opinión*
De mujeres, brujas y otros enigmas | Artículo
por Julio Moguel
Fernando Carranza García / Cuartoscuro

Julio Moguel

I

Carlo Ginzburg ya había recogido, de la sabiduría de los árabes, la idea o el concepto de firaza: “noción compleja que genéricamente designaba la capacidad de pasar en forma inmediata de lo conocido a lo desconocido sobre la base de los indicios”. Y extendía la explicación:

El término, sacado del vocabulario de los sufíes, se usaba para designar tanto las intuiciones místicas como las formas de la sagacidad y la penetración similares a las que le atribuían a los hijos del rey de Serendib. En esta segunda acepción, la firaza no es otra cosa que el órgano del saber indicial […] Esta “intuición baja” radica en los sentidos (si bien los supera) y, en cuanto tal, nada tiene que ver con la intuición supersensible de los distintos irracionalismos que se han venido sucediendo en los siglos XIX y XX. Está difundida por todo el mundo, sin límites geográficos, históricos, étnicos, sexuales o de clase […] Es patrimonio de los bengalíes […]; de los cazadores; de los marinos; de las mujeres. Vincula estrechamente al animal humano con las demás especies animales. (Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios, Gedisa-Editorial)

Pero este descubrimiento “occidental” (Ginzburg publica estas líneas en 1986) sobre las capacidades especiales –y propias– de la mujer frente al hombre, recogido de los árabes, tiene referentes o anclajes milenarios. No puedo dejar de citar en este punto las líneas de uno de los más grandes de los grandes en el terreno de las letras (historia y literatura, en su indisociable vinculación). En La “Introducción” de uno de sus libros más conspicuos, Jules Michelet escribe, en el ya lejano siglo XIX:

Todos los pueblos primitivos empiezan de la misma manera, como lo vemos en los viajes. El hombre caza y combate. La mujer piensa e imagina, engendra a los sueños y a los dioses; ciertos días se vuelve vidente, roza el infinito del deseo y del sueño. Para contar mejor el tiempo, observa el cielo, sin perder su interés por la tierra. Cuando joven y hermosa contempla las flores amorosas y las conoce muy bien. Más tarde, ya mujer, las utiliza para curar a aquellos que ama […] ¡Así de sencillo es el inicio de las religiones y de las ciencias! Más tarde todo se complicará; veremos aparecer a los especialistas: juglar, astrólogo o profeta, nigromante, sacerdote, médico. Pero, en el principio, la mujer lo era todo. (La Bruja, Ed. Akal)

¿No está hablando aquí Jules Michelet de una historia anciana e irrepetible? De ninguna manera: nos está hablando de un presente que viene del pasado y que llega hasta su tiempo, en ese 1862 que es el año en el que aparecen por primera vez las líneas que aquí cito. La fórmula con la que Michelet establece el marco de la historia –La Bruja– ofrece más claridad que cualquier concepto con el que pudieran pensarse sus palabras. No lo dice; ¡lo grita!: el dominio patriarcal se establece a rajatabla y produce juglares, astrólogos, profetas, nigromantes, sacerdotes o médicos. Y la mujer, castigada por su ser, relegada en sus virtudes, se convierte (la convierten) en “la bruja”. “Contra la infortunada, el clero no tiene bastantes hogueras, ni el pueblo bastantes ofensas, ni el niño bastantes piedras”. ¿Su pecado? “Tener en la mano, más que Circe, más que Medea, la varita mágica del milagro natural, y por ayuda y hermana, a la naturaleza”.

Foto: Pixabay.com

II

Charles Baudelaire no encontró nada más complejo y difícil de tratar en su poesía y en sus otros escritos que la temática de “la mujer” o “las mujeres”. Ya no estaba demasiado lejos de la muerte cuando apareció La Bruja, de Michelet, pero, ubicados en aquel 1862 de su aparición en las librerías de París, el autor de Las Flores del mal estaba ya literalmente enloquecido por el afán de terminar y publicar sus Pequeños poemas en prosa (El Spleen de Paris). Difícilmente, entonces, si acaso lo leyó, pudo ese libro de Michelet imponerle alguna huella.

Pero es importante mencionar que Baudelaire, en sus tremendas contradicciones en torno al tema, dejó sentado claramente el acertijo tanto como las claves relativas a su resolución: la mujer para él podía ser en algunos de sus textos igual o parecida a “lo monstruoso”, mientras que en otros era lo más cercano a “lo divino”. En ese contrapunto la mujer no dejaba de aparecer –en otros de sus textos– en su mera condición de “hembra” o con identificables rasgos o signos “de animalidad” (de genes felinos, por ejemplo: sus favoritos), haciendo así un triángulo de idea (monstruosidad-divinidad-animalidad) que dejaba claro que al menos existía en él, en el asunto, un eje de común denominación, relativo al hecho de que el sexo femenino era simple y llanamente ingobernable e inasible; inaprensible e “inapropiable” para un genio que, como el suyo, creía a pie juntillas en su capacidad de entender a profundidad (aquí: el entendimiento racional en su condición de proceso “apropiatorio”, base importante del dominio patriarcal) a los personajes individuales –masculinos o femeninos– que se movían día a día en los oleajes vespertinos o nocturnos de la multitud de París.

III

El rencuentro actual con el tema de “lo femenino” no ha cambiado demasiado desde aquellas fechas en las que gobernantes, leyes y hombres colocaron a la mujer en la calidad de bruja. El capitalismo neoliberal es esencialmente patriarcal. La idea relativa a la “equidad de género” ha sido sólo o fundamentalmente una panacea que esconde no pocos vicios o taras “del sistema”, al tiempo en que reduce la temática de la mujer a un encuadre básicamente juridicista, infértil y decadente en nuestros días.

Las movilizaciones mundiales del pasado 8 de marzo, y la “huelga” de mujeres del lunes 9 de marzo en lo nacional, muestran con suficiente evidencia que ya no hay o no puede haber acercamientos “progresivos” en la perspectiva de la equidad de género o incluso en los de la “igualdad” (así ésta sea pensada en términos de “igualdad sustantiva”). Los esquemas o modelos de los actuales sistemas sociales –incluyendo el que encabeza el gobierno de “la 4ªT”– no tienen el ADN que corresponde para encarar los retos que se avecinan en este ítem. La exigencia planteada por las mujeres no es agresiva: es radical y se ancla en aspectos vitales del nuevo ciclo global de transformación.

Recientemente, uno de los personajes de mayor altura del gobierno obradorista afirmó con suficiente juicio que “Sin crecimiento económico en México no habrá 4ª Transformación”. Pero: ¿Habrá 4ª Transformación sin la fuerza y voluntad de este movimiento femenino que emerge ahora como una extraordinaria lava de volcán?

Es necesario captar entonces el mensaje englobador: lo que está en juego ahora en la política (o en “el crecimiento”, para implicar las palabras de Romo) es la vida misma. Y, a mi manera de entender, ello implica que “la 4ª” se transforme de una política-política en una biopolítica (Foucault comandó el origen de esta perspectiva), con la aceptación y el apoyo decisivo de todos a un nuevo liderazgo transformador: el de las mujeres-hormiga que ahora se levantan con la tierna furia o la furia tierna que hacía falta en México para lograr un nuevo ciclo de oxigenación.
Sin ellas, en efecto, no habrá “4ª” ni cualquier otra positiva Transformación.

Julio Moguel

Economista de la UNAM, con estudios de doctorado en Toulouse, Francia. Colaboró, durante más de 15 años, como articulista y como coordinador de un suplemento especializado sobre el campo, en La Jornada. Fue profesor de economía y de sociología en la UNAM de 1972 a 1997. Traductor del francés y del inglés, destaca su versión de El cementerio marino de Paul Valéry (Juan Pablos Editor). Ha sido autor y coautor de varios libros de economía, sociología, historia y literatura, entre los que destacan, de la editorial Siglo XXI, Historia de la Cuestión Agraria Mexicana (tomos VII, VIII y IX) y Los nuevos sujetos sociales del desarrollo rural; Chiapas: la guerra de los signos, de ediciones La Jornada; y, de Juan Pablos Editor, Juan Rulfo: otras miradas. Ha dirigido diversas revistas, entre ellas: Economía Informa, Rojo-amate y la Revista de la Universidad Autónoma de Guerrero.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.




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