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La poética del desocultamiento en 'El eclipse', de Carlos Olmos

La obra dirigida por Gina Botello concluye esta semana su temporada en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico.

  • Redacción AN / HG
06 Apr, 2026 12:53
La poética del desocultamiento en 'El eclipse', de Carlos Olmos

Por: Lo Hiancia Pez

 

Hay fenómenos celestes que atraviesan las paredes de nuestra historia familiar y son acicate en lo personal. En la penumbra que precede a la desaparición del sol, los secretos tienden a proyectar sombras más largas. Con una apuesta escénica bien afincada en el espectáculo como materialidad sensible de lo teatral, la compañía Caracola Producciones retoma la temporada de un hito en la dramaturgia mexicana, El eclipse, de Carlos Olmos (1947-2003), con la adaptación perspicaz de Jimena Eme Vázquez y la dirección sagaz de Gina Botello, para iniciar la cuarta temporada que arrancó con la función 55 en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico (las primeras 54 funciones se dieron en los teatros Santa Catarina, Benito Juárez y en el auditorio del Museo Universitario de Arte Contemporáneo). Se trata de una pieza de joyería que rescata a Olmos para un público que, si acaso (los mayores), le conocía de nombre por su trabajo para la televisión, y poco o nada su obra para el teatro.

Estrenada originalmente en 1990 en el Teatro El Granero, El eclipse ocurre en la costa de Chiapas donde el tiempo parece haberse detenido en un viejo restaurante. Ahí, tres generaciones de mujeres aguardan el gran evento astronómico del título, prodigio que para las culturas antiguas (como la maya) auguraba la fractura del orden, si bien en las culturas modernas despierta mayormente la curiosidad de quien se desentiende de los presagios. En esa familia, una abuela, una hija, una nuera y una nieta, son el relejo de esos extremos, y existen en el arco palpable en los sucesos dramáticos de la obra que van de lo inevitable a lo esperanzador en un contexto tradicional; enraizadas a los ciclos naturales, sociales, familiares; enfrentadas a la incertidumbre, al ritmo marcado por la presencia y la ausencia de los hombres, en primer lugar el hijo/marido/padre muerto cuya estela anunciaba arrancarlo todo, y el hijo vivísimo que se revuelve para saldar con su partida (un ocultamiento velado) la deuda de su identidad.

La llegada de un encantador supuesto fotógrafo foráneo —que busca capturar la luz del evento astronómico, esa luz de eclipse que (lo hemos vivido) crea una atmósfera de irrealidad estática, suspende la escala cromática del mundo, una luz que da la impresión de carecer de fuente y modifica momentáneamente el ciclo de las criaturas—… termina por revelar las fisuras de un núcleo familiar cimentado en la represión de los deseos, la creencia sobrenatural y el silencio de secretos cuyo poder al ser desvelados es el de —faltaba más— disolver ese microcosmos. Los atavismos colapsan frente a la urgencia del anhelo. La inercia de la costumbre muestra su fragilidad ante el poder de una nueva realidad. El orden tradicional del cuidado femenino, que conforma y estructura, pierde su equilibrio (habrá de encontrar otro, sin duda) al irrumpir necesidades vitales profundas, solo en apariencia inesperadas.

Obra de la madurez de Olmos, de alto impacto emocional, su mayor dificultad no reside en la comprensión de la trama, que es lineal, sino en la subtextualidad: lo que se dice es importante, pero lo que se oculta —los silencios de la madre, los presagios de la abuela, el propósito del fotógrafo, los secretos de los hijos— es lo que realmente sostiene la arquitectura dramática. El realismo formal del texto original encuentra en la adaptación de Jimena Eme y en la estética de Caracola Producciones una dimensión simbólica que expande los horizontes estilísticos, estéticos, permitiendo al espectador presenciar el conflicto evidente de los personajes y penetrar, comprender, sus aflicciones profundas. La estructura está diseñada para que la tensión interna de los personajes crezca en paralelo a la llegada del eclipse. Pese a su impronta de melodrama, hay en la obra una sensación de inevitabilidad trágica.

 Toda una experiencia escénica

 Aquí es donde opera una suerte de poética del desocultamiento. La puesta en escena transmuta claves de la tragedia familiar en una coreografía de objetos que parece dictada por los sueños premonitorios de doña Dominga, una lúdica imaginería visual que dota de profundidad a la historia y pasa por el manejo diestro de títeres y mímica manual, que son extensiones y proyecciones del alma de los personajes; una plástica de sombras y telas que eleva las evocaciones del texto a una categoría mágica. Un camión de juguete convertido en repositorio de la nostalgia de una madre y en vehículo de fuga del hijo. Una muñeca, puro corazón, condenada a la repetición revela, sin embargo, la entereza de quien pese a ello decide por sí misma. Un vestido cobra vida para invocar una felicidad posible, tanto como conjuga el olvido. Unos dedos que bailan resignifican el interminable brote de la ilusión.

La dirección de Botello logra que el espectador se hunda en la cotidianidad de los personajes tanto como en las proyecciones de su mundo interno —enfáticamente de las mujeres—. Para encarnarlos congregó un elenco que con precisión histriónica nos deja ver sus contradicciones: el cansancio y la fortaleza de Dominga (Gabriela Núñez), la contención y el desgarro de Mercedes (Carolina Contreras), la frustración y la esperanza de Elia (Sol Sánchez), la vivacidad y la aceptación de Indira (Renée Sabina). Gerardo, la urgencia que no halla sitio donde expresarse, encuentra pátinas de vulnerabilidad en el trabajo de Luis Javier Morales, y la gracia del Mario de Alejandro Romero termina por decantarse en una astucia distante.

El eclipse de Caracola Producciones es una experiencia teatral memorable, con una cohesión orgánica que es más que la suma de sus recursos: además de los mencionados, la manufactura y elección de los objetos, el vestuario, el esfuerzo escenográfico en su sencillez y limitaciones, y la iluminación, acaso lo de menor impacto. Isabel Yáñez está a cargo de la producción ejecutiva, Karla Bleu en el diseño de escenografía, María Fernanda Galván y Daniela Villaseñor en el diseño y realización de títeres y objetos escénicos, Joel Cárcamo en el diseño multimedia y fotografía, Anabel Ortega en el diseño de vestuario, y Juliana Faesler en diseño de iluminación.

Funciones en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico (Avenida Revolución 1500, CdMx), de martes a jueves a las 20:00 horas (120 mins.). Hasta el 9 de abril.

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