“La novela histórica trata de actualizar el pasado”: Enrique Serna
El escritor mexicano publica ‘El dios hambriento’, donde explora la vida en la época prehispánica.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
¿Qué hay detrás de las luchas por el poder durante el imperio mexica? ¿A qué se debía la rivalidad y envidia que Tlecaélel tenía a Nezahualcóyotl? Enrique Serna (Ciudad de México, 1959), regresa a la novela histórica con El dios hambriento (Alfaguara), una novela que indaga en la época prehispánica.
Preocupado por los resortes del poder y el peso que las pasiones humanas tienen en los grandes hechos históricos, el narrador desarrolla una historia que en más de un sentido tiene conexión con el presente.
¿Qué tipo de lector tenías en mente mientras escribías El dios hambriento?, ¿en términos generales piensas en el lector cuando escribes?
Pensaba en un lector que, si bien no requiere conocimiento previo del tema de esta novela, sí tenga disposición para hacer un esfuerzo imaginativo para introducirse en el mundo ficticio en el que yo previamente tuve que entrar.
Eso en cuanto a esta novela, pero en comparación con tus ficciones históricas anteriores, ¿qué tipo de lector tienes en mente?
Bueno, uno siempre tiene en mente un lector ideal. Mi lector ideal está inspirado en parte en mis propios gustos literarios. Siempre he tratado de escribir el tipo de novela que me gustaría leer. Eso es lo que ha guiado mi búsqueda literaria. No me interesa crearle dificultades al lector, porque pienso que es el novelista quien debe echarse encima todas las complejidades para ahorrárselas a sus lectores.
El epígrafe que tomas de Elsa Cross: “¿De qué dioses somos la sombra-o el reverso?”, me parece que resume bien el sentido de la novela en términos de su relación con el presente.
No soy un creyente de ninguna religión. Siempre he pensado que los dioses son fabricación humana. En el caso de esta novela, hay un personaje, Tlacaélel, que tiene una relación apasionada y al mismo tiempo conflictiva con Huitzilopochtli, porque siente que es un portavoz suyo en la tierra y le presta atributos de su personalidad al dios que ha creado. Entonces es uno de los temas centrales de la novela, porque finalmente él se impuso históricamente. Fue el poder detrás del trono durante un largo periodo porque vivió más de 90 años y quitaba y ponía tlatoanis. Seguramente fue el hombre más poderoso de aquella época.
Y del que se habla poco, ¿no?
Se habla menos porque también se sabe menos, pero con lo poco que se sabe hay material para ver que fue un personaje muy interesante. Nos revela mucho de la manera de cómo se ejercía el poder, de la manera despótica de ejercerlo. Hay otros personajes dentro de la novela como Moctezuma Ilhuicamina, que representa al político carismático que quiere ganarse al pueblo y sabe cómo tratar a la gente. Pero Tlacaélel es el reverso de la medalla, quiere hacerse temer. Siente que, si logra imponer pavor tanto a su pueblo como a los pueblos ajenos, podrá construir la maquinaria imperialista que fue el Imperio Azteca.
Hablas de aquellos años y parece que te refieres a políticos actuales.
Tlacaélel es un resentido, un hijo de una concubina segundona del rey Huitzilihuitl, por eso desarrolla un profundo rencor en contra de sus hermanos Chimalpopoca y Moctezuma, que eran los niños mimados de la familia. A partir de eso desarrolla una voluntad terrible por alcanzar el poder de manera enfermiza. Creo que eso ocurre en todas las épocas.
¿Al final los deseos y las pasiones humanas son las que mueven la historia?
Sí, porque aquí las relaciones amorosas repercuten directamente en la lucha por el poder. Hay una intriga palaciega. También hay algunos pasajes de la novela, digamos, épicos, en donde narra la guerra con la que finalmente Nezahualcóyotl recupera el reino que le arrebataron a su padre, Ixtlilxochitl. Me parecía importante por eso que la novela ocurriera en un terreno intimista, donde también vemos a una mujer que logra utilizar sus encantos para ganarse el favor de Ixtlilxochitl.
El poder es uno de los temas centrales de tu literatura, ¿por qué?
He tratado de ponerme en el lugar de personajes muy diferentes a mí, porque la verdad es que yo nunca he tenido voluntad de poder. Digamos que la voluntad de poder de los escritores y de los artistas es más bien una voluntad de crear. En ese sentido me identifico con el concepto del poder que tenía Nezahualcóyotl, quien dice en mi novela, que tiene que pelear como Chichimeca para gobernar como Tolteca, es decir, ser un guerrero fiero para luego ser un gobernante que provoque prosperidad, civilización y un mejor reparto de la riqueza a su pueblo. De alguna manera la novela trata de reconectarnos con esa forma de ejercer el poder y que fue derrotada por el pragmatismo imperialista.
Una vez más parece que estás hablando del presente…
La novela histórica trata de actualizar el pasado. Aunque uno trate de sumergirse lo más que pueda en la época en la que transcurre, el escritor siempre tiene un espejo retrovisor, puede mirar al pasado al mismo tiempo que ve lo que tiene delante. Es inevitable que las coyunturas políticas tal vez se filtren en una novela histórica. Me interesa mucho cómo el pasado está metido en el alma de los mexicanos. A pesar de que tiende a desaparecer del paisaje porque hemos destruido muchos movimientos prehispánicos y coloniales, hay atavismos muy profundos que permanecen desde aquella época.
¿Hay una relación contradictoria con el pasado en tanto que por un lado nos sentimos orgullos y mientras por otro, olvidamos?
Mi novela busca que el lector haga un deslinde entre lo que conviene conservar del pasado, lo que es un motivo legítimo de orgullo y lo que más bien deberíamos erradicar para siempre. Hay cosas maravillosas en el mundo prehispánico que heredamos los mexicanos contemporáneos como la gastronomía, la arquitectura, la cerámica, la poesía o los consejos para los ancianos que había en tiempos de los mexicas, recogidos por fray Bernardino de Sahagún y que son un compendio de moralidad y de cierto punto de espíritu cívico. Pero también tenemos la otra cara de la moneda y me refiero a una propensión a la crueldad, a perder el respeto por la vida humana. Ahí tenemos los sacrificios humanos, la antropofagia y el hecho de que en aquella época la mayor fuente de ingresos para el imperio eran los tributos que pagaban los pueblos conquistados, esto es algo que paradójicamente ha resucitado en el México contemporáneo a través de los ejércitos criminales que se apoderan de provincias enteras y extorsionan a agricultores, comerciantes y a todo tipo de gente.
Dedicas la novela a Carlos Olmos, con quien trabajaste haciendo telenovelas. ¿En perspectiva qué te dejó trabajar con él?
Le dediqué la novela porque Carlos, cuando era actor en Tuxtla Gutiérrez, hizo el papel de Tlacaélel en la Guerra de las Gordas, de Salvador Novo. Mucho de lo que le aprendí como argumentista de telenovelas fue a cómo armar una trama, a procurar que las subtramas entronquen con el núcleo argumental, los efectos de suspenso y a dosificar los vuelcos dramáticos. Fue una buena escuela para mí, y Carlos era un escritor con un sentido del humor extraordinario, con una creatividad fabulosa, y fue sin duda mi gran maestro.
¿Hoy, cómo te llevas con las telenovelas?
Hace mucho que no las veo. Televisa mató a la gallina de los huevos de oro por refritear tanto y perdió los mercados internacionales que tenía.
Has dicho que esta será tu última novela histórica. ¿Por qué?
Para hacer investigaciones como estas uno debe buscar información y entonces a veces tiene que leer libros muy áridos. Y la verdad quisiera, en los años que me quedan por vivir, hacer lecturas placenteras, en lugar de la faena de hormiga laboriosa que implica hacer fichas. Desde luego tiene su encanto, sobre todo cuando empiezas a ver que cobra vida todo el edificio que pensabas construir, pero para el resto de mi vida quiero unas lecturas más lúdicas.
¿Por dónde andan ahorita tus gustos, tus intereses de lecturas placenteras, lúdicas?
Estoy leyendo las obras completas de Edgar Allan Poe, las leí cuando era muy joven, pero ahora las estoy disfrutando mucho.






