‘En el mundo laboral aquello que nos hace mujer es una desventaja’: Marta Sanz
“El feminismo es un discurso corrector que sirve para que nuestras atávicas diferencias no se conviertan en desventajas en el mundo de lo público”, comenta la autora de la novela Clavícula.

¿Puede un padecimiento personal ser el síntoma de una dolencia social? En Clavícula (Anagrama), Marta Sanz parte del dolor propio y exclusivo de las mujeres, para hablar de cuestiones humanas y a las que se les pone poca atención. “La mayor parte de la literatura que hemos leído parte de un concepto donde la normalidad tenía que ver con la problemática masculina”, advierte la narradora española.

Sin ánimos de ensanchar el encono, la escritora apuesta por una literatura personal e íntima y apunta: “la enfermedad casi siempre ha sido una metáfora de lacras generales”.

Clavícula es quizá su libro más íntimo y corporal…

Desde mi primer libro he explorado mi intimidad. De alguna manera, todo lo que escribo tiene un componente autobiográfico más o menos explícito que se puede traducir en el uso de mi voz o de un personaje. Clavícula culmina la exposición de una forma de entender la intimidad a partir de las cosas pequeñas. No me interesa la literatura que habla de los grandes acontecimientos, sino aquella que a través de la indagación en el lenguaje nos cuenta las cosas con que vivimos cotidianamente. En ese sentido, sí es la más íntima de mis novelas. Además, nació con un impulso terapéutico.

Hay una tradición importante de literatura que habla de la enfermedad. ¿Por qué? ¿Es algo liberador?

Durante el tránsito de lo terapéutico a lo comunicativo literario descubrí que las enfermedades íntimas y personales que afectan lo fisiológico y psicológico, no son tan íntimas. Por eso en Clavícula se habla también de una enfermedad social producida por el capitalismo avanzado que nos somete a una presión laboral, a unos parámetros de auto explotación que nos producen una ansiedad desmedida reflejada en nuestra salud. Al final de lo que se trata es de hablar del cuerpo como aquel sitio donde confluyen las enfermedades psicológicas, fisiológicas y sociales. La enfermedad casi siempre ha sido una metáfora de lacras generales.

Hablar de algo muy personal para alcanzar una resonancia social…

Así es, si de algo nos sirve la literatura es para cuestionar lo grande a partir de lo pequeño. A través de la indagación interior nos habla de cómo nos construimos conflictivamente con el afuera.

El uso de un tono costumbrista y en ocasiones escatológico ¿qué aporta a su historia?

Las cosas más vulgares o sórdidas me sirven para expresar que las cuestiones alusivas al cuerpo nunca son impúdicas. Todo está en la manera de contarlo. En Clavícula hay una apuesta decidida a quitarnos la vergüenza respecto a determinadas zonas de pudor que nos hacen seres desgraciados. Y en esas zonas de vergüenza hay una reflexión focalizada en la mujer que deja de ser visible en la época de la menopausia. Hablo de mí para hacer el retrato de una mujer en un momento poco fotogénico de su vida, en un momento donde la experiencia del miedo se agranda.

¿Por eso el detalle en la fragilidad?

Al construir una poética de la fragilidad reivindicamos nuestro a derecho a quejarnos. La queja y el temor nacen de un miedo vinculado a la enfermedad, la muerte y a la precariedad. Todo esto se junta con una realidad económica que nos lleva a pensar en la vejez con una perspectiva muy incierta. La confianza en la seguridad social y el Estado ha desaparecido y esto nos ha fragilizado.

Hay poca literatura acerca de la menopausia…

Se habla poco de la menopausia porque la mayoría de la literatura que hemos leído parte de un concepto donde la normalidad tenía que ver con la problemática masculina, la cual a su vez se asociaba a los grandes temas del espacio público. Ahora la voz de las mujeres escritoras se vuelve sobre el cuerpo y contra las violencias que se ejercen contra nosotras. Así conseguimos subvertir el canon. Soy una escritora que, sin dejar de reconocer mis deudas literarias, procuro construir una narrativa que ponga sobre la mesa temas dignos de contar desde la literatura como el envejecimiento de las mujeres en una sociedad que es muy exigente respecto a su aspecto físico.

Y donde la violencia hacia la mujer parece no disminuir…

Claro, además es un momento fundamental. Los escritores necesitamos hablar de las cosas sórdidas e invisibilizadas que ocurren en nuestras sociedades, una de ellas es la violencia contra las mujeres, los feminicidios y los machismos cotidianos. Dentro del mundo globalizado aquello que nos hace mujer es una desventaja en términos laborales y de seguridad. ¿Por qué la literatura no va a hablar de algo así?

En este sentido, ubicaría su novela dentro de la tradición de Emily Dickinson o Virginia Woolf…

Agradezco la tradición en la que me insertas, reivindico también la figura de Marguerite Duras. Si la literatura nos sirve para contar una cosa a través de otra, en este caso en lugar de la máscara he optado por el encarnizamiento. No para jugar con las palabras nada más, sino para darle al lenguaje la posibilidad de ser un contenedor de verdades y paliar los dolores íntimos y públicos.

¿Cuál es su opinión sobre el tono en el discurso feminista actual?

Me parece importante que tanto hombres y mujeres tengamos una conciencia feminista. Es triste tener que aclararlo, pero hay que hacerlo, el feminismo no es lo contrario del machismo, es un discurso corrector que sirve para que nuestras atávicas diferencias no se conviertan en desventajas en el mundo de lo público porque es una realidad que a las mujeres nos matan y no nos pagan lo mismo. De lo que se trata es de tener un horizonte conjunto y no de plantear las cosas como una guerra de sexos. Los verdaderos avances tendrán que darse en compañía y en el terreno de la fraternidad.

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