El campo carga con la pobreza nacional; la lucha de Zapata sigue (Artículo)
"Exigimos un nuevo trato para los campesinos del país, para los pequeños productores de este país, porque para rescatar a México hay que rescatar al campo", escribe José Narro Céspedes.
Foto: Crisanta Espinosa/ Cuartoscuro

Por José Narro Céspedes*

Recordar a Emiliano Zapata a los 100 años de su asesinato es completamente necesario, tanto por razones ideológicas como por razones éticas en la compresión de los fenómenos históricos. Hay una relación insoluble entre el pasado, el presente y el porvenir, y por ello, los grandes como Zapata permanecen vivos al mostrar en cada circunstancia cómo y para qué se debe luchar.
¿Cuál es el modelo zapatista aplicable en la solución de los problemas actuales del campo?, ¿cuáles son sus herencias fundamentales en los principios y el método ante problemas nuevos y constantes cambios?

Mucho es lo que se debe aprender del zapatismo, en especial lo que enseña sobre la claridad de los objetivos y la voluntad inquebrantable de lucha. Habría que destacar, en primer lugar, que los grandes objetivos de lucha de Zapata fueron el resultado de un largo proceso histórico de despojo de las tierras pertenecientes a los pueblos y de la consecuente concentración excesiva de la propiedad particular bajo la forma de latifundio.

No fueron objetivos imaginados, sino causados por el robo de tierras, que eran el medio fundamental para el trabajo y la vida de las mayorías rurales, que eran a principios del siglo XX las mayorías de todo el país.

El Plan de Ayala contenía dos características que lo distinguieran del Plan de San Luis, relacionadas por una parte con el derecho de los campesinos para tomar posesión inmediata, sin mediar procedimiento burocrático alguno, de las tierras, montes y aguas de las que hubieran sido despojados por los “hacendados científicos o caciques a la sombra de la justicia venal”, manteniendo a todo trance con las armas en las manos la mencionada presión.

Por otra parte, por primera vez el Plan de Ayala mencionaba que con la restitución de tierras comunales serían expropiadas las tierras y aguas de los “poderosos propietarios” de ellas, a fin de que “los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos o campos de sembradera o de labor y se mejore en todo, la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos”.

En estos aspectos quedan identificados los dos objetivos propios de la lucha zapatista: posesión inmediata de las tierras y aguas, defensa armada de esa posesión y ampliación de las vías de acceso a la tierra con la restitución y la dotación de ejidos.

Hoy, a 140 años de distancia del nacimiento del General de los campesinos, las soluciones de las problemáticas agrarias no han sido resueltas por los gobiernos emanados de la revolución y otra vez exigimos un nuevo trato para los campesinos del país, para los pequeños productores de este país, porque para rescatar a México hay que rescatar al campo.

En el campo hay 105 millones de hectáreas ejidales y comunales que prácticamente están en el abandono, en la marginación y en la pobreza y la única política que impulsa el gobierno para este sector es la política asistencial para que la gente no se muera de hambre, sin haber realmente una estrategia para el desarrollo nacional.

El campo está en el abandono; el hambre está en el campo por la falta de apoyo en la producción alimentaria, y sin embargo en el campo se producen los alimentos, pero los campesinos, alrededor de 20 millones, no comen lo suficiente.

Tras 20 años de existencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), -hoy Tratado México-EU-Canadá (T-MEC)- nuestro país, localizado en la geografía histórica del maíz, importa actualmente el 43% de los alimentos que consume y de maíz en específico, grano básico de su cultura alimentaria, importa ahora unos 10 millones de toneladas al año.

México ha perdido desde hace décadas su autosuficiencia alimentaria, gastando alrededor de 15 mil millones de dólares anuales en compras al exterior para completar la canasta básica y colocando al país en una posición muy vulnerable según ha dicho la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Cierto que ningún país tiene absoluta soberanía alimentaria, porque ningún país es capaz de producir todo lo que se come, pero cierto también que los países deben producir aquellos alimentos estratégicos para su realidad agrícola y su cultura alimentaria.

El TLCAN provocó un desastre en el campo mexicano.

Hoy, seguimos planteando lo mismo que por años hemos exigido. Demandas que devienen de las exigencias zapatistas y de la pobreza del campo heredada desde el porfiriato a nuestros días.

La necesidad de legislar acerca del derecho de Consulta de los pueblos originarios para decidir sobres sus tierras, por encima de los intereses que ha desatado la Reforma Energética.

Es vital armonizar la legislación nacional con el derecho internacional en cuanto a los Derechos y Cultura Indígena; tenemos que resolver los 25 mil conflictos agrarios que tienen sin resolver el Tribunal Agrario. Proponemos la reducción de los precios en el diésel agropecuario y la energía eléctrica, así como de insumos agropecuarios, como los fertilizantes y semillas. De la misma manera.

Hoy, nuevamente la tarea de las organizaciones campesinas de izquierda es impedir que, por hambre, las localidades pobres se vuelvan el mercado de la necesidad y la dependencia de los programas sociales que sólo impulsan el consumo y no impulsan la producción. Corremos el riesgo de que alguien en un futuro tenga la tentación de revivir el utilizar la pobreza del campo para ganar elecciones.

* Senador por Morena y dirigente de la Coordinadora nacional Plan de Ayala.








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