar gracias a la ayuda de Dios. Decidí ser una escritora importante en mi país a partir de mi madre, quien me decía: ‘hija, se cariñosa con toda la gente, porque tú no sabes quién al final de tu vida te ofrecerá un plato de sopa’. Este ha sido uno de los fundamentos de mi desarrollo intelectual. Me gusta escuchar y aprender de la gente. Se que tengo premios, algunos muy importantes, pero al hablar con mi vecino me olvido de todo.

Está claro que es una mujer creyente…

Claro, la pinta no me deja mentir. No hay forma de fugarme a su afirmación, pero me siento muy libre porque siempre pensé que Dios no me gobernaba. Tengo una relación especial, porque él no manda en mi conciencia. Mi conciencia es mía. A los 13 años leí Crimen y castigo, y descubrí el sentido pernicioso y maravilloso de la conciencia.

No hace mucho leí un artículo suyo, donde escribía que su oficio es ingrato porque todo el tiempo se convive con el error.

Cierto. El error proviene de tu vanidad porque no te deja tiempo para trabajar el texto. La vanidad es una mal consejera. Otra manifestación del error es la corrección sin fin, por buscar la escritura perfecta el texto puede perder alma. La perfección es un síntoma de la vanidad.

¿Escribe todos los días?

Raro el día que no, pero ya no tengo la disciplina férrea de antes. No obstante, todo el tiempo tengo frases en la cabeza. Mi comunicación con la vida es a través de la escritura mental. Hablo como quien escribe.

¿Sueña como quien escribe?

Interesante, no soy de soñar. Nunca me preocupé por los sueños porque me parece que tienen lenguaje muy caótico. No creo en sus interpretaciones, son puras invenciones.

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