‘Francisco Toledo, un artista que le hizo bien a la sociedad’: Cuauhtémoc Medina
En entrevista, el crítico destaca la independencia del pintor y activista juchiteco.
(INBAL).

Por Héctor González

¡Paren las prensas! Se habría dicho en otra época. En la era de los medios digitales, las posibilidades son otras y el tiempo parece acortarse. Para evitar rumores un tuit de Alejandra Frausto confirmó la noticia: Francisco Toledo murió la noche del jueves 5 de septiembre.

Setenta y nueve años. Apenas a finales de junio se inauguró la exposición Toledo ve, en el Museo Nacional de las Culturas Populares. La muestra que termina el 29 de septiembre, quizá debería extenderse más tiempo, nos adentra en el universo del artista plástico mexicano más importante de los últimos años. El recorrido deja ver objetos personales, bocetos, prototipos y elementos intervenidos. Digamos que es una pequeña radiografía de su estudio. En aquella ocasión, “el maestro” como todos le decían, no visitó la capital del país. Algo no olía bien. Meses después se confirmó que padecía cáncer de pulmón. Él y su familia optaron por ser discretos y no decir nada.

Artista único

Francisco Toledo fue el cuarto de los siete hijos del matrimonio entre Francisco López Orozco y Florencia Toledo Nolasco. Nació en Juchitán. A sus 14 años, las inclinaciones hacia la plástica eran más o menos claras, estudió grabado en el taller de Arturo García Bustos y más tarde en escuelas del INBA. En 1959 expuso en la galería Antonio Souza y en el Forth Worth Center de Texas. Un año después viajó a París, donde fue alumno de Rufino Tamayo, conoció a Octavio Paz y se sumó al surrealismo tardío.

En una entrevista concedida al diario El País declaró: “Mi vida ha pasado por muchas etapas. Al principio quería estar ligado a mi comunidad, ahí había mitos orales, tradiciones, cuentos; pensaba que podía ser el ilustrador de esos mitos. Con el tiempo me fui cargando de más información, visité ciudades y museos; Picasso, Klee, Miró, Dubuffet, viví en Europa, viajé a España, conocí a Tàpies, a Saura… Mi arte es una mezcla de lo que he visto y de otras cosas que no sé de dónde vienen. Me han influido el arte primitivo, pero también los locos, los enfermos mentales y, sobre todo, Rufino Tamayo, oaxaqueño, con quien tuve mucha cercanía en París. Hay un tratamiento del color y de la materia que me aproxima a él. Le quise mucho. Gracias a Rufino me pude quedar en París. Él consiguió que me dieran una beca; iba para unos meses y me quedé cuatro años”.

Ahí, se avivó su hambre de conocimiento y a su regreso nada fue igual.  Siguió trabajando e incorporó elementos a una propuesta estética sin parangón. El ambiente social del país hizo lo suyo y sumó al proceso creativo y vital del artista.

Para el crítico de arte y Curador en Jefe, del Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM, Cuauhtémoc Medina, Francisco Toledo es un caso excepcional. “Se convirtió en un referente del arte del sur. Alguien que logró tener una cultura visual cosmopolita formada por todas las culturas y épocas posibles, para finalmente verterlo en una propuesta local”.

Su estilo provocador e irreverente se aproximó a la naturaleza y particularmente a la zoología. “Estableció una relación entre imágenes y materiales basada en una especie de erotismo universal. Creó un diálogo oculto entre la perfección de una imagen y la posibilidad del deseo”, añade el crítico.

Activismo

La fuerza de Oaxaca como una capital de la cultura no se puede entender sin Francisco Toledo.  Su implicación con la Confederación Obrero Campesina del Itsmo (COCEI) desde principios de los setenta, abrió la puerta a un activismo frontal. La creación, junto con la poeta Elisa Ramírez, de la Casa de Cultura en Juchitán, en 1972 sentó las bases de las instituciones que fundó durante la década de los noventa como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca o el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. “Buscó crear un espacio cultural en donde predominara la posibilidad de una vida mejor”.

Cuauhtémoc Medina sostiene que dio una lección de ética al gastar todo su dinero en la construcción de bibliotecas y museos para los niños. “En las últimas décadas la única persona que conocí y que en verdad le hizo bien a la sociedad fue Francisco Toledo. No lo puedo ver de otra manera”.

El crítico reconoce también que tras la inauguración del IAGO y el MACO, el trabajo artístico de Toledo pasó a segundo plano. Incluso se pensó que dejaría de producir. “Su ritmo cambió y lo que parecía una marea continua, se convirtió en un proceso interrumpido por silencios largos”.

Todavía en los últimos años asumió una férrea defensa de la tierra. Criticó el uso de transgénicos. Recaudó firmas para que el ex presidente Enrique Peña Nieto asumiera una política ambiental más firme. Y recientemente declaró que el Tren Maya sería un desastre y exhortó al presidente López Obrador a que tomara en cuenta a las comunidades indígenas.

Mitología personal

A lo largo de su carrera, Toledo abrevó de distintas corrientes y temáticas. El animismo sexual y la búsqueda de una mitología personal fueron dos de sus constantes. Su interés por la literatura lo puso en contacto con escritores como Octavio Paz, Francisco Hernández o José Emilio Pacheco. “Ha habido pocos lectores tan ávidos y ambiciosos como él. Vivía buscando poesías e historias. Su relación con la literatura era absolutamente obsesiva y cotidiana”, explica Medina.

Las colecciones de las bibliotecas del Centro de Artes Gráficas y libros como Pinocho, Álbum de zoología fantástica o Manual de zoología fantástica, son testimonio del diálogo que estableció con la palabra impresa.

Cuauhtémoc Medina ubica varios momentos cruciales en su desarrollo artístico: su incorporación al circuito europeo por medio del surrealismo tardío de París durante los sesenta; la reapropiación de Juchitán como patria mitológica en los setenta; y su apoyo a la causa de la COCEI.

Otro punto de quiebre fue la exposición retrospectiva que le dedicó el Museo de Arte Moderno en 1980. “Sin duda ha sido una de las muestras más importantes montadas en este país. Ahí Toledo sorprendió estrepitosamente a todo mundo”.

“Con su trabajo en los setenta generó un arte localizado en México, pero que a su vez refutaba la mexicanidad de todo lo que se había hecho anteriormente”, sostiene el curador del MUAC.  Añade que su trabajo mantuvo autonomía porque no buscó perpetuar una idea de tradición, “quienes han querido colocarlo en una línea de narrativa histórica con el pasado artístico local fracasan y quienes pretenden continuar con lo que él hizo acaban haciendo una caricatura de sí mismos”.

Volvió a romper los moldes durante los noventa, cuando hizo los polaroids de performances casi pornográficos. “Rebasó la escena artística de su época una vez más”.

Sus manifestaciones públicas contra la violencia de los últimos años “fueron importantísimas”. La exhibición de urnas fúnebres en el Museo de Arte Moderno para alertar sobre los desaparecidos y sus recorridos por las calles oaxaqueñas volando los papalotes con los rostros de los 43 normalistas de Ayotzinapa alcanzaron resonancia mayúscula.

Cuauhtémoc Medina precisa que una vez que pasen los homenajes, lo siguiente será repensar a Francisco Toledo en relación a la pregunta de cómo crear un arte descentralizado, “que reinventa la iconografía y con una significación internacional mucho más vasta que la fantasía de universalidad manifiesta en muchos artistas mexicanos”.

Como parte de los homenajes al artista oaxqueño, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura anunció que la Orquesta Sinfónica Nacional le rendirá tributo durante el primer concierto de apertura de su segunda temporada en el Palacio de Bellas Artes a las 20:00 horas de este viernes.

El recinto, además, abrirá sus puertas a partir de las 12:30 horas para que las personas puedan firmar un libro de despedida y también llevar alguna flor o elemento con el que quieran despedirse del artista plástico.

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