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Los liderazgos que deben crecer | Texto por Mario Luis Fuentes

La crisis de los liderazgos éticos, entonces, no es solo una crisis de personas, sino de estructuras. Los canales tradicionales de participación -partidos, sindicatos, parlamentos, incluso organizaciones civiles- han sido erosionados por su incapacidad para representar experiencias sociales complejas, especialmente las de las nuevas generaciones.

  • Mario Luis Fuentes
06 Feb, 2026 16:44
Los liderazgos que deben crecer | Texto por Mario Luis Fuentes
Foto: Colin Behrens/Pixabay

La crisis contemporánea que implica la insuficiencia o invisibilidad de liderazgos éticos es mucho más que un fenómeno coyuntural o episódico. Parece, más bien, que estamos ante una transformación estructural del campo político, en la que se han erosionado las condiciones mismas que hacían posible la emergencia de referentes morales capaces de articular autoridad, responsabilidad y horizonte colectivo. En el mundo, y México no es la excepción, asistimos a una paradoja inquietante: nunca había existido un discurso tan extendido a lo largo de varias décadas, sobre derechos humanos, libertades y democracia, y nunca había sido tan frágil su concreción política efectiva.

El avance de partidos conservadores, autoritarios y de extrema derecha en diversas regiones del planeta no puede entenderse únicamente como una reacción contracultural o identitaria. Es también la expresión de un vacío representativo dejado por proyectos progresistas que, en muchos casos, se institucionalizaron sin transformarse en fuerzas morales creíbles y permanentes.

Cuando la política pierde su dimensión ética, el poder deja de ser una práctica orientada al bien común y se convierte en una tecnología de administración del de la opresión, del miedo, del resentimiento o del cinismo. Allí donde no hay liderazgo ético, el discurso de orden, exclusión o restauración autoritaria encuentra terreno fértil.

En México, esta crisis adquiere rasgos particulares. La transición democrática debilitó viejas formas de dominación, pero no logró consolidar una cultura política sustentada en la responsabilidad pública, la deliberación racional y el respeto irrestricto a la dignidad humana. Los liderazgos se volvieron crecientemente personalistas, mediáticos o carismáticos, mientras los partidos políticos se transformaron en maquinarias electorales desconectadas de procesos reales de formación ética y política. El resultado ha sido una ciudadanía desconfiada, que oscila entre la adhesión acrítica y el desencanto sobre la representatividad de los partidos.

Este proceso ocurre en paralelo al fortalecimiento sin precedentes de las élites económicas globales y nacionales. En las últimas décadas, la concentración de la riqueza ha alcanzado niveles que no solo profundizan la desigualdad material, sino que alteran las condiciones de posibilidad de la democracia misma. Un minúsculo grupo de magnates acumula hoy recursos equivalentes a los de millones de personas, o incluso de naciones enteras; y frente a ello, el poder político ha dejado de responder al principio de igualdad cívica, subordinándose, abierta o silenciosamente, a los intereses de esos grupos privados. En ese sentido, la política se vacía de contenido ético porque no decide sobre el rumbo común, sino sobre la gestión de un orden profundamente asimétrico.

La crisis de los liderazgos éticos, entonces, no es solo una crisis de personas, sino de estructuras. Los canales tradicionales de participación -partidos, sindicatos, parlamentos, incluso organizaciones civiles- han sido erosionados por su incapacidad para representar experiencias sociales complejas, especialmente las de las nuevas generaciones. Estas generaciones viven en un mundo marcado por la precariedad, la violencia simbólica, la incertidumbre climática y la fragilidad del futuro, pero se les ofrecen lenguajes políticos anclados en categorías agotadas. El riesgo es que, ante la incapacidad de escucharlas o brindarles genuino reconocimiento, emerge la apatía o, en el peor de los casos, la adhesión a discursos simplificadores y autoritarios.

Pensar cómo vencer estas estructuras de poder exige un ejercicio de imaginación política que vaya más allá de la alternancia electoral o de la moralización superficial del discurso público. La ética política del siglo XXI no puede fundarse únicamente en la virtud individual del líder, sino en la construcción de ecosistemas de participación que distribuyan el poder, lo hagan transparente y lo sometan a control social efectivo. El liderazgo ético ya no puede ser vertical ni mesiánico; debe ser relacional, pedagógico y profundamente democrático.

Esto implica crear nuevos canales de participación que no reproduzcan las lógicas excluyentes del pasado. Espacios deliberativos vinculantes, formas de democracia participativa apoyadas en tecnologías abiertas, procesos comunitarios de toma de decisiones y redes de acción colectiva capaces de articular lo local con lo global. Pero, sobre todo, implica recuperar la dimensión ética de la política como práctica de cuidado del mundo común. Sin esa dimensión, la política se reduce a gestión técnica o a espectáculo, ambas igualmente incapaces de sostener un horizonte de derechos y libertades.

Para las nuevas generaciones, el desafío no es solo ocupar los espacios existentes, sino transformarlos radicalmente. Construir nuevos cimientos de respaldo social a la igualdad y a los derechos humanos requiere un lenguaje político que reconozca la vulnerabilidad compartida como punto de partida. La ética del poder debería basarse en la interdependencia, la responsabilidad intergeneracional y la justicia social.

En este sentido, imaginar una salida a la crisis de los liderazgos éticos supone también desnaturalizar el poder. Comprender que no es un atributo que se posee, sino una relación que se ejerce con responsabilidad y, por lo tanto, que puede ser transformada. Lograr que el poder sea distribuido como un bien social y sometido a la crítica ciudadana permanente, puede abrir la posibilidad de una política distinta: menos espectacular y más profunda; menos autoritaria y más exigente de igualdad y desarrollo integral; menos centrada en figuras providenciales y más orientada a comunidades conscientes y defensoras de la dignidad de todos los seres humanos.

El futuro de nuestras libertades no debe depender de la aparición de un nuevo “líder moral”, sino de la capacidad colectiva para reconstruir las bases éticas del poder. En México y en el mundo, esa tarea es urgente, y debería ser capaz de funcionar como práctica cotidiana de resistencia, imaginación y responsabilidad compartida.

Investigador del PUED-UNAM

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