opinión*
El efecto Baudelaire, el Premio Nobel de Literatura y los cacicazgos culturales
por Julio Moguel
Kim Thúy (foto Benoit Levac); Maryse Condé; Haruki Murakami (foto Murdo Macleod); Neil Gaiman.

 

Julio Moguel

I

Los vientos de cambio que se viven en México a partir del 1 de julio invitan a revisar muy distintas temáticas y agendas. Una de ellas, prioritaria, es o será la que corresponde al tema cultural y, en el marco de este ítem y de manera especial, el de las letras o el de la literatura.

¿Podremos zafar a México de los cacicazgos culturales que usan el poder político para repartir premios y prebendas? ¿Habrá manera de abrir cauce a un renacimiento editorial propio, libre, y con condiciones para reducir o, al menos, neutralizar y limitar los poderes de los grandes consorcios trasnacionales productores de libros que dominan mercantilmente los espacios promocionales y de venta en librerías y en las ferias (las multiplicadas FIL de acá o de allá)? Las notas que siguen pretenden mostrar algunos claroscuros de esta problemática, tratando de abonar en el debate.

II

El pasado 31 de agosto se cumplieron 151 años del fallecimiento del poeta francés Charles Baudelaire. Recordarlo ahora parecería no tener cabida en el vértigo de los acontecimientos que abruman a los seres humanos de México y de los cuatro puntos cardinales del planeta. Pero Dios se encuentra en los detalles, y algunas remembranzas del pasado, así sean éstas pequeños girones o retales de la historia, a veces suelen dar mejor luz sobre algunos temas del presente que la que pueden ofrecer los grandes reflectores de “la nota”.

Todo esto viene a cuento porque hemos sido informados por los medios que “siempre sí” tendremos Premio Nobel de Literatura en 2018, después de que Sara Danius, Kjell Espmark y Peter Englund regresaran a la Academia Sueca (personalidades del jurado que habían decidido retirarse del periplo a partir de un escándalo generado por imputaciones de abuso sexual y violación de uno de sus miembros). Con la información anexa de que hay, cuatro finalistas para recibir el tan preciado premio: Kim Thúy (Vietnam), Maryse Condé (Francia), Haruki Murakami (Japón) y Neil Gaiman (Gran Bretaña).

Pero, ¿qué tiene que ver Baudelaire con el premio Nobel de Literatura? Digamos que fue uno de los primeros casos representativos de la historia en el que el quedó marcada, con evidencia plena, la distancia que puede haber entre la calidad real de la escritura literaria con los cánones o con los criterios que un determinado jurado define o predefine para conceder un reconocimiento o un galardón determinado en la materia.

Los hechos: ya entrado en años, y maltratado físicamente por algunos excesos vitales que aquí no viene al caso referir, Baudelaire solicita ingresar a la Academia Francesa, espacio cimero de la élite de escritores del país que entonces se autoidentificaba como el ombligo de la literatura universal. Los filtros que el autor de Las Flores del mal tiene que pasar para lograr el mencionado ingreso a la Academia no son pocos ni menores, como no lo fue la opinión que el entonces Padrino de padrinos de los escenarios culturales oficiales y oficiosos de París tuvo a bien publicar en un diario de la época. La pluma descalificadora es de Sainte-Beuve (Nouveaux Lundis, “Des prochaines élections à l’Académie”, 20 de enero de 1862):

Ha sido necesario deletrear el nombre de M. Baudelaire a más de un miembro de la Académie, que ignoraba por completo su existencia […] Baudelaire ha encontrado la manera de edificar, en el extremo de una lengua de tierra considerada como inhabitable y más allá de los confines del romanticismo conocido, un quiosco raro, muy decorado, muy atormentado, pero coqueto y misterioso, donde se lee a Edgar Poe, donde se recitan exquisitos sonetos, donde uno se embriaga con hachís para después reflexionar sobre ello, donde se toman opio y mil drogas abominables […] Este quiosco peculiar, hecho de marquetería, de una originalidad ajustada y compleja, que desde hace tiempo atrae las miradas hacia la punta extrema de la Kamchatka romántica, yo lo denomino la folie Baudelaire.

III

Kim Thúy, Maryse Condé, Haruki Murakami y Neil Gaiman son o pueden ser sin duda buenos escritores, y no es afán de este artículo descalificarlos en bloque o en lo particular. Lo que aquí vale la pena apuntar es que no es el Nobel distinción que valga en realidad para saber “a ciencia cierta” quién o quiénes son hoy por hoy las mejores cartas en la literatura universal. Como no lo fue en su tiempo el juicio draconiano que Sainte-Beuve –y la Academia Francesa– hizo de la obra de Baudelaire, autor que, 151 años luego de su muerte, es reconocido y leído en todas partes, con traducciones en cada una de las lenguas que cohabitan en el mundo. En el contrapunto obligado de la imagen podríamos preguntarnos: ¿quién recuerda ahora al decimonónico crítico Sainte-Beuve?

Juan Rulfo, Jorge Luis Borges o João Guimarães Rosa, v. gr., no fueron “merecedores” del Nobel. Triángulo en el que, sin embargo, puede identificarse lo mejor de lo mejor en la literatura latinoamericana y universal de todos los tiempos. Octavio Paz, por su parte –para poner “nuestro” ejemplo mexicano–, pudo ser positivamente calificado para el Nobel por los Sainte-Beuve de la época moderna, pero su obra dista mucho de alcanzar, en mi opinión, los cánones de “lo mejor de lo mejor” en la literatura nacional y de ultramar de antes y de ahora.

IV

El último latinoamericano en la lista de los ganadores del Nobel es el peruano Mario Vargas Llosa (2010). Muchos de sus lectores no dudan en considerarlo como un efectivo merecedor del galardón, pero cuesta trabajo, sin embargo, equipararlo con otros dos de los grandes escritores latinoamericanos que han recibido la presea: Pablo Neruda (1971) y Gabriel García Márquez (1982). Por lo demás, los escándalos en torno a sus capacidades de plagio no se han desvanecido con el tiempo, contando entre lo más sonado el que hiciera de Os sertões, novela de Euclides da Cunha que reapareció metamorfoseada en la tan mercantilizada novela del peruano, La guerra del fin del mundo.

La competencia dineraria de las trasnacionales editoriales entra a jugar en este gran escenario de “los premios”. Teniendo, por su parte, procedimientos de elección de candidatos y de premiación que poco tienen que ver en muy diversos e identificables casos con la calidad literaria de las obras.

El mundo al revés, como quien dice, pero en el eterno contrapunto de los flujos y demandas que, desde otros ámbitos y ángulos “del gusto” (para usar el término de Kant, en su “teoría del gusto”), hacen valer las reglas infalibles de la “estética de la recepción” configurada en sus pilares principales por Hans Robert Jauss, fundador de la Escuela de Constanza.

Julio Moguel

Economista de la UNAM, con estudios de doctorado en Toulouse, Francia. Colaboró, durante más de 15 años, como articulista y como coordinador de un suplemento especializado sobre el campo, en La Jornada. Fue profesor de economía y de sociología en la UNAM de 1972 a 1997. Traductor del francés y del inglés, destaca su versión de El cementerio marino de Paul Valéry (Juan Pablos Editor). Ha sido autor y coautor de varios libros de economía, sociología, historia y literatura, entre los que destacan, de la editorial Siglo XXI, Historia de la Cuestión Agraria Mexicana (tomos VII, VIII y IX) y Los nuevos sujetos sociales del desarrollo rural; Chiapas: la guerra de los signos, de ediciones La Jornada; y, de Juan Pablos Editor, Juan Rulfo: otras miradas. Ha dirigido diversas revistas, entre ellas: Economía Informa, Rojo-amate y la Revista de la Universidad Autónoma de Guerrero.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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