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“Notas sobre la tragedia de Calderón y el MPJD”, artículo de Javier Sicilia
por Redacción AN
(Foto: Alejandro Piña Godoy/Cuartoscuro)

Notas sobre la tragedia de Calderón y el MPJD

(un año y medio después)

 

Javier Sicilia, Proceso (6 de octubre de 2012)

Los griegos, a los que por desgracia hemos olvidado, sabían que la fuente de toda tragedia es la desmesura, el querer ser como dioses. Quizás, en este sentido, el primer poema trágico habría que encontrarlo no en la pluma de Tespis o de Esquilo, sino en la Iliada (Siglo VIII a. de C.), un poema épico, es decir, un poema sobre la guerra, cuyo fondo, como lo mostró Simone Weil, es la desmesura de la fuerza.

No la virtud de la fuerza, sino su corrupción en poder. Allí, la fuerza de la espada –un instrumento que desproporciona la fuerza humana y la corrompe– se convierte “en la fuerza que somete a los hombres, la fuerza frente a la cual la carne (…) se retracta”. Cegado por la fuerza de la que cree disponer, el ser humano, incluso el temible Aquiles, humilla, destruye y termina por sucumbir y curvarse ante ella convirtiéndose “en una cosa, en el sentido más literal del término. Allí había una persona, y un momento después”, sometida por esa fuerza, no queda nada; sólo un cadáver, un ser humano destrozado.

Ese poder tan desmesurado como destructor ha sido –aun cuando hoy en día hay una conciencia del derecho (lo que lo hace más terrible) y nuestras armas son más expansivas y letales, hasta el grado de poder borrar la memoria de los muertos– igual en la Roma imperial que en el mundo de los nazis; igual en la Israel antigua, retratada en la Biblia, que en el México y los Estados Unidos de hoy. A esos niveles de fuerza da lo mismo el poder de la espada que el de un AK-47.

Todo poder es fuerza corrompida, y toda guerra es su expresión más atroz: El rostro de la barbarie.

La guerra de Troya, emprendida por uno de los pueblos más civilizados, fue terriblemente bárbara. No lo fue menos el horror desplegado por una Alemania que había dado a Goethe, a Beethoven y a Thomas Mann; no lo es menos tampoco la guerra contra el narcotráfico desatada por un Estados Unidos que ha dado a Thoreau, a Thomas Paine, a Whitman, a Emily Dickinson, a Luther King, y por un México que ha dado a Octavio Paz, a Carlos Fuentes, a Rulfo, al Doctor Nava, a Heberto Castillo, a Rosario Ibarra, a Concha Cabrera de Armida y al Subcomandante Marcos, por nombrar sólo a unos cuantos hombres y mujeres que hablan de nuestros altísimos grados de civilización. “Se es siempre bárbaro –decía Simone Weil– con los débiles”; se es siempre bárbaro cuando se posee una fuerza desmesurada. Nunca, en este sentido, han faltado, a lo largo de la historia humana, seres que, en medio de las civilizaciones más exquisitas, “ya sea por una estima exclusiva y aristocrática de la cultura intelectual; sea por la ambición, por una suerte de idolatría de la Historia y de un porvenir soñado; sea porque confunden la firmeza del alma con la insensibilidad o (…) porque carecen de imaginación, se acomodan perfectamente con (la desmesura y su) barbarie y la consideran como un detalle inferior o como un instrumento útil” (Weil).

Ese tipo de barbarie no nace, por lo tanto, de la barbarie misma –los excesos de los bárbaros son limitados–, sino de Estados y sociedades “extremadamente civilizados, pero (en alguna parte de sí mismos) bajamente civilizados (…) que pueden llevar a quienes amenazan y someten a esa descomposición moral que no solamente rompe cualquier esperanza de resistencia efectiva, sino que rompe de manera brutal (…) la continuidad en la vida espiritual (…)”, convirtiendo la vida humana en una constante tragedia.

Desde hace seis años, en México, Felipe Calderón desató una tragedia tan espantosa como la que nos narra, en el sentido de la fuerza, la Iliada. Durante estos últimos años, las fuerzas ciegas del crimen y del Estado, que se mueven en el territorio de la ambición y de la administración de la vida humana y de sus territorios, no sólo han convertido en cosas y cifras a miles de seres humanos, sino que en medio del espanto, de la amenaza y del sometimiento rompieron cualquier esperanza de resistencia, de justicia y de paz, produciendo una parálisis moral de la sociedad. Bajo el pretexto de controlar una sustancia que se decidió absurdamente criminalizar, la droga, miles de muertos, de desaparecidos, de desmembrados, de descabezados, de violadas; miles de viudas, de huérfanos, de desplazados en estado de vulnerabilidad e indefensión. Es decir, miles de seres humanos reducidos a cosas por otros seres humanos –poseídos éstos por la desmesura de la fuerza que les da el poder de un arma y el sueño del dominio total, y que creen poseer la omnipotencia de los dioses– se aglomeran aún en los Ministerios Públicos, en fosas clandestinas, en casas de seguridad, en suelos ajenos a su patria o han sido sometidos a la esclavitud o a la corrupción moral.

Bajo ese imperio de la fuerza del poder, que no ha cesado de aparecer con la fría dureza del desprecio y sus funestos efectos; bajo esa tragedia donde el pensamiento de la justicia, de la dignidad y de la paz aparecía de fondo sin jamás intervenir, como en la Iliada, un acontecimiento, uno más de los tantos que durante estos años hemos padecido –el asesinato, el 27 de marzo de 2011, de un muchacho bueno y noble, Juan Francisco Sicilia y de sus cinco amigos, y un grito de indignación: “¡Estamos hasta la madre!”–, logró convocar y poner en movimiento la civilidad y la reserva moral del país, paralizada por la tragedia. Repentinamente, la compasión se hizo presente y de ella comenzaron a surgir los rostros y los nombres de los negados, de los desamparados, de quienes habíamos sido reducidos a cosas.

En actos tan desmesurados, en el sentido opuesto al de la fuerza del poder –marchas, caravanas, encuentros, diálogos–, esa reserva moral del país, que se puso por nombre Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) ha hecho brotar, a lo largo de año y medio, el amor del consuelo, y no el espíritu de venganza, sino de justicia y de paz. Esa realidad, como sucede también en la Iliada o en cualquier tragedia (véase en este sentido la terrible y hermosa novela Vida y destino, de Vasili Grossman), es casi intangible bajo el peso de la crueldad, pero ha bastado para hacer sentir con una extrema nostalgia lo que la violencia destruye; ha bastado también para poner de nuevo en el centro de la tragedia desatada por Calderón la necesidad de la mesura que está hecha de seres humanos de carne y hueso, y del mundo precario y conmovedor de la paz, de la familia y la amistad, de ese mundo pobre y limitado en donde cada ser humano es para los otros que lo rodean lo más hermoso y preciado.

Aunque la guerra, la desmesura de la fuerza, termina por borrar cualquier noción de objetivo, incluso la idea de los objetivos de la guerra, e instala, bajo la ebriedad del poder, la atroz desgracia, el hecho de que las víctimas se muestren y digan con su boca de carne, con su dolor particular, la tragedia de sus vidas y lo que con ellas se ha perdido de vida real y verdadera; el hecho de que le recuerden a una sociedad el sentido de la vida, permite que la dignidad y la condición misma de la justicia y del amor emerjan en el centro de la barbarie. Ese simple hecho, que no resuelve la guerra ni conduce a la justicia, es ya en sí mismo un acto de justicia y de amor. Sin él, los seres humanos, bajo el peso de la tragedia, perderían la posibilidad de recuperar el sentido del prójimo. No es posible recuperar el amor y la justicia de una nación si olvidamos, bajo el terror de los poderes, el peso real de la desgracia.

Esto es lo que ha hecho el MPJD en un año y medio a partir de su surgimiento. No es nada frente a la desmesura de la guerra y lo que ella nos ha arrancado; y, sin embargo, lo es todo. Sin su andar, sin su visibilización del dolor, sin sus propuestas de justicia y de paz, tendríamos el alma mutilada. Frente a la imbecilidad de los que, poseídos por la fuerza, creen ser dioses y ser dueños de la injusticia; frente a su creencia de que la tarea de los individuos es el ejercicio del poder y el control y el uso de otras vidas, nosotros, desde el inicio de nuestro andar, elegimos la justicia para permanecer fieles a la tierra, a nuestros hijos mutilados y a la vida.

A lo largo de estos meses aciagos, de cara a la tragedia de Calderón, he confirmado que el mundo no tiene un sentido superior relacionado con el poder y la omnipotencia de los dioses. Esos sueños, que incluso han corrompido la verdad evangélica, terminan en la barbarie de la tragedia que hoy nos envuelve. Sé, sin embargo, como me lo enseñaron el Evangelio y Camus, que algo en el mundo tiene sentido: el ser humano y sus pequeños universos. Con ese sentido hemos caminado y luchado. En cada paso dado bajo el peso de la tragedia hemos guardado en nuestro corazón el recuerdo del hijo amado, de una madre feliz, de una sonrisa dichosa. Esa ha sido nuestra mejor arma. Un arma que no rebajaremos jamás, estemos donde estemos. El día que la perdamos estaremos tan mutilados como el alma de los que han hecho de la desmesura, del miedo, del conformismo o del odio, su vida. No lograremos que la paz y la justicia se establezcan pronto, pero, mientras llegan, habremos contribuido a ellas salvando a los seres humanos de la soledad y el dolor sin esperanza en el que los poderes del crimen, del Estado y de los capitales que los promueven han querido sumergirnos.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad, resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón y promulgar la Ley de Víctimas.

 

 

Redacción AN

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