‘Somos una sociedad fracturada y con activismo de sofá’: Vico
El divulgador y autor de ‘Filosofía para desconfiados’, asegura que la normalización de la violencia es uno de nuestros mayores problemas.
(Planeta/Loelia Escobar).

Por Héctor González

A David Pastor (Bélgica, 1976) sus cientos de seguidores lo conocen como Vico. Su forma de divulgar y ensañar la filosofía es fuera de lo común.  “Si la disciplina no tiene una aplicación en la vida cotidiana no cumple su función”, advierte en entrevista a propósito de la publicación de su libro Filosofía para desconfiados (Planeta).

Comunicador y académico de la UNAM, el escritor español se suscribe a la corriente de la ética responsable y sostiene que la educación es la base para cambiar las cosas.

Parece que la filosofía pensada para públicos masivos está encontrando un nicho importante de lectores.

La filosofía parece recuperar el espacio que siempre había tenido. Hasta mediados del siglo XX era preponderante en la cultura y en la acción política. Siempre ha habido filósofos detrás de grandes gobernantes. Incluso es una disciplina determinante para carreras como el derecho. Lamentablemente la Segunda Guerra Mundial nos descubrió a un ser humano capaz de concebir las mayores atrocidades posibles y la filosofía salvo casos contados como Nietzsche, no fue capaz de preverlo. En esta deriva individualista, el coaching y la superación personal la despojaron del lugar que había tenido.

¿Este nuevo auge qué tanto tiene que ver con lo convulso de la época?

Tiene mucha relación. Parecemos pollos descabezados en un mundo en crisis existencial y física. El cambio climático lo padecemos día a día. Hace unos años y en particular después de la caída del Muro de Berlín, todos confiaban en que la lucha del individuo y la búsqueda del éxito era algo posible si se trabajaba duro. México es un caso palpable de que esto no es real: es el país donde la gente trabaja más tiempo, dos mil 257 horas al año por habitante. Ahora ya sabemos que es al contrario. Una sociedad fragmentada, acrítica e individualista hace tonterías. En Europa y América renacieron nacionalismos fascistas y populistas. Nuestras sociedades parecen más preocupadas en paliar la depresión con un Prozac e intentar ser felices con vacaciones a golpe de tarjeta de crédito. Sin embargo, la gente ya empieza a tener miedo y con justa razón porque nuestros jóvenes están replicando la peor parte de lo que hacen los adultos. El mundo que están heredando es una mierda.

¿Más que acrítica no es una sociedad decepcionada?

Para decepcionarse es necesario un criterio previo de qué es uno o de cómo es el mundo que esperas. Los filósofos contemporáneos definen a nuestra época como turbo realidad o turbo temporalidad. Vamos tan de prisa que no hay tiempo de tomar conciencia de lo que pasa. Nadie está preparado para pensar más allá de la fecha de corte de la tarjeta de crédito. Es imposible decepcionarnos porque no tenemos conciencia de nuestra temporalidad. Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión es la enfermedad del siglo XXI. Una persona depresiva se queda sola y aislada, sin capacidad crítica.

Este me suena a Bauman y su concepto de tiempos líquidos…

Bauman es quien pone la etiqueta perfecta. La sociedad líquida es aquella donde los valores no tienen concreción y mutan constantemente. El primero en hablar de la transvaloración es Nietzsche, pero la liquidez implica pasar de un valor concreto a uno poco definible. Nuestras relaciones sociales no están bien arraigadas. Vivimos en la precariedad y con la ansiedad de perder el trabajo. No confiamos en los demás. En consecuencia, Bauman nos dice, que no somos una sociedad cohesionada sino fracturada y con activismo de sofá. En una sociedad cohesionada viven ciudadanos; en una fracturada, viven individuos. Hay pocos motivos comunes por los que luchar, por eso nos conformamos con escribir en Twitter. Nos quejamos desde el anonimato de las redes sociales. A pesar firmar nuestros comentarios en realidad los hacemos desde la comodidad de ser un perfecto desconocido. El costo de esto es la deriva social y la falta de un liderazgo auténtico.

Frédéric Gros sostiene que estamos en una inercia de no cuestionar.

Esto es consecuencia del conformismo determinista y de no tener un pensamiento crítico. La incapacidad de desobedecer nos desempodera. En solitario el ser humano no tiene poder y eso lo saben los regímenes autoritarios. Necesitamos restaurar la confianza interpersonal y el poder social. Habrá quien diga que esto es un sueño, pero no es verdad. Mientras que en México el porcentaje de confianza interpersonal oscila entre 14 y 20%, en Finlandia es del 90%. Los finlandeses actúan constantemente sobre las decisiones del gobierno; tienen los índices de corrupción más bajos del mundo; y para colmo por segundo año consecutivo, son el segundo país más feliz del mundo según la ONU. La filosofía nos puede servir como una guía para esto.

Tu libro vincula estas ideas con la cultura popular y cotidiana…

La filosofía no puede ser una disciplina arcaica y anquilosada en las universidades. Surgió en una Atenas convulsa y cuando la gente se iba a pasear al ágora. Sócrates decía ‘sólo sé que no sé nada’ y hablaba con cualquiera en un lenguaje común. Además, era experto en la ironía y el humor. Más tarde Kant en La crítica del juicio utilizó el chiste para atrapar al lector. Fernando Savater hizo lo mismo en su extraordinario Ética para Amador. Si la filosofía no tiene una aplicación en la vida cotidiana no cumple su función.

La ironía es una corriente filosófica con varios exponentes, entre los que estás tú…

Claro, porque estamos en una época de contradicciones. Sócrates tenía dos formas de enfrentar a la gente: la mayéutica, por medio de la cual acercaba a la gente y le hacía ver que sabía más de lo que creía; y la ironía, usada con quienes creían saber mucho. Quien no se cuestiona asimismo es profundamente orgulloso y cree tener la razón. La ironía es la herramienta para acercarse al lector descreído y desconfiado que cree saberlo todo.

¿Cómo entiendes y cómo se aplica el concepto “la banalidad del mal”, de Hannah Arendt en el contexto actual de México?

Uno de nuestros mayores problemas es la normalización de la violencia. Los medios de comunicación hemos generado una doble moral. Si aparece un pezón en una teleserie nos tapamos los ojos, pero en el noticiero sí podemos ver cuarenta descabezados sin inmutarnos. Tenemos una sociedad en dos velocidades. La moralidad sólo implica la sexualidad, pero es inmutable ante la violencia. Para revertirlo sólo veo una solución: educación.

¿La educación es suficiente?

La educación no consiste en sólo ir al colegio. Implica tres esferas fundamentales: la formal (colegios), la familiar y el círculo de las tecnologías de comunicación e información. Todos somos educadores. Una de las mejores frases de la filosofía y de la ética de la responsabilidad, movimiento al que me suscribo, es: todos somos responsables de la educación de todos.

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