Para celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente
"Celebrar el medio ambiente conlleva rescatar el sentido de los ecosistemas y recursos naturales como bienes públicos y comunitarios", escribe Leticia Merino.
Foto: Isabel Mateos/ Cuartoscuro

Por Leticia Merino*

El Día Mundial del Medio Ambiente fue establecido por la Organización de las Naciones Unidas en 1972, en el marco de la Conferencia de Estocolmo, convocada también por la ONU como la primera reunión abocada a la búsqueda de consensos globales en torno a temas ambientales. A casi cincuenta años de esta iniciativa, la gravedad del deterioro ambiental demanda que, junto a la celebración de la maravilla indudable y de los llamados bien intencionados a vivir en “armonía con la naturaleza”, se reflexione seriamente, como sociedad y gobierno, sobre las causas sociales, económicas y políticas del deterioro ambiental y sobre las políticas y acciones necesarias para revertir las tendencias de destrucción actuales.

Los procesos de deterioro ambiental, presentes en términos globales, tienen en México expresiones gravísimas que hoy afectan de distintas maneras a la población. La crisis de sobre-explotación de los ríos, lagos y acuíferos, su alarmante contaminación, el sobre-concesionamiento de que han sido objeto; la extinción masiva de los polinizadores y de la rica agro-biodiversidad mexicana, la perdida de bosques; la contaminación de los alimentos que consumimos los mexicanos y el control de los sistemas alimentarios del país por unas cuantas corporaciones; los daños permanentes e irreversibles de la minería de tajo a cielo abierto; la contaminación de los mares con plásticos, la adicción a los combustibles fósiles de los consumidores y la política pública en el contexto de la amenaza del cambio climático son realidades que no pueden ser tratadas con ligereza.

Cabe también reconocer que en los temas ambientales, como en otros aspectos de deterioro de las condiciones de vida, quienes más sufren los impactos de estos procesos, son los grupos de por sí vulnerables: los sectores más pobres, que en México representan casi la mitad de la población, los pueblos originarios, los habitantes de comunidades campesinas y de las zonas marginales de las ciudades. Grupos cuya visión y voz está comúnmente ausente no sólo de las conmemoraciones ambientales, sino de las definiciones de las políticas hídrica, agrícola, minera, energética y de conservación.

Celebrar congruentemente el Día Mundial del Medio Ambiente en 2019 en México implica la ruptura con los paradigmas vigentes sobre la conservación y la sustentabilidad, construir nuevas visiones, políticas públicas y acciones ciudadanas.

Implica superar la dicotomía entre medio ambiente vs. desarrollo o bienestar; contradicción falaz que se utiliza para excusar usos altamente depredadores en favor muy pocas, cada vez menos, manos. Conlleva a asumir que la minería tóxica genera apenas 120,000 empleos, contribuye en menos del 1% al PIB y menos aún a la recaudación fiscal, no genera ningún desarrollo ni bienestar a las comunidades locales ni al país; que la quema de bosques para establecer huertas de aguacate no genera bienestar, ni siquiera en el mediano plazo; que la descarga de cientos sustancias tóxicas por industrias en los ríos no es un negocio viable para México; que las ganancias de corporaciones agroindustriales a partir del acaparamiento y acceso casi gratuito al agua y la energía no contribuyen al bien público. Superar esta contradicción exige en cambio transversalizar las metas de superación de la pobreza y la inequidad a la preservación y restauración de ecosistemas y recursos y a su uso sustentable.

Apostar a un futuro realmente sustentable demanda superar las visiones biologicistas y conservacionistas prevalecientes que en gran medida han guiado hasta hoy la política sectorial. Exige asumir que las causas de la destrucción ambiental masiva en México no radican en un vago “factor antropogénico”, sino que existen pocos grandes responsables que se han enriquecido desmedidamente desde hace tres décadas, a partir de la política de apertura económica globalizada que hizo de los bienes públicos ambientales meras mercancías, debilitando el compromiso del Estado con el bien común.

Celebrar el medio ambiente conlleva rescatar el sentido de los ecosistemas y recursos naturales como bienes públicos y comunitarios, no de recursos sujetos a los intereses mercantiles y a la especulación financiera, como hoy ocurre con los mercados de las concesiones del agua y de los recursos del subsuelo del país.

Celebrar el día del medio ambiente exige que los políticos, los legisladores, el poder judicial y los ciudadanos dejemos de actuar como si el futuro no existiera, cerrando los ojos a los impactos de las decisiones que hoy toman e implementan.

*Leticia Merino es coordinadora del Observatorio académico de sociedad, medio ambiente e instituciones de la UNAM.



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