Presidente y Tata Mandón (Artículo)
"No le bastó portar la Banda presidencial, requirió también del “bastón sagrado”. A su investidura constitucional agrega la simbología sacra y el pensamiento mágico", escribe Héctor Tajonar.
Foto: Moisés Pablo/ Cuartoscuro

Por Héctor Tajonar

Inmerso en el paroxismo del poder, Andrés Manuel López Obrador no se conformó con haber  rendido protesta como presidente constitucional de México en una ceremonia republicana y laica ante el Congreso de la Unión. Quiso también recibir el bastón mando de los pueblos indígenas a fin de ser investido no sólo del poder político sino del poder espiritual y moral en un ritual sincrético, mezcla de mitología prehispánica y religiosidad cristiana. Ometeotl, dios de la dualidad, y la Virgen de Guadalupe se fundieron en un laberinto de creencias y símbolos para orar por la armonía cósmica y para que el ungido pueda mandar obedeciendo al pueblo. Así sea.

Personificación de la dualidad, AMLO ostenta un doble mandato: la titularidad del Supremo Poder Ejecutivo y la dignidad de Tata Mandón (como le llaman a la autoridad máxima en los pueblos originarios de Oaxaca). No le bastó portar la Banda presidencial, requirió también del “bastón sagrado”. A su investidura constitucional agrega la simbología sacra y el pensamiento mágico. No importa que la laicidad del Estado mexicano se haya vulnerado.

¿Qué clase de presidente será López Obrador? La compleja personalidad política del mandatario lo convierte en un enigma difícil de predecir y de clasificar. Estamos frente a un mandatario polifacético y original. No es Chávez ni Trump, ni Juárez ni Cárdenas, tampoco Echeverría o Salinas, pero tiene algo de todos ellos. Sus influjos y referencias para ejercer el poder sin límites son múltiples y variadas. Su idiosincrasia es tan elástica como su pragmatismo.

Diestro en el manejo de la dimensión simbólica del poder, es capaz de mezclar el agua con el aceite o nadar en el lodo de la contradicción sin mancillarse. Es un sofista político consumado y un comunicador fuera de serie, su histrionismo le permite mantener y transmitir serenidad aun ante la turbulencia o el escándalo.

Tiene un profundo conocimiento de la realidad del país, sumado a una voluntad inquebrantable para transformarla. Poblada de ambigüedades y paradojas, su estrategia política, económica y de comunicación ha polarizado a la sociedad mexicana. Tras su toma de posesión, el fervor andresmanuelista y la histeria antiobradorista se han exaltado.

El presidente López Obrador posee un diagnóstico claro de los grandes desafíos del país, así como la inflexible convicción de que logrará superarlos. Para recuperar la paz y la seguridad creará una Guardia Nacional con mando y entrenamiento militar pero con una estricta formación de respeto a los derechos humanos, cuya violación será castigada en tribunales civiles y estará abierta al escrutinio de organizaciones internacionales en la materia. Es una vuelta en U con grandes riesgos –“la izquierda rebasó a la derecha por la derecha”, opinan muchos especialistas en el tema-  pero parece ser la única alternativa razonable en este momento. Ojalá haya avances positivos y el mal menor sea transitorio.

La “inmunda corrupción” es una hidra de mil cabezas cuyos tentáculos alimentan a los tres poderes en toda la república y a todos los niveles de gobierno en complicidad con amplios sectores sociales. Coincido en que la “mafia del poder” es una entidad real que ha desangrado al país pero disiento de que la forma de abatir la corrupción sea otorgándole la indulgencia plenaria de la impunidad a quienes la han practicado con cinismo y codicia insuperables. Aunque la procuración de justicia seguirá dependiendo de la voluntad presidencial, las autoridades competentes están obligadas a cumplir con su deber. Sin castigo se nulifica la ley.

El tercer desafío nacional es enfrentar con rigor y eficacia el flagelo de la pobreza que padece el 53% de la población y acometer con urgencia la eliminación de la miseria que lacera a    12 millones de mexicanos, la mayoría de ellos indígenas; así como reducir la desigualdad. El presidente ha dicho que “Por el bien de todos, primero los pobres” pasará de ser lema de campaña a principio de gobierno y ha anunciado 100 promesas para construir “una modernidad forjada desde abajo”. Se agradece la exposición abierta y concisa de las metas y decisiones fundamentales de su gobierno. La pertinencia y viabilidad de la oferta merecen un análisis pormenorizado, a pesar de que muchas de ellas ya son decisiones impuestas, con o sin “consulta pública”.

Respecto a su proyecto económico, quedó claro su rechazo al neoliberalismo, aunque se mantienen elementos fundamentales de esa versión del capitalismo, tales como la estabilidad macroeconómica, el estímulo a la inversión privada nacional y extranjera o la autonomía del Banco de México para lograr un desarrollo incluyente con creación de empleos productivos bien remunerados y crecimiento del 4%. La certeza característica de la oratoria presidencial contrasta con la inestabilidad de los mercados financieros internacionales. Además, será necesario superar obstáculos como la informalidad y la violencia y la debilidad del Estado de derecho que inhiben el progreso económico del país.

El presidente López Obrador ha creado expectativas tan elevadas sólo comparables a la firmeza de su compromiso para cumplirlas: “No tengo derecho a fallarles”. La dimensión del desafío de la Cuarta Transformación es de tal magnitud que claramente sobrepasa la posibilidad de remontarlo en seis años en una situación de normalidad democrática. Seguramente, el presidente López Obrador sabe que México enfrenta una situación de emergencia nacional debido a que la delincuencia organizada no sólo ha penetrado sino configurado las instituciones del Estado mexicano a través de gobernadores o secretarios de seguridad pública, como lo afirmó Edgardo Buscaglia en entrevista con Carmen Aristegui. Por ello el mandatario tuvo que optar por la solución militar. Su diagnóstico del nivel de la corrupción es igualmente extremo.

Ello significa que ante la gravedad alcanzada por la violencia y la corrupción, el sistema de seguridad y de justica del país se han colapsado y, por tanto, nos encontramos en una situación de emergencia nacional. Esto nos conduce al tema del cambio de régimen.

Mi hipótesis es la siguiente: La contundencia de la victoria electoral de López Obrador le ha dado una indiscutible e inédita legitimidad democrática que, paradójicamente, está poniendo en riesgo el avance democrático del país. Más allá de su idiosincrasia, el presidente se enfrenta a un grave dilema: Mayor eficacia con menor democracia o mejor democracia con menos eficacia.  Él sabe que la democracia no es más eficaz ni más estable que los regímenes autoritarios. [“La democratización no se traduce de inmediato en crecimiento económico, paz social, eficacia administrativa… (Ph. Schmitter y T.J. Karl, What Democracy Is… and Is Not, Journal of Democracy, 1991).”]

Ante la situación de emergencia que enfrenta México el presidente López Obrador optará por ejercer su autoridad y su poder constitucional -y  metaconstitucional- con escasos equilibrios y contrapesos provenientes de los otros poderes institucionales y fácticos. La Constitución de México le otorga al presidente una autoridad superior a la de los poderes Legislativo y Judicial, por eso lo llama Supremo Poder Ejecutivo de la Unión. Además, el mandatario obtuvo en las urnas una victoria que le otorgó una amplia mayoría en las dos Cámaras del Congreso, así como una amplia presencia nacional.  El mapa de la república se pintó de morado con un ombligo azul.  La  nueva hegemonía de Morena se perfila para arrollar en las elecciones intermedias de 2021 y seguramente también en las presidenciales de 2024.  

El mandatario tendrá capacidad para controlar a los gobernadores a través de los 32 coordinadores estatales. Además ha logrado dominar a las cúpulas del poder empresarial y cooptar a los propietarios de los grandes consorcios de la radio y la televisión. Su estrategia para modificar la correlación de fuerzas incluye la negociación con los magnates del proletariado a fin de incorporar a los sindicatos más poderosos del país al proyecto de Morena haciendo caso omiso de la ostentosa corrupción de sus líderes. Asimismo, el poder presidencial se verá fortalecido mediante su política asistencialista al crear clientelas favorables a Morena y a las consultas convocadas para impulsar la Cuarta Transformación entre los beneficiarios de sus dádivas financieras, becas, capacitación y otros apoyos gubernamentales.

En consecuencia, AMLO será un presidente fuerte, tanto o más que los representantes de la época dorada del presidencialismo autoritario, creado por Plutarco Elías Calles, consolidado por Lázaro Cárdenas y que prevaleció hasta 1997 cuando el PRI perdió la mayoría en el Congreso. Todo ello apunta hacia un despotismo constitucional con apariencia de democracia participativa. Con la modificación de la fracción octava del artículo 35 constitucional, el mandatario tendrá la posibilidad de orientar a su favor, legalmente, las próximas consultas públicas.

En síntesis, mi hipótesis es que el cambio de régimen prometido por la Cuarta Transformación será  un nuevo animal político: una interpretación corregida y aumentada de la dictadura perfecta del PRI, del populismo latinoamericano o bien una variante suavizada de la dictadura plebiscitaria postulada por Carl Schmitt. Dada su originalidad y la falta de un concepto político que describa y defina su especificidad, propongo llamarla, provisionalmente, autocracia constitucional plebiscitaria.

El nuevo fenómeno político apenas comienza y por tanto el intento de clasificarlo con las herramientas conceptuales de la política comparada está sujeto a modificaciones y adaptaciones. Incluso no descartaría la posibilidad de que los hechos demostraran la total equivocación de mi hipótesis. Desearía que así fuera o, al menos, que el cambio de régimen de la Cuarta Transformación diera lugar a una autocracia benévola como son considerados los liderazgos de Josip Broz Tito, en Yugoslavia, o Lee Kwan Yew, en Singapur. Acaso también Porfirio Díaz pertenecería a esa estirpe si no se hubiera reelegido en 1910.  Por ello, la mayor y más grata sorpresa del discurso de toma de posesión de López Obrador fue su firme promesa de que no se reeligirá: “Así como soy juarista y cardenista, también soy maderista y partidario del sufragio efectivo y de la no reelección… dejo en claro que bajo ninguna circunstancia habré de reelegirme, por el contrario, me someteré a la revocación del mandato porque deseo que el pueblo siempre tenga las riendas del poder en sus manos.” Bienvenida la Cuarta Transformación, lástima que el cambio de régimen será regresivo. Habrá que defender las libertades y derechos ante la arbitrariedad y los excesos del poder.






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