‘Cartas’ en Facebook para no olvidar a un hijo desaparecido (Especial)
VICE News presenta el especial '10 años de la Guerra contra el narco'. La cuarta entrega relata el aumento de las desapariciones en Coahuila y en todo el país.

El 5 de noviembre pasado, la señora Karen despertó con unas ganas inmensas de platicar con su hijo y su esposo. Le sucede todos los días, a cualquier hora, pero cada vez que llega ese día la necesidad se convierte en urgencia, así que cerca del mediodía se preparó para hablar con ellos: colocó su computadora en la mesa del comedor, la encendió y abrió su cuenta de Facebook. Después de pasar varios minutos contemplando la última foto de Josué, su único hijo, se inspiró y les escribió un mensaje.

Para muchos un día mas, para mí el maldito 5 de noviembre, día en que los apartaron de mí, deseo con toda mi alma que esos malditos estén en el infierno retorciéndose de dolor y a uds, que Dios los cuide por siempre. Adolfo, Josue los extraño, no hay dia que no piense en uds, siempre en mi recuerdo y saben aun espero su regreso aunque me digan lo que me digan yo siempre los esperare y asi hasta el ultimo segundo de mi vida. Adolfo, Josue los amoooo.

Como una náufraga, la mujer de 54 años envío el mensaje al mar de internet con la esperanza de que llegara hasta los ojos correctos. Pronto, llegaron los comentarios. Las reacciones en forma de emoticons. Las palabras de aliento. Los abrazos virtuales. Pero la comunicación más importante, la de los destinatarios, el par de hombres que más ama, nunca llegó.

Entonces, la señora Karen apagó su computadora y, como le sucede todos los días, se soltó a llorar.

Aquel día se cumplió un maldito lustro sin ellos.

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¿Quién es Josué?

Antes de contar por primera vez la historia de su familia, que es la historia de cómo México perdió a un muchacho noble y a un esposo ejemplar, la señora Karen —un nombre ficticio que ha pedido para no ponerse en riesgo— pide tener en mente tres cosas.

Que no pensemos en Josué y Adolfo como cifras o dígitos en una lista de la guerra contra el narcotráfico, sino en un hijo cuyo apodo maternal era “mi flaco de oro” y un esposo al que, amorosamente, le llamaba “pedacito” durante sus 19 años de matrimonio. Que el secuestro de ambos no es un “daño colateral”, sino la interrupción de la juventud de un futuro diseñador gráfico y la vejez merecida de un hombre que pasó años trabajando honradamente. Y que ella también creyó que esto nunca le pasaría, como lo piensan millones de los mexicanos, porque nadie de su familia tenía tratos con el narco.

No lo creía, hasta que escuchó esa pregunta: “¿Quién es Josué?”

Fue hace cinco años, a la 1 de la mañana del maldito 5 de noviembre de 2011, cuando la señora Karen cayó al piso de su sala, de rodillas, después de varios golpes secos. Frente a ella estaba su hijo sentado en el sillón, aferrado a los brazos del mueble. Y detrás de ella, estaba un hombre que le presionaba una pistola en la cabeza y le impedía voltear para verle el rostro.

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“¡Te estoy preguntando! ¿Quién es Josué?”

Siete horas antes, la vida fluía con naturalidad dentro de la casa familiar en una colonia popular de Monclova, la ciudad más importante del estado fronterizo de Coahuila. Pero afuera, en la calle, la urbe se había convertido desde hace años en el campo de tiro del grupo criminal Los Zetas. A partir de 2008, la embestida del gobierno los había sacado de sus madrigueras y comenzaban a conquistar nuevos territorios y expandir su poderío económico. Coahuila, pegado a Texas, Estados Unidos, se había convertido en la nueva franquicia por controlar y, para ello, los Zetas eligieron Monclova como el lugar de residencia de muchos líderes sanguinarios, incluido al temible Heriberto Lazcano Lazcano. A balazos habían impuesto una mordaza desde su llegada: nadie podía hablar de ellos ni podía admitir su presencia, aunque fueran tan reales como las casas fantasmas con hoyos de bala que dejaban a su paso.

El hijo que ambos habían adoptado desde que tenía un año, Josué, pidió permiso para ir a una fiesta. Sólo quería ir al festejo de quince años de una vecina. “Vamos y venimos, ¿sí, amá?”. Se baño y se visitó como le gustaba: cómodo, con pantalón de mezclilla negra, playera y tenis. “¿Me da dinero?”. Y a cambio de la promesa de no volver tarde, el joven recibió 200 pesos. “Sí, mijo, pero regresa con cuidado”.

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Ver texto completo de la cuarta entrega de un total de diez reportajes que conforman el Especial ’10 años de la Guerra contra el narco’.

*Fotografías: Daniel Ojeda)

Jefa de Contenido: Laura Woldenberg. Editora: Karla Casillas Bermúdez. Data: Saúl Hernández. Diseño: Francisco Gómez y Clementina León.






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