opinión*
El viraje rural de la 4T, a 100 años del asesinato de Zapata | Artículo de Julio Moguel
por Julio Moguel
Margarito Pérez Retana / Cuartoscuro

I

Un análisis del Banco Mundial de finales de la primera década de este siglo señalaba que “el gasto en agricultura [era] tan regresivo que [anulaba] aproximadamente la mitad del efecto redistributivo del gasto en desarrollo rural, porque más de la mitad se [concentraba] en el decil más rico [de los productores]”. Dentro de este marco, una valoración realizada por el investigador Héctor Robles señalaba que, en el aterrizaje de programas para el campo en 2013, sólo el 3.3% de los tres millones 865 mil beneficiarios, ubicados en el rubro de “pequeños productores”, habían sido considerados como “población objetivo”.

Lo dramático de estas cifras se hace palpable cuando se sabe que de las 4 millones 69 mil 938 unidades de producción registradas en 2007 con actividad agropecuaria y forestal, 67.8 por ciento eran menores o iguales a cinco hectáreas (INEGI).

El cuadro informativo de referencia no muestra un síntoma circunstancial: se trataba de una línea perfectamente pensada y diseñada desde la potente intelligentsia neoliberal para generar un modelo de desarrollo perfectamente coherente y estructurado, dirigido a convertir a la gran masa de pequeños productores en sujetos “de asistencia”, desvalorizando sus capacidades productivas –no obstante toda evidencia estadística en sentido contrario–, y sin ninguna reserva para convertir a México en un país importador de alimentos y exportador de productos especializados para nichos o productos de “alta rentabilidad”.

La reducción de nuestras capacidades propias de autoabasto alimentario, implicando en ello el abatimiento o la reducción de nuestras capacidades soberanas, de autodeterminación y autogobierno, no eran objetivos menores en esta lógica de transformación: como en el caso del petróleo, México habría de llegar, según dicho diseño, a sus futuros luminosos siguiendo un esquema de “ventajas comparativas” que nunca existieron en la realidad: los altos subsidios del gobierno estadounidense a su agricultura generan distorsiones de mercado ajenos por completo a los falsos credos neoliberales del “buen vecino” y de la “buena competitividad”.

II

Es de cara a estas crudas realidades del campo mexicano que se ha estructurado, en la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) del nuevo gobierno, un programa que pretende dar un viraje de 180 grados en la estrategia gubernamental. Se trata del programa “Producción para el bienestar”, que en su formalidad normativa surge de la fusión del Proagro Productivo y del PIMAF (Programa de Apoyo a productores de maíz y frijol). Pero que en su diseño y puesta en marcha se convierte en algo muy distinto en realidad: busca dar un viraje al sesgo anterior de reducción de la regresividad, en condiciones en que, como veíamos en los datos antes señalados, los grandes productores agropecuarios y las trasnacionales a ellos vinculados se llevaban más del 90 por ciento del recurso gubernamental.

El Programa “Producción para el bienestar” elimina la regresividad, al dirigir el 61.5% de su presupuesto a los productores de hasta 5 hectáreas, ubicando el 38.5% restante en productores de no más de 20 hectáreas (los programas anteriores llegaban al rango medio de productores de hasta 80 hectáreas).

Pero el incremento sustantivo de recursos hacia los pequeños productores es apenas uno de los rasgos o elementos distintivos del nuevo plan gubernamental: pretende hacer los pagos en los tiempos que exigen las fases agrícolas de preparación y de siembra; elimina el esquema de pagos en vales para la compra de insumos a empresas preasignadas de agroquímicos; amplía en forma significativa la cuota de presencia indígena entre los beneficiarios; define hacer los pagos sin intermediarios y generar una serie de servicios coadyuvantes o complementarios de asistencia técnica y de otro tipo a los integrantes del padrón (único y referenciado).

Más aún: pretende establecer un modelo de intervención de base territorial, con ligas estructuradas con otras dependencias gubernamentales y con “la academia”.

III

En el entramado de la política pública en cuestión se inscribe un soporte de carácter teórico y conceptual generador de nuevos paradigmas. Del que conviene hablar ahora porque identifica justo, no sólo algunos de sus componentes novedosos, sino también algunos de los nudos de articulación o de vinculación con “la academia” y/o con los saberes y conocimientos técnico-científico que se implican en el proceso.

El espacio de este artículo no puede dar cuenta de todo lo que se implica, pero quisiera resaltar tres puntos que me parecen decisivos en lo que tiene o puede tener de innovación:

a) El factor motriz del referido programa no es la institución (gobierno o academia), ni el encuadre de aterrizaje es “el sector”, sino el “sujeto (colectivo) territorializado”, en un esquema que incluye, en su base celular, a los Núcleos de Atención formados por agrupamientos de 60 a 100 pequeños productores que, dependiendo de la escala y del nivel de integración y de organización, se incorporarán a esquemas microrregionales y mesorregionales de participación (estas últimas pueden llegar a tener hasta 1,300 Núcleos de Atención);

b) El modelo de función y de interrelación de “la Academia” y/o de los técnicos especializados con los pequeños productores se establece en una lógica significativamente distinta a la que proviene del extensionismo de corte tradicional: no pensada como “transmisión” y “aportación” del conocimiento científico agronómico y agroecológico a los productores, sino como “diálogo de saberes” en un ejercicio de transdisciplina que parte y se articula en torno a los saberes técnicos y relacionales (los términos vienen del investigador Thierry Linck) del núcleo comunitario inscrito en el proceso productivo en cuestión.

c) Modifica radicalmente el estatus definido para los pequeños productores como “sujetos de asistencia” por su condición de pobreza o de precariedad, reasumiéndolos en su digna condición de productores activos que, bien dirigido el esfuerzo de regeneración que se pretende, son y serán sin duda la base real de la reanimación global del campo mexicano y de nuestras posibilidades para ganar la gran batalla de la 4T por la autosuficiencia y la soberanía alimentarias.

Julio Moguel

Economista de la UNAM, con estudios de doctorado en Toulouse, Francia. Colaboró, durante más de 15 años, como articulista y como coordinador de un suplemento especializado sobre el campo, en La Jornada. Fue profesor de economía y de sociología en la UNAM de 1972 a 1997. Traductor del francés y del inglés, destaca su versión de El cementerio marino de Paul Valéry (Juan Pablos Editor). Ha sido autor y coautor de varios libros de economía, sociología, historia y literatura, entre los que destacan, de la editorial Siglo XXI, Historia de la Cuestión Agraria Mexicana (tomos VII, VIII y IX) y Los nuevos sujetos sociales del desarrollo rural; Chiapas: la guerra de los signos, de ediciones La Jornada; y, de Juan Pablos Editor, Juan Rulfo: otras miradas. Ha dirigido diversas revistas, entre ellas: Economía Informa, Rojo-amate y la Revista de la Universidad Autónoma de Guerrero.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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