Los retos del sistema alimentario en la política pública (Artículo)
"En términos globales y nacionales se observa un incremento del consumo de proteína animal, grasas, azúcares y productos procesados industrialmente", apuntan.

Por Miriam Bertrán y Ayari Pasquier

A finales del siglo XX se lograron aumentos importantes en la producción de alimentos, se redujeron de manera importante los índices de desnutrición aguda (emaciación) y disminuyó la presencia de infecciones gastrointestinales. Estos datos muestran una mejoría de la situación alimentaria en México, pero reflejan solo una parte del panorama. Si bien a escala nacional México tiene suficiente disponibilidad de alimentos y una balanza comercial positiva, según los últimos datos disponibles, la desnutrición crónica (medida con el indicador de baja talla para la edad) afecta al 13.6% de los niños menores de 5 años, dato que se duplica en el quintil más pobre de la población y se triplica en el caso de la población indígena (ENSANUT, 2012). Al mismo tiempo, se observan crecientes tasas de sobrepeso y obesidad entre todos los grupos de edad y patologías crónico-degenerativas vinculadas con la malnutrición. Esta situación, conocida como “doble carga de la malnutrición”, es característica de poblaciones que enfrentan inseguridad alimentaria, es decir, que no tienen acceso a una alimentación suficiente y adecuada, reflejando la falta de políticas públicas que tengan en cuenta la compleja realidad alimentaria nacional.

La industrialización promovida en la segunda mitad del siglo XX como una alternativa para aumentar la producción y distribución de alimentos se ha traducido en una abundancia de la oferta global de alimentos; este proceso dio un lugar central a grandes empresas en la producción, transformación y circulación de alimentos, configurando un sistema alimentario que encierra diversas paradojas y comporta múltiples impactos ambientales, sociales y de salud pública.

Aunado a eso, la creciente urbanización, que en México se espera sea del 80% de la población para el 2030, genera cambios en el sistema alimentario y en los modos de vida que complican la alimentación cotidiana. Adicionalmente, el precio de los alimentos básicos ha ido en aumento por la presión de los mercados para la exportación y la crisis financiera mundial de 2007-2008.

En términos globales y nacionales se observa un incremento del consumo de proteína animal, grasas, azúcares y productos procesados industrialmente. Esta dieta coincide con los ideales alimentarios de “progreso” y “modernidad” impulsados durante décadas, pero tiene altos costos ambientales y de salud. Además, la abundancia de la oferta coexiste con altas tasas de desperdicio y una desigualdad cuantitativa y cualitativa en el acceso a alimentos que contribuye en el aumento de la obesidad y las enfermedades crónico -degenerativas, particularmente acentuado en los sectores más pobres y marginales de la población.

Al mismo tiempo, el uso indiscriminado de insumos productivos está afectando los ecosistemas de múltiples formas: erosión de suelos y disminución de su fertilidad, contaminación y agotamiento de los mantos acuíferos, disminución de las poblaciones de polinizadores naturales, emisiones de gases de efecto invernadero y generación de enormes cantidades de residuos; comprometiendo los servicios ecosistémicos de los que depende la producción de alimentos.

Además, a pesar de una aparente diversificación de productos en los estantes de las cadenas comerciales, la creciente homologación de la oferta alimentaria y los modos de producción industrial amenazan el patrimonio genético en el que se ha basado la seguridad alimentaria a lo largo de la historia. Al mismo tiempo, la concentración de la tierra y el control de los insumos agrícolas y de mercados por parte de grandes empresas ha empobrecido y marginado a los pequeños productores quienes, a pesar de ser uno de los grupos sociales más vulnerables y enfrentar un contexto económico e institucional adverso, siguen produciendo más de la mitad de los alimentos consumidos en México y el mundo.

También cabe considerar que actualmente las prácticas y decisiones alimentarias se dan en el marco de una amplísima información sobre los efectos de los alimentos en los cuerpos y, no obstante, los consumidores enfrentan una infinidad de fuentes de incertidumbre. A esto se suma una larga lista de prescripciones alimentarias (de origen social, cultural, médico, estético y ahora también de responsabilidad ambiental) y la promoción de discursos institucionales que responsabilizan a los consumidores de los efectos que tienen sus prácticas alimentarias en sus cuerpos, en la economía y en el planeta.

A pesar de este escenario, la política pública tiende a tratar estos problemas de manera aislada y a la fecha las estrategias implementadas han tenido resultados parciales con altos costos de oportunidad en términos ambientales, económicos y de bienestar social. La construcción de alternativas para hacer frente a este panorama requiere de políticas públicas que partan de la comprensión de las condiciones histórico -sociales de las que resultan los problemas alimentarios contemporáneos, consideren las interconexiones del sistema alimentario contemporáneo y tengan presentes las realidades socioculturales de la población, enfocándose en construir las condiciones para que toda la población tenga la posibilidad cotidiana de tener una dieta sana y sustentable, incluyendo a las poblaciones más pobres en las áreas rurales y urbanas del país.

El 7 y 8 de noviembre se llevará a cabo el simposio internacional Alimentación, Salud y Sustentabilidad, encuentro que tiene el objetivo de abrir un espacio de análisis y discusión de la complejidad de la problemática alimentaria nacional. Este evento estará abierto al público y se llevará a cabo en el auditorio del museo Universum a partir de las 9:30 am.

 



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