La arriesgada apuesta de López Obrador | Artículo
Los cambios que se han hecho hasta ahora han sido buenos, pero no afectan de modo estructural el funcionamiento del sistema económico neoliberal, afirma el autor.
Foto: Reuters

Por Carlos Herrera de la Fuente

A un año de haber iniciado el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador, hay, en el balance general, varios saldos positivos que no pueden ignorarse a la hora de reflexionar sobre lo que se ha hecho a contracorriente de las estructuras y los protagonistas de un poder económico y político que, pese a haber sido derrotado en las urnas el 1 de julio de 2018, no sólo no ha desaparecido del escenario, sino que permanece activo en todas las esferas del quehacer nacional y mantiene una presencia innegable en las corporaciones más importantes que controlan los medios de comunicación nacional.

Basta con hacer un breve recuento de los logros más sobresalientes del actual gobierno para dejar en claro que en él existe una voluntad de cambio (a pesar de que, evidentemente, en un país tan golpeado por casi cuarenta años de neoliberalismo, siempre faltará mucho por transformar): el aumento salarial generalizado de 16,2 %, y de 100% en la frontera; el apoyo en becas a estudiantes de todos los niveles de educación; los programas de empleo, como los de “Jóvenes construyendo el futuro” y “Sembrando vida”; la creación del Instituto de Salud para el Bienestar, que sustituye al Seguro Popular (de corte neoliberal), y define la salud como un derecho, de acceso universal y gratuito; la apuesta por la recuperación de la soberanía energética y la construcción de una nueva refinería en Dos Bocas que, pese al dolor que sienten los neoliberales porque no se protege más a las corporaciones transnacionales, es de vital importancia para el presente y el futuro inmediato de México; el fin de la condonación de impuestos a las grandes empresas; la lucha lenta, pero constante, contra la impunidad y la corrupción en todos los niveles; la disminución de los sueldos escandalosos de la alta burocracia; etc.

Por supuesto, hay pendientes dolorosos, especialmente el que tiene que ver con la gran presencia de la criminalidad organizada y las consecuencias que su accionar genera en términos de pérdidas de vidas humanas. Pero esto es algo que, después de 40 años en los que sistemáticamente ha crecido el narcotráfico (y las otras actividades delictivas a él vinculadas) al amparo del poder político y sus gigantescas redes de corrupción, no se puede hacer desaparecer de la noche a la mañana. El enfoque debe ser de corto, mediano y largo plazo, y, como se ha dicho infinidad de ocasiones, debe ir más allá del puro combate policial y militar de la delincuencia, así como de la fallida estrategia de atrapar cabecillas del narcotráfico (estrategia impuesta por la DEA y el gobierno estadounidense). Por ello, es de vital importancia no volver a caer en garlitos como el que mañosamente planeó el gobierno de Estados Unidos al solicitar a la FGR la extradición de Ovidio Guzmán.

Ahora bien, existe otro ámbito que no corresponde inmediatamente a los pendientes, esto es, a resultados que aún faltan por obtener de acciones que efectivamente se están llevando a cabo, sino a la postergación o, en su caso, al rechazo de ciertas decisiones que significarían un cambio estructural en la política económica neoliberal. Cierto, ya se han dado algunas modificaciones estructurales importantes. Hemos mencionado tres: la política activa de recuperación de la soberanía energética, la construcción de un sistema universal y gratuito de salud y seguridad social, y el fin a la ominosa condonación de impuestos a las grandes empresas. Pero hay algunas medidas que, de llevarse a cabo, significarían un abandono total del régimen neoliberal y colocarían a México en la perspectiva real de una redefinición de su economía, tanto en términos internos como en términos internacionales.

Respecto a la política comercial, clave para el funcionamiento del neoliberalismo globalizado contemporáneo, hay, ciertamente, por el momento, poco que hacer (y poco que esperar), fundamentalmente por los compromisos heredados del pasado y por el hecho de que, en un afán por mantener las mejores relaciones posibles con el gobierno de Estados Unidos y con el político ultraderechista que lo encabeza, el gobierno de AMLO ha adoptado como propios ciertos tratados y acuerdos bilaterales (tal es el caso, por ejemplo, del T-MEC).

Pero ¿qué pasa con la definición de una nueva política fiscal, la interrupción del apoyo y protección a los bancos y la intervención más decidida del Estado en la economía, más allá de los estímulos económicos directos a sectores desprotegidos de la población? En este caso, ha habido dos trabas que han bloqueado la posibilidad de ir más allá: 1) la primera, como ya hemos tenido oportunidad de comentar, reside en una errónea definición de la política de austeridad, que no distingue con claridad entre la disminución de los salarios de los altos mandos, la eliminación del dispendio en la burocracia y el gasto productivo del Estado, indispensable para el crecimiento constante, sobre todo en una fase de desaceleración económica; 2) el compromiso de no subir impuestos ni modificar nada en relación con los bancos y los banqueros, por lo menos hasta el año 2021, en el que se celebrará la elección intermedia y se redefinirá la composición de la Cámara de Diputados.

Sobre el primer punto, ya nos hemos expresado aquí mismo en el pasado (ver: https://aristeguinoticias.com/2705/mexico/la-austeridad-los-impuestos-y-el-rescate-bancario-articulo/), por lo que remitimos ahí al lector interesado. Ahora bien, en lo que respecta al segundo punto, es necesario decir que lo que subyace a esa postergación es una apuesta que, a la luz de lo que ha pasado a lo largo de este primer año de gobierno, se antoja arriesgada. La apuesta es la siguiente: que en 2021 la composición de la Cámara baja será igual de favorable, o aún mejor, para Morena, de tal forma que las reformas proyectadas serán aprobadas fácilmente.

Esta perspectiva es, por decirlo suavemente, dudosa. No puede apostársele todo al futuro como si éste fuera seguro y sólo hubiera que esperar el paso del tiempo para lograr lo que, de antemano, se quiere y se sabe indispensable. Hay, cuando menos, 4 factores que ponen en riesgo la posibilidad de que en 2021 Morena vuelva a obtener los resultados históricos del 2018. Estos factores de riesgo serán, sin la menor duda, aprovechados por la derecha y la oposición en general para criticar y hacer descarrilar al presente gobierno y su espíritu transformador. Son los siguientes:

  1. La persistencia de la violencia y la acción del crimen organizado. A pesar de lo anunciado el 14 de octubre, en la conferencia mañanera, por el Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, de que se había logrado finalmente un punto de inflexión en la espiral de violencia, especialmente en lo relacionado a los delitos dolosos, y de la afirmación del presidente de que se ha logrado “estabilizar” el “crecimiento desmesurado” de la violencia (21 de noviembre), lo cierto es que, por las razones ya comentadas más arriba, ésta no se ha detenido y no hay visos de que vaya a decrecer pronto. La sucesión de eventos trágicos, como los de Culiacán y los de Chihuahua (en relación a la familia Lebarón), justo después de los pronunciamientos de Durazo, son un ejemplo de cómo nada está asegurado de aquí al año 2021, y de cómo es posible, pese a que nadie con sensatez lo deseé, que se puedan presentar más acontecimientos de este tipo.

Cada hecho de violencia, como los mencionados, es y será magnificado por los medios de comunicación opuestos al régimen, y no hay por qué esperar nada distinto. La persistencia de la violencia será empleada para afectar la opinión pública y la percepción de la población, con la única finalidad de disminuir el apoyo al gobierno de AMLO. Si bien, como se demostró en las encuestas posteriores a lo ocurrido en Culiacán (Mitofsky, El Financiero), el 79% de entrevistados avaló la decisión del gobierno de evitar una magna confrontación armada con los narcotraficantes y un mayor derramamiento de sangre, de ocurrir nuevamente algo semejante, nadie puede asegurar que los resultados sean los mismos. Insistimos, la descomposición social provocada por la presencia de las organizaciones criminales y la espiral de violencia que, pese a estabilizarse, no cesa, no puede resolverse de la noche a la mañana, y requiere de estrategias complejas que incorporen una multiplicidad de acciones armadas y, sobre todo, no armadas. Pero su persistencia, cualesquiera que sean las razones que la expliquen, mientras más pase el tiempo, más golpeará la percepción sobre el gobierno de AMLO.

  1. La desaceleración económica y el nulo crecimiento. Desde que se firmó el T-MEC que, entre muchas otras cosas, cambió las reglas de operación de la industria manufacturera, en especial de la más dinámica del país en términos de producción para la exportación (la automotriz), perjudicando seriamente las posibilidades de su crecimiento continuo (por imposición de reglas de origen de insumos y aumento salarial), era previsible que habría una desaceleración en dicho sector. Y es justo el sector industrial el que ha decrecido en el presente año y el que ha arrastrado a la economía en su conjunto, impidiendo su progreso. Por ello, desde un comienzo, era necesaria una presencia más activa del Estado en las áreas productivas, en lugar de esperar que, a través de llamados y reuniones, los empresarios mexicanos (caracterizados por su profundo antinacionalismo) se conmovieran y participaran en el proyecto común de crecimiento nacional.

Pero el presente gobierno se ha negado a activar la participación del Estado en la economía, y siguiendo fielmente las doctrinas neoliberales (no la realidad corrupta del pasado), se opone sistemáticamente a variar los esquemas de endeudamiento público y de austeridad republicana, que, a falta de un régimen fiscal que permita la obtención de mayores recursos financieros, es la única opción para obtener recursos que coadyuven a la reactivación de la economía.

Cierto, como lo señala constantemente el presidente, en las estadísticas de crecimiento económico no se toman en cuenta muchas variables “invisibles” (el apoyo a la gente pobre, la capacitación de jóvenes o las mejores opciones de seguridad social, por ejemplo), pero es un hecho que el crecimiento estadístico es necesario, porque significaría que la economía formal se ha reactivado, con todos los efectos multiplicadores que ello implica (en el ingreso, el consumo, el empleo, la inversión, etc.). Mientras ello no suceda, y se siga esperando a que los empresarios activen todo por sí mismos, sin que identifiquen un clima más propicio para invertir, México no crecerá al ritmo que podría hacerlo. Y esto, finalmente, afectará, tarde que temprano, la percepción de la gente (manipulada por los medios masivos) y restará puntos a la simpatía por el gobierno y su partido.

  1. Morena. Éste es, tal vez, el más grande problema que existe en el camino para asegurar una mayoría absoluta en el Congreso en el año 2021. Se ha dicho muchas veces y es triste ratificarlo: Morena, el partido del presidente, no es en realidad un partido, sino un movimiento que agrupó a varias corrientes ideológicas y pragmáticas, de calado muy diverso, que lo ayudaron a llegar al poder. Carece de principios claramente definidos, de propósitos a mediano y largo plazo y de una estrategia política que determine los objetivos políticos y económicos de su esfuerzo transformador (más allá de las generalidades moralistas de su lucha contra la corrupción y en pos de una nación más solidaria y fraterna).

La confrontación que estamos presenciando en el proceso de recambio de su dirigencia partidista demuestra que los llamados éticos del presidente para comportarse a la altura de las circunstancias no impactan ni siquiera en su propio partido. Puesto que, de principio, el partido no tiene un eje doctrinario que dé coherencia al conjunto de sus acciones y carece de la solidez institucional para enfrentar los procesos normales de cambio y sustitución de dirigencias, Morena es un caldo de cultivo de todo tipo de oportunismos políticos, que siempre surgen en los momentos de definiciones y elecciones internas. Francamente, el partido no tiene mucho futuro, y llegará el momento en que la izquierda política y electoralmente organizada tenga que construir un verdadero partido político que tome en cuenta las experiencias contemporáneas más consolidadas y exitosas a nivel internacional, sin dejar nunca de considerar las necesidades propias de la nación.

Lo más probable, de aquí al 2021, es que los integrantes de Morena sigan confrontándose entre ellos y nos den muestra de un espectáculo político deplorable, muy cercano a los que estábamos acostumbrados a ver en el PRD. Morena es el peor enemigo de Morena. Y, probablemente, esto lo vaya a resentir muy pronto en el terreno electoral… Su única ventaja es la existencia de una oposición, principalmente la del PAN, aún más mediocre y sin rumbo, que, incapaz de formular un programa serio para confrontarse al régimen (aún siguen añorando los “buenos tiempos” de la corrupción neoliberal), navega a la deriva, tratando únicamente de aprovechar los errores del gobierno de López Obrador, quien casi siempre los termina derrotando en el terreno práctico.

  1. La estrategia de comunicación del presidente de la república. En un comienzo, las llamadas conferencias mañaneras pudieron resultar atractivas a muchas personas, y ser vistas con buenos ojos por los medios de comunicación, como una muestra de la voluntad de apertura y libertad de expresión promovida desde la misma presidencia de la república. Sin duda, el experimento es inédito a nivel mundial, y tal vez no exista en la historia mundial de las repúblicas democráticas un gobierno que se haya expuesto, directamente, tantas veces a la crítica como el de López Obrador. Sin embargo, en términos concretos, vista como un ejercicio cotidiano que se extiende a lo largo de todo un sexenio, la estrategia termina generando dos problemas difícilmente superables por la sola voluntad: 1) la sobreexposición mediática, que provoca un desgaste de la figura (fascinada, por si fuera poco, con la repetición ad nauseam de las mismas frases y los mismos clichés, de fuertes implicaciones moralistas, de toda la vida) y 2) la tensión creciente entre las fuentes que cubren los eventos, cada vez más cuestionadoras y menos respetuosas de la investidura presidencial, y el presidente mismo, que a pesar la apertura mostrada, no deja de saber que él es el primer mandatario de la nación, y no un personaje de la farándula al que se le puede cuestionar de la forma más irrespetuosa imaginable.

Las conferencias que se dieron después de los sucesos de Culiacán y de la masacre de Chihuahua son una pequeña muestra de esa tensión creciente y de ese desgaste. Y esto va a continuar sin parar. Que nadie se llame a engaño si, a pesar de la simpatía que el ejercicio genera en muchas personas (y a pesar de tratarse de un experimento novedoso y único en su tipo) las consecuencias políticas, en términos electorales, lleguen a ser desastrosas.

Como se ha señalado, todos estos factores de riesgo rumbo al 2021 están siendo aprovechados, y lo serán aún más conforme avance el tiempo, por los medios de comunicación masiva opuestos al régimen. Nadie puede asegurar de antemano los resultados de esa elección.

Y si eso es así, ¿no sería mejor aprovechar la mayoría absoluta con la que se cuenta en el momento, en lugar de esperar a que se reproduzca la misma situación histórica del 2018? ¿No sería mejor, independientemente de los compromisos con empresarios y otros grupos, cambiar radicalmente el régimen fiscal y empezarle a cobrar más a los que más tienen y viceversa, con el objetivo de contar con recursos suficientes para hacer frente a los reclamos económicos y productivos de la nación que, al fin y al cabo, están por encima de los intereses particulares de unos cuantos? ¿No sería mejor aprovechar la fuerza histórica que le dio a la izquierda política el 2018 para dejarle de pagar a los banqueros sus deudas privadas que, a esta fecha, se han cubierto muy por encima del monto original? ¿No sería mejor, finalmente, llevar a cabo hoy las reformas estructurales que destruirían el régimen neoliberal, en lugar de aguardar un momento futuro que, quizá, nunca llegue?

Nadie tiene asegurado el porvenir. Los cambios que se han hecho hasta ahora han sido buenos, pero no afectan de manera estructural el funcionamiento del sistema económico neoliberal. Aprovechar el momento es adelantarse a lo que pueda suceder por el paso natural del tiempo y la emergencia de conflictos. No sea que mañana nos lamentemos por haber dejado pasar un momento histórico que, tal vez, no se vuelva a presentar en mucho tiempo.

* Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es filósofo, economista, traductor y poeta. Licenciado en economía y maestro de filosofía por la UNAM; doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Es autor de los poemarios Vislumbres de un sueño (2011) y Presencia en fuga (2013), así como de los ensayos Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015) y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (2017). Es profesor de la materia Teoría Crítica en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales.








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