‘El endiosamiento del escritor crea una barrera con el lector’: Jaime Mesa
El escritor habla de su nueva novela ‘La mujer inexistente’.
(Redacción AN/Alfaguara).

Hay un temor que ronda la literatura de Jaime Mesa (1977): ¿Si no voy a escribir una obra maestra vale la pena seguir intentándolo? Entre las posibles respuestas, el fracaso se asoma de manera amenazante. Motivado por encontrar el matiz épico de la derrota, publica La mujer inexistente (Alfaguara), novela donde un curioso narrador se apodera los diarios de ‘Beatriz Mella’, autora fallecida que escribió un solo libro de cuentos y cuatro tomos de su recuento cotidiano, lo extraño en este caso es que las libretas llevan la rúbrica de ‘Milena Betancur’.

¿Quién cuenta la verdad? ¿Cuál es su relación con el prestigioso escritor ‘Bert Boonstra’? De la novela de Mesa se desprenden varias capas de lectura: la derrota, la mente femenina, pero en especial el retrato del medio literario, un medio inclemente donde el plagio, las rencillas y los celos son cosa de todos los días.

¿Qué es el fracaso?

El fracaso en literatura es un engaño; es una condición natural de la escritura. Trasladar al papel la historia tal y como la imaginas es imposible. Otro tipo de fracaso es el existencial: cuando llegas a la mitad de tu vida y te preguntas, ‘¿si no voy a escribir la gran novela, vale la pena seguir intentando?’ ¿Cuántas novelas medianas puedes hacer? El fracaso frente al éxito tiene que ver con una condición a la que nos acostumbran desde pequeños: Si eres deportista debes ganar un premio; si te enamoras debe ser de la mejor mujer o el mejor hombre. Creo que esto nos persigue también a los escritores y esta lucha incesante cultiva el fantasma del fracaso.

No me negará que usted también aspira a escribir ‘El libro’…

Sí, pero en pleno siglo XXI todo mundo quiere ser escritor más que escribir el gran libro. Se quiere salir en la televisión o en la portada del suplemento. Escribimos en Twitter y presumimos una vida confortable y atractiva. La competencia sube la calidad, pero que todos quieran ser escritores sólo consigue que la mesa de novedades esté saturada.

¿Será una necesidad de trascender?

Todavía no tengo claro si es el afán de trascender, de superar el anonimato o ganar a la muerte, pero es una realidad que mucha gente quiere ver su nombre publicado en la portada del libro. Ahora bien, en otro sentido la literatura se alimenta del fracaso humano.

Habla del anonimato que es otro de los temas de sus libros. ¿Por qué es tan sugerente la idea del autor con seudónimo?

Tiene que ver con una condición natural del escritor que se acentúa con la edad. Necesitamos nuestro espacio, por eso tenemos una gran lista de autores que resultan malos esposos o padres de familia. Los escritores padecemos una suerte de orfandad artística que en algunos momentos puede ser terrible como le sucede a mi personaje ‘Milena Betancur’. Cuando mi mujer y mi hijo se van de vacaciones por un lado me alegro porque puedo escribir, pero llega el miércoles y me pregunto, ¿de qué me sirve escribir si no los tengo? Esta contradicción nos programa porque quizá nuestros últimos días sean así, pero el problema se acentúa si no escribes una “gran obra”.

¿Hay también una idea sobrevalorada del escritor? ¿No se le trata como rockstar y como un individuo capaz de opinar de cualquier cosa?

Claro, pero la atención desmedida se acaba rápido. Hay dos cosas que el medio literario no perdona: los errores literarios, una mala novela o ensayo; y el tiempo prolongado en el top. En ambos casos te castigan con el olvido. ¿Cuántos premios Nobel hemos olvidado? La inercia mediática te condiciona a temerle a eso.

Ambos rasgos definen a su personaje ‘Bert Boonstra’, hombre mezquino a quien podríamos ponerle al menos tres apellidos de autores famosos.

Últimamente me gusta escribir sobre referentes reales para volverlos una suerte de estereotipo. Si uso pongo un nombre verdadero me convertiría en periodista y reduciría mi lectura muchísimo. La novela habla del mundillo literario y sí, quizá tú y yo lo conocemos, pero no la mayoría de la gente. El endiosamiento del escritor ha creado una barrera entre los autores y el gran público. Uno de mis propósitos con La mujer inexistente era tender un puente entre ambos para que el lector vea que lo que sucede en el medio literario puede suceder en su oficina. No quería hacer una crítica al medio literario, ya se ha escrito mucho al respecto; lo que nos falta es relacionarlo con la vida cotidiana de quien es ajeno a este escenario.

Su libro coincide en este punto con La vaga ambición, nuevo libro de Antonio Ortuño…

Sí, las coincidencias son padrísimas porque en ambos libros hay, además, una máquina de escribir. El libro de Ortuño me parece importantísimo, creo que es una de sus mejores obras, habla de la construcción de un autor en México. Mi novela en cambio se centra en el fracaso, el plagio y el chismerío literario. La tradición de contar historias sobre escritores en México se había perdido un poco y no sé porqué. Como nos han dicho que el libro es lo verdaderamente importante, nosotros no tendemos a hablar de la vida de los escritores.

¿En verdad no hay tantos libros de escritores sobre escritores en México? ¿Qué me dice de Villalobos, Nettel o Julián Herbert?

La autoficción está de moda o al menos es una tendencia. Mi novela se distancia de la autoficción porque las anécdotas no tienen mucho que ver conmigo, me limito a representar mis obsesiones o miedos. No me interesa confesarme, pero sí revelar el medio literario. Quizá desde El miedo a los animales, de Enrique Serna no había una reflexión que hiciera al autor a un lado, sin dejar de centrar la mirada en los escritores. Si me excluyo es porque mi vida literaria no es tan interesante como los estereotipos que trabajo.

¿Qué teme más el anonimato o el fracaso?

Temo a que mis cincuenta años me dé cuenta que no podré escribir ‘la gran novela mexicana’. Es un miedo muy latente porque me puede llevar a dejar de escribir. No le veo sentido escribir libros de entretenimiento si el objetivo es hacer un libro que contribuya a la tradición de la literatura mexicana.

Rulfo hizo lo contrario, escribió un par de obras maestras y dejó de publicar.

Claro, escribir un gran libro no está en mis manos, lo que si puede ocurrir es que me dé cuenta de mi imposibilidad.

¿Pero ésta no es una idea pretenciosa heredada de la literatura estadounidense?

Sin duda. No sé si esta educación sentimental me la dio ser seguidor de la literatura estadounidense, pero de los fracasos de Philip Roth, Don DeLillo, David Foster Wallace o Jonathan Franzen, por escribir la Gran Novela Americana salen en novelas endemoniadamente buenas. Si en literatura no te pones una marca alta irás para abajo.

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