‘Un buen rockero es un superviviente con memoria tribal’: Santiago Auserón
El músico y escritor publica una versión ampliada de su libro ‘Semilla del son’.
(Redacción AN/Océano).

Por Héctor González

¿Juan Perro o Santiago Auserón? El orden de los factores en este caso no altera el producto. Como sea, Semilla del son (Libros del Kultrum) está firmado por Santiago Auserón, de modo que seamos respetuosos a la portada.

El libro recupera la crónica de una vida vinculada a la música cubana. En su primera edición, hoy considerada de culto,  circuló hace ya algunos años. Menos mal ahora en un ejercicio de retomar su trabajo literario, el en otro tiempo líder de la imprescindible banda española Radio Futura, decidió recuperarlo con algunos textos que fungen como bonus tracks. 

¿Qué hacía falta añadir a tu libro Semilla del son?

El libro nació como un opúsculo para contar más de treinta años de relación con la música cubana. En las biografías de Compay Segundo todo mundo habla de Buena Vista Social Club, cosa que me parece muy bien, pero nadie recordaba que la primera antología de Compay la produje yo. Poco antes de morir él mismo me confesó que el disco que hicimos juntos era el que más apreciaba, entonces quise defenderme un poco y que aquello no pasase al olvido. Aquel opúsculo lo publiqué como edición de autor. Ahora al entrar en contacto con una agencia literaria encargada de difundir mi obra y la de mí esposa Catherin Francois, la editorial Libros del Kultrum me sugirió reproducir aquel texto y añadir otros materiales. Así fue como nació el libro.

¿A qué músicos respetas como escritores?

Crónicas, de Bob Dylan tiene cosas importantes, aunque a veces se deja llevar por una egolatría injustificable. Sus últimos discos me interesan menos, aunque es una mente indomable, un demonio que ve a través de los tiempos. No me gusta su actitud de estar fuera del mundo. Leonard Cohen era poeta antes que cantante. Hay grandes libros de memorias como los Patti Smith (Éramos niños) y Keith Richards (Mi vida). Hace poco leí la biografía de Robert Wyatt (Different Every Time: The Authorised Biography of Robert Wyatt), aunque no es autobiografía, es un libro notable.

¿Eres un filósofo que hace pausas para componer música o un músico que hace pausas para la filosofía?

Entre mis vicios, sí, está la filosofía. Para mi se toca con la música en tanto que intento escribir bien en un formato pequeño como es la canción. Desde mi época con Radio Futura he intentado darle calidad de arte selecto a la música popular. Parece una exigencia contradictoria pero no lo es. Me gusta cuestionarme sobre mi oficio. ¿Cómo se transmite el sonido que no es lenguaje? ¿Qué misterio envuelve a la sonoridad de la música y el lenguaje? Tal vez lenguaje y la música son los elementos más antiguos del ser humano. Si no nos detenemos a pensar en lo que ocurre, dejamos que las emociones primen sobre la elección y eso no es bueno. En la política lo vemos todo el tiempo y en consecuencia tenemos una democracia degradada. Atravesamos un periodo muy peligroso porque los medios electrónicos promueven la reacción emocional antes que la reflexión.

Tuviste buenos maestros en Francia…

Estuve matriculado en Vincennes, París 8. Después del 68, ahí echaron a los contestatarios. Había un mercadillo que solía ser más interesantes que la propia universidad. Tuve grandes maestros, pero interrumpí mis estudios para hacer Radio Futura.

De hecho no hace mucho terminaste los estudios…

Sí, no tiene mucho que terminé el doctorado. Me tomó veinte años acabar la tesis. Para mí, la filosofía es un placer; es verdad que los textos a veces son difíciles de pelar y en ocasiones requieren paciencia, pero es necesaria al menos para mí.

¿Tu búsqueda por la filosofía tiene algo que ver también con tu búsqueda por distintos ritmos?

Totalmente, cuando terminé la carrera y me fui a hacer el doctorado en París, iba con la intención de convertirme en un escrito fashion, en un intelectual de oficio. Al llegar, los estudiantes me parecieron muy sobrados, con un aire de mírame y no me toques. No me identifiqué para nada con ese mundo. Yo me fui con poco dinero en el bolsillo y con una novia francesa que me ayudó a sobrevivir. Disfruté de la enseñanza de algunos profesores alucinantes, pero nada más.

¿Qué profesores tuviste?

Gilles Deleuze, Jean Francois Lyotard, Francois Chatelet. Eran pensadores de una potencia increíble, aunque sus clases eran raritas. En la clase de Deleuze a las nueve de la mañana ya había una nube de marihuana tremenda.

¿Cortesía de él?

No, no, él fumaba Camel, eso sí, uno tras otro. Con él aprendí de la libertad y la potencia del pensamiento para descubrir la realidad inventándola. Estos maestros me enseñaron que para despertar la memoria humana se requiere que el cerebro invente un poco.

¿Cómo te llevas con la marihuana?

Yo no puedo con las drogas. En la adolescencia y al final de la dictadura la onda era probar de todo para descubrir sensaciones, y lo hice. Sin embargo, tengo el cerebro tan acelerado que cualquier cosa que le eche de más me hace rebasar el límite. Puedo ser un loco cortés y educado, pero si rebaso mi límite me puedo volver un loco impertinente y desagradable. Como decía Robert Wyatt, prefiero manejarme con drogas legales a fin de seguir envejeciendo.

Parece que en términos editoriales, al menos, hay una tendencia por mirar a la filosofía y al origen de las cosas. Incluso, tu libro tiende un puente con el origen de la música.

Claro, ve el furor que todavía causa Benny Moré, el gran sonero por antonomasia y el ídolo ante el que toda Cuba se arrodilla. Aprendió a ser un front man en la banda de Pérez Prado cuando vino a México para construir una orquesta capaz de competirle a los conjuntos estadounidenses. El mambo además de cubano es mexicano. Hoy los rockeros regresamos al origen para que no nos traten como mercancía. Debajo de Los Animals, Los Kinks o los Stones, están los bluseros del Mississippi. Y debajo de ellos está la conexión entre la música Nueva Orleans con lo que se hacía en Cuba y México. Hay que entender este sustrato para no ser mercantilizados. Si en nuestra memoria cabe el Mississipi, La Habana y el Río Grande, nos hacemos más fuertes. Un buen rockero es un superviviente con memoria tribal.

Aunque muchos descubrieron la música cubana con Buena Vista Social Club.

A Buena Vista le agradezco que usara el poder de la industria estadounidense para universalizar a esos grandes soneros cubanos. Yo, como roquero español, tenía alcance en mi mercado: España y América Latina. No me siento mal porque Ry Cooder ganase dinero con eso. De hecho lo conocí en un estudio madrileño después de haber producido la antología de Compay Segundo y con el primer disco de Juan Perro grabado en La Habana, en la mano. Pancho Amat, el gran tercero cubano que tocaba en mi banda, me llamó para decirme que Ry Cooder me quería conocer. Se quedó muy interesado con la antología de Compay y supongo que en el viaje de regreso lo escuchó. Me comentó que quería volver a Cuba, había estado en 1976 cuando no era nada fácil para un estadounidense viajar a la isla. Su idea era grabar en La Habana una segunda entrega de blues con Ali Farka Touré. Su propósito no estaba mal, pero algo ocurrió en medio que le hizo cambiar de opinión y se metió en Buena Vista. Para ese proyecto viajó de manera ilegal a Cuba y eso le costó una multa de 25 mil dólares.

Hace unas semanas escuché de nuevo “Moda juvenil”, una de tus primeras canciones con Radio Futura, más allá de la música esa sí rebasada, la letra todavía tiene algo de provocador.

Aquel disco tenía canciones de Herminio Molero, sólo una es mía, “Zombi”. En aquel material había una intención un poco perversa de que sonase por un lado publicitario y por otro provocador. En el local de ensayo se escuchaba coherente, tenía caña y fuego, pero la producción acabó dulcificándolo y terminó siendo algo más comercial. 

¿Te avergüenzas de algo?

No, de nada. No hay que avergonzarse de lo que uno hace.

¿El rock da para el mezclarlo con son cubano, big band, zarabanda y demás proyectos en los que has metido?

Al menos en una mente tan extraviada como la mía, sí. Tengo muchos amigos rockeros de mi generación con un gran gusto y que escuchan de todo. A mí me gusta aprender de todo eso para extender el territorio. Lo que me falta es aprender a envejecer con calma. Vivo a tempo.

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