opinión*
La economía política de la 4ª Transformación | Artículo
por Julio Moguel
Cuartoscuro / Archivo

Julio Moguel

I

Colocar “la política al mando” es o ha sido sin duda una de las grandes virtudes del proyecto gubernamental encabezado por Andrés Manuel López Obrador, de cara a lograr la 4ª Transformación de México. Pero ello no debería hacer suponer, en el análisis político y económico que se impone en la coyuntura, que la economía real y sus tendencias puedan ser moldeadas o manejadas a voluntad y sin mayores reservas por la política o las políticas timoneadas por el gobierno.

Esta línea argumental viene a cuento por el hecho, hoy definidamente constatable por las cifras, de que no hay ni habrá manera de crecer (medido el crecimiento en términos del PIB) en 2019 y/o en 2020 en alguno punto cercano al 4% (meta fijada en el Plan Nacional de Desarrollo y enfáticamente publicitada en las conferencias mañaneras por el Presidente); condición que pone en duda, a la vez, las posibilidades de promediar el sexenio con el mencionado 4%, con el arribo feliz, para 2024, de un crecimiento del 6 por ciento.

Se ha llegado a decir que quienes no consideran posible el mentado promedio del 4% para 2019-2024 son conservadores, reaccionarios, y sólo quieren hacer daño a la 4ª Transformación. Pero no es posible dejar de señalar que la misma Secretaría de Hacienda, para efectos de la confección y presentación al Congreso del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF), estableció un cálculo de 2.0% de crecimiento para 2019, lo que implicó igualar en la cifra al crecimiento del PIB con el que cerró el año anterior.

Hacia el mes de octubre de 2018, el Banco de México estimaba que la economía mexicana crecería hasta un 2.17% en 2019. A principios de este año, el mismo organismo estimaba que el PIB crecería en 1.56%; ahora, a principios de abril, ajusta sus cifras al 1.52%. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por su parte, viene de bajar sus cálculos o expectativas de crecimiento para México del 2.0% al 1.6% (aunque su director general, José Ángel Gurría, no dejó de señalar –la diplomacia obliga– que de cualquier manera no es descabellado pensar en promediar el sexenio con un crecimiento del 4 por ciento).

Técnicos o tecnócratas, neoliberales o liberales, economistas marxistas o radicales, leninistas, fifís o pauperizados analistas de calle o de gabinete: en su conjunto y promediando, los márgenes de cálculos económicos que tenemos registrados no pasan, para 2019, en su máximo, del 2.5 por ciento; en su mínimo, del 1.1 por ciento.

II

Cálculos buenos o cálculos malos, diplomacias de por medio o deseos políticos del timonel por mantener el ánimo de quienes viajan en su barco, insistir demasiado en que podemos crecer a un promedio anual del 4% –e incluso llegar a un 6% a final del sexenio–, marca una ruta de optimismo que puede ser buena para los mexicanos, siempre y cuando el mentado crecimiento, si se logra, quede definido en una unívoca y clara correlación entre crecimiento y bienestar; entre crecimiento y abatimiento de la desigualdad; entre crecimiento y democratización.

Pero sabemos que la línea y lógicas del crecimiento neoliberal –lejana, aunque ejemplar analogía: Lenin decía a principios del siglo XX que socialismo era “el poder de los Soviets más la electricidad”– lleva sin demasiados brincos a profundos procesos de desigualdad, en niveles tales que, como demostraría con pertinencia el economista galo Thomas Picketty, han convertido al planeta en un triángulo bizarro en el que en el pico de poder económico habita sólo el 1% de sus numerosos huéspedes mortales.

Dicho de otra forma y para México: el reto de crecer a un 4%-6% “a toda costa” supone hacer a un lado caros objetivos transformativos de “La 4ª”, abriendo sin reservas la economía nacional (y “la política”, por ende) a los capos del gran capital financiero internacional y nacional, “únicos activos generadores de empleo y de progreso” según la idea o el concepto de los corporativos que aún se lamen las heridas por la cancelación del aeropuerto de Texcoco, o por la forma “tan errática” en la que se han dirigido presupuestos significativos de reanimación vital y laboral hacia “los pobres”.

La trampa de esta lógica se aplica en otros muy distintos rubros. ¿Por qué apoyar, por ejemplo, a los pequeños campesinos (desde campesinos con apenas 2 hectáreas hasta campesinos propietarios o poseedores de hasta 20 hectáreas) con el programa de autosuficiencia alimentaria de la Secretaría de Desarrollo Rural (Sader), si la relación a corto plazo (anualizado el cálculo) entre un peso de inversión y su rendimiento económico contable es significativamente menor en el primer caso con respecto al que se logra si se canaliza el recurso hacia los grandes productores? ¿Y para qué la autosuficiencia alimentaria si podemos comprar granos más baratos en el extranjero?

¿Por qué canalizar recursos por parte del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencia y Tecnología (Conahcyt) a la ciencia básica o de frontera si las trasnacionales son las que hoy por hoy “aportan” los mejores resultados en “desarrollo científico y tecnológico”, incluyendo en ello la producción de transgénicos? Etcétera.

III

La trampa de la ecuación reaparece en temas tan delicados como el de la construcción del Tren Maya o en proyectos como el del Corredor Multimodal Transoceánico del Istmo. Los buitres del gran capital internacional lanzan ya el canto de las sirenas para que Ulises se incline hacia sus encantos. ¿Ejemplos? BlackRock –la firma estadounidense más poderosa en la escala global– acaba de enviar a AMLO una carta formal, firmada por su titular, señalando sin reservas que “está interesada en participar en el desarrollo del Istmo de Tehuantepec”. Y eso a pesar de que López Obrador ha dicho hasta el cansancio que, “por razones de soberanía”, en el proyecto transísmico no tendrá cabida el capital internacional.

Frente a tales embate e intentos de seducción “La 4T” deberá encontrar –como lo ha hecho hasta ahora– las fórmulas correctas para continuar. Ése ha sido y seguirá siendo el gran reto a perseguir.

Julio Moguel

Economista de la UNAM, con estudios de doctorado en Toulouse, Francia. Colaboró, durante más de 15 años, como articulista y como coordinador de un suplemento especializado sobre el campo, en La Jornada. Fue profesor de economía y de sociología en la UNAM de 1972 a 1997. Traductor del francés y del inglés, destaca su versión de El cementerio marino de Paul Valéry (Juan Pablos Editor). Ha sido autor y coautor de varios libros de economía, sociología, historia y literatura, entre los que destacan, de la editorial Siglo XXI, Historia de la Cuestión Agraria Mexicana (tomos VII, VIII y IX) y Los nuevos sujetos sociales del desarrollo rural; Chiapas: la guerra de los signos, de ediciones La Jornada; y, de Juan Pablos Editor, Juan Rulfo: otras miradas. Ha dirigido diversas revistas, entre ellas: Economía Informa, Rojo-amate y la Revista de la Universidad Autónoma de Guerrero.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.




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