‘El arte contemporáneo pone énfasis en el desconcierto’: Cuauhtémoc Medina
El crítico mexicano reúne ensayos y ponencias en el libro 'Abuso Mutuo'.
(Redacción AN/RM).

Cuauhtémoc Medina (Ciudad de México, 1965) es uno de los críticos y curadores de arte más reconocidos en México. Sus proyectos y textos entablan un diálogo entre la producción artística de nuestro país y el presente globalizado. Autodefinido como un apocalíptico, es implacable al decir, “No podemos seguir pensando que el mercado envilece la cultura. La cultura moderna en muchas formas se construye en el mercado”.

A manera de corte de caja, Medina reúne algunos de sus ensayos y ponencias realizados entre 1992 y 2013, bajo el título Abuso Mutuo (RM). En conjunto, los materiales trazan las rutas que de pensamiento que ha seguido su trabajo. A la luz de la distancia, el balance, reconoce el crítico, es favorable aunque no necesariamente optimista.

¿Sigue siendo un apocalíptico?

Es difícil escapar a la gravedad de la época. A quienes tenemos medio siglo nos tocó el derrumbe de las estructuras de la sociedad mexicana del siglo XX. Sin duda la aventura del juego democrático fue refrescante, pero en general persiste la sensación de este país como un proyecto social y político fue tirado a la borda con el neoliberalismo. No hay mayores perspectivas a futuro, como no sea la autodestrucción general.

Empezamos pesimistas la entrevista…

Sí, aunque el texto y en algunas de mis actitudes, no hay pasividad alguna. El descubrimiento de esta etapa cultural es una mezcla constante de progresos y regresos. Vivimos una extraña condición de serpientes y escaleras, en donde no hay bases para prever momentos emancipatorios o lógicas para comprender periodos de reacción.

¿Ahora estamos en un momento de serpientes o de escaleras?

Las dos vienen juntas y tienen que ver con la desigualdad catastrófica que trae el capitalismo tardío. Esta es una sociedad que destruyó  las redes de seguridad. La violenta transformación de la Tierra ha destruido las seguridades mentales. No existe la noción de un horizonte común.

¿Y el arte contemporáneo mexicano está dialogando con este presente?

En una lógica donde el tiempo está partido en avances y retrocesos, no puede haber rezago. Hace poco José Luis Barrios comentó que una de las notas dominantes del libro y del periodo en sí, es la de hacer productivo el desasosiego. Vivimos una etapa en la que el arte contemporáneo pone énfasis en el desconcierto. Acompaña un momento de inquietud con una producción inquieta y crítica, lo cual contradice las expectativas de que el arte provea una forma de consuelo en un mundo ideal.

Artistas como Teresa Margolles o Jonathan Hernández por ejemplo, han recogido expresiones de violencia para elaborar propuestas que han sido bien recibidas afuera.

Sí, aunque no de manera inmediata. Pasó más de una década para que los artistas que hacen intervención social directa empezaran a ser tomados en cuenta. El mundo del arte ha sido seriamente transformado, las perspectivas críticas desde el sur han tomado una posición más protagónica y al mismo tiempo la complejidad en las relaciones norte-sur son más evidentes. Una consecuencia de haber generado un territorio económicamente integrado, es la integración también de la violencia. La idea de la globalidad dejó de sostenerse en una noción universal.

¿Pero estos artistas que hicieron intervención social no fueron, una década después, convertidos también en objetos de mercado?

Este tipo ideas son extravagantes y propias de la cultura mexicana; y creo que en el fondo es una idea católica. No podemos seguir pensando que el mercado envilece la cultura. La cultura moderna en muchas formas se construye en el mercado. La asistencia al cine o al teatro es una mercancía que se paga en forma de boletos. Los libros se venden, es decir, son productos. Los mismos medios que reportan el campo cultural subrayando los precios de venta en las subastas, son los que después fingen el horror de que el arte crítico funcione como mercancía. En mi opinión todo esto se llama catolicismo porque ha generado una moral que no tiene que ver con las prácticas. Precisamente, una de las cosas que ha hecho el arte contemporáneo es explorar la condición mercantil de los objetos artísticos y su relación social. Ya lo decía Levi-Strauss desde los años cincuenta: “No hay sociedad sin intercambio”.

¿Dónde queda la relación con la moda?

Esa pregunta es irrelevante para el arte contemporáneo, sin embargo es comprensible porque todavía existe la idea del artista como un monje purista que opera contra la realidad. La noción del arte moderno fue constituir a un artesano, en buena medida obsoleto, en el representante de una humanidad que no existía. Se le atribuyó la obligación de estar sin dinero en una buhardilla para ser auténtico. Pero los artistas contemporáneos negocian con las tendencias sociales y ahí está implícita la moda. La pregunta no es cómo escapar de la moda, sino cómo adquirir relevancia en un momento cultural extremadamente difícil de aquilatar y eso sólo puede ocurrir mediante la discusión con la crítica, por eso la discusión teórica es tan importante en el campo artístico.

De acuerdo pero hay críticos que cuestionan las grandes filas a exposiciones como la de Andy Warhol, porque las atribuyen a una mera cuestión de moda.

Esas interpretaciones son morales porque se cree que el público tiene deberes. Me parece loable que exista una cultura de curiosidad, malentendido y circulación del deseo. No comprendo la modalidad tradicional de establecer el arte como campo de autocastigo. Hasta las telenovelas fueron arte, un arte nefasto política y culturalmente, pero son una producción artística. Cuando la gente dice que no entiende el arte contemporáneo me parece incomprensible porque en general está a la vista de todos, ya después vienen las capas de discusión que sí pueden ser más complicadas.

Pero hay artistas contemporáneos tan pretenciosos que provocan una barrera con el espectador.

No soy un apologista de Gabriel Orozco, sin embargo me resulta claro que su aspecto más rescatable es ser un artista extremadamente popular. Encarnó para una capa importante de la población el reencuentro con las condiciones del objeto encontrado y del readymade. A estas alturas hay un par de preguntas irrelevantes dentro del arte: ¿Qué sentía el artista al hacer tal obra? Es inapropiada y no hay motivo para hacerla. La segunda: ¿Qué quiere decir?  Las cosas dicen en los términos en que uno puede asimilarlas.

¿Coincide con Lynn Zelevansky cuando dice que la verdadera ruptura con el muralismo se dio con Gabriel Orozco?

Conozco a Lynn y la apreció, pero yo tengo una opinión crítica sobre la recepción que tuvo Gabriel Orozco en la década de los noventa. Sin duda Orozco tenía méritos significativos en un par direcciones, pero su recepción fue hecha sobre el filtro equivocado de ajustar cuentas con el arte mexicano. Las voces metropolitanas usaron a Orozco para apartar el cambio de estéticas que implicaba el arte de los inmigrantes en aras de rescatar cierto purismo moderno.

En sus ensayos hay también una crítica a la cultura institucional.

El intelectual de las sociedades con un Estado-nación, tiene entre sus finalidades producir discursos de afiliación. La autonomía es un dilema que emerge del fracaso de construir instituciones con un sentido libre y transparente. Estoy a favor del financiamiento público para la producción artística, incluyendo las becas, pero su conducción debería ser diferente. En muchos lugares del mundo se construyen instancias autónomas del poder ejecutivo, manejadas por expertos que distribuyen los recursos, previa revisión de los proyectos. Así funciona la UNAM. Nuestras instituciones culturales están planteadas como oficinas menores de presidencia.

Concluyo preguntándole por el lugar de tres artistas. Ulises Carrión…

A Ulises Carrión le tocó sobrevivir escapando al machismo, homofobia y conservadurismo artístico de finales de los sesenta y setenta. En Holanda pudo operar más allá de la disciplina de la literatura mexicana dominante. Gracias a su marginación inventó un arte de generar circuitos y producción.

 José Luis Cuevas…

Cuevas es un caso paradójico, porque cayó en víctima de lo el Estado mexicano y artistas construyeron: la idea de que el artista es más importante que su arte. Cuestiona a los muralistas para tratar de convertirse en el artista de la nación. Es un síndrome aún vivo y que explica en cierta medida el rol de Gabriel Orozco. Su discurso quedó sumergido ante el discurso de la Ruptura y por lo mismo su trabajo perdió relevancia. El público no sabe de qué trata su obra y esa es una lección sobre los riesgos de crear un personaje.

Felipe Ehrenberg…

Felipe Ehrenberg requiere un análisis más complejo. Fue un artista que empujó la creación del pop urbano; la introducción de tácticas cotidianas conceptuales en los setenta. Hay muchos Ehrenbergs. Su obra se ve como una serie de cambios difícilmente sintetizables y la política cultural buscaba o busca artistas incapaces de reinventarse como Felipe. Su producción siempre aparece como marginal e inaceptable. Su trabajo proyecta la demanda de una sociedad más inclusiva de lo que podemos imaginar, a veces su carácter contradecía su generosidad, a muchos nos educó confrontándonos.

libros



Temas relacionados:
Arte
Cultura
Libros



Escribe un comentario

Nota: Los opiniones aquí publicadas fueron enviadas por usuarios de Aristeguinoticias.com. Los invitamos a aprovechar este espacio de opinión con responsabilidad, sin ofensas, vulgaridad o difamación. Cualquier comentario que no cumpla con estas características, será removido.

Si encuentras algún contenido o comentario que no cumpla con los requisitos mencionados, escríbenos a comentariosyquejas@aristeguinoticias.com