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“La democracia entumecida”, artículo de Silva Herzog Márquez
por Redacción AN
(Fotos: barackobam.com y mittromney.com

La democracia entumecida

Jesús Silva Herzog Márquez

Reforma/ 5 de Noviembre

Los candidatos a la Presidencia de Estados Unidos parecen incómodos en su sitio, incómodos con su pasado y con sus responsabilidades. La campaña que ahora termina ha sido un ejercicio de evasivas, disfraces, elusiones. Mitt Romney, el candidato republicano, ha cambiado de traje con tanta frecuencia que no es posible conocer su identidad. Para hacerse de la candidatura presidencial, cortejó al ala más radical de los conservadores; para ganar la elección abierta ha tratado de redefinirse como el político moderado que un día fue. Las contradicciones no importan. Halagar a los radicales para después desmarcarse de ellos. El presidente Obama, por su parte, insiste en hacer política como si fuera un forastero que desafía la estructura tradicional del poder. Como si siguiera siendo el crítico de los arreglos políticos de siempre, confesó hace poco que su gran aprendizaje estos cuatro años era haberse dado cuenta que Washington no se puede cambiar desde dentro. Un opositor que se desdice en campaña de sus ofertas de precampaña. Un Presidente que invoca las licencias del opositor antes que los orgullos del gobernante.

Pero la omisión más importante es la circunstancia de su política. Lo que me sorprende no es tanto la vaguedad con la que se han referido a temas urgentes de política internacional o de la economía, sino el desdén por los aprietos de la política interna. Lo más probable es que el presidente Obama logre la reelección, aunque no es imposible que el republicano dé la sorpresa y se alce con la victoria. Pero, independientemente de quién sea el ocupante de la Casa Blanca en los próximos cuatro años, los aprietos institucionales serán básicamente los mismos. Quiero decir que, a pesar de encarar el mismo problema, ninguno de los candidatos ha presentado un diagnóstico claro sobre las razones de esa trabazón política que empieza a hacer crisis. La democracia norteamericana se ha vuelto adicta a la polarización, está perdiendo instancias de diálogo y parece haber sido secuestrada por un radicalismo negado a la negociación.

La fluidez ideológica de los partidos en Estados Unidos fue una de las claves que permitió durante siglos el funcionamiento eficaz del sistema presidencial. Las elecciones tenían como eje a los partidos, por supuesto. Pero éstos no eran organizaciones nacionales herméticas y disciplinadas. Había cierta identidad ideológica, pero no una doctrina cerrada. Más que dos partidos nacionales, había una centena de partidos locales que se movían de acuerdo a los cambiantes intereses de los electores. No era infrecuente que los legisladores se apartaran de la línea oficial de su partido para atender a su base electoral. Nadie se escandalizaba con esos gestos de autonomía. Desde luego que el conflicto, los desacuerdos eran comunes en la vida política nacional -pero había condiciones para la negociación y ésta era, en realidad, el hábito básico de la democracia norteamericana.

La ruta de acceso al poder ha cambiado y ha cambiado en consecuencia, el método de conservación del poder. Como han detectado distintos observadores de la política norteamericana, las elecciones primarias no pueden verse como las instancias que democratizan las decisiones de los partidos sino, por el contrario, como la toma de esas instancias del interés público por pequeños grupos de activistas. Si las elecciones primarias son controladas por los radicales, se premiarán las credenciales ideológicas antes que la experiencia o la competencia profesional; se recompensará a los extremistas y se eliminarán los moderados. Así ha pasado en muchos casos recientemente: el experimentado legislador dispuesto a negociar es escarmentado, mientras el radical improvisado que se compromete a cuidar la pureza de la doctrina es premiado. El fenómeno lo ha estudiado el exlegislador republicano Mickey Edwards en un libro publicado este año. Los partidos políticos a su juicio han sido secuestrados por tribus de radicales que creen que el acuerdo es una traición imperdonable. Controlando la máquina de hacer candidatos han conquistado la máquina de gobernar. Esa es, quizá, la gran transformación histórica de la democracia norteamericana en los últimos lustros. Una política ideológicamente flexible y habituada al pacto se ha convertido en una política rígida, intransigente, entumecida, a fin de cuentas incapaz de hacer frente a los enormes desafíos históricos del momento.

El entumecimiento ideológico conduce a la parálisis y también al distanciamiento. La cara de la política se parece cada vez menos a la cara de la sociedad. Si bien las nuevas tecnologías tienden a reforzar los prejuicios, a encerrar a cada individuo en un mundo de comunicación gratificante, la radicalización de la política es más acelerada que la radicalización social: votantes moderados, políticos radicales.

Poco han dicho los candidatos sobre su entumecida democracia. El primer reto del ganador será espabilarla.

Redacción AN

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.


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