¿Cómo nació el "Atlas del jazz en México"? - Aristegui Noticias
¿Cómo nació el “Atlas del jazz en México”?
Originalmente pensado como una guía y mapa de contactos, el nuevo libro de Antonio Malacara Palacios es una muestra también de la vitalidad del género musical en el país.

Por José David Cano

Ha sido todo un éxito. Sí. El nuevo libro del periodista y crítico musical Antonio Malacara Palacios llamado Atlas del jazz en México se ha convertido en todo un hit… Por lo menos, dentro del mundo jazzístico nacional.

Eso sí: como suele pasar en este tipo de cosas, todo sucedió sin que se lo propusiera, sin que lo buscara y sin tenerlo previsto. Y conste, no es exageración.

Todo empezó desde la presentación oficial el pasado junio de 2016, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes: tras ese día, poco a poco se fueron sumando (y acumulando) más presentaciones. Muchas más.

En los últimos cinco meses, Antonio Malacara Palacios prácticamente ha andado por todo el país. O por casi todo.

Sus (divertidos) correos electrónicos que a la distancia pueden ser vistos como bitácoras de viaje, dan cuenta de ello: «Buenas tardes, José David: Un poco cansados y un mucho contentos, continuamos presentando el Atlas del jazz en México en diferentes sitios del país», decía en uno de ellos.

En otro, escribía: «Necios y obsesos, continuamos recorriendo el país con el Atlas del jazz en México bajo el brazo.» En uno más, apuntaba: «Entre asombros, palmas y sauces, las presentaciones del Atlas del jazz en México siguen extendiéndose por todo el país.»

Al final, él concluía los correos con los datos de cada presentación. Así sabemos que lo mismo ha estado en Chiapas, Xalapa o Campeche, que Oaxaca, Cuernavaca o Jalisco. Ha andado por Pachuca, Aguascalientes y Colima, como por Puebla, Morelia o Texcoco. Ha viajado a Durango, Saltillo o León, además de Chilpancingo, Tapachula o Toluca. Durante noviembre aterrizó en Tijuana, y de ahí se pasó a Ensenada, a Ciudad Juárez, Irapuato y Mexicali.

Pongámoslo de esta forma para darnos una idea del periplo en el que ahora está embarcado—: si contamos las invitaciones que restan (en el mes de diciembre) para presentar este libro, en los últimos seis meses habrá asistido a 39 presentaciones…

Al menos eso me platicaba el errante Antonio una tarde cualquiera, en una de sus paradas en la Ciudad de México donde, dicho sea de paso, reside, y en donde ha presentado también varias veces este libro.

—La verdad, estoy sorprendido, José David —me dijo—; la gente lo ha recibido sorprendentemente bien. Nunca esperé que fueran tantas las invitaciones para presentarlo. Si contamos las que habrá en diciembre, van a ser 39 presentaciones en el año. Nos faltan algunos estados, por supuesto (como Nayarit, Baja California Sur), pero ya hay invitaciones concretas para Yucatán, Nuevo León y Tamaulipas en 2017…

Antonio hizo una pausa. (Estaba rebosante de alegría.) Luego, añadió:

—Lo que me tiene más feliz, lo digo honestamente, es que todo esto ha sido por el interés de la gente; o sea, todas las presentaciones han sido invitaciones. Yo no he tocado puertas para organizarlas, a excepción de la primera, que fue en Bellas Artes. Aunque el país está de cabeza en lo político, en lo económico, y por la violencia, eso no ha impedido que la gente haga posible este tipo de cosas increíbles…

Aquí vale una aclaración: Antonio Malacara Palacios no es nuevo en el jazz, ni tampoco en la hechura de libros. Con 61 años cumplidos (nació en 1955), lleva ejerciendo de periodista y crítico musical durante cuatro décadas (en los últimos lustros en el periódico La Jornada). En cuanto a los libros, lleva por lo menos una docena publicados; entre ellos están De la libertad en pequeñas dosis, Modelo para a(r)mar, Viaje al fondo del jazz, Catálogo casi razonado del jazz en México, y Sub versión de los hechos
Es más, la idea de trazar un atlas del jazz de México era algo con lo que Antonio venía coqueteando desde hacía algunos años; era un tema que solía aparecer en las conversaciones con él. Se había dado cuenta de lo aislado y fragmentado que estaba el movimiento jazzístico:

—Este fenómeno de aislamiento involuntario se repetía en todas partes —me dijo Antonio en cierto momento—; cada vez se hizo más frecuente que, cuando salía a dar una charla o asistía a un festival de jazz, la gente se me acercara para preguntarme por algún contacto. Los funcionarios culturales y los promotores me preguntaban por algún músico o grupo, mientras que los músicos me pedían el teléfono de algún funcionario o club. Sabía que hacían falta uno o dos directorios para distribuirlos por aquí y por allá.

Fue entonces cuando Antonio supo que era necesario trazar un mapa o una especie de “atlas” que articulara los quehaceres y los esfuerzos que se hacen alrededor del jazz en todo el país.

—Necesitábamos una herramienta que nos facilitara la construcción de puentes, que trazara las rutas de acceso a los músicos y los clubes, a los promotores y a los festivales… Y, ya entrados en esto, que nos acercara un poco a nuestra historia. Fue así como surgió el atlas. Me di a la tarea de armar, entonces, un directorio de músicos, uno de festivales, uno de programas de radio, desde luego uno de clubes, y varios otros, que nos ayudaran a navegar con más facilidad por estas aguas.

Eso sí: para que no se quedara en una mera sección amarilla del jazz nacional, como él mismo lo dice, le pidió a los cuates que escribieran algo sobre el género de sus respectivos estados.

—La idea original era que estuviera aquí representado cada estado, que cada invitado escribiera sobre la evolución del jazz en su localidad. Yo sólo iba a ser compilador. Sin embargo, sólo cinco o seis se animaron a escribir, así que me tuve que poner a hacer entrevistas por todos lados.

Sin embargo, algo más sucedió: el atlas tomó vida propia y se desbordó gracias al boca a boca, lo que provocó que aumentara el número de los participantes. Durante la charla, Antonio lo recordaba divertido:

—Como sucede con casi todos los libros, éste fue creciendo y tomando sus propias decisiones. Iban a ser 32 semblanzas, y terminaron siendo 63 los involucrados, entre músicos, académicos, conductores de radio, periodistas y promotores. De repente me escribían o me llamaban por teléfono para preguntarme por el proyecto. Por ejemplo, una chava de León me escribió y decía que se había enterado que estaba haciendo el atlas, y que quería participar. Me dio argumentos sólidos. Me dijo que la gente de San Miguel de Allende estaba totalmente desconectada de lo que estaban haciendo ellos en León, o de lo que se hacía en Celaya, o en Guanajuato capital. Ellos, los de León, también tenían cosas que decir. Le escribí y le dije que sí, “por supuesto vamos a platicar”. Y eso mismo pasó con la gente de Chiapas o Baja California, y casi con todos los estados. No podía negarme a darles voz… De las 300 páginas del proyecto original, subimos a 400. Y, aun así, se quedó mucho material afuera.

Por supuesto, la cosa no ha sido fácil. Cuando Antonio decidió que esta idea se convirtiera en un libro físico, y no sólo fuera un sueño, pasaron tres años y fracción para poder aterrizarlo —me puntualizó—. Luego se apresuró a añadir:

—Ahora ya está aquí. Y sí: ha sido mucho trabajo. Conceptualmente es algo muy sencillo. Es decir, armar una serie de directorios y preguntar en cada uno de los estados del país qué onda con el jazz. Son dos ideas muy sencillas, ¡pero es un trabajo tremendo!

(De hecho, el Atlas también puede leerse como una incipiente historia del género en nuestro país, fragmentada respectivamente por cada uno de los estados: cómo llegó el jazz a equis entidad, cómo fue ese primer concierto en esta otra ciudad, cuáles fueron esas personas que jugaron un papel fundamental en tal lugar, o cómo fue la primera transmisión radiofónica, y así…)

Lo cierto es que este trabajo titánico no sólo ratifica la buena salud del ritmo sincopado hecho en casa, también muestra lo arraigado que está el jazz en el país, un género tachado de poco popular, invendible y que no le interesa al gran público.

En este punto, Antonio fue directo:

—En alguna ocasión, te lo comenté: como es la música más popular de la música clásica, y lo más clásico de la música popular, al jazz no le ha tocado que le pongan la atención suficiente en los medios. Lo que es un hecho es que en México no se escribe en general de jazz porque se gana muy poco dinero. Pero hay gente que sabe mucho de jazz, me consta, y ahora que he estado con lupa recorriendo los rincones del país, me doy cuenta que sí hay gente que sabe mucho… Pero de veras muchísimo de jazz… Mira, la melomanía en el país, de manera específica en el jazz, es conocida históricamente: no sólo son aficionados a escucharlo sino que saben la historia, saben los conceptos, saben de las escuelas musicales, saben de la interrelación que existe entre una época y la otra, entre los diferentes estilos, entre las propuestas… En fin, es algo sorprendente.

—¿De qué adolece, entonces, el ámbito del jazz mexicano?

—De infraestructura. De hecho una de las pretensiones de este libro, al trazar todas estas carreteras, es justamente ayudar a esto, a la creación de la infraestructura que tanta falta le hace al jazz en México… Le hace falta que llegue alguien con una idea clara de qué es el marketing, pues no hay que tenerle miedo a éste. Es como cuando estábamos chamacos en los años setenta, y le teníamos miedo a la palabra comercial… Decía uno: “Oh, no, música comercial”. ¡Carajo! Si hay un grupo comercial en la historia son los Rolling Stones. Es, quizás, el grupo más comercial en la historia y es una banda genial. Entonces hay que perderle el miedo a varias cosas, entre ellas el marketing. ¿Por qué conformarnos con estar en el sótano, en el subterráneo? Debe salir de ahí el jazz. Está claro que nunca va a ser una música de masas, gracias al sol. Eso es bueno. Pero tampoco debe estar arrinconado. Y eso no es todo. Desde luego, hacen falta lugares donde los músicos sean bien pagados y les den un billete por estar tocando (y no solamente les paguen un porcentaje del cover). Como ves, hay muchos quehaceres y muchos deberes todavía…

—Algo es cierto: el Atlas es una muestra palpable de cómo anda la salud del género aquí… éste existe, se mueve…

—Con esto se evidencia que hay más jazzófilos y melómanos en el país de lo que pudiéramos imaginar; los hay en absolutamente todos lados. Es gente que sabe del jazz, que es apasionada al jazz. Pero, además, de todas la edades: hay chavales ya metidos en esto. Chavales no sólo con la curiosidad sino con un conocimiento específico de qué jazz es el que les gusta, haciendo preguntas, dando opiniones. En cuanto a toda esta experiencia, para mí es algo sorprendente o, más bien, agradablemente sorprendente, lo que ha pasado y sigue pasando… Tengo una foto en la frontera de Guatemala con el Atlas en la mano, y otra donde confluye Tijuana y San Diego, también con el libro bajo el brazo; evidenciando, con ambas fotos, que lo he llevado de punta a punta del país…

—¿Y qué sigue para el Atlas?

—Viene su edición digital. Ya sólo estoy llevando unos cuantos libros a cada presentación, pues ya quedan pocos. La pregunta que nos hicimos fue si valía la pena hacer una nueva edición, y decidimos que no… Y no lo es porque es mejor concentrarnos en la edición digital, la cual estará entre marzo y abril. Lo mejor de todo es que, al ser una edición digital, vamos a incluir la información que no quedó en el libro físico, vamos a incorpora las entrevistas completas. Vamos a tener la enorme fortuna, además, de poder “ilustrar” con sonido muchas de las cosas de las que estamos hablando. Eso va ser una ventaja gigantesca.

“En cuanto a la edición física, preferimos llevarla con calma; en primer término, porque nos dimos cuenta de que hay errores y omisiones que queremos corregir. Pero, también, porque la segunda edición saldrá en tres tomos. ¡Un solo tomo, incluso, estará dedicado nada más a discos! En esta primera edición preferí no incluir alguno. No quería hacer una selección que me hubiera hecho sentir muy mal, porque toda selección implica desechar cosas. Así que si todo va bien, el primero tomo saldrá el siguiente año.”

—Seguramente al ver el número de ciudades y lugares por los que has pasado, más de uno pensará que Antonio Malacara está evangelizando o haciendo proselitismo a favor del jazz…

—En lo absoluto, ja-ja. No creo que sea ni la una ni la otra. La palabra proselitismo, como se utiliza generalmente en las áreas de la política, para mí ya está degradada. Más bien, estoy salpicando, compartiendo, todo lo que se hace en torno al jazz… No estoy convenciendo a nadie, porque ya están convencidos. Lo que sucede, en todo caso, es que eran esfuerzos locales, muy locales, que estaban fragmentados. Entonces lo que estoy haciendo es unir, es articular todos los esfuerzos de la gente del jazz a lo ancho y largo del país. Cierto, algunos lo toman como una cruzada, y yo les digo que no, que las cruzadas no me gustan. Aunque entiendo que se refieren al trabajo intenso a favor de un objetivo muy limpio, en realidad las cruzadas fueron unas carniceras crueles… Pero tampoco coincido con otros que la quieren tomar como una lucha; me dicen: “Maestros, somos ya muchos guerreros en las trinchera…” ¡No! Esto tampoco es una guerra. Estamos articulando los esfuerzos…

—Digamos, entonces, que estás difundiendo la palabra del jazz…

—¡Eso! Esa es buena frase. Estamos difundiendo la palabra del jazz…

Nota bene: con el apoyo de clubes especializados y la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, el Atlas del jazz en México de Antonio Malacara Palacios ha sido editado por Taller de Creación Literaria En El Borde. Por cierto, las últimas presentaciones del año serán este miércoles 7 en Tulum, en la Casa de Cultura Tulum (Calle Neptuno; entre Alfa y Osiris). El sábado 10 en Tlaxcala, en la Sala Miguel N. Lira (Privada Las Ánimas 3, Ex-hacienda Las Ánimas). Y el jueves 15 en la Ciudad de México, en Jules (Julio Verne 93, Polanco). Para más información puede comunicarse a los correos electrónicos [email protected], [email protected]



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