“Flamingos: la vida después del meteorito, es una celebración de resiliencia”: Lorenzo Hagerman
En su nueva película, el director mexicano registra el ciclo de vida de los flamencos rosas.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
La península de Yucatán es un punto clave para la cría y anidación de los flamencos rosas. Durante más de 700 días y por invitación de la Universidad de Cornell, Lorenzo Hagerman se dedicó a registrar el ciclo vital de esta ave.
De aquella experiencia se desprende Flamingos: la vida después del meteorito, un documental donde el realizador dibuja a través de la cámara y narración de Julieta Venegas, una historia sobre nuestra relación con la naturaleza, al mismo tiempo que nos sumerge en una profunda reflexión sobre la vida y la muerte.
¿Qué te lleva a interesarte por los flamencos rosas?
Me pasa un poco como en el periodismo, los temas te atrapan y no te dejan en paz. Aunque en el caso del documental algo fundamental es el acceso, si no tienes forma de abrir la puerta es imposible hacerlo. En el caso de Flamingos: la vida después del meteorito fue un poco así. No sabía nada de estas aves, pero un día recibí una llama del Laboratorio de Ornitología de Cornell University, en Itaca, Nueva York, que es el laboratorio líder en la investigación y observación de aves en el mundo. Me invitaron a fotografiar parte del proceso de vida los flamencos. Después de 14 horas de observarlos vi que se podría contar una película sobre ellos y comencé una labor de convencimiento con Cornell y las ONG’s que coordinan la observación y la protección de los flamencos en el norte de Yucatán, hasta que una de ellas, La Vaca Independiente, se animó a coproducir la película.
Anteriormente, en H20 Mx ya habías abordado temas relacionados con la naturaleza.
Me gusta girar y descubrir mundos distintos en cada proyecto. Flamingos: la vida después del meteorito, me llevó a aprender mi oficio otra vez. Creo que es importante ser conscientes del cuidado y el respeto que requieren zonas naturales protegidas para proteger la diversidad y la biodiversidad del mundo.
Aunque una constante en tu cine es el cuidado por el espacio, al que das un papel protagónico.
Mi escuela es la fotografía, soy un encuadrador de la realidad. Por eso el paisaje, el contexto y el lugar donde ocurren las historias me parece un protagonista. Aunque muestre cosas terribles o estrujantes, a través de la fotografía trato de encontrar una belleza estética.
Entiendo que para esta película filmaste cientos de horas horas, ¿qué aportó a la película este ejercicio de contemplación?
Yo le llamaría más un ejercicio de observación equivalente a ver la vida silvestre con un microscopio. Fue también, un ejercicio muy psicológico porque durante todas esas horas tu mente va a una velocidad impresionante. Mientras observaba iba editando y pensando en cómo se vería en la pantalla grande. Además, me cuidaba de no interferir. Cuando filmo procuro no modificar el transcurso de las cosas con mi presencia y para ello se necesita discreción e integración con el medio ambiente. Filmar la vida exige disciplina para no ser percibido. Meter el equipo cerca del banco de arena donde se reproducen los flamencos nos llevaba a veces hora y media en la oscuridad. Si había alboroto en la colonia de flamencos había que detenerse y esperar a que se calmaran.
Tu película nos lleva a pensar en cuestiones como el ciclo de la vida y nuestro vínculo con la naturaleza. Hay un intento por ir más allá de un documental tipo National Geographic o Animal Planet. ¿Qué tipo de sensibilidad se necesita para este tipo de películas?
Una de las cosas que descubrí haciendo este documental, es que no podemos ver el comportamiento silvestre desde otra perspectiva que no sea la humana. Al no ser un científico ni un biólogo, sólo me queda la observación y mi carácter como ser humano. Gracias a la repetición constante y por largos periodos de tiempo, empecé a comprender acciones y a anticipar lo que iban a hacer. Cuando consigues esto te das cuenta de que has entrado a su universo, esa es una forma de verse a uno mismo. Por eso la película habla de nosotros mismos, es una celebración de la vida, la resiliencia y de la importancia de seguir adelante.
¿En lo personal qué reflexiones te dejó la película?
Fue un proyecto que me tomó 10 años, durante este periodo sucedieron muchas cosas. Perdí gente muy querida y por lo mismo tuve muy presente una reflexión sobre la muerte, la vida, el final, la continuidad, el pasado y los recuerdos. Haberme ido a filmar tantas horas fue como un retiro, un aislamiento del mundo exterior y por lo mismo un viaje al interior de mí mismo. Aunque puede sonar muy tedioso, te puedo decir que fue fantástico estar ahí.
Curiosamente, el documental más reciente de Werner Herzog es también sobre la naturaleza: Elefantes fantasma.
Me alegro de que menciones a Herzog, soy gran amante de su cine. Ha sido una escuela para mí. Durante el proceso de Flamingos… me topé con una entrevista donde él recomienda un libro llamado El peregrino, de J. A. Baker, donde se cuenta la historia de un agente que trabaja en una empresa de mensajería. El protagonista vive cerca de un área visitada por los halcones peregrinos y se dedica a observarlos durante siete años. El libro nace de su observación y sin ser científico se empieza a identificar. Herzog dice que el autor se termina convirtiendo en un halcón. Ese libro se convirtió en una herramienta durante el rodaje. Me ayudó a mantener la perspectiva de una persona de a pie al momento de explicar las cosas.
¿Por qué invitaste a Julieta Venegas para que hiciera la narración? ¿Qué te aportó su voz?
No quería una voz grandilocuente de experto, ni la de un actor. Me interesaba encontrar a alguien que contara las cosas como una crónica y con calidez. Yo ya conocía a Julieta Venegas y Lynn Fainchtein, la supervisora musical -esta película fue nuestra última colaboración-, me la recomendó. A los diez minutos de la prueba sentimos que funcionó pues su voz es muy musical y rompe con la cuarta pared para crear una experiencia distinta.
¿Qué tan complicado es encontrar distribución para un documental como éste?
Esa fue otra aventura. Tardamos dos años en amarrar la distribución. Estoy contento por poder trabajar con Pimienta, una distribuidora respetada y con una curaduría muy particular. Desgraciadamente la palabra documental todavía asusta a las salas comerciales.






