Sonidos, imágenes satelitales y paciencia: cómo la ciencia estudia a la megafauna marina que habita la mexicana Bahía de Banderas
En 2014 comenzó el Proyecto Manta con el objetivo de estudiar a las mantarrayas oceánicas en el occidente de México.

Por Thelma Gómez Durán
Mongabay
La noche del 3 de febrero de 2026, el pescador Javier Lorenzo oyó por primera vez cómo suena el canto de una ballena jorobada. Sus ojos se abrieron incrédulos. Él creció en Yelapa, en la costa sur de la Bahía de Banderas, al occidente de México. Desde niño aprendió a pescar y a conocer las aguas del Pacífico. Cuando iba en su lancha, miraba a seres colosales, como las mantarrayas oceánicas. También identificó los meses en los que las ballenas jorobadas se hacen presentes en la bahía. La idea de que algún día escucharía a esas gigantes nunca cruzó por su mente.
Por ello, esa noche de febrero no salía del pasmo. Y no era el único. Varios integrantes de la familia Lorenzo se reunieron alrededor de la mesa; ahí el biólogo marino Santiago Domínguez colocó la computadora y puso play a la grabación. Antes, les explicó que para capturar esos sonidos se utilizó una estación acústica.
El aparato estuvo sumergido a 300 metros de profundidad, en una zona alejada de la costa, a unos 20 minutos del poblado de Yelapa. Ahí permaneció durante un año para registrar la presencia de la megafauna que habitan esas aguas.

Hannah Sawyer (izquierda) y Santiago Domínguez (sentado) muestran a la familia Lorenzo sonidos grabados por la estación acústica. Foto: Adolfo Valtierra para Mongabay Latam.
Fiti tiene 63 años y es uno de los pescadores de Yelapa que participa en el Proyecto Manta, iniciativa que nació en agosto de 2014 con el objetivo de estudiar a las mantarrayas oceánicas (Mobula birostris) que habitan en Bahía de Banderas. En once años, esta apuesta científica también ha sido un puente para conocer más a la megafauna marina presente en este rincón del occidente de México.
Mantarrayas que abren caminos
Fiti no olvida la fecha: 6 agosto de 2014. Ese día pescadores de Yelapa se reunieron con un grupo de científicos. Entre ellos estaba el ecólogo Joshua Stewart que, en ese entonces, realizaba su doctorado en la Universidad de California, en San Diego.
Los investigadores eligieron a Yelapa para anclar al Proyecto Manta porque frente a las aguas de esa comunidad se había reportado la presencia de la Mobula birostris, especie considerada En Peligro de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Vista panorámica de Yelapa, una de las comunidades costeras ubicadas al sur de la Bahía de Banderas. Foto: Adolfo Vladimir para Mongabay Latam.
De hecho, en México, la Bahía de Banderas es uno de los cuatro sitios de agregación de estas mantas que llegan a medir hasta siete metros de punta a punta de sus aletas. También es uno de los pocos lugares en el mundo donde se ha registrado su presencia muy cerca de comunidades humanas.
Los pescadores de Yelapa conocían bien a las mantas. Les temían. “Estábamos buceando, pescando, y de repente las veíamos y nos asustábamos. Pensábamos que eran dañeras [que les iban a hacer daño]”, recuerda Fiti. Las llamaban las “gigantes con cuernos”. Esas ideas, incluso, se habían heredado de padres a hijos.
Además de involucrar a los pescadores de Yelapa, Stewart sumó al equipo de Proyecto Manta a los biólogos marinos Iliana Fonseca y Aldo Zavala, entonces recién egresados del Instituto Tecnológico de Bahía de Banderas, con sede en Puerto Vallarta. Como documentó Mongabay Latam en septiembre de 2022, los jóvenes científicos no sólo hicieron investigación, también diseñaron estrategias para compartir con los habitantes de Yelapa los conocimientos que iban obteniendo sobre las mantas.
Los habitantes de Yelapa, menciona Fonseca, “han visto que no es un proyecto ajeno, sino que es un proyecto del que forman parte”. Zavala destaca que la comunidad “empezó a perder el miedo generacional que se tenía a las mantarrayas”.

La investigadora Iliana Fonseca preparándose para tomar una biopsia de una manta. Foto: cortesía Aldo Zamora para Mongabay Latam.
En once años, los investigadores del Proyecto Manta han usado diferentes técnicas para estudiar a las mantarrayas: desde la fotoidentificación hasta la colocación de transmisores satelitales y acústicos. Así es como han formado una base de datos con información de casi 500 mantas observadas en Bahía de Banderas. A partir de ella han concluido que la mayoría son hembras y que sólo el 18 % son residentes de la bahía. También han documentado lo importante que es este lugar para la especie: en sus aguas se resguardan, descansan, alimentan y cortejan.
Como lo hacen desde hace 11 años, casi todos los sábados, Fonseca y Zavala se embarcan en la lancha Aparecida, que en la proa lleva pintada la figura de una mantarraya. Fiti o su hijo Jona son los capitanes. Desde las nueve de la mañana y hasta las tres o cuatro de la tarde recorren la bahía. En algunos viajes van acompañados por habitantes de Yelapa, estudiantes de biología marina o por otros científicos. A veces no encuentran ninguna manta, pero hay días en que miran a varias de ellas. Los científicos han comprobado que para estudiar a estos colosos, además de tener la vista puesta en el océano, se debe cultivar la paciencia.
Los integrantes del proyecto ahora no sólo monitorean a las mantas, también participan en la colocación de diversos aparatos que permiten estudiar a ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae), orcas (Orcinus orca) o las llamadas “ballenas picudas”, conocidas por la ciencia como zífidos, animales muy raros de avistar.
Quien impulsa el estudio de estas otras especies es Joshua Stewart. Es investigador principal del Laboratorio de Ecología Oceánica, del Instituto de Mamíferos Marinos de la Universidad Estatal de Oregon, en Estados Unidos.

Fiti (al fondo), Aldo Zamora e Iliana Fonseca a bordo de la lancha donde realizan el monitoreo de mantas. Foto: Adolfo Valtierra para Mongabay Latam.
Seguir a las ballenas jorobadas
Mucho más al norte de Bahía de Banderas, en La Paz, Baja California, vive el doctor Jorge Urban, responsable del Programa de Investigación de Mamíferos Marinos de la Universidad Autónoma de Baja California Sur.
Él conocía desde hace tiempo a Joshua Stewart y el trabajo del Proyecto Manta. Por ello, no dudó en buscarlo para proponerle una colaboración científica. Urban y su equipo buscan resolver algunas incógnitas sobre las tres poblaciones de ballenas jorobadas que es posible encontrar en el Pacífico mexicano: las del norte de México —conocida como la población costera—, las oceánicas y la centroamericana —del sur de México y Centroamérica.
Estas tres poblaciones visitan la Bahía de Banderas entre noviembre y abril. Algunas utilizan el lugar como zona de crianza y otras para aparearse. Urbán explica que “para las centroamericanas, la bahía es un lugar de tránsito migratorio, mientras que para las del norte y las oceánicas es un destino durante su distribución invernal”.

Madre y cría de ballena jorobada en la Bahía de Banderas. Foto: Adolfo Valtierra para Mongabay Latam.
No se sabe si las tres poblaciones están en la bahía durante el mismo periodo, si unas llegan antes o después. Tampoco hay datos precisos sobre las rutas de sus viajes migratorios y, por lo tanto, sobre cuáles son las principales amenazas que enfrentan durante esos recorridos. Para resolver esas preguntas, “nos interesaba mucho colocar transmisores satelitales en las ballenas jorobadas en Bahía de Banderas”, explica Urbán.
Eso se realizó a principios de 2023, durante una expedición en la que participaron Stewart, Urbán, el ecólogo Robert Pitman y la doctora Pamela Martínez, especialista en ballenas jorobadas.
Los transmisores satelitales que se colocaron permitieron obtener información sobre las rutas, la velocidad y las dinámicas de buceo de las ballenas. Algunos de esos datos fueron utilizados por la investigadora Charlene Pérez Santos para identificar aquellas áreas en donde las ballenas jorobadas tienen un mayor riesgo de colisión con barcos mayores de 20 metros. Los hallazgos están próximos a publicarse en un artículo científico. En entrevista con Mongabay Latam la científica adelanta que “muchas de las rutas que las ballenas toman se superponen con las rutas de las grandes embarcaciones”.
Pérez Santos destaca que, en el caso de Bahía de Banderas, el riesgo mayor para las ballenas son las lanchas que funcionan como taxis o las embarcaciones utilizadas para los recorridos turísticos, ya que son conducidas a altas velocidades.

Cría de ballena jorobada con herida en su aleta caudal causada por el choque con una embarcación, tomada en marzo de 2025, frente a las costas de Bahía de Banderas. Foto: cortesía Ecobac para Mongabay Latam.
Las ballenas no son las únicas afectadas por estas lanchas. Los investigadores del Proyecto Manta han documentado que tres de cada 10 mantarrayas observadas en la Bahía de Banderas presentan heridas causadas por redes de pesca o por las propelas de embarcaciones.
Los científicos advierten que cada vez hay más embarcaciones en la bahía, que sus alrededores se están poblando y que el turismo en la región está en aumento. Todo esto hace que se incrementen las amenazas para los gigantes marinos.
Ir en busca de los zífidos
Cuando realizaban la expedición de 2023 en Bahía de Banderas, Urbán contó a sus colegas que 40 años antes formó parte del equipo científico que miró y fotografió a unos de los animales marinos más misteriosos y escurridizos. Fue justo ahí, en las aguas que están frente a Puerto Vallarta. Robert Pitman también lo había visto, pero en otro momento. Los investigadores sabían que se trataba de una “ballena picuda”, como comúnmente se les conoce a los cetáceos de la familia Ziphiidae. Para ese entonces, sólo muy pocas especies de zífidos se habían descrito, pero aquel animal que habían visto era específicamente el zífido pigmeo (Mesoplodon peruvianus).
Al escucharlos, Stewart se entusiasmó. Los investigadores acordaron unir esfuerzos y empezar a estudiar a los zífidos de la Bahía de Banderas. En este desafío sumaron al doctor Jay Barlow, reconocido por sus estudios en bioacústica marina.

Fotografía del zífido observado en Bahía de Banderas en 1983, incluida en un artículo científico publicado en 2025 para Mongabay Latam.
En febrero de 2024, se realizó la primera expedición enfocada en buscar a estos animales, muy parecidos a los delfines, que miden entre siete y ocho metros y se caracterizan por la forma de su cabeza y, en especial, porque los machos presentan sólo dos dientes muy grandes a la mitad de la mandíbula.
Además de la búsqueda visual, se desplegaron grabadoras acústicas en distintos puntos de la bahía. Sabían que había grandes probabilidades de no encontrar a los zífidos. Para los biólogos marinos hallar a estos cetáceos es “como un sueño”. Los científicos no exageran.

Equipo científico que participó en la expedición de 2024 en Bahía Banderas. Foto: cortesía Joshua Stewart para Mongabay Latam.
Pese a que la familia Ziphiidae es una de las más diversas en el mundo de los cetáceos, es de las menos conocidas. Realizan buceos muy profundos y de larga duración, pueden estar hasta dos horas dentro del océano y sólo salir unos cuantos minutos a la superficie. Además, comenta Urbán, “son muy nerviosos y sensibles al ruido”.
En la expedición de 2024, la suerte estuvo del lado de los científicos. El 7 de febrero de ese año, observaron y fotografiaron a un grupo de tres zífidos pigmeos. Además, lograron registrar sus sonidos. En total se registraron 22 pulsos de ecolocalización. El hallazgo se publicó en la revista Marine Mammal Science, en abril de 2025.

Zífido pigmeo macho juvenil fotografiado durante la expedición de 2024. Foto: G. Cárdenas/tomada del artículo científico publicado en 2025 para Mongabay Latam.
Conocer a las orcas de Bahía de Banderas
En 2025, el Proyecto Manta se planteó un nuevo reto: el estudio de las orcas. Estos cetáceos de la familia Delphinidae se encuentran presentes en casi todos los océanos del mundo. Sin embargo, en cada región hay poblaciones diferentes.
Si bien en Bahía de Banderas se han registrado avistamientos de orcas, los estudios enfocados en esta población son escasos y, por lo tanto, hay varias preguntas: ¿permanecen en la bahía todo el año? ¿A dónde van cuando salen de esta zona? ¿Cuáles son sus principales presas?
Para buscar respuestas, en febrero de 2025, científicos convocados por el Proyecto Manta realizaron una expedición. La doctora Nicola Ransome fue una de las investigadoras que formó parte del grupo. Ella lleva 20 años enfocada en el estudio y avistamiento de las ballenas jorobadas en Bahía de Banderas. Durante ese tiempo, ha documentado la presencia esporádica de orcas: “Sabemos que están aquí, en la bahía, pero uno de los mayores problemas para estudiarlas es que no es común verlas”.
Para sortear esa dificultad, Ransome ha implementado una estrategia: ha tejido una red de colaboradores o de “ojos en el mar”, como ella los llama. Se trata de pescadores y operadores turísticos que le comparten fotos y videos de las orcas que consiguen observar.

Una de las orcas vistas en Bahía de Banderas. Foto: cortesía Nicola Ransome para Mongabay Latam.
Con esas imágenes, la investigadora comenzó a crear una base de datos de fotoidentificación, ya que las orcas se distinguen unas de otras por su aleta dorsal y por las manchas que tienen detrás de los ojos. “Con esas fotos podemos saber si siempre están las mismas orcas en esta área o si son diferentes”, explica Ransome.
La colaboración con pescadores y operadores turísticos también fue vital para la expedición realizada en febrero de 2025.
El segundo día de la expedición, Ransome recibió un mensaje de un operador turístico que le compartía una ubicación y le decía: “Aquí están”. Los investigadores hallaron a un grupo de siete orcas; lograron colocar transmisores satelitales a un macho y dos hembras. Además, tomaron muestras de la piel y la grasa de los animales. Eso no fue todo, presenciaron un evento de caza: las orcas atacaron y se alimentaron de un cachalote enano (Kogia sima).
Los transmisores satelitales enviaron información durante un periodo de entre ocho y 41 días. Durante casi todo ese tiempo, el grupo de orcas permaneció a menos de 50 kilómetros de la costa: viajó a las Islas Marías, después se fue a Mazatlán, regresó a la costa de Jalisco, para luego nadar hasta Acapulco, Guerrero. Incluso, llegaron un poco más al sur. De ahí, retornó a Bahía de Banderas.

Las tres orcas a las que se colocaron los transmisores satelitales. Foto: cortesía Pamela Martínez para Mongbay Latam.
Ese trayecto coincide con la zona de distribución de las ballenas jorobadas, “en particular con la ruta donde se encuentran las mamás con sus crías», destaca Urban. «También se vio que este grupo de orcas es especialista en alimentarse de crías de ballenas jorobadas, aunque también comen otras especies”, agrega.
Este es el primer estudio que logra registrar los movimientos de orcas en México mediante transmisores satelitales. Los hallazgos fueron publicados en la revista Marine Mammal Science, a principios de febrero de 2026.
Escuchar para conocerlos
Días antes de la publicación científica sobre las orcas, los científicos del Proyecto Manta navegaron una vez más por la Bahía de Banderas. El 31 de enero de 2026, los investigadores realizaron una nueva expedición para recuperar la estación acústica que, durante un año, permaneció sumergida a 300 metros de profundidad.
Durante 12 meses, ese aparato grabó los sonidos que se registraron en esa área: “Cualquier cosa que pasó cerca: desde barcos hasta los mamíferos marinos que pasaron por ahí. También tiene un receptor que detecta las señales de aquellos animales, como las mantas, a las que se les han colocado transmisores acústicos”, explica el biólogo Santiago Domínguez, investigador del Laboratorio de Ecología Oceánica del Instituto de Mamíferos Marinos de la Universidad Estatal de Oregon.
Hannah Sawyer, investigadora del mismo laboratorio, resalta la importancia de utilizar estas estaciones acústicas: “Estos aparatos pueden registrar y detectar los animales sin interferir con ellos. Y podemos responder varias preguntas: su frecuencia de aparición, su tiempo de permanencia y quién los acompaña en el entorno”.

Investigadores preparan el hidrófono. Foto: Adolfo Valtierra para Mongabay Latam.
La estación acústica que se colocó en Bahía de Banderas también llevaba un aparato para medir la salinidad, la profundidad y la temperatura del agua. La investigadora Iliana Fonseca explica que se busca recopilar el mayor número de datos posible para conocer cómo funciona el cañón submarino ubicado en Bahía de Banderas. “Queremos entender qué pasa a lo largo del año, por ejemplo, en qué condiciones hay más comida [para los animales] y cómo las diferentes especies están utilizando este cañón”.
El cañón submarino del que habla Fonseca hace de la Bahía de Banderas un sitio singular: ahí es posible encontrar profundidades que van de 300 a 500 metros cerca de la costa, pero también áreas con caídas de 1000 a 4000 metros.
Por estas características, resalta Fonseca, en la bahía hay eventos constantes de surgencias: el agua de las profundidades, rica en nutrientes, sube y permite que exista suficiente fitoplancton y zooplancton, el alimento de muchas especies, entre ellas las mantarrayas oceánicas y las ballenas jorobadas.

Vista de la costa sur de Bahía de Banderas. Foto: Adolfo Valtierra para Mongabay Latam.
Sacar la estación acústica del océano fue una operación sencilla que tomó alrededor de 15 minutos. Ya en tierra, comenzó el mayor reto: verificar que el aparato cumplió su cometido. Los investigadores desarmaron las piezas con sumo cuidado, revisaron el estado de las baterías y de las memorias. Celebraron al comprobar que se habían guardado poco más de 800 gigabytes de datos. “El 99 % de lo que se graba —aclara Domínguez— son sonidos del agua”.
Para poder analizar esos datos, los científicos revisan pequeños fragmentos de la grabación y utilizan un programa especial para detectar altas intensidades de frecuencias. Si encuentran esas señales, entonces se enfocan en escucharlas y compararlas con las bibliotecas de sonidos. Así detectaron que el 2 de marzo de 2025 se grabó el canto de dos ballenas jorobadas que pasaron cerca de la estación acústica al mismo tiempo.
La doctora Pamela Martínez, especialista en ballenas jorobadas, explica que estas gigantes emiten vocalizaciones y cantos. Con las primeras se comunican entre ellas. Los cantos sólo los realizan los machos como una delimitación del territorio.

Domínguez y Sawyer revisan las grabaciones obtenidas con la estación acústica. Foto: Adolfo Valtierra para Mongabay Latam.
La noche en la que Domínguez puso play a los 35 segundos de grabación con los sonidos de las ballenas, Fiti comentó: “Año con año me sorprenden más [los científicos] con la tecnología que traen. Nunca me imaginé que yo iba a ver cómo hacen estas cosas”.
Los hallazgos científicos que han derivado del Proyecto Manta y de otros estudios muestran que la Bahía de Banderas es una zona prioritaria para la conservación de diversas especies. “Desgraciadamente, no está declarada como Área Natural Protegida”, destaca Urbán.
Apuestas científicas
“Tengo esperanzas de que hayan grabado a las orcas”, dice la doctora Ransome. En caso de que así fuera, esas grabaciones podrían compararse con las que ya se tienen de orcas en Baja California, en Colima y Oaxaca para saber si pertenecen o no a las mismas familias.
La apuesta mayor de los científicos es que entre todos los sonidos que capturó la estación acústica se encuentre al menos uno emitido por los zífidos.
Con el estudio de los sonidos de los zífidos, los científicos buscan saber algo básico: si estos cetáceos son residentes permanentes en la Bahía de Banderas o si sólo llegan a ella en ciertas épocas del año. La respuesta permitirá dirigir los siguientes pasos en las investigaciones.

Fonseca, Domínguez y Sawyer preparan todo lo necesario para de nuevo sumergir la estación acústica en el mar. Foto: Adolfo Valtierra para Mongabay Latam.
Por lo pronto, los primeros días de febrero de 2026, en el pequeño muelle de Yelapa, el equipo científico del Proyecto Manta abordó, una vez más, la Aparecida. Durante unos 20 minutos navegaron hasta llegar a una zona alejada de la costa. A lo lejos, las Islas Marietas apenas se distinguían. Ahí, volvieron a sumergir la estación acústica; guardaron las coordenadas del lugar para, 12 meses después, regresar por ella.
El equipo científico confía en que lograrán tener una nueva colección de sonidos para seguir conociendo a los colosos que habitan la Bahía de Banderas.
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